Teófilo Tortolero, vencedor de la muerte | Alejandro Krawietz

Publicado: 11 octubre, 2011 en Relatos

Teófilo Tortolero era bibliotecario (por las tardes), carpintero (como Cristo) y poeta (como todo dios), pero se ganaba la vida regentando una ferretería que había recibido, en herencia, de un tío suyo que había muerto joven y solo, lo que siempre es triste. Recibía, además, una pequeña asignación semanal, que empleaba en la compra de diez o doce libros en rústica y que al cabo de un mes cedía a su biblioteca.

 Teófilo Tortolero la vio una tarde, en la acera de enfrente, al salir de la librería. Al principio dudó, pero muy pronto supo que era la muerte, que venía a buscarlo. Teófilo Tortolero, amigo de los libros y de los lectores, repitió para sus adentros unos versos de Borges, y luego, de boca para afuera, otros de Fernando Pessoa; Leve, leve, muito leve, Um vento muito leve passa E vai-se, sempre muito leve. E eu não sei o que penso Nem procuro sabê-lo. Bajó la cabeza —la pelona olfatea como un sabueso y, como es sabido, rastrea a su víctima por el olor (huele a muerto), pero es incapaz de reconocerlo hasta que reposa sus cuencas vacías en los ojos del condenado. Teófilo Tortolero cambió de sentido, de dirección y de calle. Sin mirar atrás dijo joder, la muerte.

Del lado de sombra, cruzó a sol, rambla arriba.

(El decorado: una plaza de azulejos, blancos y azules; bancos de mampostería, también azulejados, con imágenes antiguas; flamboyanes muy rojos. En el centro, una Ceiba, como tiene que ser.)

Desembocó en la plaza con las dudas de Orfeo (me sigue, no me sigue) y la rasposa guadaña representando el papel de la mordida Eurídice. Joder, joder, joder. Teófilo Tortolero no era un cobarde, al contrario, sus amigos —que eran pocos pero escogidos— lo tenían por hombre de arrestos.

La sangre fría. Joder.

No huía por miedo.

Como es sabido, los poetas no temen a la muerte: el peor de los males sería la muerte de la palabra.

El problema es que gustaba con fruición de la vida: las tres erres: risa, ron y rubias; las tres eses: sol, soledad y silencio. Todos los dones se estructuraban en esa oración de letras opuestas. Era amor a la vida. Si no la miras a la cara no te ve, no la mires. Amor a la vida. Viene a por otro.

Se sabe que los poetas ven más lejos.

Teófilo Tortolero había leído que la muerte posee sabuesos de penetrante olfato, y que no yerra su golpe una vez que la persecución ha sido lanzada. Caminaba cabizbajo y sediento, por el lado de sol. Se cambió a sombra.

Lo peor era que no podía mirar atrás, porque la vista se le iría directa a los ojos y entonces la pelona lo vería y no podría permanecer más tiempo disimulando. Pero la vida es un bien sagrado, y los hombres tienen reservado siempre un último derecho: defenderla cuanto puedan de la voracidad de los dioses. Da derecho a luchar, y Teófilo Tortolero era un luchador. Un luchador de puta madre. El pobre: se daba ánimos.

Lucharía.

Joder, la muerte. La ausencia matinal de signos oscuros lo había sorprendido. Ni una nube, ni una sola pared sombría. Ni talismanes. El hombre puede querer leer la muerte en la mañana de su día: pero ella misma es su único emisario. No hay otros signos. Llega y llega. Ni una puta corneja a diestra o siniestra. Llegaron los libros, joder, y no voy a poder leerlos.

Teófilo Tortolero miró el flamboyán. Irisados, el suelo y el árbol, de flores rojas. Teófilo Tortolero sabía que no podía rehuir la presencia inquietante, apenas una sombra, que lo seguía husmeando el aire y, ¿quién lo sabe?, salivando. No era lo que se dice un estoico, y ante el suicidio siempre había encontrado respuestas: risa, ron, rubias; sol, soledad, silencio. Sin embargo —las trampas de la estética son eficaces— sintió, a la vista del flamboyán florido, que aquél era un buen lugar para aguardarla. Esto es lo que se dice una traición poética, me traicionó la mirada, ella eligió, no yo.

Teófilo Tortolero se fue derecho al árbol. Percibió que el mundo era un temblor. Lo primero que hizo fue abrazarse al tronco, como queriendo entrar en contacto con los manes que lo habitaban. Luego recogió flores. Las puso alrededor, como para engañar a la muerte con el simulacro de la posesión de unas armas que ni tan siquiera era capaz de imaginar. De una ventana cercana —persianas azules— tomó prestada una velita encendida: la colocó en el centro del círculo de flores. Con una rama y su camisa blanca fabricó una antorcha de deflagración instantánea. No para luchar, sino de adorno. Sí, estaba preparando un ritual cuya estructura le dictaban el miedo y la intuición. De haber tenido sus gubias hubiese grabado una décima que sirviera de epitafio: un epitafio discreto Pero burlón nos hermana.

Preparado el marco florido, enrojecido el suelo, palpado el árbol, Teófilo Tortolero reunió las fuerzas necesarias y se dio la vuelta, con los ojos muy abiertos buscando las órbitas vacías de la mal vestida. Se la encontró aún demasiado lejos, casi al comienzo de la rambleta por la que había surcado el carpintero-poeta como el que huye del fuego. Joder, joder. Venía caminando distraídamente, envuelta en su manto negro. Miraba a ambos lados antes de cruzar la calle, bien educada. Olfateaba el aire. Qué vieja está, la condenada, y qué fea la pobre, se merece cada sátira que le han compuesto. Y cada danza. Llevaba un lazo fucsia cruzando en diagonal el pecho, ¡cómo si fuera una miss!

Teófilo Tortolero decidió jugarse el todo por el todo, le hizo un gesto con la mano, moviendo la antorcha, y decidido a vender cara la piel. ¡Come carroña, tienes hambre, ven a buscarme!

Una vieja un poco olvidadiza y un mucho pobre —tropel etílico sexagenario— le increpó desde el otro lado de la plaza:

Teofilito teofilito

 Que te vienen a buscar

Despídete de esa llama

Y prepárate a sanar.

La risa que siguió a los versos le recordó a la de una escena terrible de Muerte de Virgilio, pero prefirió reservar la fuerza de las injurias para la impaciente. La vieja, claro está, se detuvo para mirar en qué paraba todo aquello.

La muerte se acercó dando chispazos y a grandes trancos. Socarrona carroña, despídete de tu manto y de tu misión, te voy a atrapar y te voy a dejar aquí atada para siempre. En una jaulita, como un canario en carbón. ¡A ver qué Mercurio te mandan esta vez los dioses para soltarte! Cuando acabe contigo aquí no se muere nadie jamás.

El silencio que persiguió a sus palabras por toda la plaza hasta devorarlas lo estremeció. Ésta es de cuidado.

Llegada a la plaza la muerte se detuvo, se ajustó el manto negro y el crespón rosado. Se le bajó la capucha. Ni pelo tiene, la pobre. Comenzó a andar en círculo, hasta situarse de espaldas al sol. Su perfil se escribía nítidamente sobre el disco del cíclope. ¡Muy cinematográfico pelona, te descuidas y te contratan para una superproducción! ¿Te hace un video-clip con Ray Orbison?  Daba vueltas como el águila que aguza sus sentidos a la búsqueda del ángulo débil.

La muerte entra siempre por una única herida, que se recibe en el nacimiento.

Joder, joder, joder. Teófilo Tortolero no era un profeta, pero supo que la muerte que lo buscaba desde la mañana por las callejas de la ciudad le había tomado miedo. Lo estaba estudiando, como el tigre a la rata que le salta al cuello. Siempre se puede temer lo peor de un poeta, pensaba.

Teófilo Tortolero no comprendía la estrategia. La vieja tampoco. Los demás transeúntes asistían a la escena sin compasión y sin curiosidad.

La muerte es un tránsito cotidiano.

A medio trote, aunque sin derivas, la de la guadaña se fue acercando. Cuando la creyó confiada del triunfo a la primera, Teófilo Tortolero dio un salto, y fue a caer en el medio justo del arco de sombra que sobre el enlosetado azul y blanco de la plaza dibujaba la copa del flamboyán. La muerte dio un respingo hacia atrás y se le enredó el manto entre las piernas peladas: se fue al suelo. A Teófilo Tortolero le dio lástima. Caridad franciscana, hermana muerte. Con el trabajo de mierda que tienes y lo mal que te sale.

La pelona se quedó un rato en el suelo, como si se chequeara. Se le había desprendido un brazo, que había ido a caer unos metros más allá, a los pies de la vieja. Cuando se quiso dar cuenta ya iba bailando, la amiga de Anacreonte, con el brazo en la mano, haciéndolo sonar como una maraca. La oscura se incorporó, hizo balance de la situación, se llevó la otra mano hasta las cuencas vacías de los ojos y lanzó un suspiro profundo que ennegreció súbitamente el día. Ahora sí que se va a armar. Soplaba un viento inflamado, y de las nubes arreciaban marañas de insectos. Sobra decir que con aquel panorama todo el mundo se había vuelto a recoger en casa.

Las calles, desiertas. Los árboles, devorados por manadas de langostas. La vieja, fulminada por un rayo. El brazo, bajo la vieja. La manca, caminando hacia ella. Teófilo Tortolero tragó saliva. Joder, joder, joder. Se había quedado quieto durante todo ese tiempo, bajo la sombra del flamboyán, y miraba a la muerte, sin ánimo alguno, ¿vencido? Quiero volver a la sombría casa de mis antepasados. Era una frase-mural, que utilizaba para descongestionar.

Ya volvía la muerte. Ya no era manca.

Teófilo Tortolero era un hombre inteligente, sabía que la suerte lo había acompañado durante la primera embestida, pero que no podría resistir una segunda o una tercera. Para colmo, las flores que con tanta premura había reunido, se habían levantado con el viento y colgaban  ahora de los quicios de las ventanas y de las manillas de geranios de los balcones, como un centón. La desmancada estaba hecha una furia, una pura médula espinal, descerebrada. Sangre fría, coño. Le increpó. ¡Qué poco profesional!

Si movía un brazo lanzaba un rayo que dañaba las fachadas de las casas. Si movía el otro, se levantaba una ráfaga de viento y odio que entumecía las raíces de los arbustos y las alas de los pájaros.

Teófilo Tortolero pensó que ahora era mejor dejarse morir sin enfadarla mucho, sobre todo porque no quería ni ver la cara del alcalde y de sus vecinos cuando tomaran la medida del dislate que había provocado. Pero la guadañesca no estaba ya por la labor, ahora quería jugar con el ratón que la había castigado: dos, tres, cuatro veces amagó el golpe de gracia. Pero no se decidía a darlo. Ahora quería todo el miedo concentrado en el rostro. A ser posible, la plegaria. La súplica. Como Asterión.

Teófilo Tortolero quiso darle gusto y coba, así que comenzó a dar tímidos saltitos, como si un monito o un gordinflón le estuvieran tirando chinas. Él lo hacía de buena fe, pero la muerte estaba cada vez más irritada. Estuvo a punto, incluso, de acabar de una vez con toda la pantomima de un sólo tajo, pero el hilo de lino de la venganza, y un deseo ventral de violencia permitieron que la juerga continuase un poco más. Se perseguían, los dos, alrededor del tronco del flamboyán, entre chispas y lenguas de fuego, quebrantando insectos. Como una pareja mal avenida. A cada gesto de la pelona, un saltito. ¡Daban más vueltas que un carrusel!

Teófilo Tortolero invocó la etimología de su nombre, pero sin resultado. Ése es el problema contigo, pides que creamos en ti cuando no haces falta, pero cuando te necesitamos siempre tienes algo mejor que hacer.

Utilizó poemas sagrados como conjuro, pero la muerte, si los conocía, los recitaba con él. (Leía poco, pero bien, sobre todo en alta voz). El timbre era el de un aire que no viene de este mundo: las palabras ardían y se contorsionaban en su boca. Teófilo Tortolero sabía que la muerte era un ser de tierra y fuego: las tres des: dolor, destrucción y dinamismo; las tres pes: pasión, pudrición y puaj. Blindada por una gracia de dios que los hombres no aciertan a comprender.

Pero cara a cara, hay que decirlo, perdía empaque. No podía evitarlo, le parecía un ser inferior y abnegado: un mal policía. Un soldado. Peor: un mercenario.

Teófilo Tortolero trató de discutir: yo siempre he creído en ti, toda mi poesía te ha sido dedicada como una suerte de oda, has sido mi musa y el centro de mi pensamiento. Saltitos y saltitos. No servía. Trató de negociar: Traspaso la ferretería, dejo lo de carpintero, ni vuelvo por la biblioteca, me dedico el resto de la vida a cantarte. Confiesa que necesitas un remozado. Tu look deja mucho que desear. El rosa y el negro te convierte en un black-jacket, pero no en la terrible. Pareces una drag-queen. Cambia tu guadaña por una buena mágnum. Dejaré la lírica. Me pasaré a la épica. Haré de ti un verdadero cow-boy. Saltitos y saltitos. Tampoco. Trató de confundir: La muerte en el siglo XX tiene rostro de varón, la liberación de la mujer es un hecho. Necesitas un cambio de sexo y un padrino. Saltitos y saltitos. Menos. Trató de sembrar dudas: No te mereces este trabajo. Nadie puede quererte con esa facha que llevas y esas ojeras. Los mismos dioses deben estar ahora riéndose de ti. Si desaparecieras de pronto, tardarían tres años en darse cuenta. Te ofrezco vacacionas pagadas. ¿Te gustaría trabajar de bibliotecaria? Tengo un amigo en el ayuntamiento que tal vez… Nada.

Teófilo Tortolero intercambió unas palabras con un cartero que pasaba: me podrías haber dicho que llegaba la calva. Hay mucho trabajo ahora, con lo de la nueva contratación, los que llegan nuevos no saben nada más que de ordenadores. Teófilo Tortolero había escrito varios libelos a propósito, dirigidos al alcalde y a los directores del proyecto. Después quisieron comprarlo con remesas enteras de libros para la biblioteca, nuevos salones, ayudantes, subidas impropias de la nómina mensual. ¿Seguro que no quieres un cantar de gesta en octavas?

La muerte se detuvo para reposar un poco, se asfixiaba con aquellos calores. Es que tú no eres de aquí, tú eres de más al norte. Por aquí la muerte va en cueros y dispara con cerbatana. Sudaba bajo el mantón negro, con aquel sol. De la guadaña hizo bastón, del flamboyán cayado. Con el brazo que acababa de recolocarse se secó la frente. Con la palma de la mano, el mentón. ¿Pero tú, qué coño sudas?  Como si hubiese querido sorprenderlo a traición la muerte volteó sobre sí misma la guadaña una sola vez y la lanzó ávida sobre el bibliotecario. Pero Teófilo Tortolero era conocido en el pueblo por dos cosas:

Sus reflejos felinos.

Sus ojos verdes.

Teófilo Tortolero, de un salto, trepó a lo alto de una rama baja del flamboyán. La pelona continuó su estocada sin saber realmente tramitar su inercia, y al hallar aire donde había adivinado un cuerpo tierno volvió a rodar —y van dos— por el suelo. Allí estaba, inmóvil y hastiada. Se decía a sí misma: cada día estoy más lenta. Y para redondear: cada día inspiro menos respeto. Teófilo Tortolero no era un hombre de mal carácter, al contrario, porque confiaba en su suerte y en la posibilidad, era cordial y afable, y tenía un trato fácil y honesto con las mujeres. Necesitas vacaciones, tres o cuatro días de asueto. La muerte estaba cansada y casi divertida. Sentía que le llegaba la flojera y la risa fácil. Hasta los cojones me tienes. Le dijo. Tú eres una negada, mira que coger el puesto ese, los dioses te pegaron una estafada. Pero ahora trabajo por cuenta propia. Eso es lo peor de lo peor. Sintió que sollozaba. La pobre, está desequilibrada. Se descompuso definitivamente.

Teófilo Tortolero saltó de la rama como un lince. Ése era el momento que había esperado toda la tarde. Cayó sobre ella con rapidez y limpieza, y de un golpe seco le descuajeringó todos los huesos. Quedó hecha un manojo, sin poder rehacerse. Desde el suelo, más allá de la sombra del flamboyán, justo donde había terminado de rodar, de medio lado, lo miraba entre sollozos el cráneo. Antes de que pudiera reaccionar, llamar a algún oscuro emisario, abrir las puertas del infierno, Teófilo Tortolero, el vencedor de la muerte, rescató el manto negro, lo desplegó sobre el suelo, recopiló los huesos y, con ayuda de la cinta fucsia, hizo un paquete muy apretado y se lo echó al hombro. A quien le preguntaba le decía que eran libros muy viejos que llevaba a la biblioteca para catalogar. Otra herencia.

Teófilo Tortolero volvió a la ferretería, y en una jaula para animales que le habían encargado, guardó cuidadosamente el envoltorio negro con su contenido.

Teófilo Tortolero, bibliotecario, carpintero y poeta, como le gustaba decir, encadenó a la muerte.

Teófilo Tortolero: bibliotecario, carpintero, poeta, y ahora también: vencedor de la muerte. Joder, joder, joder. Apagó la luz de la tienda. Salió a la calle. Hacía un solecito agradable. La luz naranja se pegaba al suelo y a las paredes blancas. Teófilo Tortolero comenzó a andar calle arriba, por el lado del sol. Silbaba caminito de la risa suave, del ron sabroso y de su rubia de siempre. Y ahora, si quieren los dioses, que me den piedra.

*

Alejandro Krawietz (Tenerife, 1970) es licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de La Laguna. Fue Secretario de Redacción de Paradiso, pliego de literatura. Fue profesor de literatura en la Universidad de la Bretaña Occidental, en Francia, entre 1997 y 2001. Ha desarrollado una continuada labor como crítico literario y de arte en diversas publicaciones nacionales y extranjeras (Ínsula, Quimera, Revista Atlántica, Amadís…) Con Francisco León publicó la antología La otra joven poesía española (Igitur, Barcelona, 2004). Ha preparado la antología La realidad entera de Ángel Crespo (Galaxia Gutenberg /Círculo de Lectores, Barcelona, 2005). Organizó y preparó la edición facsimilar de la revista de la vanguardia canaria La Rosa de los Vientos. Ha publicado los siguientes libros de poesía: La mirada y las támaras, Memoria de la luz (Premio Pedro García Cabrera) y En la orilla del aire (Premio Emeterio Gutiérrez Albelo). En colaboración con artistas, el libro Casa del aire (con el fotógrafo Augusto Alves da Silva) y la carpeta Diálogos de la necesidad (con Andrés Rábago). En el Círculo de Bellas Artes de Santa Cruz de Tenerife organizó la serie de lecturas poéticas “La otra joven poesía española”.

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