Tangencialidades (con José Zamora Reboso) | Rafael-José Díaz

Publicado: 30 octubre, 2011 en Dossier, Dossier 2 - José Zamora Reboso

Si mi memoria no me engaña, lo que más me gustaba de las matemáticas que estudié en mis años del Colegio Hispano Inglés de Santa Cruz de Tenerife eran las tangentes de la geometría, esas líneas rectas que “tocaban” en un punto concreto otra línea curva, esos sutiles rozamientos de líneas, esas amorosas aproximaciones geométricas envueltas en el más profundo de los silencios. A partir de ese punto en que se encuentran, pensaba (o pienso ahora), las dos líneas seguirán sus respectivos caminos, uno de ida y otro de vuelta, tal vez, en cualquier caso siempre divergentes y, sin embargo, comunes, coincidentes en ese único instante de convergencia, de encuentro, de empatía y fusión. Bastantes años después de aquellas clases en las que no supe, sin duda, sacarles demasiado partido a las matemáticas que me enseñaban, coincidí dos o tres veces con José Zamora Reboso. Tangencialmente: es decir, de un modo casi imprevisto y apenas sin consecuencias para nuestras respectivas vidas y, sin embargo, para mí, que era el más joven de los dos, con el efecto de resonancias posteriores que no se han apagado nunca. Nuestros encuentros fueron azarosos y tuvieron lugar en la librería El Escribidor de Santa Cruz de Tenerife hacia 1991 y 1992. Yo estudiaba en aquella época Filología Hispánica en la Universidad de La Laguna y vivía con mis padres no lejos de la calle Pérez de Rozas, en que se encontraba aquel lugar casi mágico que fue para mí El Escribidor: libros bien escogidos, mesas con novedades de poesía, un fondo de literatura canaria y el permanente calor de un lugar en el que había escritores, en el que se hablaba de literatura y se organizaban lecturas de poesía. Quizá fue mi pasión de entonces por José Lezama Lima (se gestaba en aquellos primeros años noventa la revista de título lezamiano que publicaríamos varios compañeros igualmente estudiantes universitarios: Paradiso) lo que hizo que me fijara en José Zamora Reboso: yo había soñado con Lezama y su figura era idéntica, asombrosamente idéntica, a la de Zamora, o, más bien, la de este a la de aquel, una misma corpulencia, los habanos que colgaban de sus labios, la voz ronca, el gesto parsimonioso, la candidez unida a la ironía. Incluso sus nombres eran simétricos. En aquel tiempo Zamora Reboso acababa de publicar su libro Relatos de inquietud y oscuridad y lo recuerdo hablándome de él junto a la cristalera de la librería (a través de la cual transcurría la calle, una calle en pendiente por la que uno podía echarse a rodar salvo que no quisiera verse tragado por la ciudad vomitiva, castradora y castrense que era Santa Cruz de Tenerife en aquella época). En alguna ocasión me preguntó por lo que yo escribía: no supe contestarle. Es posible que José Zamora Reboso asistiera al recital que dimos los responsables de Paradiso y otros jóvenes poetas una de aquellas tardes, y que para muchos sería la primera lectura pública de poemas; a mí, al menos, me gusta imaginármelo sentado en el fondo de la librería, escuchando con cierta sorna no exenta de compasión las poses inquietantes, los desvelos lumínicos, las profesiones de fe y los dogmas solemnes de la mayoría de nosotros. Poco o nada, en aquellos tiempos, leí yo de lo que había escrito Zamora Reboso, poco o nada sabía de él, de su juventud en Madrid, de su regreso a las islas, de sus periplos como médico rural, de sus insomnios, sus inquietudes, sus pesadillas, sus soledades. Alguna vez lo vi caminando por la Rambla: su figura no acababa de fundirse con el espacio que la rodeaba, había siempre una fricción, un desapego extraño. Unos años más tarde (yo ya no vivía en Tenerife) me enteré de su muerte. No recuerdo si por entonces había cerrado ya también la librería El Escribidor. Para mí fue como si se clausurara una época. Las calles, como los decorados de un inmenso escenario, se replegaron y las figuras que las habitaban fueron desapareciendo en un mutis al que sería yo igualmente llamado alguna vez. Y lo único que me quedaba era seguir mezclando mis palabras con sus ecos.

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Rafael-José Díaz (Santa Cruz de Tenerife, 1971) es licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de La Laguna (1989-1994). Fue lector de español en la Universidad de Jena (1995-1998) y en la Universidad de Leipzig (1998-2000). Dirigió entre 1993 y 1994 la revista Paradiso. Como poeta ha publicado seis libros: El canto en el umbral (1997), Llamada en la primera nieve (2000), Los párpados cautivos (2003), Premio Tomás Morales de poesía 2002, Moradas del insomne (2005), Antes del eclipse (2007) y Detrás de tu nombre (2009), Premio Pedro García Cabrera de poesía 2007. Un volumen titulado Le Crépitement, con prefacio de Philippe Jaccottet, recoge una selección de sus poemas traducidos al francés. También ha publicado entregas de su diario, entre las que cabe destacar La nieve, los sepulcros (2005). Ha publicado traducciones de los siguientes autores: Arthur Schopenhauer, Hermann Broch, Philippe Jaccottet, Gustave Roud, Pierre Klossowski, Jacques Ancet, Fabio Pusterla, Ramón Xirau y William Cliff. Como ensayista, ha publicado recientemente Rutas y rituales, una selección de sus ensayos escritos entre 1993 y 2003. Y, como narrador, su primer libro de relatos, Algunas de mis tumbas y un libro de prosas titulado Insolaciones, nubes. Mantiene desde hace un año el blog ‘Travesías’ (www.rafaeljosediaz.blogspot.com), en el que va publicando apuntes, relatos y textos misceláneos. En mayo de 2011 ha comenzado a publicar su novela fragmentaria Las llaves del amanecer en forma de blog: www.rafaeljosediaz.wordpress.com. Actualmente es profesor en el I.E.S. Pintor Antonio López (Tres Cantos, Madrid).

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