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Yo propongo la tesis de que lo más característico del lenguaje humano es la posibilidad de contar historias […] y sugiero que el momento en que el lenguaje se volvió humano se encuentra en la más estrecha relación con el momento en que el hombre inventó un cuento, un mito, a fin de excusar un error cometido por él, quizás al dar una señal de peligro cuando no había motivo para ello.

Karl Popper

Contar historias parece ser una necesidad vital del ser humano. En ese sentido, la propuesta de Popper queda confirmada tras la lectura de algunas de las obras de Uwe Timm. Contando historias damos de lado a la soledad, justificamos nuestros actos y persuadimos a otros para que actúen a nuestro gusto. También solemos contar historias para construirnos un pasado. «El pasado, tal y como lo conocemos», escribe George Steiner en su ensayo Después de Babel, «es en su mayor parte una construcción verbal. La historia es un acto verbal, un uso selectivo de los tiempos pretéritos». El hombre, pues, narra para matar literalmente el tiempo, para refutarlo y trascenderlo. Los personajes de Uwe Timm narran historias para rebelarse contra los rígidos grilletes de lo «real», para socavar el ahora y el aquí y subvertir el instante presente.

Nacido en Hamburgo en 1940, un año después de comenzada la II Guerra Mundial, Uwe Timm frecuentaba de niño un barrio portuario de esa ciudad, un sitio repleto de marinos, obreros y putas. En la cocina de su tía Grete, que tenía prohibido visitar, el niño Uwe Timm fue aprendiendo a escuchar las historias de los mayores y a interpretarlas según su necesidad de ampliar el radio de su fantasía. Allí fue sucumbiendo a la fascinación de esos mundos contados, de esos mundos paralelos, reales o no («En aquella cocina las mentiras doblaban las vigas del techo»), que fueron sembrando en su conciencia las semillas que luego germinarían en sus novelas de madurez. Eran los años de penuria y miseria en el Hamburgo de la postguerra, «la época de vivir al día […], de los arreglos improvisados, del tabaco plantado en macetas en los balcones, de las pantuflas de madera con tiras de cuero, y del lubricante usado, empleado luego como sucedáneo de la cera de piso». Tales penurias materiales, compensadas de algún modo con una exacerbada capacidad de improvisación, tenían su equivalencia en una miseria espiritual que podía sobrellevarse gracias a un universo de improvisados y fascinantes relatos que estimularon la imaginación del futuro narrador.

En esa cocina se escuchaban historias de todo tipo: cotilleos, relatos que ponían los pelos de punta, anécdotas simpáticas, llenas de humor (tanto negro como blanco), leyendas que pasaban de boca en boca y eran variadas una y otra vez por quienes frecuentaban a la tía. Fue gestándose así el germen de lo que luego sería el «subjuntivo maravilloso» de Uwe Timm: la posibilidad de que la realidad tuviese alternativas, la hipótesis de que todo pudiese ocurrir de manera diferente. El propio Timm rememora la atmósfera de esas singulares tertulias:

«En aquella cocina las mentiras doblaban las vigas del techo, pero el objetivo no era en lo absoluto contar un hecho con lujo de detalles, sino expresar qué postura asumía uno con respecto a las gentes y las cosas, qué importancia se le concedía a ellas mediante la narración y qué importancia se concedía uno mismo. De esa manera, narrando, se interpretaba la realidad, se agotaban las variantes de cómo eludir sus presiones y sus normas […], una interpretación subversiva contra el poder de lo factual».

El contar historias como acto de rebeldía, gesto subversivo contra la tiranía de la realidad. Esas narraciones cotidianas sirven de base, en lo esencial, a las novelas de Uwe Timm. La conciencia del carácter subversivo de la palabra contada es algo que ya se manifiesta bastante pronto en el joven escritor, adscrito desde temprana edad, y casi por intuición generacional, al movimiento anti-autoritario que más tarde desembocaría en Mayo del 68. Si el contar historias le permitía al niño mentir y escapar a la rigidez de la casa paterna, al narrador ya maduro le permite abrirse a nuevos ámbitos de lo real, cuestionar aquellos aspectos inamovibles dictados por las ligaduras del presente, desenterrar elementos del pasado que yacen sedimentados y ocultos en las profundidades del lenguaje de hoy, en los ritos y las fórmulas expresivas del ahora. La conciencia de que las historias pueden servir de paliativo a la realidad y, al mismo tiempo, socavar los fundamentos de un lenguaje conservador, da pie al surgimiento de eso que el autor denomina el «subjuntivo maravilloso».

Es revelador lo que expresa Timm al respecto: «Me interesan aquellas formas de la astucia que intentan transformar algo en la vida cotidiana. En ese sentido yo también trato de hallar una forma específica del lenguaje que no transite los mismos caminos trillados. Me interesan esas formas de filibusterismo que están dirigidas contra el opresivo sistema dominante, que liberan un gran caudal de energía y socavan al sistema desde dentro.» Son palabras que revelan una postura estética, dichas por un eterno rebelde, y no es difícil escuchar todavía en ellas los ecos de la revolución estudiantil de los años sesenta. Aquella reivindicación de la utopía («¡La imaginación al poder!»), que luego acabaría para muchos en la frustración y el desencanto, cobra forma, en la narrativa de Timm, a través de ese subjuntivo subversivo que nos permite imaginar y crear «otros mundos posibles».

Respecto a ese «subjuntivo maravilloso» de Timm tal vez no sea desacertado citar una vez más a George Steiner en su libro Después de Babel, cuando plantea:

«La gramática ha investigado los modos optativos y subjuntivos […] El status lógico de los modos hipotéticos ha dado lugar a más de una controversia […] ¿Cuál es la mejor manera de tratar un tipo de enunciado manifiestamente inteligible pero de los que no se puede decir que sean ni verificables ni susceptibles de ser falsificados? [V]istos bajo otra luz, puede pensarse que “engendran vida” […] Es posible que los núcleos creadores del lenguaje sean precisamente lo hipotético, lo “imaginario”, lo condicional, la sintaxis de la contingencia y de la antiobjetividad […] Una vez más, es necesario asombrarse, volverse sensible […] al pensamiento de que las cosas pudieron haber sido de otro modo.»

También otros teóricos, al abordar la filosofía del lenguaje, han tratado el tema del subjuntivo y han llegado a conclusiones similares. Steiner menciona en su obra a Ernst Bloch, cuyos planteamientos en ese sentido van mucho más lejos:

«Ernst Bloch es el más grande metafísico e historiador de este proceso. Para él la esencia del hombre está en “soñar hacia adelante”, en esa facultad compulsiva de deducir “lo que todavía no es” a partir de “lo que es ahora” […] “Los modos condicionales y los enunciados antiobjetivos”, sostiene Bloch, “establecen una gramática de la renovación incesante. Nos obligan a emprender frescos la jornada, a dar la espalda a los fracasos de la historia. Sin ellos, no habría avance posible y los sueños frustrados se nos harían un nudo en la garganta” […] Es como si la selección natural hubiese favorecido al subjuntivo.»

Para Bloch, el hombre tiene la facultad y la necesidad «de contradecir, de desdecir el mundo, de imaginarlo y hablarlo de otro modo». En ese intento de «desdecir el mundo», de reinventarlo, los personajes de Timm acuden a «esas formas astutas», a ese «filibusterismo» que tanto interesa al autor. No es casual entonces que en una de sus obras narrativas, El descubrimiento de la salchicha al curry (1993), Timm recurra a la referencia intertextual con la Odisea. La protagonista, la señora Brücker, es comparada con Circe, «que cantaba y labraba una gran tela», y por cuya culpa Odiseo no pudo regresar a tiempo a Ítaca. Como una Scherezada traspolada al Hamburgo actual, la anciana Lena Brücker, ciega —una travestida alusión a Homero— cuenta al yo-narrador su historia, va tejiendo (en el doble sentido del verbo) los hilos de su narración, su insólita historia de amor con un marino desertor a fines de la guerra, al que logra salvar la vida y retener a su lado gracias a sus dotes para fabular, ocultándole la verdad sobre la capitulación del Ejército del Reich. La señora Brücker cuenta las penurias de la postguerra, las muchas estrategias de supervivencia en ese traumático período de la historia alemana. Con esa astucia que tanto fascina al autor Timm, la protagonista trata de retener también a su joven oyente, el yo-narrador, interesado más bien en oír la historia de cómo se inventó el célebre refrigerio, para evadir así el tedio del hogar de ancianos.

Referencias a la Odisea encontramos también en una obra filosófica capital de la llamada Teoría crítica, un libro que fue guía ideológica de la generación que participó activamente en el movimiento estudiantil de los años 60 y 70, generación a la que pertenece el autor que nos ocupa. Pero si bien para los autores de Dialéctica de la Ilustración, Max Horkheimer y Theodor W. Adorno, Odiseo «niega la propia identidad que le constituye como sujeto y se mantiene en vida mediante su asimilación a lo amorfo», en una clara alusión al pasaje en que el héroe homérico, amenazado por el cíclope, da como nombre el de «Nadie» (Udeis, en griego antiguo), en lo cual ambos filósofos ven un símbolo del proceso de despersonalización que sufre el individuo en el «mundo administrado», Uwe Timm, lector obligado de esta obra en sus años estudiantiles, parece resistirse a esa visión pesimista y corregir el tono apocalíptico de los filósofos. Todo podría interpretarse de otra manera, parece decirnos Timm: Odiseo logra vencer al mito, invariable, anquilosado, amenazante, en la medida en que se atreve a variarlo, en la medida en que lo altera usando la imaginación. Odiseo, visto aquí como un símbolo de los personajes principales de Uwe Timm, se emancipa del mito rígido y tiránico, lo burla y lo sortea en la medida en que, con un simple ardid, se sustrae por un instante al escenario donde éste tiene lugar y pone a funcionar al hombre que hay en él, lo re-escribe aderezándolo con un toque de astucia y logra escapar al peligro que lo acecha.

Partiendo de esa interpretación, sería válido preguntarnos si la historia de la civilización —y con ella la de la propia literatura— no demuestra acaso que los mitos existen, entre otras cosas, para ser variados.

Esto se halla en estrecha relación con las facultades subversivo-emancipadoras que Uwe Timm atribuye al contar historias. En Cazacabezas, una novela de 1991, el protagonista Peter Walter, un corredor de bolsa, es también una suerte de cínico Robin Hood moderno que estafa a su adinerada clientela mediante la fascinación que despiertan sus historias, muchas de ellas variaciones sobre leyendas urbanas que funcionan como radiografías de la sociedad germano-occidental contemporánea. Las fabulaciones de Walter, así como su proyectado ensayo sobre la desaparecida civilización de la Isla de Pascua, nos dejan entrever, bajo los sedimentos de lo cotidiano y de la historia, el estado esencial de las sociedades modernas. En otra novela, Rojo (2001), quizás la más ambiciosa de Uwe Timm, el personaje protagónico tiene un raro oficio: se gana la vida como orador fúnebre por encargo. En ese sentido, es también un fabulador a quien los familiares de los difuntos encargan la reconstrucción verbal de una vida recién concluida. Por otra parte, Rojo está íntimamente ligada al destino de esa generación que apostó por la utopía en casi todos los ámbitos de la vida, y en cierto modo resume la trayectoria vital y literaria del narrador Uwe Timm. Como el propio Timm, Thomas Linde, el protagonista, fue un antiguo miembro de la generación del 68. Como ha señalado el crítico Ulrich Greiner, la imposibilidad del ex marxista de hallarle un sentido a la muerte y de divagar sobre el más allá a la hora de ofrecer consuelo en sus oraciones fúnebres, le obliga a indagar en los elementos singulares de esa vida extinta a la que debe dedicar, por oficio, sus retóricos homenajes. Un buen día, Thomas Linde –que también es músico y crítico de jazz, y trabaja afanosamente en un ensayo sobre el color rojo (referencias indirectas a sus dotes improvisadoras y especulativas)—, recibe el encargo de pronunciar la oración fúnebre de alguien que, por testamento, le ha solicitado especialmente a él para dicha encomienda. En el transcurso de sus investigaciones sobre la vida de ese hombre en principio desconocido, Linde descubre a un antiguo correligionario, Aschenberger (literalmente, el «que amontona cenizas»), quien en el momento de su muerte planeaba volar con una potente carga de dinamita la Siegessäule (la Columna de la Victoria), todo un símbolo del auge imperialista de Alemania a finales del siglo XIX, un obelisco coronado por un águila imperial que constituye todavía hoy uno de los emblemas monumentales de la Berlín actual. Ello da pie a Timm para reflexionar sobre los destinos individuales de los miembros de aquella generación.

El fracaso de los ideales de entonces produjo una fragmentación de tendencias entre sus miembros: hubo quien se decantó por un terrorismo militante; otros se refugiaron en el mundo de las drogas o se suicidaron; algunos abrazaron ideas estalinistas, maoístas o ecologistas, mientras que otros, quizá la mayoría, se resignaron y se dejaron asimilar por el establishment. Timm prefiere verse entre los que, aún después de tantos años, no han claudicado y continúan intentando oponer resistencia a las coacciones de la realidad y de lo pre-establecido. Sus armas, ciertamente, no son ya la lucha política activa, ni la retórica ideologizante, mucho menos la cínica resignación o la melancolía a veces enfermiza de algunos de sus contemporáneos. Su arma principal sigue siendo el contar historias, y para ello acude a ciertas formas de la llamada literatura trivial, que le permiten narrar historias cargadas de sentido profundo sin aburrir al lector, algo que el autor de carne y hueso tiene en común con casi todos sus personajes de ficción, al echar mano de esa suerte de filibusterismo que le facilita el acceso a un gran público, no con el mero fin de entretener y ganar dinero, sino para llamar la atención sobre nuestra condición y sobre todo lo que «cojea» a nuestro alrededor.

Es, sin duda, ese intento de subvertir aquello que se espera que demos por sentado e inamovible, de hacer uso consciente de ese «pudo haber sido» o de ese «así podría ser». Es esa fuerza subversiva del subjuntivo maravilloso, el mismo que nos permite imaginar otros universos posibles detrás de los falsos y decorativos horizontes a la vista.

Lugo, abril de 2006

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José Aníbal Campos (La Habana, 1965) reside desde hace unos años en Santa Cruz de Tenerife. Es licenciado en Filología Germánica por la Universidad de La Habana. Ha traducido, entre muchos otros autores de habla alemana e inglesa, a Leopold von Sacher-Masoch, Uwe Timm, Hans Magnus Enzensberger, Peter Berling, Franz Schätzing, Pascal Mercier, Hans Sedlmayr, Philip Ball, Ingeborg Bachmann, Gregor von Rezzori y Peter Stamm. En 1999 fue Premio de Traducción de la República de Austria por la traducción y divulgación de la literatura austriaca contemporánea. En 2010 recibió la beca de trabajo que otorga la Casa del Traductor de Looren, Suiza, a profesionales dedicados a la divulgación de la literatura del país helvético desde cualquiera de sus cuatro lenguas oficiales, en este caso, el alemán.

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Rojo (fragmento de novela) ǀ Uwe Timm

Publicado: 17 octubre, 2011 en Traducciones

Una tradición literaria se compone no solo de los textos que se van sumando desde las distintas voces que la configuran sino también, y no en menor proporción, de las traducciones que se van incorporando a un acervo que, con ellas, gana en multiplicidad, dialoga con otros territorios, otras lenguas, y se abre a discursos que la fecundan. En el caso de Canarias, no debe olvidarse que ya desde la traducción de la Jerusalén libertada de Tasso por parte de Cairasco de Figueroa, nuestro espacio literario se inaugura con un diálogo peculiar entre lo propio y lo ajeno, lo genuino y lo adoptado. No ha recibido la traducción, sin embargo, en Canarias toda la atención que se merece. Nuestros traductores no gozan de ayudas (al menos institucionales) que fomenten esta práctica literaria. No es fácil, tampoco, que un traductor se sienta incentivado ante un panorama editorial paupérrimo en el que, paradójicamente, se publican cientos de libros de aficionados que se sienten llamados a completar su currículum de cantantes, pasteleros o recepcionistas con un libro de versos (llamémoslos así) casi decimonónicos. No disponemos de ninguna Casa del Traductor, ni de premios de traducción, ni de encuentros de traductores. Si exceptuamos la muy meritoria labor del Taller de Traducción Literaria de la Universidad de La Laguna, no existe en Canarias ninguna institución que ofrezca la visibilidad necesaria a un trabajo, la traducción literaria, que requiere siempre de un flujo continuo entre textos, lectores, escritores y palabras. Con esta nueva sección de nuestro portal, que hemos titulado ‘Traducciones’, queremos dar a conocer la labor de algunos traductores canarios o residentes en las Islas y ofrecer, de este modo, nuevos textos al curioso lector. Gracias a la generosidad de José Aníbal Campos, ponemos hoy en circulación un fragmento de la novela Rojo, del novelista alemán Uwe Timm, uno de los nombres señeros de la actual literatura en lengua alemana. Esta traducción se completa con un ensayo sobre Timm, escrito por Campos hace unos años, en el que desvela algunas de las claves de este singular escritor.Comité Editor

ROJO (FRAGMENTO DE NOVELA)

Estimados familiares y amigos del difunto:

Estamos ante alguien que supo aprender de sus experiencias, y eso es lo mejor que podemos decir de él; alguien que no fue testarudo, que se entiende a sí mismo como un ser en constante proceso de evolución; Edmond, que una vez quiso contribuir a fundar un verdadero partido revolucionario en Alemania, que mantuvo en alto la tradición de Marx, Engels, Lenin, Stalin y Mao Tse-tung. Edmund, que el 1 de mayo era uno de los doce miembros del Buró Político que portó por las calles la pancarta de doce metros de ancho y tres metros de alto, montada en unos troncos de bambú, la cual mostraba las cabezas de los antes mencionados; él, que una vez superadas las dudas sobre su lealtad constitucional —pues en verdad había pretendido fundar una República Popular según el modelo chino—, y en vistas de que no pudo entrar a trabajar como maestro en el servicio público, había empezado a comprar a granel vino francés en aquellos sitios adonde había ido a trabajar durante las vendimias. Compró primero por botellas, luego por cajas. Viajó por todas partes y, a veces, lo acompañaba Vera —que también había estado en el Buró Político—, y los dos empezaron a almacenar las botellas en el sótano del edificio multifamiliar donde vivían alquilados por entonces. Ofrecieron el vino en venta entre el círculo de amigos, bien selecto, a precio relativamente asequible, y ellos mismos lo probaban a menudo y lo bebían en cantidades. Edmond entró con buen pie en el negocio, era el momento justo para ello. Se expandió. Abrió vinoteras, tiendas mayoristas, vendía vinos franceses, pero también foie gras, mermeladas, miel, vajillas, asadores de hierro fundido, libros de cocina y, por supuesto, también organizaba veladas de degustación. Muchos maestros y maestras graduados, con examen estatal aprobado, dirigen sus filiales, veteranos del sesenta y ocho que, tras un procedimiento de audiencia, quedaron excluidos debido a sus actividades subversivas y anticonstitucionales, o gente que ni siquiera intentó entrar en el sistema, o que ni siquiera recibió el empleo por causa de la llamada «avalancha de maestros». Cinco meses antes de que la organización para la creación de un Partido Comunista de Alemania —un partido fiel a los principios y comprometido con la revolución—, se disolviera por sí sola, Edmond, sencillamente, ya se había apartado de sus filas y se había independizado gracias a su negocio de vinos. Cuando, al cabo de un par de años, empezó a crear las filiales, les dio empleo a sus antiguos compañeros de partido, no sólo a los de su grupo de antes, sino también a los de otras organizaciones comunistas de base que, entretanto, también se habían disuelto. Aquellos revolucionarios, gente que antes se combatía ferozmente entre sí, representantes cada uno de la otrora única línea partidista correcta, vendían ahora juntos, en un negocio, el vino francés. Ellos, que antes se habían insultado en plenas discusiones, llamándose «Traidor a la clase obrera», «Siervo del capitalismo», «Agente a sueldo del capital», «Parásito con piel de obrero», discuten ahora con los clientes acerca de la calidad de las añadas de los vinos de Borgoña y Burdeos, así como de problemas políticos, del medio ambiente, del Tercer Mundo, de la corrupción, de las donaciones partidistas, aunque esto último lo hacen sin estrecheces, sin dogmatismos, más bien de un modo calmado, mientras el buen vino rojo (digo, tinto), mientras el queso y el foie gras hacen lo suyo, convirtiéndolos en demócratas serenos, moderados y fieles a la Constitución, o por lo menos eso era lo que afirmaba Edmond. De eso depósitos de vino, creo, Edmond llegaría a tener unos once, repartidos por toda la llanura del norte de Alemania.

Hace seis años Edmond y Vera compraron la casa, con techo a cuatro aguas, tejas de pizarra, grande, luminosa, con vistas a la linde del bosque. Vera fue quien la decoró. Ella colecciona grabados y carteles, antiguas vajillas campesinas francesas, pintadas a mano; lo único que no tienen es hijos, por desgracia, pero por lo demás todo les va bien.

Genial.

Sí, durante muchos años han sido uña y carne. Vera abrió en las tiendas un departamento de artesanía en el que vendía tazas, fuentes y copas de Francia, todo lo que forma parte del lifestyle. Y también ella es tough. «She is beautiful. She is ginger». Dice Edmond. También se compraron una casa en Francia, «una casita», dicen ellos, «une petite maison». De todos mis conocidos, son los que más tiempo llevan juntos. Un matrimonio muy interesante, hay que decirlo así.

¿Y todavía funcionaba? ¿Es decir, en la cama?

Y de qué manera. Era uno de esos matrimonios apasionados, de esas parejas que se pelean hasta sacar el cuchillo, literalmente, pero que siempre se reconcilian después; en la cama, por supuesto. Un matrimonio como una puesta en escena de ópera.

¿Y tú cómo lo sabes?

Pues yo dormí varias veces en su casa de Hamburgo. Probablemente ello también formara parte de esa representación operística, es necesidad de tener espectadores, o más bien oyentes, les daba cierto toquecito perverso. Porque cualquier buena relación, cualquier matrimonio, según afirmaba Edmond, desea ser llevado a la escena. La cuestión es únicamente cómo se hace. De ese modo podemos agitar desde el escenario.

Cuando yo me quedaba en su casa, se producían auténticas peleas. A finales de los años setenta discutían sobre el pasado político. Vera, al contrario de Edmond, había permanecido en las filas del partido. El partido se había disuelto por sí solo a falta de miembros. En los años ochenta, el tema de sus peleas cambió, la política fue sustituida por el arte, y al final ya solo discutían sobre personas, ausentes y presentes. Vera asumía el papel de estar, por principio, en contra de todo. Ella era la eternamente crítica. La dura.

—Pues despide a ese tipo si bebe. Eso es un caso social. Nosotros también lo seríamos si no nos defendiéramos contra viento y marea. ¿A qué viene eso entonces?

La última vez que los vi a los dos juntos, estábamos sentados en el gran salón, con el maravilloso cuadro de Kirchner en la pared, el que Edmond le había regalado a Vera por su cumpleaños: una pareja de color azul chillón, mientras detrás titilan los destellos de la gran urbe.

—Edmond es muy flojo cuando se trata de los viejos compañeros, ¿no lo crees? —preguntó ella—. ¿Y sabes por qué? Porque él mismo se escaqueó. Ésa es su mala conciencia. Y tú también —dijo, señalándome—; tú también te fuiste calladito, te arratonaste. Pero por lo menos tú solo estabas en ese grupito revisionista, comunistas lavados con suavizante —dijo y alzó la copa a mi salud—. ¡Por vosotros, mis dos héroes!

Edmond se mantuvo tranquilo, fumó, bebió el Borgoña y dijo:

—¿Tú también conoces a Zielke, no? Seguro que te acuerdas, el que estudiaba Germánicas, pues ahora le da tanto al vino que ya a primera hora de la tarde está hasta las cejas. Pero si lo echo, ¿qué pasará con él? A ése nadie le va a dar trabajo. Sería un caso social, un vagabundo.

—Vaya manera la de Edmond de tranquilizar su conciencia: ridícula, grotesca. Imagínate, se mete en cada cosas; le da un crédito a un fracasado como Hellmann, que había abierto un restaurante, y se lo da únicamente porque el tipo fue alguna vez un simpatizante de nuestro partido, jamás un miembro pleno; ya desde entonces era un flojo, se apartó de inmediato cuanto tuvo que ir a trabajar a una empresa por medio año; pues a ése le da un crédito Edmond, y el tipo, en seis meses, está en quiebra, otro de esos antiguos ceros a la izquierda. —Y entonces sí que Vera se ensañó—: Esos fracasados, ése fue uno de los errores principales de la toda izquierda, el haber dado fundamento ideológico a la gandulería.

Explotación del proletariado, puede que eso fuera cierto en época de Marx, pero ahora ninguno de ellos da el callo, trabajan treinta y ocho o treinta y seis horitas a la semana y se quejan. Todos se quejan. Y siempre esos escudos de protección ideológica: fracasados, criminales, siempre recurrimos a todo el arsenal explicativo del entorno social, la infancia y esas cosas: «No puede, pero ya será, mejorará». Basura. Por eso fracasó todo, el socialismo entero. El que es vago, el que no trabaje como es debido… pues una patada en el culo, una patada, hay que echarlo, ponerlo a media ración.

Ésa es Vera cada vez que se ha tomado una botella y media de vino rojo (digo, tinto), la antigua luchadora por la justicia y la hermandad (femenina, claro), aunque, y eso hay que decirlo, tampoco ella actúa como habla.

Pero Edmond se lo toma todo muy en serio y dice:

—Mírala, quiere poner otra vez a la izquierda en la vanguardia por medio de un sólido darwinismo social. Vanguardia, eso se corresponde con tus nociones de hoy. Lo militar. ¿O no? ¿Te acuerdas de que los campos de concentración estaban organizados militarmente? ¿Y también el GULAG?

—Oh, santo cielo. Nuestro Edmond, Edmond, Edmond… El hombre que antes admiraba el ensayo de Stalin sobre el lenguaje; Edmond, eso debes saberlo, ha envejecido, en todos los sentidos —y al decirlo Vera lo miró fijamente, con frialdad, con los ojos entrecerrados—. Míralo —dijo dirigiéndose a mí—, tan flojito; y sí, esto sí que es darwinismo social.

—Exacto —dijo Edmond—. Tannhäuser lo dice con franqueza, libremente —y entonces Edmond, con hermosa voz de barítono, se pone a cantar la melodía de Wagner—: Ah, este pecho que tiembla lleno de fervor, que antes se henchía frente al puño del obrero, decae ahora lentamente, en pena.

Sabía cantar muy bien Edmond.

—Sí, unas cosas decaen, y otras ya no se quieren levantar, así es; canta ahora algo de Los Pantalones Muertos. No vamos a ser hipócritas, ¿verdad? Al menos eso nos propusimos.

Conocía eso, era algo que se repetía. Luego uno yacía en la cama, en esa habitación de invitados decorada con tanto gusto, con los bocetos de Grosz y Dix en las paredes, pero en la que, extrañamente, no había televisión, ni radio, ni reproductor de CD, pues nada debía distraer al huésped del drama acústico que podía escucharse a continuación, tras una noche de crueldades y comentarios maliciosos, la pelea continuaba en la planta de arriba, la voz de él, la voz de ella, a veces intensa, a veces más baja, a veces muy intensa, cada vez más, y luego la calma, y de repente un jadeo, sí, un tenue jadeo, manso, salido de la boca de Vera, y un agradable resoplido de Edmond, no penetrante, pero sí perfectamente audible.

Conocía eso, sabía por ambos cómo funcionaba, pues ellos hablaban abiertamente del asunto, necesitaban esas peleas, eran la sal de su relación, eran la puesta en escena de un matrimonio salvaje y opuesto del que ambos estaban orgullosos, una pelea que se produjo desde el comienzo, después de la primera noche, cuando se acostaron en aquel viñedo, y luego él lo hizo con una chica danesa y ella con un estudiante polaco. Pero más tarde, un año después, volvieron a encontrarse y desde entonces estaban juntos, sin peligro, como ambos afirman, aparte de las ocasionales y breves aventuras de Edmond.

Ella, por el contrario, tenía una fijación con él, aunque formaba parte de su puesta en escena el ofrecerles su respectiva pareja a otros huéspedes: «Si te apetece», decía Edmond, «puedes hacerlo, si Vera te gusta de verdad, puedes irte con ella a la cama; pero eso porque eres tú, nadie más». Sin embargo, estoy convencido de que jamás se produjo un verdadero intercambio de parejas. Porque cada vez que algún despistado huésped pensaba meter mano, ella se mostraba de repente reservada y renuente, incluso caprichosa, aunque ya hubiera colocado sus piernas sobre el regazo del invitado, con la falda levantada. Es —y eso lo sé— ese pequeño toque, los lejanos recuerdos de las saturnales juveniles en los viñedos, la ebria alegría que jamás volverá a presentarse.

Iris duerme. Escucho su respiración, una respiración breve, en busca fugaz. Y no puedo recordar el haberme acostado alguna vez con una mujer que respirara tan bajito mientras dormía. Es como un breve aleteo. Y yo no puedo dormir, por las idioteces que sean: porque podría ponerme a roncar y despertarla, y por esa idea, la idea de un hombre viejo —o digamos más bien de un hombre maduro—, acostado junto a ella, con la boca desencajada, y luego, para colmo, roncando, porque la campanilla en la garganta se pone fofa. La razón para los ronquidos es horrorosamente banal, y me permite reconocer, al mismo tiempo, ante qué detalles fracasa mi ecuanimidad, la ecuanimidad que he venido entrenando, con la cual había pretendido entrar en la vejez, como si fuese armado con una segunda piel impermeable; y ahora se ve bien claro de dónde le vienen los agujeros a esa segunda piel. Iris se da la vuelta, hace un delicado chasquido y sigue durmiendo. Una vez la oíd hablando mientras dormía, palabras aisladas, un susurro, como llegadas de una bóveda profunda y oscura. Sin coherencia. Y cuando la acaricié, cuando acaricié su cálido cuerpo –el cuerpo del que salían esas palabras, la cabeza en la que habían sido pensadas—, ella volvió su rostro hacia mí sin despertarse, estiró su mano buscando a tientas, y de inmediato volvió a hundirse en unas profundidades insondables.

Traducción de José Aníbal Campos

© De la traducción: José Aníbal Campos González

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Uwe Timm nace en 1940 en Hamburgo. Su infancia está marcada por un ambiente familiar nacionalsocialista. Con sólo doce años escribe su primera novela, inspirada en las historias de su abuelo, que fue capitán. En un principio abandona la escuela para trabajar en el negocio de peletería de su padre. Más tarde retoma los estudios para terminar el Bachillerato, luego estudia Filosofía y Filología Germánica y se gradúa con una tesina sobre Camus. Participa activamente en las revueltas del 68, de las cuales es hoy uno de sus principales representantes literarios. La revisión de esa época se extiende a lo largo de toda su obra. Más tarde se dedica a la vida cotidiana y sus peculiaridades (Entdeckung der Currywurst, ’El descubrimiento de las salchichas al curry’, 1993). Por sus cuentos y novelas obtiene numerosos premios y distinciones. Tras largas estancias en París y Roma, actualmente vive y trabaja en Múnich y Berlín.

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José Aníbal Campos (La Habana, 1965) reside desde hace unos años en Santa Cruz de Tenerife. Es licenciado en Filología Germánica por la Universidad de La Habana. Ha traducido, entre muchos otros autores de habla alemana e inglesa, a Leopold von Sacher-Masoch, Uwe Timm, Hans Magnus Enzensberger, Peter Berling, Franz Schätzing, Pascal Mercier, Hans Sedlmayr, Philip Ball, Ingeborg Bachmann, Gregor von Rezzori y Peter Stamm. En 1999 fue Premio de Traducción de la República de Austria por la traducción y divulgación de la literatura austriaca contemporánea. En 2010 recibió la beca de trabajo que otorga la Casa del Traductor de Looren, Suiza, a profesionales dedicados a la divulgación de la literatura del país helvético desde cualquiera de sus cuatro lenguas oficiales, en este caso, el alemán.