Salamandra y abismo | Sergio Barreto

Publicado: 11 octubre, 2011 en Relatos

 I

 Con la saboneta dorada entre sus manos le dijo las últimas palabras a Emilia, su mujer. Tenía los labios cuarteados, su único ojo gris y el cuerpo lleno de cosas nostálgicas y nunca dichas sobre el sofá de la salita de estar. El viejo Marcelo Cipe intuyó, tras aquellas palabras, que el fin estaba muy cerca. Después de un silencio ahogado, que aprovechó para limpiar la superficie de su parche, bajó la cabeza y contempló el pequeño rostro de una niña, de pelo crespo y piel oscura, impreso en la fotografía de aquel artilugio de oro, Este no lo hice yo, se dijo para sí, recordando los tiempos en que trabajó como relojero de su pueblo, justo después de la tiranía de Teodoro Metoquites VIII, último vástago de los Prohibidores del Tiempo.

            Tras el derrocamiento del rocambolesco tirano se implantó el poder del pueblo y, en menos de un año, se convocó en toda la región un consejo de ancianos para acordar la creación de relojes. A falta de hombres apañados que supieran manejar minuciosos tinglados, pues los habitantes de la zona eran en su mayoría jornaleros en las cepedas, el nuevo alcalde, un hombre bajito y patizambo llamado por todos Carcalatierra, nombró a Marcelo Cipe relojero oficial del pequeño Paymago. Fue así como se inició su extraña e incomprensible obsesión. El primer encargo, por evidente presión popular, fue el de concebir un reloj con números romanos para la iglesia gótica a la cual le habían robado los santos de yeso y las campanas de bronce. Luego colmaron de relojes el cementerio de guaguas y varios de los palacetes. También se colgaron cucos en las salas de fiesta antes censuradas y en el Cine Trópico, el cual fue utilizado durante años como Ministerio de Tortura.

            Paymago era un conjunto de calcáreas casas blancas dispuestas en torno a una vieja estación de esqueléticas guaguas en desuso. Se encontraba cercado por una pequeña cordillera pelada y fría en la que, según se decía, hubieron de vivir dragones durante los siglos anteriores a los apellidos. Por el sur se encontraba rodeado de páramos resecos y de manglares de malas hierbas en los que habitaban caimanes gigantes y hadas de lodo. Al oeste se extendían algunas vegas desperdigadas, destinadas a la siembra del maíz y también utilizadas por las putas para enterrar niños no deseados en cajitas de zapatos. A las afueras, por el norte, se erigía una antigua torre de telégrafos luego transformada en el temible Faro de los Fusilamientos, ya que desde allí se arrojaba a los disidentes para que cayeran sobre los campos de zarzales.

            Marcelo Cipe era hijo de una mujer maldita, Púrpura, la cual había llegado décadas atrás de una región lejana con un cántaro lleno de trigo, una caja de puros y preñada, insólitamente, tras varias décadas de vida errabunda. Al parecer fue condenada, por la madame de un burdel en el que trabajaba y en el que estaba prohibido quedar encinta, a décadas de embarazo, falsas contracciones y desangramientos constantes. Tal estado la condujo a un desfallecimiento perpetuo que la mujer remedió desarrollando métodos que le permitieran evadirse de sí misma. Aprendió, por ejemplo, a escapar de su cuerpo y caminar sonámbula durante días; estado que provocaba que la mujer apareciera en lugares extraños totalmente desnuda o con objetos sustraídos de los trasteros comunitarios.

            Fue al año de llegar al pueblo cuando Púrpura tuvo a Marcelo Cipe, un niño blanquecino y regordete que nació por el susto que le provocó a su madre un mal sueño de lobos fantasmales, signo inequívoco de que la maldición de la madame había llegado a su fin. A Marcelo Cipe se le pusieron con el tiempo manos de agricultor que cuida flores, pies robustos, espalda ancha y cara tristona, con barba áspera y cobriza. Siempre vestía ropajes ocres de trabajador y su parche de raso negro le hacía parecer jefe de bandoleros. Sin embargo, tras dicho retazo de tela se ocultaba la cicatriz del suceso más doloroso de su vida, cuando un delirio de serpientes se le hizo realidad.

            Su historia entre todas las gentes del pueblo fue bien conocida y recorrió el continente porque, a raíz de su nombramiento, se embebió de tal manera en el trabajo de relojero que casi no comía, se acostaba cuando desperezaban sus gaznates los gallos del alba o pasaba semanas de ayuno hasta caer rendido sobre la mesa del  taller, instalado en el sótano de su casa, la cual compartía con su esposa y sus dos hijos, Octavio y Mario.

            Entre aquellas paredes hinchadas por la humedad Marcelo Cipe trataba de comprender el funcionamiento del tiempo. Pero no sólo centraba sus estudios en la mecánica de los relojes, sino que además trataba de aunar dichos conocimientos con la idea de que el tiempo debía permanecer recluido en alguna parte. Como buen estudioso creyó que su misión era sincronizar con dicho lugar los engranajes mecánicos que concebía por encargo. Incluso llegó a elucubrar, mediante disertaciones filosóficas, que el orden del universo provenía de cierto genio maligno que denominó Escribano Incansable.

            ―¿No crees que estás metiéndote en asuntos de brujería?

            ―No, mujer, lo que yo hago es ciencia.

            Sus manos y su único ojo conocían muy bien el arte de las cosas mínimas, ya que durante la época del tirano había trabajado como jardinero de orquídeas para aristócratas y ministros. Así sus manos se tornaron diestras para tratar con seres débiles, contrastando poderosamente con su apariencia de bruto. Era capaz, entre otras muchas cosas, de dar de comer a los diminutos hipocampos que los niños ricos coleccionaban en sus peceras. Por el contrario las manos de Marcelo Cipe se mostraban torpes para actos como la caricia o comer en público con cubiertos, Eres un hombre hecho para los órdenes pequeños del mundo, le dijeron sus amos cuando con veintitrés años no pudo entender el sistema de gobierno del alabado déspota y preguntó por qué el caudillo tenía que acostarse cada noche con una mujer. 

            Sólo cuando pasó a ser relojero oficial del pueblo pudo entonces desarrollar sus habilidades por cuenta propia. Centró todos sus actos en afinar cada creación hasta sincronizar mecanismos con el transcurrir de las estaciones, con los latidos del corazón o con el paso migratorio de los patos. Incluso durante el sueño continuaba elucubrando ritmos a los que acoplar unas manecillas. Sus obsesiones eran tan desconcertantes como para obligar a preguntarse a los habitantes cuál era la causa de tanta solemnidad. Una noche hasta Emilia dudó de sus cabales cuando su marido despertó de un sobresalto con el firme propósito de crear un reloj de azúcar.

            ―¿Ahora a dónde vas, no ves que son las tres de la madrugada?

            ―Es que si pueden ser de arena también pueden ser de azúcar, ¿no?

            ―¿Ya te volviste loco?

            ―No es eso, mujer, no es eso… Yo sólo quiero manejar bien el tinglado.

II

Un día te vas a comer un sapo, le decía Púrpura a su hijo si éste pronunciaba palabras que a ella le parecían malsonantes como zapato, cabrón, muerto, reloj, almohada, pollabobas o paraguas. Para cada uno de esos términos nuestra sonámbula había inventado un eufemismo que ella consideraba menos grave. Así, por ejemplo, a los zapatos, en aquella casa, había que llamarlos bambuchos; a los cabrones, molongeros; a los muertos, berenjenas; a los relojes, salamandras; a las almohadas, plumas; a los pollabobas, sacapuntas; a los paraguas, etcéteras. Términos que, por otra parte, causaron una notable confusión en Marcelo Cipe cuando aprendía las palabras en la escuela.

            Una tarde tibia en la que los ancianos contaban sus verrugas, Marcelo Cipe, expulsado de la clase de lectura por motivos evidentes, se detuvo en la Plaza de la Concordia. Fue allí donde descubrió de manera especial a la negra María Goretti. 

            Macelo Cipe ascendió las escaleras de la entrada principal. Fue a un banco de piedra negra y comenzó a insultar a las niñas que allí se reunían entre piruetas y risotadas. La pequeña y delicada María Goretti, de inmensos ojos negros y cabellos crespos que, junto a su nariz chata, recordaban a sus antepasados antillanos, se acercó a él y le dijo que ella y sus amigas estaban jugando al limituelo y que él se encontraba, según los delirios del juego inventado aquella misma tarde, pendiente de un abismo del cual era imperioso rescatarlo. Marcelo Cipe, con su carácter de chiquillo indomable, optó desafiante por no moverse del abismo. Cayeron los dos y María Goretti perdió la partida. Luego, él, satisfecho por haber arruinado aquel juego, dejó la pequeña multitud de niñas y fue solitario a recolectar los suntuosos caracoles que se encaramaban en las cancelas del cementerio.

            En todo el trayecto no pudo quitarse de la mente la linda cara de María Goretti. Así, durante el camino de vuelta, decidió tornar hasta los bancos de la plaza con la intención de caer otra vez por el abismo imaginario. Deseaba sentir aquel mareo extraño que jamás fue capaz de explicar, ni siquiera cuando, muchos años después, pidió la mano de su mujer entre lágrimas y sonrisas nerviosas.

III

Semanas después del abismo, una mañana turbia de febrero, se expandió un rumor inquietante: el ministro que hubo de adoptar su nombre del teólogo, filósofo y magnate Teodoro Metoquites, figura sobresaliente del último renacimiento bizantino, había ascendido al poder con la ayuda de los Ejércitos del Norte, bárbaros        con tatuajes y vestimentas de piel de lobo. Según las noticias que llegaron a Paymago por aquel entonces, el déspota logró imponer su disparatado régimen tras guillotinar todos los miembros de los miembros del gobierno.

            ―Ése no dura mucho, sólo hay que verle los ojos de acojonado que tiene cuando habla ―se comentó durante los primeros días, cuando sus excentricidades y aberraciones no habían salido aún a la luz pública. Lo que nadie sospechaba era que, durante la primera semana de mandato, aquel hombre de andar desgarbado, escasa estatura y pelo teñido de negro cimentaría su férreo puño a través del terror y la represión absoluta. Por ejemplo, ordenó a más de quinientos escuadrones de fusileros que recorrieran el país en busca de relojes (los odiaba, al igual que los odiaron sus trece abuelos y sus once tatarabuelos) y mujeres bellas, entre los quince y veintinueve años, que serían empleadas para saciar todas sus noches de lujuría hasta la muerte.   

            Durante una noche en la que los partidarios del tirano celebraban con tiros al aire y litros de alcohol los primeros cien días de mandato, ocurrió un suceso extraño en casa de Púrpura, acontecimiento que marcaría, poco después, la vida de Marcelo Cipe. Éste sorprendió a su madre en mitad de uno de sus trances sonámbulos. Acuclillada en un rincón, con un ramo de siemprevivas medio comidas y el pelo desatado como una cascada blanquecina, la mujer señaló el aire con el dedo índice:

            ―Vengo de casa de la niña que recordarás antes del final. La he salvado, la he salvado― dijo la mujer una y otra vez hasta que Marcelo Cipe la condujo a su alcoba sin despertarla.

            El día siguiente amaneció con dos disparos de advertencia. Los escuadrones de fusileros se habían adentrado en Paymago para cumplir las órdenes del tirano. A gritos informaron que todos los habitantes se quedaran en sus casas, que nadie se moviese excepto las mujeres entre quince y veintinueve años, quienes debían vestirse de gala y salir a esperar bajo los umbrales de las puertas principales de sus hogares, ya que serían reclutadas hasta los inmensos y lejanos harenes de concentración. Muchos años después, el viejo matarife Rufino Muñí recordaría que nunca había oído tantos gritos y lamentos como los de aquella mañana. Incluso varias mujeres hicieron aberraciones con sus cuerpos para que los fusileros las rechazaran.

            ―Aquello fue peor que un año sin salir del matadero.

            Púrpura se puso muy nerviosa. Sabía que de entre los objetos que robaba durante sus trances había alguno de los prohibidos por el régimen. Quieta frente al espejo rectangular del cuarto de baño donde le sorprendió la orden, la mujer miró sus ojos y cerró el grifo como si jugara al escondite inglés. Estoy perdida, se dijo.

            En el momento en que los fusileros entraron en su casa recordó que tenía una saboneta bajo la almohada. Sabía que la condena por tal infracción era la muerte, por lo que la mujer trató de despistar a los dos adolescentes mozos fusileros con todo tipo de ambigüedades y acertijos. No obstante sabía que, tarde o temprano, revisarían la casa y encontrarían el objeto prohibido que ocultaba bajo su almohadón.

            ―¿Qué ojitos se guardan la tristeza cuando el silencio es perro centinela y la soledad cama de lámpara apagada? ―preguntó Púrpura para, de algún modo, llegar al corazón de aquellos dos muchachos.

            ―Y yo que sé ―respondieron al unísono.

            ―Nadie, muchachitos, nadie es la respuesta ―insistió Púrpura con voz temblorosa.

            ―Un respeto, que no somos muchachitos. Somos fusileros con honores… ―dijo con solemnidad el más regordete de ellos.

            ―Y berenjenas, demasiadas berenjenas en los ojos ―susurró Púrpura.

            Había nubes grises y olía a carne quemada y a pescado frito. Aquel día, mientras la saboneta marcaba las siete y media, con el alba aún sin desangrarse sobre la región, Púrpura cometió el error de preguntar, sin querer, qué hora era. Los fusileros, arrogantes, con su poder para impartir justicia, le pusieron a la mujer la boca de la carabina en el oído izquierdo. Marcelo Cipe, oculto en uno de los baúles que había robado de algún desván su madre, acertó a oír: La salamandra está bajo mi pluma, luego, entre risas y comentarios como, Esta vieja puta está chiflada, repiqueteó un estruendo que recorrió cada estancia. Un resplandor blanquecino inundó el baño y el comedor. El olor de la pólvora, las risas y varios disparos más en las casas de al lado se extendieron como el odio entre los perros. Púrpura cayó al suelo con la cabeza desarmada y luego su cuerpo se desvaneció como les ocurre a todas las mujeres que fueron prostitutas alguna vez. El niño Marcelo salió del baúl, corrió desde su cuarto hasta las escaleras, las ascendió, se le hicieron eternas, vio de refilón las armas y los uniformes de los fusileros, oyó sus voces y, al punto, acertó a escabullirse y meter la mano bajo la almohada que aún olía a sueño y saliva y estaba caliente.

            Agarró la saboneta, cuya localización le había chivado su madre entre eufemismos, y antes que los jóvenes fusileros entraran en el cuarto, éste la hizo desaparecer.

            El pequeño pasó el día dentro del armario, entre un largo abrigo de lana violeta y una chaqueta blanca, con manchas rojas de tarta de frambuesa, que un hombre desconocido con bigote, ocho dedos y monóculo en el ojo izquierdo hubo de olvidarse hacía años después de llegar sobre una bicicleta, tocar exhausto la puerta y decirle a Púrpura que tenía noticias de la madame que la condenó.

            Acurrucado, con un gran dolor de estómago y tembloroso en el frío rincón del más grande cajón del armario, entre venenosos ciempiés amarillos de la ceguera y cucarachas muertas, recordó la cara de aquel hombre con su chaqueta manchada de frambuesa. Luego cerró los ojos y soñó que una serpiente ascendía por sus pies hasta rodearle el cuello y morderle la retina del ojo izquierdo. Despertó dolorido y con una nube de llanto velando todo lo que se encontraba a la izquierda. A continuación tuvo la certeza de que había tenido un sueño de los que se cumplen y, aunque los contornos de las cosas se desvanecían cada vez más tras la nube, sintió una confusa alegría. Luego el sufrimiento insoportable lo condujo a pensar en Púrpura. Poco a poco, al ritmo creciente del espesor de la nube, cayó la noche en Paymago y el niño Marcelo volvió a los sueños

            Al despertar le dolía un poco menos el estómago. En el tejado una lechuza blanca graznaba señalando el lugar de una muerte reciente. A su vez, el viento atravesaba las persianas y traía el gorjeo de cientos de lechuzas posadas en los cientos de tejados. Cada una señalando el enclave de una muerte. Medio siglo después aquel centenar de hogares sería renombrado, gracias a la ley de memoria histórica, como Casas de Las Lechuzas, segundo nombre de Paymago.

            Batían los cristales y casi todas las puertas se encontraban cerradas por la corriente. Marcelo Cipe empujó las alas de nogal del armario, salió temeroso y esperó descubrir a su madre sumida en cualquier tarea. Quiso verla en tanto preparaba su baño diario e incluso escuchar sus gritos porque Este niño cada vez dice más palabrotas. Con todas sus fuerzas deseó que apareciera en el umbral de la puerta y le preguntara dónde se había metido y que no durmiera en los armarios porque ahí las pesadillas se hacen verdad. Pero el pequeño sólo encontró, junto al lavabo, un enorme charco carmesí. Con los ojos cerrados fuertemente se dijo para sí que era sirope de frambuesa, ¡Mamá ha hecho tarta!, pensó por unos instantes, mientras un borbotón gelatinoso descendía de su ojo ya ciego para el resto de su vida.

IV

Décadas después de que el niño fuera reclutado para trabajar en los palacetes victorianos de las afueras, Teodoro Metoquites VIII fue asesinado por un sirviente insatisfecho.

            Al poco, tras constituirse el nuevo gobierno popular, Marcelo Cipe fue nombrado relojero oficial de Paymago, La verdad es que los cachivaches escurridizos se me dan bien, dijo la tarde de su nombramiento en la Plaza de la Concordia, en el lugar exacto donde, años atrás, una niña había dibujado, con tiza, el número quince para señalar la presencia de cierto abismo imaginario. 

            A partir de su nombramiento comenzó a manuscribir, con tesón obsesivo, unos cuadernos plagados de errores en los que trataba de establecer la figura concreta y abstracta del tiempo. Para justificar sus tesis referentes al movimiento de los planetas o a la ingeniería de los engranajes, hubo de inventarse, el mismo día del nacimiento de Octavio, su hijo mayor, a Ismael Morueco, un sabio toledano que había efectuado innumerables traducciones del árabe al latín. Entre los descubrimientos del ilustre se hallaban, por ejemplo, diversas fórmulas, con planos adjuntos, que lograban poner en conjunción perfecta la traslación del planeta y un insólito reloj universal. La fijación por llevar a la práctica dicho experimento condujo a Marcelo Cipe a sus años de aislamiento; fijación que, por otra parte, escondía una intención última y diáfana que éste nunca diría por temor a que lo llamaran loco.

            Una noche, con al menos ya cien cuadernos escritos de su puño y letra, creyó haber concluido todos los preparativos y dispuso los engranajes grasientos, que debían de ser activados con una fórmula mágica inspirada en sonetos anónimos italianos, en el muro de la azotea de su casa. Quieto y expectante, vestido de domingo, cuello de percal y corbata azul añil, Marcelo Cipe volvió a sentir euforia. La luna estaba totalmente llena. Esto, según Ismael Morueco o, lo que es lo mismo, Marcelo Cipe, significaba que era el momento propicio para iniciar el experimento.

             A su vez, en la alcoba de su casa, su mujer Emilia daba a luz a su benjamín Mario, acontecimiento que nuestro relojero había olvidado por completo.

            Tras recitar la fórmula mágica, Marcelo Cipe contempló los engranajes con absoluta entrega. Después de dos horas lo único que ocurrió fue que las nubes de altitud se mezclaron con las del horizonte y se crearon cúmulos extraños que, después de varios relampagueos metálicos, reventaron en una lluvia azufrada y de color negro, una lluvia que embadurnó Las Casas de Las Lechuzas y las vegas cercanas como si de brea se tratase. Marcelo Cipe llegó a creer que había descubierto petróleo en los celajes.

            A la mañana siguiente, los vecinos comprobaron que todo estaba manchado de un negro abismal e imposible de desteñir como una sombra gigantesca.

            Durante varios años no lograron limpiar la lluvia ni con las soluciones más insólitas, como la de rociar las angostas y terrosas calles con zumo de limón desde una avioneta de fumigación o la que se le ocurrió a Ramón Torres, el panadero, que consistía en pintar las cosas encima de las sombras con laca de bombilla. Marcelo Cipe nunca tuvo valor para atribuir dicho fenómeno a su responsabilidad. Simplemente envejeció sobremanera hasta terminar adoptando las costumbres de la tristeza; no mudarse nunca la ropa, abandonar el pijama para siempre, no lavar sus manos antes de comer y mirar el techo durante horas.

            El miedo, que lo mantuvo en silencio tras el fenómeno de sombras y la derrota implacable en la que se sumió, sobre todo cuando al menos diez habitantes se suicidaron en un mes afectados por la nostalgia y la desesperación que dejó tras de sí aquella lluvia, llevaron a Marcelo Cipe a caer presa del abandono y del olvido de sí mismo.

 

V

Emilia había abierto todas las ventanas para que entrara el sol. Aún quedaban algunas viejas sombras desperdigadas por el suelo y el fantasma del mulato Mauricio Barouso, uno de los asesinados en su hogar por los fusileros al resistirse a que se llevaran a su hija, continuaba tañendo su violín perdido en algún cajón de la abandonada casa de al lado. Marcelo Cipe estaba derrumbado en su sillón con barba de tres días y ojo perdido. Hacía ya un mes que junto a su hijo mayor había quitado el cartel hecho a mano que ponía Se reparan relojes y que se encontraba, descolorido por el sol, sobre el dintel de la puerta del taller.

            El viejo Marcelo Cipe había perdido gran parte de las vista y del pulso de hacía dos años a esta parte. Terminó por no distinguir los números de las esferas de los relojes. Además cada vez le era más costoso engarzar cualquier engranaje con fundamento. Desilusionado, poco a poco, se deshizo (arrojándolos al fuego) de los cuadernos en los que tenía apuntadas sus reflexiones y conclusiones sobre el tiempo y el hombre.

            Una mañana descubrió que también había olvidado la aritmética. Fue al tratar de contabilizar los cuadernos que había cremado sin lograr poner en pie más de dos; el primero y el último. Sabía que tenía al menos cien y que sin duda los había quemado todos, mas era incapaz de rememorar el número exacto de libretas arrojadas al fuego.

            Ahora, después de una intensa náusea, nuestro relojero vomitó una saboneta. Por la posición de las negras agujas observó que el artilugio se había detenido a las siete y treinta y tres de la mañana. En su tapa aparecía la cenicienta  foto de una niña delicada de ojos negros y pelo crespo con quien, una vez, él había deseado caer por un abismo. Marcelo Cipe no se sorprendió, empuñó con fuerza el reloj, llamó a su mujer con un balbuceo y le pidió que le acercara la oreja para decirle unas palabras muy tristes que ella jamás comprendería.

            Luego clavó su vista en el reloj dorado. Marcelo Cipe ya no recordaba que se lo hubo de tragar después de que los mozos fusileros dispararan a su madre. Tampoco sabía que ambos mozos se quitaron la vida, enloquecidos y a la de tres, al verse retintos en medio de la tempestad de sombras, en tanto disparaban a las liebres sólo para reírse.

*

Sergio Barreto Hernández (Tenerife, 1984) colabora habitualmente en la prensa canaria («2.C. Revista de Ciencia y Cultura» de La Opinión de Tenerife; Cuadernos del Ateneo; «El Perseguidor», suplemento de cultura de Diario de Avisos; La Gatera). Ha escrito los libros de poemas: La luz trashumante, Nictografías, Apuntes para un eclipse y Los centinelas (Ediciones Idea, 2011) y el de relatos Me trajo la arena.

Foto: Mónica Mederos

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