José Zamora Reboso: un adelantado que se detuvo | Luis Alemany

Publicado: 28 octubre, 2011 en Dossier, Dossier 2 - José Zamora Reboso

Posiblemente fuera el pionero de la primera generación literaria tinerfeña nacida con posterioridad a la guerra fratricida que concluyó en 1939: al menos el primero de sus miembros que proyectó su incipiente literatura a través de la letra impresa con el suficiente rigor.

Allá por los comienzos de la década de los años sesenta. Pepe Zamora (siempre se llamó Pepe para sus compañeros de avatares literarios) terminaba sus estudios de enseñanza media en el colegio de las Escuelas Pías de Santa Cruz de Tenerife, y publicaba —desde una cierta precocidad— sus primeras narraciones breves en “Gaceta Semanal de las Artes”, la página literaria del diario La Tarde de Santa Cruz de Tenerife, que dirigía Julio Tovar: cuya lúcida generosidad se la abrió entonces a este alevín de escritor, como —muy poco tiempo después— la siguió manteniendo acuciantemente abierta a los escasos (porque no éramos muchos) jóvenes que, como Pepe Zamora, intentábamos iniciarnos en la literatura: una generosidad que buscaba desesperadamente (lo supimos muchos años después) que el testigo de la creación literaria tinerfeña pasara a manos más jóvenes que prosiguieran una trayectoria creativa que amenazaba con permanecer amordazada por la angustiosa dictadura que todavía asolaba duramente al país. Desde esta comunicación intergeneracional, celebró este escritor —por aquellos jóvenes tiempos— su primer recital de cuentos, en el Círculo de Bellas Artes de Santa Cruz de Tenerife, auspiciado por el estímulo de José Arozena y Domingo Pérez Minik: unos cuentos aquéllos que se inscribían en la estética del realismo social, que se ofrecía —en aquel entonces— como obligado modelo de resistencia literaria a la ditirámbica literatura oficial, y que los jóvenes aprendices de escritores canarios de la época teníamos como única referencia ante la enorme desinformación que sufríamos a causa del asfixiante panorama que nos envolvía, aislándonos de la mayor parte de la literatura en libertad que se escribía en el extranjero: un modelo literario que tardó alrededor de diez años en abandonarse, para buscar nuevas orientaciones expresivas que pudieran enriquecernos.

Desde esta perspectiva estética, Pepe Zamora se situó en la avanzadilla de una incipiente generación que trataba de adquirir conciencia de tal a través de efímeras, pretenciosas e ingenuas tertulias literarias sabatinas celebradas durante las primeras vacaciones universitarias veraniegas en el Café Imperial de la plaza de La Paz, a la que asistíamos también —entre algunos otros— Julián Ayala, Sinesio Domínguez y quien esto firma: una generación cronológica que sólo comenzó a consolidarse a principios de los años setenta con el surgimiento del tan traído y llevado boom de la narrativa canaria, al que se incorporaron luego otros escritores más jóvenes, y en el que no llegó a integrarse este autor que aquí nos ocupa, porque (cuando eso ocurrió) había marginado la creación literaria, a partir de los diversos avatares de una vida irregular, dispersa y contradictoria que había comenzado con su nacimiento en la isla de El Hierro en el año 1944.

Desde entonces, hasta su temprana muerte, en los últimos años del siglo pasado, permaneció largamente en Madrid, estudiando Medicina, sin abandonar totalmente su vocación literaria; de tal manera que, en los años 1962 y 1963, gana consecutivamente el premio de narrativa del Distrito Universitario de Madrid. Sin embargo, la tardía conclusión de su carrera médica atraviesa tortuosos problemas políticos, producidos por su participación en la contestación universitaria en contra de la dictadura, lo que le ocasionó violentas detenciones policiales que marcaron para siempre su personalidad, debilitando gravemente su salud mental, en un largo proceso que no lo abandonó en toda su vida, sometiéndolo a agobiantes tratamientos médicos, que afectaban fuertemente su debilitada personalidad.

En el ejercicio profesional de la medicina, recorrió diversas islas del Archipiélago, hasta obtener una plaza en propiedad en Santa Cruz de Tenerife, acompañándose complementariamente de la literatura, como voraz lector compulsivo, y sus muy esporádicas apariciones en la práctica totalidad de las páginas literarias de los periódicos insulares; hasta que en 1990 (unos pocos años antes de su temprana muerte) obtiene el premio del concurso de cuentos de Caja Canarias, con una narración titulada Gabriel Zulueta, lo que parece iniciar su reincorporación a la creación narrativa: galardón literario que reitera en 1992 con el relato Pesadillas de la 5ª dimensión. En el año 1988 publica el libro narrativo Relatos de la oscuridad, en el que integra trece narraciones, que alternan obras pertenecientes al comienzo de su carrera literaria y piezas de reciente factura. Cuatro años después, convierte este mismo libro en sus obras completas, titulándolo ahora Relatos de inquietud y oscuridad, y añadiéndole once cuentos más que (al igual que ocurría en la versión anterior) recuperan relatos de su primera época juvenil, y añaden creaciones contemporáneas, constituyendo una especie de testamento espiritual del autor, corroborado por el añadido de dos breves ensayos, significativamente titulados “Dios, la muerte, el descanso” y “El Fin”: un testamento que pudiera dar noticia del breve (en producción) y largo (en años) trayecto literario de un autor que se inicia en el premioso ritmo descriptivo de aquel realismo social de sus orígenes, y que —a medida que avanza en el tiempo— profundiza más y más en la preocupación obsesiva por los lúgubres universos de la angustia, la locura y la muerte. Tal vez ese trayecto literario se corresponda con el trayecto vital de un escritor que abrió la puerta de una generación diferente, pero que nos abandonó demasiado apresuradamente, sin que le diera tiempo de atravesar por completo el umbral y acomodarse dentro.

(Publicado en La Opinión de Tenerife, Santa Cruz de Tenerife, suplemento “2.C” 10 de enero de 2002, pág 11, y reproducido —sin autorización del autor— en el libro colectivo Perfiles de Canarias – 7, Editorial Idea, Santa Cruz de Tenerife, 2005, págs. 46 a 50. Reproducimos este texto en ‘Narradores canarios actuales’ con expresa autorización de Luis Alemany, a quien agradecemos no solo su generosidad, sino también valiosos datos sobre José Zamora Reboso que nos han servido para confeccionar el presente dossier.)

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Luis Alemany Colomé (Barcelona, 1944). Reside habitualmente en Santa Cruz de Tenerife. Licenciado en Filología Románica por la Universidad de La Laguna, ha sido profesor de Literatura Francesa y Literatura Española, durante diecinueve años, en las Universidades de La Laguna, Sevilla y Rouen (Francia). Ha obtenido los premios literarios Santo Tomás de Aquino, Jauja, Aula de Cultura del Cabildo de Tenerife, Leoncio Rodríguez, Ciudad de La Laguna y Mencey de las Artes, y es miembro del Instituto de Estudios Canarios. Ha publicado libros de narrativa: El indulto, Los puercos de Circe, Oscura relación, Beneficio de inventario, Conjugación irregular, Mínima lista; teatro: Tiempo muerto, El eterno anfitrión; y ensayo: Una aproximación a la moderna literatura hispano-americana, Guía secreta de Canarias (en colaboración con J. J. Armas Marcelo), Lanzarote (en colaboración con el fotógrafo Ildefonso Aguilar), Agustín Espinosa: historia de una contradicción, El Teatro en Canarias y Notas para una Historia.

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