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A escasos treinta kilómetros de aquí hay una laguna encajonada en las montañas. En su orilla se levanta una aldea a la que me gusta acercarme con la bicicleta. Sus casas son de arenisca roja y adobe, y en muchas de ellas hay antiguos dibujos de pájaros y flores grabados en sus fachadas de influencia toscana. Sus calles son tan estrechas que algunas están siempre en penumbra; tan húmedas, que en ellas el musgo ha crecido con entera libertad, mezclando el rojo de las piedras con un manto verde que se extiende por todos los rincones.

Pocos son los vecinos que aún viven allí de forma permanente, y durante los días más rigurosos del invierno apenas hay diez o doce casas habitadas. Son personas recias, acostumbradas desde su infancia a cavar y segar, a pastorear o a cargar leña. Siguen cuidando del ganado y de la tierra, pero ya no aran el campo con mulas, ni recorren cien kilómetros para cambiar el jamón que tenían en abundancia años atrás por el tocino que necesitaban para guisar. Tampoco se ven ya las lumbres de los pastores en las noches, desperdigadas por el campo como estrellas en la tierra. A pesar de tantas cosas perdidas, todos ellos conservan la mirada limpia y hasta un rasgo personal en su forma de hablar, en su uso del lenguaje; como si cada uno de ellos fuese un último representante de la variedad de pueblos que habitó la zona antiguamente.

A dos o tres kilómetros hacia el norte crece un frondoso bosque de hayas que confiere un carácter mágico a todo el territorio. Allí conocí a uno de aquellos vecinos, un pastor de ovejas cuyo rebaño acostumbraba a pastar en una vaguada en la linde del bosque, a la vera de un riachuelo que también yo había elegido como lugar de descanso en los días calurosos. Era un hombre de baja estatura, de pelo corto y negro, casi sin canas. Su cara, alargada y sin aristas, me recordaba a un canto rodado, a un guijarro erosionado por la insistencia del agua. Cojeaba de la pierna izquierda y nunca le vi bien afeitado. Sus ojos estaban muy hundidos en la cara, como si fuesen dos pequeños animales agazapados en sus madrigueras. Eran muy oscuros, casi negros, pero brillaban como si siempre estuviesen humedecidos.

Al principio nos saludábamos levantando la mano, simplemente dando los buenos días o las buenas tardes cuando el sol comenzaba a declinar y yo iniciaba el regreso a casa. No nos sentábamos muy lejos el uno del otro, pero necesitamos varios encuentros para intercambiar unas cuantas palabras seguidas. Su perro sólo se mostró desconfiado la primera vez que me vio, pero pronto se acostumbró a verme sentado por allí, leyendo o tumbado sobre la hierba, igual que su amo. Aquel hombre había transmitido a su perro el amor por el silencio, o tal vez había sido al revés. Tuve la impresión de que ambos soñaban mucho. No sé si llegaban a compartir el mismo sueño, pero sí es seguro que aquel bosque proporcionaba soporte y amplitud a sus pensamientos.

Creo que sus ojos contemplaban el paisaje como se mira algo cercano y querido, algo que podría describir ahora como un mutuo entendimiento. Aquel hombre se encontraba de algún modo en una relación correcta con su entorno, con las cosas que le rodeaban. Su mirada no parecía codiciar nada. Más bien reposaba sobre aquella tierra blanda como una piedra o un pájaro, como si ambos fuesen parte de una unidad sin rupturas o de una conciencia tranquila, llena de plenitud. Él me invitó a soñar en silencio con un mundo en el que cada individuo cultivaba con humildad y esmero su personalidad, en vez de abandonarla en una oscura esquina para camuflarse en el gentío de la calle; un mundo sin maltratos, sin violencia, ya que todos sus habitantes se exigían más a ellos mismos. En aquel mundo soñado no existía la violencia de la barbarie ni la de la provocación. Nadie retrocedía ante la vida, y el pensamiento se empleaba para descubrir la realidad de las cosas, no para ocultar los propios errores.

Un día el pastor y yo nos presentamos brevemente y comenzamos a hablar del entorno que nos rodeaba. Él lo conocía muy bien y a mí me interesaba conocerlo. Llevaba muchos años dedicados al pastoreo y había hecho algunos sorprendentes descubrimientos que me fue revelando poco a poco. Era zahorí –o lo había sido– y tenía localizados todos los acuíferos de la zona, incluso algunos muy profundos. Era capaz de sentir el agua a setenta o noventa metros de profundidad, sabía distinguir dónde se juntaban dos corrientes en el subsuelo, incluso sin vara, usando una simple plomada. Como buen observador de la naturaleza era capaz de distinguir los diferentes estratos geológicos y podía seguirlos durante decenas de kilómetros.

Me contó que las ovejas barruntan la lluvia con antelación y que el día antes de que llueva se mueven despacio por el campo, agarradas a la hierba, haciendo acopio de alimento. Y que las vacas corren y saltan si el día siguiente va a hacer mucho aire. Había sido pastor desde los ocho años, y desde los seis había ido a trillar en la era y llevaba en una mula la comida a los segadores. Sabía que las vacas se vuelven agresivas con el olor de la sangre y que las cabras tienen un paladar exquisito, y en primavera gustan de comer los brotes de las zarzas y las capuchas de las jaras.

Me enseñó que el té que crece en el monte sobre las rocas limpia el estómago y que las ortigas favorecen la circulación sanguínea. Gracias a sus indicaciones aprendí a distinguir la manzanilla de la magarza, a reconocer el tomillo salsero con que se aderezaban antiguamente las aceitunas en maceración. Supe de la bondad de las malvas y el orégano para los resfriados. Me habló de muchas plantas cuyas propiedades conocía por tradición o por su propia experiencia: aulagas, majuelos, cantuesos… Pero quizás su gran descubrimiento era una profunda cueva en la que aseguraba haber visto una veta de oro y los restos fósiles de un extraño lagarto volador. No tengo por qué dudar de él, aunque lo cierto es que nunca llegué a entrar en ella.

Una tarde muy calurosa yo me había entretenido en el regreso. Estuve leyendo un buen rato, apoyado en el tronco de un viejo chopo caído sobre la hierba, mientras trataba de vencer la pereza de pedalear durante hora y media de camino a casa. Él apareció con su rebaño bien entrada la tarde y se sentó a mi lado. De vez en cuando echaba un vistazo al libro que yo estaba leyendo, pero creo que apenas hablamos. Cuando comenzó a atardecer no tuve más remedio que vencer mi comodidad y decidí iniciar el regreso. Me incorporé, guardé el libro en la mochila y me acerqué a la bicicleta. Cuando me volví para despedirme, sonrió y me dijo:

-Yo busco algo que no existe.

Le dije que sí, que estaba de acuerdo y que la próxima vez que nos viésemos hablaríamos de eso si le apetecía. Asintió con la cabeza, nos saludamos como solíamos hacer, levantando brevemente la mano, y comencé a recorrer el largo camino de vuelta.

No le he visto ni he sabido nada de él desde entonces, a pesar de que ése sigue siendo uno de los lugares preferidos de mi bicicleta. Un vecino de la aldea me dijo hace poco que había caído enfermo y que había viajado a la tierra de su hermano. Vendió el rebaño y se marchó. Me ha asegurado que intentará enterarse de su dirección, y cuando lo haga me gustaría visitarle y continuar aquella conversación que apenas llegamos a iniciar. Intuyo que ambos contemplábamos el paisaje como un ser completo, íntegro; como algo que proporciona seguridad y recogimiento. Y seguramente eso era lo que nos unía. A pesar de que ambos buscábamos algo que no existe, me gustaría decirle que también yo sigo contemplando con emoción la integridad de este paisaje que nunca está en venta; y que esa misma integridad será la tuya. Y éste es el tesoro más preciado que tengo. También me gustaría verle para decirle eso, si a ti no te importa.

NOTA: Este texto es un fragmento de Cartas desde el río, el último libro de Francisco Ramírez Viu, cuya publicación está prevista para noviembre de este mismo año.

*
Francisco Ramírez Viu nació en Las Palmas de Gran Canaria en 1968 y realizó sus estudios universitarios en Madrid, donde se licenció con Grado en Ciencias Geológicas (además de cursar asignaturas de Ciencias Matemáticas y Filosofía). Perteneció a la Red de Arte Joven de esa Comunidad Autónoma (como poeta y cantautor), trabajó en el ámbito del periodismo y de la gestión cultural (Fundación Albéniz, Hispania Nostra…) y más tarde en el de la docencia universitaria, enseñando “creatividad literaria” en la Facultad de Filología de la ULPGC. Ha publicado novela, poesía y ensayo; ha recibido diversos premios (“Francisco Umbral” de novela, “Gran Canaria” de Literatura) y compagina su labor literaria con la pintura, la música y el guión cinematográfico. En 2008 fundó ciudArte, un espacio de formación para escritores inspirado en el concepto de “razón poética” de María Zambrano. Su vida discurre actualmente entre una aldea al norte de la provincia de Guadalajara y un pequeño pueblo costero en la isla de Fuerteventura. Puede obtenerse más información sobre el autor y su obra en www.ciudarte.es.

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FABULAS (DIEZ LECTURAS IRREVERENTES)

I

GLORIAS NACIONALES

La tradición es inflexible. Dicta la costumbre que ha de honrar el pueblo las manos prodigiosas. Ciudades dignas de tal nombre, aun las de provincias, se vanaglorian de conservar en sus museos las reliquias de quienes sorprendieron con su arte al mundo; desde antiguo compiten por atraer al visitante ávido de rarezas, al devoto fiel, al turista circunstancial. La atormentada historia de nuestro pueblo, víctima de guerras civiles en número y calidad sin par entre las naciones, ha sido rica en episodios de saqueos y expolios mutuos. De suerte que hay ciudades populosas que conservan una colección mediocre, o ciudades privadas de la menor reliquia del genio nacido entre sus muros. Expertos en dinámica de mercados señalan en congresos la salud económica de estas prácticas devocionales. Los periódicos cantan las bodas del genio y el capital, y hacen mofa de los escritos de Baudelaire (cuyas manos se han perdido sin remedio). Autoridades municipales, especuladores, firmas comerciales, accionistas brindan a la salud de sus momias provechosas. En despachos de humo trazan planes para incrementar la felicidad de sus negocios. El celo en provincias ha llevado al desvarío de amputar en vida a estas glorias sus manos. Las autoridades han debido intervenir con la máxima urgencia. Pero los ciudadanos han cerrado filas. Se suceden convocatorias de manifestaciones. Algunos temen disturbios.

ARTE DE LLORAR DIFUNTOS

Escaso es el número de quienes dominan las reglas de arte tan sutil y esquivo como el de llorar difuntos. La mayoría, por desgracia, suele abandonarse a la improvisación ineficaz, burda e indecorosa. Ignoran hasta qué extremos dañan su reputación y envilecen el bien público. Hay amateurs que lloran con desmesura detestable, elevando la voz, contorsionando el cuerpo y el rostro, como epilépticos o brujos extasiados. Otros se permiten el vicio contrario. Gustan de las esquinas y reducen al máximo el volumen de su cuerpo. Allí se les ve gimotear en silencio, asaltados por el hipo. Insufrible es el momento en que hacen uso de sus pañuelos. Sonoras ejecuciones rivalizan con la hazaña de Jericó y amenazan con devolver la vida al difunto. Hay también plañideros frustrados. Se les distingue por sus convulsiones, la ausencia de lágrimas, sus bufidos, sus esbozos de llanto, reprimidos con porfía. Cuánto sufren estos desgraciados, víctimas de catarsis imposibles, parias del consuelo, vagabundos en la geografía del dolor, a quienes la mala fortuna les niega los beneficios del llanto.

PEDAGOGÍA DOMÉSTICA

La niña debió aprender bien pronto la lección secreta del goce y con aplicación y entusiasmo frecuentaba su escuela. No tardaron en sorprenderla en su deleite lascivo. Y la cólera familiar hubo de alzar su voz y su mano, y castigar con la ejemplaridad debida. Habrá de oír la niña, sin comprender, que el Nazareno amaba mucho a los niños y que si tu mano te es ocasión de caer y que por tu bien, y que las llamas y que la dulce penitencia. Y a la criatura se le reclamarán besos conciliadores, y el ángel los repartirá sin dejar de lamentar, en silencio, la desgracia de su juguete, aquel dedito, recuerda, tan simpático e insaciable.

CONTROVERSIA

A nadie se le oculta que la razón, como todo mobiliario dotado de puertas, goznes y cerradura diseñado para contener, al abrigo de miradas indiscretas y manos ajenas, cuanto de valioso cabe guardarse, a nadie se le oculta, digo, que la razón deba poseer su propia clave secreta que sustraiga a la mirada del vulgo los arcanos prodigiosos, los laberintos infinitos, los abismos, las cimas, la luz meridiana que la razón custodia con celo extremo. Hay quienes pretenden haber hallado la clave, pero se niegan a mostrarla, prevenidos del peligro de ver violentada por extraños la intimidad de su razón. En su pertinaz negativa a suministrar pruebas concluyentes fundan los escépticos su desconfianza. Quienes simpatizan con aquéllos, bien por envidia bien por odio impenitente hacia la minoría escéptica, defienden su mutismo como heroico, como exponente de un civismo ejemplar pues siendo, como creen, universal la clave de la razón, una verdadera llave maestra que abriría todas las puertas de la razón de todo hombre, qué peligros no habría de afrontar la humanidad de confiársele el secreto a gobernantes tentados por el demonio de la tiranía, a amantes obstinados en esclavizar a sus amados, a ideólogos sin escrúpulos.

II

PROFILAXIS

También los cerebros se constipan, como viejecillas en otoño, atrincheradas en poltronas sin vida. Dan lástima estos cerebros derrotados, humillados por la dolencia. Hay quienes, advertidos de la extrema sensibilidad de estos órganos, cuidan de no someterlos a bruscos cambios de temperatura o a corrientes de aire intolerables, y abrigan sus cerebros con celo maternal, los acunan si es preciso. Así previenen algunos las temibles afasias y otras lesiones incurables, espanto y ruina de cuerdos. Para otros, en cambio, toda precaución es ociosa pues sus cerebros no enferman como los más; antes se exponen a males de naturaleza bien distinta. Es el caso de cerebros entregados a erudición forzosa, órganos de bibliófagos insaciables, maníacos de las letras, catedráticos antifáusticos, peste enemiga de todo arte que la Providencia entrega, con regularidad profiláctica, al infierno.

UNA CUESTIÓN EPISTEMOLÓGICA

A poco de revelársele a la humanidad el milagro del pensamiento, sus cabezas más notables ya porfiaban en dar con su sede. Buscaban los pensantes según diversos métodos, variopintos los más, excéntricos y estrafalarios. En Oriente, sabios concienzudos y metódicos viviseccionaron muslos y tobillos de santos, sexos de doncellas, globos oculares, trenzas, testículos, lenguas de escribas, penes de general, durante interminables y fértiles siglos de honrosa ciencia. Los profetas ayunaban en el desierto cuarenta días y cuarenta noches y aunque algunos volvían a la ciudad como osamentas renegridas, confundiendo al pueblo con oráculos de arena y visiones sin luz, los más tributaban sus arcanos y sus huesos al desierto, del que jamás regresaban. Amplios arrozales sirvieron de escenario de anegadas especulaciones al campesino audaz, concentrado en la ociosa evolución de la bosta de un buey sobre la superficie recién arada del agua. En las praderas lejanas, los cazadores del bisonte interrogaban al humo patrio con desigual fortuna. Los más escépticos vigilaban el vuelo de los buitres. Buscaban, buscaron incansables los santos, los sabios, los profetas, agotando métodos inverosímiles, ensayando variantes, abrumando al pueblo con sus revelaciones, disputando con los incrédulos, sometiéndose al ataque de escépticos y cínicos. Algunos decidieron ahorrarse abonadas disputas, hueras e interminables. Así, los chamanes de las selvas del Sur, quienes siguen un único principio de radical economía: negar la posibilidad del pensamiento.

III

EL FEO SOÑADOR

Sueñan los feos con paraísos de huríes tuertas, con profecías de labios leporinos y lenguas devoradas por la lepra, con gorgonas de rostro azufrado y demonios cejijuntos de cola hedionda, con el mismísimo coco y sus vicarios, con la erosión cosmética de la viruela, con el asalto de las caries, con la vanidosa ostentación del orejudo y el contoneo de la patizamba. Sueñan los feos con la fealdad elevada a la enésima potencia, con arquetipos de la monstruosidad, con jorobas de ángeles extasiados. Y llaman los feos pesadilla a la ausencia de fealdad.

EL FEO AFRANCESADO

Hubo un tiempo en que los feos del país trompeteaban salvas a la mayor gloria de Francia, nación de luces destinada a redimir la ignominia de los abismos locales. Sucedió que el mucho amor a la luz chamuscó las esperanzas y algunos calzones (de todo lo cual dejó fiel testimonio en sus aguafuertes el huraño inquilino de la Quinta del Sordo). Mas habremos de ser justos con estos feos patriotas, cuyo amor desvirtuaron las circunstancias cerriles de sotanas, terratenientes y generales de iberismo falócrata y onanista. Hay quienes para salvar la casa dejan que otros la incendien. Y esta tesis, servida a modo de explicación, deja de ser absurda en el país de los ultrafeos, como aclaró un feo célebre recurriendo a los espejos del Callejón del Gato. ¡Allons les enfants…!

EL FEO METAFÍSICO

Se dice de Parménides de Elea que el mucho pensar hirió de muerte su espíritu. Graves desórdenes aguardan a quien no contiene dentro de sus límites la razón. Los músculos faciales sufren una parálisis progresiva que degenera el gesto en uno típico caracterizado por su insulsez (que algunos estiman docta). Los artistas que retrataron la venerable figura del Doctor Angelicus testimonian en sus lienzos los rasgos de un beodo febril de mirada grave a fuerza de obtusa (u obtusa porque grave). Sin duda, un estudio comparado de los rostros de Parménides y de Santo Tomás establecería coincidencias inquietantes a pesar de cuanto deben estos pensadores, hijos de su edad, al diverso y particular calor del paganismo y de la fe cristiana. Por desgracia, los retratos que del pensador griego han llegado a nosotros son manifiestamente espurios. La imaginación del artista hubo de suplir la ausencia de modelo. Algunas miniaturas lo representan como un anciano de largas barbas y mirada de alcahuete sin fortuna. En otras aparece como un enajenado disfrazado de alquimista (gorro de aspecto carnavalesco y atuendo inverosímil). Alguno optó por imaginarlo bajo el aspecto del sultán de Bagdad, hazaña sin duda digna de mérito pues se desconocía entonces (aquellos años oscuros) el verdadero aspecto del sultán de Bagdad.

EL FEO ESQUIVO

No hay duda. El feo par excellence es éste; sus garantías: fealdad consciente, verosímil, asumida en todas sus consecuencias, a despecho de toda sociedad, de todo albedrío, de toda compasión. Éste es el feo de los quicios de las puertas, el apostado si niño tras sillones de fieltro rojo, el atrincherado en los armarios, voyeur de su esposa bajo el sofoco domador de todos sus amantes, el oficinista invisible de pura fealdad, el oculto doctor de quirófanos ilocalizables, el bufón involuntario en los vagones del metro, el acomodador de las salas de cine, cuyo rostro nunca vemos, el catedrático de las lentes impenetrables, el cura preconciliar de las letanías salvíficas, de espaldas a la feligresía muda, los pasteleros de la trastienda, el cobrador prisionero de vidrieras antibalas en las estaciones de autoservicio, el comandante de la aeronave que no saluda a cara descubierta y delega los deberes de la cortesía en azafatas insomnes.

SUEÑOS, CLARIDADES, ENIGMAS (SUITE EN DOS TIEMPOS)

A Ismael      

I per la runa cerco l’Incert  (J.V. Foix)

I

SUEÑO DE ANATOMISTA FABULADOR Y ENIGMA DEL HUESECILLO

Iluminado dictaba una lección ante medio centenar de alumnos que en sus cuadernos apuntaban palabras que no eran las mías. Y para probarlo guardé silencio durante seis minutos, durante los cuales continuaron ellos, los aplicados, garabateando en sus cuadernos palabras ajenas. Quise yo despreciar aquella insumisión anotando aquí y allá algunas marginalidades que nadie habría de atender. Luego descendí de la cátedra y recorrí los pupitres con aire grave de profesor en día de examen. Deseaba sorprender, sin ser notado, alguna de las líneas que afanosos escribían en silencio pero no acertaba a comprender por qué las hojas estaban en blanco ni por qué escribían ellos con bolígrafos sin tinta. Atribulado, regresé, con las manos en los bolsillos, a mi desolada cátedra. Al volverme, hallé un aulario con aspecto de salón de baile, donde se hacinaban cientos de criaturas dominicales trajeadas de fiesta. Una voz de vidrio me reveló el significado de aquella transformación, que no acerté a comprender. Al salir del baile ejecuté una torpe contradanza que alguien pudo observar y al extraer mi mano izquierda del bolsillo descubrí que sostenía una llave con aspecto de fémur de gorrión con la que pude abrir una puerta acristalada. Tras la puerta hallé una amplia sala repleta de alumnos que me aguardaban respetuosamente en pie alrededor de una mesa de operaciones. Sobre la mesa descansaba el cadáver desnudo de un hombre.

SUEÑO DE MAMÍFERO AGÓNICO Y NATURALEZA MUERTA CON HUESO

El animal agonizaba como una sombra sin que fuera legítimo sospechar parecido alguno con un perro. Y, sin embargo, aquella sombra de mamífero, aunque liberada de la sumisión impuesta por el hombre, aullaba con voz doméstica, lamentable. Yo debía aceptar el castigo de ser llamado su dueño. Y era forzoso declarar con la letra, sin espíritu, las obligaciones demandadas. No fue difícil observar las formas velludas, el vientre sin vida, las tetillas de cerda –¿eran seis o eran siete?– con indiscreción limpia. El animal simulaba muy bien la cresta de un sueño. Acaso estuviera muerto, el animal, y hallase consuelo en mi mirada. Como si con ello pudiera redimir sus huesos de la ignominia póstuma de plañideras sin oficio.

SUEÑO DE INSTRUMENTO DE CUERDA PERCUTIDA Y FANTASÍA DE RETRATO CON HUESO

El ángel interpretaba nocturnos de pájaros muertos y mientras lo escuchaba me palpaba inquieto la frente enfebrecida. Quise interrumpirlo, osado, con palabras mundanas pero mis labios no respondieron. El ángel mostraba predilección por las teclas blancas, que percutía en riguroso orden ascendente. Deseé averiguar la razón por la que marginaba las teclas negras, y el ángel, sin dirigirme la mirada y sin haber logrado yo abrir la boca, señaló paciente una luminosa ventana. No era, sin embargo, una ventana sino un lienzo pintado al óleo que representaba la figura de un anciano que sostenía, sonriente, por un extremo, al modo de una batuta, un largo huesecillo dorado.

II

SUEÑO DE ANACORETA O APOLOGÍA DE LA CASTRACIÓN

Un prodigio de fuego consumía el aire. Vi cómo el desierto hacía avanzar sus arenas como tormenta de alacranes bajo una luz sacrílega. Vi cómo pies desnudos trazaban en la arena el signo de un paisaje abierto a agitadas fuerzas; allí se arremolinaban, en sucias lenguas desiguales, naturalezas doradas que exigían la sangre de los mártires. Vi cómo una columna de esclavos se alejaba, vi el arca de las virtudes sobre sus hombros sudorosos. Vi también, sobre un monte yermo, a Babilonia; vi cómo se daba, sobre el polvo de la tierra, a los hombres, cómo allí les entregaba su seno a la lascivia y se estremecían los cielos con el canto lujurioso de sus bocas.

SUEÑO DE CASTRATO ENAMORADO

Te habría amado y al cerrar mis ojos te vería aún danzar con el frenesí de los iniciados y no permitirías que acariciase tus piernas, y me dirías, con espíritu evasivo, palabras y suavidades que no sabría recordar. Me habrías dicho, con voz agitada: “¡No me des flores! ¡No me des flores!”. O habrías dicho: “Al toque de la aurora, los labios”. Y no sabría yo si me soñaban los ojos contemplando los ágiles pies de arena, aun cerrados, o si veía la luz de baile de tu cuerpo como quien se entrega a las aguas ciertas de un río.

NOTA: Las lecturas fragmentarias que integran “Fábulas”, inspiradas en piezas de la serie Commesuratio (1996-1998), del escultor Román Hernández, fueron escritas entre los años 1997 y 2001. En el catálogo de su exposición individual Confesiones para la ironía y la razón (2000), aparecieron, con ligeras variantes y bajo el título “De la razón irónica [cuatro lecturas]”, dos de los textos que hoy pueden leerse en estas páginas. Los fragmentos pertenecientes a la suite “Sueños, claridades, enigmas”, escritos entre los años 2001 y 2003, se ofrecen como una lectura libre de otros tantos fragmentos escultóricos de la mencionada serie de Román Hernández.

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Roberto A. Cabrera (Santa Cruz de Tenerife, 1971) es licenciado en Filosofía por la Universidad de La Laguna. En 1994 coordinó el suplemento literario “Las ínsulas extrañas”, en el periódico El Día, donde trabajó como redactor durante un año. Ha obtenido, entre otros premios, el de poesía “Pedro García Cabrera” (1991) y el “Montblanc a la cultura en Canarias” (1993), en la modalidad de literatura. En 2002 publica Disgregario (colección “Asphodel”). Ese mismo año aparece el relato El sacrificio (colección “Aula de Arte y Publicaciones” de la Biblioteca de Icod). La revista Sibila (nº 19, 2005) publica el relato Confesión. En 2007 sale a la luz su novela corta La estación extraviada (Ediciones Artemisa). Ese mismo año, y en edición no venal, da a la estampa Fábulas, seguido de Sueños, claridades, enigmas, colección de fragmentos inspirados en piezas del escultor Román Hernández. Poemas suyos han aparecido en revistas españolas y francesas. Colabora en la edición facsimilar de El Pensador del escritor ilustrado José Clavijo y Fajardo (Real Sociedad Económica de Amigos del País de Tenerife, 2001), publicando en su volumen introductorio un extenso estudio crítico y un índice onomástico de la obra. En 1996 despierta su afición por la fotografía en blanco y negro, que explora de forma autodidáctica. Ha publicado un reportaje fotográfico del escultor Román Hernández en su estudio (Confesiones para la ironía y la razón, catálogo de exposición, Galería Mácula, Santa Cruz de Tenerife, 2000) y participado en la Bienal Fotonoviembre (2001). En la actualidad reside en La Palma, donde ejerce como profesor de Enseñanza Secundaria.

El problema del narrador –del escritor– es aprender a mojarse de una vez por todas, aunque en ese intento de introducir los pies en el agua, tomemos el riesgo de caer en la cuenta de la imposibilidad de narrar el vuelo, audaz, del cernícalo; la sonrisa, niña, de la muchacha de la camisa de lunares; el enconado fulgor de los tajinastes, floridos, del jardín; o la aparición, siempre inusitada, de los primeros rayos del sol, carretera abajo, la mañana de un martes.

De camino al colegio, un viernes tres de junio, la pequeña Emma me ha dicho con gesto ilusionante: “las cosas que me gusta decir son: flores, corazones, luna, estrella, cereza… esas cosas”.

Salvar de entre los días cotidianos algo que merezca la pena retener en la memoria: una imagen, una mirada, una idea, una gota de agua caída sobre tus mejillas un día de lluvia cualquiera o la caricia del salitre sobre tu piel, hechos pequeños –aparentemente–, pero que de pronto toman otra dimensión al ser avivados por el fuego de la memoria. Comprendes, entonces, que éstos cobran forma de verdaderos acontecimientos.

Como el científico que toma notas de todos los cambios que se producen en un botijo con microorganismos dentro. El oficio del narrador no es otro que asomarse al discurrir del pensamiento. Más allá de la anécdota, ¿no es, el narrador, aquél que sabe mojar la madalena en el café con leche a la manera proustiana?

Contar o narrar lo que se piensa sin saber muy bien lo que se dice bien podría ser una de las múltiples variantes del automatismo. Con todo, en contextos inoportunos esta técnica plantea incómodos problemas, especialmente en las sobremesas del verano, normalmente más dilatadas que las del otoño o el invierno.

El decir, como fórmula de verbalización plantea en ocasiones el problema de la franqueza secuestrada por el verbo.

Si el poeta es un fingidor, el narrador es un embustero, un hacedor de cabriolas fugaces, puro cuento, un auténtico vividor.

Tiene cuatro o cinco cámaras digitales (baratijas) que permiten programar intervalos de tomas. Las deja abandonadas, horas y horas, en distintos puntos o ángulos y toma estas increíbles secuencias.

Releo la novela El ángel caído, de Per Olor Enquist. Nada que decir, salvo unas cuentas palabras anotadas al margen, lejos del discurso altisonante de los enunciados críticos o de los sermones de domingo. El sabor de este extraño texto me resulta doblemente extraño por el recuerdo que conservo de su primera lectura, hace ya mucho tiempo, y de la que apenas conservaba un cúmulo de sensaciones extravagantes.

No todos los días suceden cosas importantes ante nuestra mirada y, sin embargo, siempre está ocurriendo algo en nosotros. Algo así como un cosquilleo, una ráfaga de viento que despeina nuestra memoria, el descubrimiento de un nuevo sabor, o el de una nueva cicatriz en la palma de la mano que jurarías no haber visto nunca antes.

Jueves nueve de junio. Durante el desayuno, absolutamente imposible no dirigir la mirada hacia los pechos de la muchacha del jersey azul a rayas, levemente insinuados en la transparencia de esta luminosa mañana. Su mano derecha acariciando una libreta en la que se intuyen unas cuantas líneas escritas en bolígrafo azul con indicaciones en los márgenes; su pelo suelto, ligeramente inclinadala cabeza. Durantelos dos o tres minutos que dura la escena te preguntas de dónde nace esa pulsión de vértigo que sientes al recorrer con la mirada la imagen de la chica del jersey a rayas; de dónde ese cosquilleo que recorre dulcemente tus genitales el tiempo suficiente como para que termines tu café y te asista una confusa e inexplicable melancolía, mientras decides acabar con la escena esfumándote por la puerta de servicio.

En la investigación visual, una consecuencia predeterminada suele dar malos resultados. Esto no significa entregar las cosas al azar. Pero es el sutil juego entre la investigación intencionada y la que carece de dirección lo que permite encontrar cosas que uno no sabía antes, y es de este ámbito del que más difícil resulta hablar. Da la impresión de que es extremadamente difícil escribir sobre este principio básico de la producción artística.

[Wolfgang Tillmans, Londres, abril de 2005]

Me llama un librero amigo para decirme que ha llegado a sus manos un ejemplar de la primera edición del relato surrealista Crimen, de Agustín Espinosa, el Lautréamont de las letras hispánicas. Releo en voz baja el fragmento “Diario entre dos cruces”, que me conmueve como en mis años de estudiante universitario. Sumo a aquélla lectura, esta otra lectura.

Narrador: ‘Dícese del escritor que pone en palabras el discurrir de su propio pensamiento. Esta categoría u oficio suele confundirse y entremezclarse con el contador de anécdotas o con el vividor del cuento’.

La lección de Sherezade: quedar dormido antes del final de la historia para no acabarla nunca.

Narrar historias jamás escuchadas, como nacidas desde la misma chispa de la invención. Onarrar historias ya sabidas, de esas que se leen o se escuchan sólo por el placer de una complicidad.

Pero chico ―exclamó el viejo―, estas habichuelas son mágicas; plántalas y verás que en una sola noche crecen hasta el mismo cielo.

Tanto si se cuenta lo verosímil maravilloso como si es la maravilla de lo inverosímil lo narrado, el espacio y el tiempo del narrador son otro tiempo y otro espacio.

Traducir la expresión: “por si las moscas”.

Ella tenía razón cuando afirmaba que estudiar una lengua muerta es la mejor manera de tomar verdadera conciencia de nuestro destino perecedero. No somos más que lenguaje escurridizo. Enanos a hombros de gigantes. El eco de un eco. Un escrito en el agua.

Tercer principio. El tiempo de escribir no siempre es cronológicamente el primero; y nunca se sabe escribir bien, si antes no se ha sabido contener la pluma.

Este principio es consecuencia natural del anterior; es el tiempo del silencio y del estudio cuando hay que prepararse para escribir; hay libros precoces como los frutos. ¿Por qué avanzáis tan deprisa? ¿Por qué os precipitáis arrastrados por la pasión de ser autores? Esperad, sabréis escribir cuando hayáis sabido callar y pensar bien.

[Abate Dinouart, El arte de callar]

La continuidad de losparques, de Cortázar. El tiempo breve del relato breve, pero de tan hondo tan intenso que puede quebrar la materia misma del lenguaje y practicar un orificio duradero, indeleble, en nuestra manera de entender el mundo.

Ningún tiempo es más infructífero como el impuesto por las salitas de espera del dentista. Te llevas una buena edición de narrativa de bolsillo y piensas que a la espera de tu turno vas a poder leer unas cuantas páginas, pero siempre te encuentras cercado por la electricidad verborreica de un televisor encendido para nadie.

Me sorprende y fastidia ese impulso nervioso que me hace cerrar los párpados cada vez que se escucha el “clik” de una máquina fotográfica que apunta en mi misma dirección.

Como si se tratase de cuerpos dormidos o en trance sobre la trayectoria del tiempo, los objetos de mi escritorio reposan en quietud como efigies vigilantes. Otros, sin embargo, parecen anhelar la calidad de unos ojos que los miren, pues han sido llamados a escena para que alguien los contemple, absolutamente.

En el vuelo de regreso, nuevamente la azafata de las trenzas delicadas  ha vuelto a ofrecerme una toallita refrescante. A punto he estado de rechazarla, pero luego he pensado que acaso pueda servirme para limpiar del todo unas manchas que han aparecido en mi camisa no sé  muy bien cómo. Determinar el origen de esas manchas me trae de cabeza durante un buen rato y, aunque quiera pensar en otra cosa, en verdad ando de un lado para el otro sin poder hacer otra cosa, como quien olvida una palabra y permanece inactivo a la espera de que ésta aparezca desde el saco sin final de la memoria.

Imagino por un momento cómo sería la vida de mi mujer y de mis hijas sin mí. Sólo entonces caigo en la cuenta de lo mucho que dejamos por hacer, siempre a la mitad, sin concluir nada; de camino hacia alguna parte y absolutamente prescindibles. Miro lo que me rodea durante unos instantes.

Este silencio sobrecogedor.

Nunca he sabido distinguir lo que es una novela de lo que no lo es. En mi caso, esta palabra posee cierto carácter despectivo, como si estuviese relacionado en estos últimos tiempos con la mera enumeración de anécdotas o con invenciones más o menos originales llevadas al terreno dela escritura. Me pregunto, entonces, qué es una “novela”. Supongo que, como en la vida misma, una narración al límite, una experiencia o invención que sepa plantear la contradicción de la misma existencia.

La poésie personnelle a fait son temps de jongleries relatives et de contorsions contingentes. Reprenons le fil indestructible de la poésie impersonnelle.

[Lautréamont]

Releo un conocido texto de Walter Benjamin. Sobre la fotografía. En relación a las tomas realizadas por Eugène Atget en la ciudad de París, Benjamin escribe: “en estas imágenes la ciudad parece tan desamueblada como una vivienda que aún no ha encontrado un nuevo inquilino”. 

Encuentro en un libro una nota escrita a bolígrafo rojo, casi un mensaje secreto y cifrado dirigido no sabemos muy bien a quién y con qué propósito: APRENDE ALGO DE MEMORIA Y DILO.

La narración –la escritura misma– es el territorio de lo posible/imposible; el camino hacia un territorio inexistente que podría devenir real. De hecho es realidad en el mundo de la imaginación, luego existe.

El dilema del narrador: vivir del cuento o contar para mejor vivir.

Martes por la tarde. Yano queda nadie en las oficinas. Sólo se escucha el repiqueteo de las teclas de tu ordenador y la zaranda de bolsas de basura y papeleras que esgrimen con resignada tenacidad las señoras de la limpieza. Tras los píxeles y cristaleras que dejan entrever la luz de la tarde, se intuye el calor sofocante que anunciaba la radio esta misma mañana. Sal ahí, pienso, y mójate. La vida está ahí afuera. La fuente de todos los relatos.

Narrar lo inenarrable es lo mismo que decir lo indecible o describir lo indescriptible, fabular lo inverosímil o relatar lo no creíble. El escritor camina siempre sobre esa delgada línea situada entre uno y otro polo, en una contradicción constante. Para que haya trama se necesita un conflicto, pero el conflicto del escritor es el compromiso de adecuar su lenguaje a lo que está por venir; a la descarga de energía que le ha de dictar el gesto de su escritura.

Siempre me pasa lo mismo con las antologías: acabo jugando al juego de las decapitaciones. Voy rasgando hojas al libro hasta eliminar lo que sobra y dejar sólo lo que no falta. Es entonces cuando los autores escogidos por el antólogo van cayendo sobre el tablero como en un juego de ajedrez, a riesgo de que el libro enflaquezca irremediablemente. A fin de cuentas, todos somos antólogos de nuestras propias lecturas y experiencias.

Tarea (y ejercicios a lo arquímedes) para los narradores de ahora: UNO. Preparar en una buena taza un café con leche. DOS. Comprar una caja de madalenas con vocación proustiana. TRES. Hacer bucear la madalena dentro de la taza y liberar los impulsos de la memoria con cada burbuja de aire que sea liberada. CUATRO. Dejarse llevar por la necesidad y el pulso de la escritura.

Al volver a casa, por la autopista del sur, piensas en el tiempo que pasas al volante entre una carretera y otra, entre un destino y otro, entre un lugar y otro. Aguzas la percepción para que nada de lo que sucede a tu alrededor se te escape, y te entretienes en repasar casi de memoria algunas escenas de la jornada, mientras te aferras más y más al volante. Visiones del vértigo. Gigantes, molinos de viento al conducir en retirada por la autopista del sur. Alta tensión la de mis pupilas inflamadas.

Ahora que la niña se ha quedado dormida aprovechas para poner la música de Air Waves. Una escritura –piensas– que posea esa extraña virtud melódica de arrastrarnos hacia un lugar fuera del tiempo cotidiano de los relojes.

Alta tensión la de esta tarde de color azul plomizo, mientras buscas el sosiego, el cobijo de una nube en lo alto.

Te deslizas llevado por la inercia de un motor en marcha, como quien escribe sobre las hojas de un cuaderno a rayas sin prestar atención a la caligrafía que dibuja la tinta sobre el papel.

A todo gas las palabras se esfuman más despacio; mientras las ruedas del vehículo giran y giran en tu cabeza revolotean unos versos caprichosos de la canción Le temps des cerises, en la versión de Patrick Bruel. Todo por constatar que vivimos en un mundo lleno de contradicciones.

Mon ami, Jean François, me disait en riant qu’un jour plus beau que les autres, la parole prendrait la figure d’un chevalier errant. Il ajoutait qu’il ne me fallait pas chercher ailleurs le sujet de mon livre.

[Joë Bousquet, Traduit du silence]

Construir un relato con las imágenes que se agolpan en tu mirada en los instantes previos a la desaparición. De qué forma traducir los sabores que llegarían entonces a tu boca; cómo poner en palabras el sentimiento de placer ante la fuga final de la mirada, ante el vértigo lacerador y, sin embargo, bello como la cresta de una tempestad desafiante. Cómo poner en palabras la suma acumulada por la memoria: rostros, objetos, paisajes, momentos hechos de tiempo que a la postre transcurren, dicen, en el lapsus de un leve parpadeo.

Preguntada, a la mañana siguiente, la pequeña Emma dijo haber soñado con un arcoiris de colores y ella sentada encima.

Crees ver, y sin embargo, tienes la certeza no llevarte nada a la boca; de no saber nada y de poca cosa haber comprendido, cuando ya nada importa sino el verdor triunfante de las palmeras fugaces en la mirada de tu memoria extinta.

UNA CONCIENCIA MUSICAL. Si no la forma poética en jeneral, ya que queda la prosa, ciertas formas espresivas (la épica, la dramática, la anecdótica en suma) están llamadas a desaparecer y deben desaparecer en la vida sucesiva venidera. Sólo debe subsistir la lírica, que casi no es forma en el sentido corriente de la palabra; que es como una conciencia musical del hombre (y algún hombre sabe que la conciencia tiene forma).

Y con la lírica, su única hermana: la crítica.

[Juan Ramón Jiménez]

Días en los que tenemos la impresión de que no ocurre nada; al menos nada –algo– que merezca la pena ser escrito o contado. Quizás nuestra más alta aspiración debiera ser alcanzar ese estado de gracia que nos permite observar y extraer cosas necesarias de un día en el que, a simple vista, nada acontece.

Como cuando miramos un paisaje de lejos y descubrimos, en medio de los árboles, una pequeña cima que sobresale al fondo.

*

Isidro Hernández Gutiérrez (Tenerife, 1975) ha publicado los cuadernos de poesía Trasluz (2000) y Árbol blanco (2002), ambos en  la Colección literaria «Asphodel». En 1995 fue galardonado con el Premio Emeterio Gutiérrez Albelo de poesía (Icod de los Vinos). Entre 1997 y 2001 coordinó varios suplementos de cultura en diarios de la provincia de Santa Cruz de Tenerife. Entre 2001 y 2003 impartió clases de español en la Universidad de Bretaña Occidental (Francia), años en los que se gestó el poemario El ciego del alba (Pre-textos, 2007) y que obtuvo el Premio Emilio Prados de poesía 2007 del Centro Cultural generación del 27, Málaga. También ha publicado el libro de formas breves El aprendiz (Serie Ensayo – Obra Social y Cultural de CajaCanarias, Tenerife). Otros textos suyos sobre arte y poesía pueden encontrarse en distintas publicaciones nacionales y extranjeras. Actualmente trabaja como Conservador de la Colección de TEA Tenerife Espacio de las Artes. Ha comisariado exposiciones de artes plásticas como Óscar Domínguez: una existencia de papel o El silencio de los objetos celebradas en TEA Tenerife Espacio de las Artes. Mantiene desde hace años el blog www.elaprendizihg.blogspot.com.

[Estos Abordajes son la continuación de los fragmentos publicados en 2011 por Miguel Pérez Alvarado en Ediciones Idea, en diálogo intenso con Ritmo, de Iker Martínez]

 129. En los tránsitos

I. Aunque sea denso el acto de escribir, e innombrable quizás el corazón de su transcurso, nada traiciono si confieso creer que no se vería alterado lo esencial de mi dedicación poética si de ella me fuera restado todo salvo las particulares donaciones dadas por el tránsito.

II. Ninguna imagen, ni el dolor, ni el mundo, ni la luz, ni la verdad, ni acaso la memoria son suficientes; tampoco su presencia es necesaria. Empuja al cuerpo en la mano a derramarse en grafía la única ley indispensable: entrar sin remedio en un espacio abierto por la distancia.

y III. El enigma es, para mí, descifrar cómo las imágenes y el dolor y el mundo y la luz y la verdad y, sobre todo, la memoria acaban siendo convocados dentro del poema a partir de un simple y claro movimiento tectónico de placas. Nunca al revés.

130. El olor caliente y espeso de los pinos horneados por el aire del verano, crepitando la pinocha bajo los pies. Esa es, incluso más intensamente que los contactos primeros con el mar y la arena de la playa, la presencia que abre en mi memoria la posibilidad de pertenecer al paisaje, superando así cierta fase visual, decorativa, de mi relación con el entorno de la Isla. Ayacata, Los Llanos de la Pez o Tamabada, no importa cuándo exactamente, imponiéndome, en parte con violencia, la certeza de habitar una piel más ancha: estar dentro del aire junto a los pinos dentro de un olor.

 1. Vacío y silencio

I. Por principio, la densidad de la materia se nos aparece compacta, inconscientemente impenetrable, lleno el espacio alrededor. Tierra, cuerpo, viento o luz o piedra o mar. El vacío es sólo el presupuesto mental que nos permite entonces ubicar el origen a partir del cual nos es dado reordenar la materia, ocupar el espacio, hacer propio el paisaje: tener habitación.

II. Sin el repliegue personal hacia el silencio, no existiría la posibilidad de la palabra propia. Sin el esfuerzo previo que supone abrir una brecha que tambalee el sonido del mundo alrededor, no se desencadenaría el movimiento que pide, desesperadamente, amortiguar con la saliva tanto ruido insostenible.

y III. Ni el vacío ni el silencio existen, sin embargo, en la experiencia que brota en nuestro contacto con la materia. Están dentro del cuerpo y la palabra, imaginados, tatuados en el interior de los huesos y la lengua; son el testaferro a través del cual explicamos y desenlazamos en nosotros el espacio y el poema, ámbitos sagrados cuya causa y sostén sería terrible admitir que levantamos solos sin ayuda de los dioses. Para su detrimento.

132. Igual que en avalanchas desordenadas de tierra sucesiva se condensa la materia en la piedra, así la palabra hospeda el pensamiento. Escribir sea cincelar y dejar exenta aquella forma en que inesperadas vetas geológicas nos seducen con sus trazos necesarios.

133. El corazón siempre cae del lado en sombra contra el muro. El muro iluminado por la sombra que abre el corazón si cae.

134. La resistencia es el fenómeno a través del cual, vibrando, el cuerpo y sus alrededores se saben uno dentro del otro. Y una vibración qué es sino un movimiento hecho de las reminiscencias mutuas que los objetos se dejan al chocar. Una forma, en fin, de desparramarse en el espacio sin abandonar la propia forma original.

135. Contra un hierro, el choque y su vibración ponen de manifiesto la resistencia dura y evidente de los cuerpos sólidos entre sí. Dentro del agua, piel y líquido reverberan suavemente en todas partes. Pero sólo es propio de las almas sensibles entrar dentro del aire y saberse vibrando en un espacio que sólo a partir de una intensa atención muestra los pliegues de una resistencia. En ese preciso momento, dejamos los límites de la piel para ser más anchos.

136. ¿Acaso es habitual que pensemos con los ojos cerrados, vacía la boca, la piel en reposo? ¿Por qué admitir entonces con tanta facilidad que el pensamiento es aquella parte de nosotros capaz de abstraerse y dejarse llevar por las causalidades que aisladamente enhebra la razón, en lugar de reconocer que ni entonces dejamos de movernos por los latidos en que se zarandea el cuerpo? 

137. (Café Comercial) Sólo en la penumbra la luz oscura nos da desnudez. Afuera, la luz blanca ilimita y endurece el tacto; adentro, la intimidad abierta por los pliegues y claroscuros.

138. Allí donde la historia y la tradición cultural se prejuzgan breves en el tiempo y subordinadas en el rango respecto a qué centros, el cuerpo y el espacio han funcionado como el motor fundamental de la memoria. Donde la abstracción del discurso trae su propia sanción desde el poder, cuerpo y experiencia se convierten en apéndice, en lugar común donde la palabra usada se corrobora a sí misma; sin embargo, en los arrabales, las periferias, los trasluces del mundo es la experiencia personal la que se empeña en funcionar, genésicamente, como certeza de una existencia palpitante a pesar del saber quieto traído desde afuera. En Canarias, ese ha sido el foco que ha hecho germinar una poesía cíclicamente cargada de vahos fundacionales, y por eso el cuerpo y la luz y el paisaje cumplen ese signo clave y enigmático en la tradición literaria de allá. Nada de climas o sensualidades subtropicales, nada de embobamiento en la contemplación del terruño querido o tibio seseo anonadante: palabra que abre en la piel la legitimidad de una certeza vital.

139. Entra en el poema y di, dentro de lo escrito, la densidad que ensargaza tu lengua. En esa resistencia vibra y refulge el mundo cada vez; en ella agota también la sangre sus latidos. ¡Sábelo!

*

Miguel Pérez Alvarado (Las Palmas de Gran Canaria, 1979) reside desde 1997 en Madrid, ciudad en la que estudió Ciencias Políticas y Periodismo. Ha publicado los poemarios Teoría de la luz (Ediciones del Cabildo de Gran Canaria, 2001), galardonado con el Premio Tomás Morales, y Levantado templo (Cíclope Editores, 2011). También ha colaborado esporádicamente en diversas publicaciones periódicas: La Plazuela de las Letras, Calibán, 2C-La Opinión de Tenerife, Revista Kafka, Cuadernos del matemático. En Hilo de tres puntas (Ediciones Idea, 2009) se recogen sus conversaciones con el escritor Jorge Rodríguez Padrón. Recientemente acaba de aparecer Abordajes seguido de Ritmo (Ediciones Idea, 2001), libro que pone en diálogo intenso su escritura fragmentaria con Ritmo, obra de Iker Martínez.

Tres cartas | Bernardo Chevilly

Publicado: 23 junio, 2011 en Otras narrativas

J U A N   R A M Ó N   J I M É N E Z   A   J U A N   G U E R R E R O   R U I Z

Madrid, 20 de mayo de 1931.

Amigo Guerrero:

gracias por su atentísima llamada telefónica. Ya sabe Vd. que recibo poco y que cada vez me interesan menos estos jovenzuelos que vienen a pedirme consejo. Ayer me visitó un canario, Feria, que quiere editar una revista. Al final sólo terminan importunándome, porque esa revista, seguro, no verá la luz. Zenobia insiste en que no me encierre; que salga, que vaya al café ―qué voy a contarle a Vd.―, pero me resisto. La zozobra y la nostaljia no son a veces buenas compañeras, pero son parte del alimento de la Obra, un mal necesario que puede dar frutos en sazón.

En cuanto al viaje que me propone Vd., creo que sería oportuno pos-ponerlo para el otoño. La tranquilidad de Madrid en estos meses estimula cuerpo e intelijencia, y Canción va tomando forma. La poesía, como el amor o la relijión, sus equivalentes, han de vivirse siempre en presente, conservando siempre lo mejor de su pasado y perfeccionando siempre lo peor.

Cuide su salud, amigo Guerrero. El buen vino robustece la virtud, pero lleva de la mano a la melancolía. Lo sé bien por mis lejanísimos años sevillanos, tan pletóricos de alegría y de tristeza.

Puede Vd. pasarse cuando quiera. No tengo prisa por mecanografiar esos orijinales. Lo digo por disfrutar de su presencia y de su lealtad tan jenerosa que tienen en mí la correspondencia más absoluta.

Recuerdos a Ginesa y a sus hijas. Ya sabe: «Y un reguero secreto de trinos claros de oro puro…»

Siempre suyo,

J.R.J.

*

G O T T F R I E D   S I L B E R M A N N   A   J O H A N N   S E B A S T I A N   B A C H

Freiberg, 10 de noviembre de 1747.

Sebastian:

mi ahijado Carl Philipp, al que Dios bendiga, me habló de tu viaje a Berlín. El de Prusia toca la flauta con el culo. ¡Qué lección le has dado! Por encima del Altísimo, ninguno. Cuéntame los detalles, para que pueda reírme un poco. Ach! Nos vamos haciendo viejos. Tú pierdes la vista ―el Señor así lo ha querido― y yo me enveneno con el plomo. Acabo de recibir el encargo de un grand orgue para la Hofkirche de Dresde. El arquitecto es un patán y el órgano le importa un bledo. Voy a pedirte ―otra vez― que le eches un vistazo a los planos. Quizá añadiendo al Hauptwerk un prinzipal de 16’ y algunos juegos de fondo aumente el volumen; habría que modificar la follería, pero no hay táleros. Por supuesto, tú serás el que saque el plenum cuando entre el Príncipe, para que vean cómo respira la criatura.

Beso tus manos.

Gottfried

*

J A C Q U E L I N E   D U   P R É   A   P A U   C A S A L S

Londres, 20 de diciembre de 1972.

Maestro:

quisiera, primero, que me disculpara por haber preguntado si aún vivía (¡qué tonta! me hubiera enterado enseguida). También por haber cortado toda relación con usted, que tanto me ayudó en Zermatt, en ese inolvidable curso, cuando empezaba a ser Smiling Jackie, cuando tenía quince años y me comía el mundo. Mstislav me deseaba ―siempre me ha deseado―, pero usted mantenía un distanciamiento de gentleman, una actitud de respeto y de disciplina que me sacaban de quicio. Por eso los desplantes, la falta de prejuicios, los pensamientos más oscuros de esa niña a la que todos auguraban ―menos usted― una brillantísima carrera de genio. ¿Qué edad tiene, Maestro? ¿noventa y tres? ¿noventa y cuatro? ¿Aún toca el chelo? Hace casi un año que no siento las manos. Afino por intuición y toco por inercia. Los médicos no se atreven a un diagnóstico, pero a Daniel le oí decir esclerosis múltiple. Perdóneme, Maestro. La muerte es para usted un tránsito. Para mí, una liberación.

Jacqueline du Pré

*

Bernardo Chevilly nació en Santa Cruz de Tenerife en 1961, de ascendencia francesa. Ha publicado, entre otros, los libros de poemas Oratorio Apócrifo, que recibió el premio de poesía «Ciudad de La Laguna» 1982 (Tenerife, 1983), Ofrenda del nombre (Madrid, 1996), Para piano solo (Sevilla, 2003) y Galería de retratos (Valencia, 2009), que próximamente aparecerá, en versión francesa, en la editorial Le Cri-Jacques Darras de Bruselas. Es autor, también, de la monografía Cuatro imágenes de Carlos Chevilly (Madrid, 1989), un extenso volumen sobre la obra de su padre, el pintor Carlos Chevilly de los Ríos. Ha colaborado en revistas de arte, literatura y crítica musical. Una selección de sus poemas ha sido traducida al alemán (Neue Lyrik aus Spanien, Zürich, 2002), al francés (Autre Sud, Marseille, 2002) y al inglés (Contemporary Spanish Poetry, Vermont, 2004). Actualmente dirige la colección de poesía «Ministerio del Aire», de Ediciones La Palma, y la Sección de Música del Ateneo de La Laguna.

En estas circunstancias, leer a Paul Auster ―releerlo― habría sido como desdoblar la realidad. Bueno, si es que cabe hablar de realidad cuando lo que vives semeja de continuo formar parte de un sueño.

Sí, el hecho de trasladarse de un lugar a otro, más aún cuando la distancia es considerable, trastoca el sentido del tiempo y la percepción equilibrada del espacio.

Las horas que transcurren entre el punto de partida y el de llegada alteran el encuadre visual y la estabilidad física, hasta tal extremo que nos cuesta asumir la nueva realidad como territorio cierto.

Los primeros días en Deovimonte implicaron un trastorno de los sentidos y cierto desenfoque mental. Me costaba creer que había vuelto.

Entonces, pues, Auster perduraba en mi imaginación, pero sabía que no debía asomarme de nuevo a sus páginas.

La tentación del cuaderno ya era suficiente riesgo, una aproximación suficiente al abismo.

Entonces, el regreso viene a ser una suerte de vuelta a los orígenes, por mucho que se ignore cuáles y cómo fueron estos exactamente. Sólo se sabe el lugar de procedencia, se guarda dentro de uno a modo de tesoro, de secreto que te distingue de los demás y que luego expandes y reconoces a la hora del reencuentro.

Al menos, se desea reconocer lo que se ha amado, y por eso resulta grato acomodarse con relativa facilidad a las voces, los olores, el aire.

Todo es nuevo y no lo es. Es a un tiempo la sensación del viajero que llega por primera vez y la de quien retorna a un punto de partida bien conocido.

Sentía que el viaje no había sido tanto un desplazamiento físico como un retorno espiritual, si es que así cabe llamar a esa parte de nosotros que nunca acertamos a definir pero que está ahí, agazapada en algún lugar existente entre la memoria y el sueño.

Y, ¿cómo se regresa a lo que no se conoce del todo? A la intuición, a la esperanza, a la ilusoria reconstrucción del pasado y de lo que se desea constituya el presente.

A raíz de esa sensación se borraban las horas de vuelo, las incomodidades de los aeropuertos, el loco vaivén que supone transitar a través de controles varios y frías estructuras vacías y sin embargo vigiladas.

Pero uno nunca sabe, ni siquiera por inspiración de largo recorrido, cómo habría sido esa vida posible, la que se pudo tener permaneciendo en el sitio en el que se nace y se vive la infancia.

Nadie es tan clarividente como para que le sea dado contemplar, ni siquiera en sueños, la otra existencia truncada, con su olor y sabor, con la tonalidad exacta de los días que transcurren al ritmo de lo que no fue, de lo que no será.

¿Habría sido otra clase de persona si me hubiese quedado? ¿Acaso se rompió la posible rutina de aquí para acabar cayendo en la probable monotonía de allá? ¿No son todas las vidas iguales, en el fondo, independientemente del lugar en el que se desarrollen?

La ciudad soñada no era una sola ciudad. Su apariencia desvelaba la suma de imágenes y sensaciones adquiridas en viajes, lecturas y fantasías varias.

Vista desde el cielo –puesto que en mis sueños solía volar con frecuencia– podía ser una ciudad cualquiera. Sin embargo, en mi condición de transeúnte apreciaba que cada rincón urbano constituía una sorpresa, no tanto en su calidad de nueva aparición como de la equívoca impresión que transmitía de estar percibiendo algo conocido pero distinto.

En ocasiones me hallaba transitando por calles que creía conocidas. Era consciente de creerlo, por esa sensación de reincidencia continua que me asaltaba casi a cada paso desde mi llegada a la ciudad. Pero no lo sabía con certeza, ni siquiera me atrevía a pensar que era la sombra del recuerdo lo que de mí se apoderaba. ¿Y qué recuerdo, además? Si apenas tenía ojos y mente cuando me llevaron de aquí.

Como las aceras están reventadas por las raíces de los árboles, se hace imposible caminar en línea continua, por lo que el paseo se convierte en sucesivas paradas cada pocos pasos a lo largo de una misma vereda, con lo cual uno se detiene, a la fuerza, a contemplar la casa que tiene al lado, o la de enfrente, produciéndose así una suerte de vagabundeo salteado, un deambular interrumpido que obliga a fijarse con detenimiento en las estructuras arquitectónicas, en las puertas, los zaguanes, el trazo de las ventanas, los adornos de esta o aquella fachada.

Así, la ciudad se presenta a modo de mapa protuberante, una ruta en relieve que se sigue con los pies, las manos y la mirada, porque es necesario transitar con cuidado y atención, dirigiendo la vista hacia abajo tanto como hacia arriba, ya que detenerse también implica saber dónde y cómo lo hace uno, para evitar el obstáculo, ya sea éste árbol, raíz, baldosa rota, pequeña subida o bajada.

¿De verdad se puede recordar lo que no se ha vivido? Es decir, que el recuerdo supone en cierto grado una invención, ya que se entremezclan en él percepciones diversas, sueños y fantasías.

A lo mejor, lo que sucede es que no podemos evitar inventarnos una vida, la que hubiésemos deseado tener. En mi caso, la que me figuro podría haber tenido.

Además, aunque lo rechacemos de plano, el peligro de la idealización asoma siempre por algún resquicio de la memoria, por esas hendiduras que se forman aun a pesar nuestro en medio de lo que no logramos recomponer con nitidez.

*

Eduvigis Hernández Cabrera (Treinta y Tres, Uruguay, 1961) reside desde 1972 en Las Palmas de Gran Canaria. En los años ochenta publica relatos breves en Diario de Las Palmas y Canarias 7. Desde 1993 escribe textos para catálogos de arte, tanto de creación como de crítica. Ha colaborado en las revistas Disenso, La Plazuela de las Letras, Espejo de Paciencia, Anarda y Al-Harafish, en las que publica diversos relatos y ensayos, así como en el suplemento de cultura Pleamar, del periódico Canarias 7.  Durante varios años formó parte del equipo de redacción de la desaparecida La Plazuela de las Letras. Ha participado en los volúmenes colectivos de narrativa breve: Reincidencias (CCPC, 2000); Primera Santología. Cuentos escogidos sobre personajes elevados (Ediciones de La Discreta, 2005); Ínsulas Encantadas (Anroart Ediciones, 2005); Cartas al Quijote. Escritores y Pintores ante el IV Centenario (Ayuntamiento de Telde, 2005); Generación XXI (Anroart Ediciones, 2007); Rojo sobre Negro (Anroart Ediciones, 2007); De la saudade a la magua. Antología de relatos luso-canaria (Ediciones Baile del Sol, 2009). Se incluyen textos suyos en las publicaciones de carácter interdisciplinar: El ojo narrativo. Ecos (2) (Anroart Ediciones, 2009) y Corpus de Ausencia (Aulaga Literaria, 2010). Ha publicado dos libros de relatos: Muerte natural y otros suicidios (Ediciones Baile del Sol, 2007) y Fantástica Fábula (alharafishedita, 2010).

Han vuelto los mirlos al jardín de la vieja casa de mi tía. En el silencio de la tarde en calma, el ruido seco que los dátiles de la palmera del jardín vecino hacen al caer al suelo indican su regreso. Oigo su canto afuera, que me invita a salir y a sorprender sus vuelos raudos de rama a rama, entre la támara y el papayero. No los escuchaba desde mayo del año pasado, cuando recalé aquí (más…)