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Su carrera literaria, que dio comienzo con la poesía (género en el que publicó no pocos libros, alguno de los cuales mereció el Premio Pedro García Cabrera en 1991), ha derivado al cabo de los años hacia la narración: su primera incursión en este campo fue un libro de complejo título, Disgregario, al que le siguió La estación extraviada. Antes de pasar a uno y otro volumen, ¿podría explicarnos qué lo ha conducido finalmente a la prosa? ¿Sigue escribiendo poesía?

Hacia finales del siglo pasado experimenté una crisis decisiva como escritor. Cobré conciencia de mi incapacidad para la poesía y, por honestidad, me reduje al silencio y abominé de todo lo escrito hasta entonces.

La cuestión de la renuncia a la escritura poética me condujo de inmediato a otras cuestiones: ¿qué escribir?, ¿para qué escribir? La segunda de las preguntas interrogaba sobre la necesidad de mi escritura. La primera me señalaba el problema del texto: la cuestión del estilo, la cuestión del género. Se inició entonces para mí un periodo de incertidumbre, de búsqueda. Por esa época empecé a trabajar en Disgregario.

Disgregario (Asphodel, 2002) es un libro de prosa fragmentaria a través del cual un personaje casi abstracto establece, en primera persona, una disquisición sobre su existencia o,sobre la existencia. ¿Qué influencias articulan esa disquisición? ¿Qué autores iluminaron su camino en ese libro? ¿Qué experiencias propias o ajenas motivaron Disgregario?

En el proceso de búsqueda a que he aludido traté de experimentar con la escritura al margen de la convencionalidad de los géneros. Disgregario se construyó deliberadamente como un libro de prosa híbrida, un texto fragmentado que a veces podía revelarse como micronarraciones o como reflexiones mínimas (aunque sería más apropiado el calificativo de indagaciones), a veces como prosa poética.

Pero la búsqueda no se limitó a esto. Estaba el asunto de la voz propia, de la necesidad de esa voz. Y se me ocurrió que debía buscarme a través de un proceso de extrañamiento. Me impuse la construcción de un personaje y su circunstancia, y me obligué a escribir desde su perspectiva (en el fondo ambicionaba crear un heterónimo siguiendo los pasos de Fernando Pessoa, pero la protagonista de Disgregario, y por consiguiente la voz que lo escribe, es un heterónimo fracasado).

La escritura del libro fue un ejercicio de ascesis, de radical despojamiento de la palabra, que estuvo a punto de condenarme al silencio. Recuerdo el proceso de creación del libro, demorado durante años, como una agonía extenuante. Sobre dicho proceso, sobre el estilo, sobre el personaje, sobre el libro en sí mismo señoreaba una sombra de incertidumbre. También recuerdo cierta impresión de orfandad: no hallaba modelos en otros libros, escritores que pudieran iluminarme. Cierto que había leído a Samuel Beckett. Y no puedo negar la influencia sobre Disgregario del Beckett narrador (por ejemplo, Compañía), pero debo matizar tal influencia, pues en Beckett hallé antes un fecundo estímulo para la escritura como indagación que un modelo para Disgregario.

Cinco años después de publicar Disgregario, aparece en 2007 La estación extraviada. En ese intervalo de tiempo dio a las prensas únicamente dos cuentos: El sacrificio (Aula de Arte y Publicaciones de la Biblioteca de Icod, 2002) y Confesión (Revista Sibila, nº 19, 2005), una producción, aunque de rara perfección formal, escasa, sin embargo, lo cual no deja de ser desconcertante para sus lectores. ¿A qué se debe esta parquedad?

Esa parquedad, que no sé si será desconcertante para mis lectores, se debe a las exigencias a las que me someto cuando escribo.

El cuento El sacrificio surgió ―si no nos falla la información― a partir de una idea que halló en Ernst Jünger. Tal vez sea el escritor alemán uno de sus maestros… ¿Y Confesión? ¿Cómo surgieron y por qué esos relatos? 

En efecto, El sacrificio desarrolla una anécdota que puede leerse en el Segundo diario de París, de Jünger. Jünger, como también Elias Canetti o Juan Rulfo, pertenece a esa especie de escritores de rara espiritualidad cuyos textos irradian un fulgor elevado, aristocrático, que yo admiro y respeto.

El sacrificio fue mi primer intento de crear una narración, si se me permite, convencional. La atrocidad de la anécdota relatada por Jünger, y el misterio abierto por la lacónica noticia que en su Diario da del malogrado personaje, me animó a reconstruir la historia.

Confesión es el resultado de una de mis reflexiones recurrentes, el escenario de una pesadilla que no sé si he sabido trazar con claridad suficiente para el lector. Pues éste no cuenta más que con un torbellino de palabras, el monólogo desesperado del protagonista. La intuición final de la verdad a la que se ha visto reducida la voz del narrador convierte el relato, a mi juicio, en una parábola aterradora de la eternidad y la muerte.

En 2007 se publica en Artemisa Ediciones una novela corta que, para muchos, es una de las piezas más altas de la narrativa canaria de los últimos tiempos, La estación extraviada. Se trata de una obra en la que el narrador, que parece coincidir con usted mismo, relata la vida y la muerte de un tío suyo. ¿Cómo definiría usted esta obra? ¿Novela, biografía, ensayo? ¿Qué se propuso en esa obra? Y, una vez más, ¿cuáles fueron sus modelos?

La estación extraviada es un relato largo en el que se entrelazan experiencias y reflexiones. Las vivencias que inspiran el libro, si bien personales, están transformadas literariamente. Por eso el libro no puede calificarse estrictamente de autobiográfico, pese a lo cual me apresuro a añadir que lo narrado ha sido vivido.

Mi propósito al escribir el libro lo declara el propio narrador en dos ocasiones. Casi al comienzo del relato, el narrador especula sobre la razón por la que escribe: «Acaso escribo», dice, «animado por el deseo de redimir la memoria que ha de perderse». Y a esa memoria de un ser que ya ha muerto se dedican las páginas del relato. Pero la recuperación de esa memoria involucra el pasado del propio narrador, de suerte que el trabajo de recuperar la memoria del tío Julián se convierte para el narrador en un trabajo paralelo de recuperación de su propio pasado a la vez que una indagación sobre el sentido de su infancia. El narrador advierte este hecho y lo declara justo en las últimas líneas del texto, cuando reconoce que la tarea que se había impuesto de dar testimonio de la vida de su tío no puede separarse del sentido de su propia infancia, la del narrador, y que «toda indagación sobre ésta», como se declara al final del libro, «habría de hallar en Julián una luz clarificadora».

Pero, como bien ha dicho, La estación extraviada no es sólo memoria, narración. Hay también elementos que lo aproximan al ensayo. El narrador no se limita únicamente al oficio de narrar; lo sorprendemos con frecuencia abandonándose a digresiones, notoriamente sobre la muerte, pero también sobre la memoria y su impotencia.

A la hora de escribir el libro traté de imitar o recrear el curso íntimo de la memoria. A mi entender, eso justifica la elección de un estilo que fluyera interminablemente, en el que las imágenes y los pensamientos se entremezclaran con libertad. No tengo presente los modelos que pude haber seguido al escribir mi relato. No quiero decir que no existan, pero no puedo determinarlos de manera consciente. Acaso pueda mencionar El sobrino de Wittgenstein, de Thomas Bernhard, del que tomé el recurso estilístico de una prosa sin puntos y aparte.

No son pocos los escritores que han dicho de su obra que se trata de una obra maestra de la narrativa corta escrita en Canarias; y, sin embargo, su La estación extraviada apenas ha recibido la atención que se merece. ¿A qué se debe este extremo?

Yo creo que el libro ha sido bien recibido por los lectores. Otro asunto es la difusión, pero esa es una cuestión de publicidad y otras artes. El tiempo es el agente más riguroso e insobornable; a él quisiera someter mi libro, y nada ni nadie puede garantizar que los juicios, en su opinión, benévolos que ha merecido acaben permaneciendo. Lo consecuente sería asumir la sospecha del narrador y aplicar al libro lo que aquél dice acerca de la memoria y la «segunda y definitiva muerte».

Sabemos que desde hace algún tiempo se encuentra escribiendo una nueva obra, tal vez una novela. ¿Podría adelantarnos algo acerca de las nuevas indagaciones que lleva a cabo en ella?

La novela que estoy escribiendo lleva escrita en mí desde hace mucho tiempo. Abordo en ella fantasmas y vivencias propias, como ya hice en La estación extraviada. Pero en mi anterior texto me limité a la exploración de un episodio y un personaje. Ahora, en cambio, afronto una indagación más ambiciosa que cabe inscribirse en una tradición muy estimada por mí, la Bildungsroman o “novela de formación”.

Mi novela es también novela calidoscopio, pues la estoy formando a base de fragmentos y estilos (estratos) plurales, lo que obligará al lector, me temo, a tomar una parte muy activa en su desciframiento. Y no porque la obra, que estoy ya ultimando, sea deliberadamente hermética, sino porque he aspirado a reflejar en ella las contradicciones, perplejidades e incertidumbres de una vida, de suerte que el lector no disfrutará de líneas rectas porque ésas, las líneas rectas, en la vida precisamente no existen. Lo oblicuo, lo fragmentario, lo frágil, lo dudoso son, a mi juicio, atributos de la vida, y es esa vida, justamente, la que he ambicionado introducir en mi texto.

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Roberto A. Cabrera (Santa Cruz de Tenerife, 1971) es licenciado en Filosofía por la Universidad de La Laguna. En 1994 coordinó el suplemento literario “Las ínsulas extrañas”, en el periódico El Día, donde trabajó como redactor durante un año. Ha obtenido, entre otros premios, el Pedro García Cabrera de poesía (1991) y el “Montblanc a la cultura en Canarias” (1993), en la modalidad de literatura. En 2002 publica Disgregario (colección “Asphodel”). Ese mismo año aparece el relato El sacrificio (colección “Aula de Arte y Publicaciones” de la Biblioteca de Icod). La revista Sibila (nº 19, 2005) publica el relato Confesión. En 2007 sale a la luz su novela corta La estación extraviada (Ediciones Artemisa). Poemas suyos han aparecido en revistas españolas y francesas. Colabora en la edición facsimilar de El Pensador, del escritor ilustrado José Clavijo y Fajardo (Real Sociedad Económica de Amigos del País de Tenerife, 2001), publicando en su volumen introductorio un extenso estudio crítico y un índice onomástico de la obra. En 1996 despierta su afición por la fotografía en blanco y negro, que explora de forma autodidáctica. Ha publicado un reportaje fotográfico del escultor Román Hernández en su estudio (Confesiones para la ironía y la razón, catálogo de exposición, Galería Mácula, Santa Cruz de Tenerife, 2000) y participado en la Bienal Fotonoviembre.

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1) Ante la ocasión de esta entrevista, he vuelto a leer su bello libro y se me impone, para empezar, una pregunta que llevo años haciéndome y que, seguramente, usted también se ha hecho y a la que habremos sumado cientos de palabras en tantas otras ocasiones. Así que, de modo general y para dibujar un contexto, dígame: ¿qué es Grecia?, ¿qué significa Grecia?

Responder a esto es casi imposible, usted lo sabe y el lector también. Pero, para dibujar ese contexto general que me pide, aunque muy particular, me temo, puedo dejar caer unas simples ideas. La verdad es que cuando hice este primer viaje a Grecia y comencé a tratar sus gentes y lugares, se me impuso la brusca impresión de familiaridad, más aún, de consanguinidad. No sentí lo (más…)