Cabina de montaje ǀ Esther Bendahan

Publicado: 19 diciembre, 2011 en Autor invitado

Era la primera hora de la tarde, en un instante impreciso y único en el que se cruzan los editores de las cabinas de Prado del Rey del turno de la mañana con los del turno de la tarde. Hay, en ese breve encuentro por los estrechos pasillos poco iluminados del edificio circular anexo al principal, saludos y una gran variedad de matices entre la alegría de quienes se van junto al cansancio de quienes llegan para ocupar su lugar.

Televisión Española tiene horario continuo, sobre todo la edición, el último y definitivo lugar donde se realiza el programa y se deja listo para la emisión. Allí es donde se hace un programa. Se coloca la cinta en una caja y se le pega una etiqueta y ya está, ahí acaban horas de grabaciones, de repeticiones. La edición es como el servicio de guardia de un hospital, donde se curan los programas y se dejan listos para ser vistos brevemente por quienes aún ven la televisión. Se cortan balbuceos, malos gestos en una entrevista, una imagen desenfocada, como si lo perfecto y ordenado pudiera darse.

Marta Costa, al llegar a su cabina, dejó la bufanda roja en el sillón y abrió su carpeta sin quitarse el abrigo negro, porque solía pasar frío. No estaba el realizador de su programa, debía esperarle antes de comenzar, ella era la subdirectora y hay que seguir ciertas reglas. Observó a la chica encargada del montaje, pocas veces coincidía con los mismos, creyó reconocerla, tal vez con ella ya había editado un programa, pero no recordaba en qué ocasión. Se miraron y Marta le  hizo un gesto de reconocimiento que ella le devolvió con menos entusiasmo. Marta había aprendido a contenerse, porque para muchos la expresión generosa de afecto era una debilidad.

Observó su jersey verde de cuello vuelto y el pelo negro y largo, un rostro blanco y tranquilo con algo por desarrollar. Dedujo que grababa barras. Pensó en comentar algo acerca del pelo, del corte a capas largas que llevaba, pero prefirió no iniciar una conversación cualquiera, había aprendido que en este país, a donde había llegado con cuatro años desde Venezuela, al menos en Madrid, a la gente no le gusta demasiado hablar de sí misma, más bien prefieren conversar sobre otros, incluso piensan que algo propio que se les cuenta no merece ningún interés, sólo lo que no debe contarse es lo único que resulta interesante.

Llegó Antonio a la cabina empujando un carrito de compra con cintas. Antonio saludó con su habitual tono irónico que antes le hacía gracia.

“Has llegado puntual, qué sorpresa”.

Y saludó efusivamente  a Julia, así supo que se llamaba Julia la chica que editaba esa tarde con ellos. Antonio era un adulto infantil e inteligente que guarda un intenso interés por toda clase de conocimientos, le interesaba el cine, pero cosas que poca gente sabía, conocía las historias de cientos de directores, su saber no se limitaba a fechas y nombres, sino incluso el historial médico de cada uno de ellos, así como sus ilusiones y sueños incumplidos; también su físico, su cabeza calva y regordeta, casi rosada, mantenía la inocencia de la infancia.

Marta siente cierta ternura por él, y le admira más que a los otros realizadores que pasaron por el programa. Mientras colocaba las cintas en las distintas pistas, le comentó su opinión sobre el meteorito que, destrozado, acababa de caer esa semana en varias zonas españolas; lo extraño, decía, es que no se detectara con anterioridad, eso era sospechoso. Aunque Antonio era el ayudante de realizador, en realidad llevaba todo el peso de la realización.

Comenzaron a editar el programa nº 200, un documental sobre las fosas comunes en la dictadura chilena.

Marta era colaboradora, no era personal fijo de la Casa (como solían llamar a la Televisión Española, tal vez para dar una idea unitaria y de familia), ellos eran o no de la Casa, y aunque llevaba años colaborando en Televisión Española, tenia un contrato por programa, no era fija, y como ese programa era un espacio casi obligado para los distintos gobiernos que se habían sucedido, ya que pretendía ofrecer una panorámica global sobre las necesidades del mundo y de otras culturas, nadie se atrevía a quitarlo, aunque no tuviera gran audiencia.

Ella siempre mantenía una cierta distancia con los problemas de la Casa, nunca se ha sentido plenamente un trabajador de Televisión Española. Tiene dos hijos pequeños, y aunque le gusta este trabajo no gana suficiente, su marido se lo repite a menudo como si ella pudiera hacer algo al respecto. Es incapaz de resolver ese problema, no es que no lo intente pero no sabe cómo ganar más, su profesión es la de antropóloga e historiadora aunque siempre quiso ser periodista, por eso aceptó esa colaboración pensando que le permitiría encontrar más tarde otra cosa, pero no la encuentra, y es que no sabe moverse lo suficiente ni ser amable con quien hay que serlo. Debía guardar ese deseo de decir siempre la verdad, la manera impulsiva de tomar decisiones como si se le acabaran de ocurrir, pero sobre todo, le dijo un amigo en una ocasión, moviendo sabiamente el dedo, que ser amable y familiar con quienes se acercan es un mal comienzo para que le respeten a uno.

Pero ella está convencida de la necesidad del programa y siente cierto orgullo por su trabajo, auque mal pagado posee un incuestionable valor social, sobre todo cuando convence al director de la necesidad de programas como el que editaba esa tarde, programas de memoria, programas que dieran voz a quienes no puede testimoniar, y ella se empeñaba en ese tipo de programas. A veces su marido era excesivamente práctico y eso le dolía, mientras graba la cabecera piensa en cómo se pierde el sentido de la vida, las mínimas emociones pierden significado, y el mundo es un lugar demasiado frío y el sistema muy práctico, quien no gana no vale, y muchos ganan más de lo que valen.

Las imágenes  que tenía que visionar para cortar eran extremadamente reales, pensó que no estaba preparada para soportarlas. Un rostro con una cicatriz vertical, el  grito silencioso de unos ojos vacíos. Y había algo falso en buscar en cada imagen. En la elaboración. ¿Cuanto falso se necesita para una verdad? En el pasillo se oyen gritos y en el instante entró una mujer en la cabina.

“Antonio, ¿has visto los documentos?, tienes que firmar, al fin y al cabo me has ayudado con la gestión.”

Antonio se puso en pie y se acercó a la mujer delgada a la que le faltaba un diente. Marta la observó sonriendo, había algo agradable en su desenfado. Sintió curiosidad, y aunque tenía prisa y quería terminar el programa, deseaba saber qué sucedía. La mujer, que se llamaba Esperanza, comentó que en la Casa se estaban produciendo determinados cambios.

“A ver  —preguntó a Marta—, Antonio, que es ayudante, ¿hace el programa o lo hace el realizador?”

Ella por supuesto dijo que Antonio, entonces feliz ante la respuesta. Esperanza explicó que era un absurdo mantener esas jerarquías. El ayudante de realización hacia las veces de realizador, la mayoría de las ocasiones era él quien lo hacia todo, el único responsable, entonces: ¿era justo que ganara menos y que para cambiar de categoría tuviera que pasar un examen?  En realidad el examen lo pasaban cada día en cabinas como esa. “¿Es así o no, Antonio?”

Antonio asentía. Cogió el papel y lo firmó. Esperanza le explicó que los de Torre España se habían unido a ellos. En realidad ellos se habían unido a Torre España. La chica de la edición, que hasta entonces callaba, se puso de pie y encendió un cigarrillo (entonces aún se fumaba en la cabina). Se colocó apoyada en la mesa de montaje y dando una calada explico que era lo mismo para los montadores, que era un sistema injusto. Las categorías eran excesivamente estrictas e impedían la libertad del movimiento. Parecían de acuerdo y se dirigían a Marta para que se pusiera al corriente de la situación, ella era ayudante del director, y también participaba como directora, aunque en realidad a ella no le afectaban las categorías, únicamente al personal fijo. Parecía que decaía el apasionado debate. Después de varias explicaciones, Esperanza parecía que sólo hablaba para ella. Se sintió aliviada y con la sensación de pertenencia. Por primera vez en años, era uno más del equipo, le hablaban a ella y la chica morena con aire de luchadora, con una gran capacidad oratoria, le dedicaba todo un discurso reivindicativo. Observó el reloj, se hacia tarde y pensó en sus hijos. Quería llegar a la hora de la cena, se habian quedado con una mujer que casi le costaría su sueldo, era una exageración pero sabía que eso le diría su marido. Pero era agradable estar allí en esa tenue oscuridad con breves iluminaciones de las pantallas dispuestas en hilera doble, el zumbido de la máquina y las miradas furtivas de quienes pasaban por el pasillo y se detenían a mirarles por el cristal. Entró uno de los montadores más veteranos y saludó por su nombre, ese Marta allí en la quietud de la sala sonó agradablemente amistoso y familiar. Recordó que el joven moreno, que fue militar y desfilaba por los pasillos, no solía hablar con nadie, por eso ella era especialmente receptiva a sus saludos y a las inquietas sonrisas que le dedicaba.

Esperanza parecía ya no tener nada más que decir, pero tampoco mostraba muestras de querer irse. Entonces entró en la sala una mujer bajita, con el pelo corto y rizado. Quería leer el folleto. También ella era ayudante. Lo leyó y parecía estar de acuerdo. Esperanza entonces volvió a repetir que el de ayudante era un puesto sin sentido. Que en realidad todos eran realizadores y que en todo caso quien tuviera que asumir mayor responsabilidad se denominaría jefe de realizadores, o coordinador. Eso sería diferente. Entonces la mujer, que escuchaba atentamente, comenzó a gritar. Marta entendió algo de lo que decía, pero no todo. El contraste entre las dos era patente, tal vez por eso ella parecía más nerviosa de lo que era en realidad, pero se mostraba demasiado alterada. Repetía:

“No, no, yo estoy orgullosa de ser ayudante. No es ningún deshonor.”

“Por supuesto que no, claro que no, pero no es cierto, porque vamos a ganar menos que quienes no hacen el trabajo, es una cuestión de justicia.”

“Pues yo estoy orgullosa con mi trabajo, y mi realizador, escuchad, es muy buen  profesional, es un encanto, estoy satisfecha de trabajar para él”

Lo decía tan alto, que Marta pensó que estaría su jefe en la sala de al lado y que tal vez era una peculiar declaración de devota sumisión.

“Es una cuestión de principios, no de un caso particular  —exclamó Esperanza—, la mayoría de nosotros hacemos un trabajo por el que no estamos reconocidos, ese es el problema, ¿qué puede variar que todos estemos en la misma categoría profesional?”

“No, no, no firmo, no estoy de acuerdo, yo quiero ser ayudante, eso es lo que quiero, y nada más, no firmo, ¿qué tiene de malo que seamos ayudantes, y que no haya ayudantes de producción, ni ayudantes de dirección?, eso no lo van a permitir, ¿entiendes?, no firmo. Son necesarias las categorías, no debemos cambiar nada.”

Marta comenzó a impacientarse, pero esa discusión le interesaba más allá de la curiosidad, sabia que había algo allí que podía enseñar algo, no sabia qué realmente. Recordó una reunión de padres en el APA del colegio de sus hijos, se votaba si los padres debían de ser consultados o no para cambiar la hora de las entradas y salidas del colegio. Ella había defendido el derecho de los padres a dar su opinión, pero una amiga defendió lo contrario, la dirección  del colegio no debía preguntar a nadie. Y los mismos padres votaron en contra de ser consultados. Nunca entendió por qué sucedió aquello, pensó que también en lo evidente había que saber argumentar. Realmente, desde entonces mantenía cierta distancia con las decisiones de los grupos, en cierta medida siempre conservadoras y sorprendentes. Lo pensaba mientras observaba la pantalla de uno de los monitores, donde permanecía congelada la imagen de una boca totalmente abierta de una  anciana que había dedicado su vida a buscar a su marido desaparecido.

El ambiente era muy tenso y Antonio, para calmar la situación, dijo que era la hora del café y que les invitaba a uno en el área de descanso.

Los niños ya habian cenado y estaban en la cama. Ella les arropó y les contó de nuevo el cuento de los tres cerditos y el lobo. En el salón, casi a oscuras, su marido, con los pies sobre la mesilla, veía la tele francesa, era un debate sobre la infancia de varios personajes famosos en Francia, pero totalmente desconocidos para Marta. Se acomodó a su lado, en el sillón, con un libro de cuentos de Saul Bellow, un ejemplar que compró en una librería de viejo del barrio de Tetuán. Ahora lo iban a reeditar. Esa tarde, en Prado del Rey, había sentido la sensación de pertenecer. Por primera vez le habían hablado como alguien de ellos, de la familia, y quiso detenerse en esa emoción, un lugar demasiado frágil y transitorio, sabía que cuando volviera de nuevo sería personal de fuera de la casa, pero fue agradable. Su marido bostezó con cansancio, los niños habian sido muy pesados para cenar. Y era demasiado tarde, para lo que la pagaban más valía que lo dejara, claro que, conociéndola, no encontraría otra cosa. Le miró a los ojos, pero él retiró la mirada, le observó un rato, luego, mentalmente, cortó la frase hiriente y buscó una sonrisa, tal vez una de hacía tres años, durante un verano en Roma, delante de un plato de tagliatelli, pegó la sonrisa a su saludo de llegada, sin cortinilla, directamente por corte y fue a negro, se tumbó en el sillón y continuó leyendo.

*

Esther Bendahan (Tetuán, Marruecos, 1964) es licenciada en Psicología por la Universidad Complutense y doctora en Filología Francesa. Actualmente es la directora de programación cultural de la Casa Sefarad en Madrid. Ha realizado documentales y ha colaborado con diversas instituciones en la difusión de la cultura sefardí. Fue hasta el año 2010 directora y presentadora del programa Shalom, de TVE2. Igualmente, ha colaborado en la sección de Opinión del periódico El País. Entre sus publicaciones destacan: Soñar con Hispania, Editorial Tantín (2000); Deshojando alcachofas, Editorial Seix Barral (2005); Déjalo, ya volveremos, Editorial Seix Barral (2006); La cara de Marte, Editorial Algaida, XXIX Premio Tigre Juan; El secreto de la Reina Persa, Esfera de los libros (2009). Ha recibido también el premio de novela Torrente Ballester 2011 con una novela que se publicará próximamente. Su obra más reciente, Pene, publicada por Ediciones Ambulantes, está siendo presentada estos días. Queremos agradecer a Esther Bendahan el envío de este relato inédito a nuestro portal de narradores.

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