Tres textos sobre Ezequiel Pérez Plasencia | Ignacio Borgoñós

Publicado: 27 septiembre, 2011 en Dossier, Dossier 1 - Ezequiel Pérez Plasencia

I. EL ÚLTIMO VIAJE DE EZEQUIEL PÉREZ PLASENCIA

Acompañé a Ezequiel hasta el último momento, hasta la esquina justa del cristal tras el que su caja mortuoria se adentró en el horno crematorio para convertirse en cenizas. Fue en ese momento en el que le dije en voz muy baja: “Ya no te puedo acompañar más, Ezequiel, ahora tienes que hacer tú solo el viaje”. Pues sí, con la autoridad que me da su amistad infinita, con la autoridad que me da haberlo conocido y la de haberlo oído hablar sobre libros, es con la que me dirijo a ustedes para narrarles el lujo de haber tenido un amigo y un maestro literario tan grande.

Quizás ustedes, los canarios, conozcan una versión más amplia en el tiempo del escritor Ezequiel Pérez Plasencia, pero yo conocí la última, su etapa cartagenera, que es la que viví y de la que les voy a hablar, si me lo permiten.

Para empezar diré que no quiero equívocos, la vida de Ezequi –como lo conocíamos los íntimos, léase el pintor cartagenero Juan Heredia Gil y yo mismo–, no fue fácil. Lo entenderán enseguida: la primera vez que llegué a la UCI del hospital Santa María del Rosell para verle tras su parada cardiorrespiratoria, las únicas batas que estaban colgadas en la antesala eran las que les correspondían a los visitantes del box número dos, el suyo. Él eligió la soledad, vivir en el exilio de Cartagena. Que ahora nadie me venga con las tertulias que frecuentaba, los intelectuales que cenaban con él y otras monsergas producto del desconocimiento de su vida.

Él simplemente era un tipo que solía leer en la cama y no conocía horario, pues igual lo llamabas a las ocho de la tarde y se acaba de despertar, o te llamaba de madrugada porque no podía dormir. Ezequiel gustaba del fútbol, de la literatura, de las mujeres atractivas y de sus amigos, y dado que desde hacía años su salud se había visto mermada por una cierta parálisis en una pierna que lo hacía caminar despacio, redujo su actividad al barrio tan céntrico en el que vivía, donde era toda una institución, y donde dejaba muestras de su sapiencia futbolística entre amigos, de su maestría literaria en las librerías o en largos paseos hasta el puerto con quienes él elegía, y de su buen gusto con un rastro de piropos a las mujeres de buen ver.

A la reunión semanal que tenía por agrado y no por compromiso con el maestro Heredia y conmigo en la cafetería Nova, él la bautizó como la secta. Una reunión que se sigue celebrando hoy en día, con una vela en su honor, y donde Ezequiel nos regalaba el don tan preciado de su opinión, siempre polémica, incorrecta, pero sabia, endulzada, eso sí, de memoria canaria, del gofio que añoraba, de registros de su lengua guanche, de bellas palabras hacia su madre, de una camiseta blanca con el siete de Juanito que le regalaron cuando era niño, de la amistad que le unió a Valdano y a Cappa en el ciclo glorioso del Tenerife.

Jamás podré olvidar las conversaciones sobre libros que teníamos en su apartamento, auténtica biblioteca de Alejandría, plagado de tesoros de la Literatura, sí, Literatura con mayúscula: Camus, Borges, Onetti. Era un apartamento austero, con una minicadena para escuchar música clásica, recortes de grandes obras de arte contemporáneo pegados en las paredes, un cenicero con el cigarrillo siempre humeante, el portátil encendido para ver si llegaba la inspiración magistral que le ayudara a terminar su última novela, la que se ha quedado encerrada en ese mismo portátil.

Y es que a pesar de haber escrito El orden del día, lo que no estaba precisamente previsto entre los puntos a tratar era su muerte. Porque Ezequi nos ha dejado demasiado pronto. Desde mi egoísmo podría decir que me ha dejado huérfano de recomendaciones literarias, jamás se me olvidará que días antes de su fallecimiento me dijo: Nacho, lee a Thomas Bernhard. Y así cuántas veces, cuántos libros, cuántas discusiones sobre autores, cuántas perlas literarias como ésa de: “un solo cuento de Borges vale más que toda la obra de Pérez-Reverte”, que no sé si lo decía por convicción, por joderme como cartagenero, o por ambas. Ezequi siempre fue un cachondo mental.

Yo lo imaginaba en Tenerife como un tipo a la izquierda de la izquierda, y ya aquí en Cartagena puedo asegurarles que era un tipo muy grande pese a su pequeña estatura, un tipo siempre dispuesto a hacerte reír con sus comentarios, con esa sonrisa a medias que anticipaba lo que te iba a decir. Me encantaba acusarle de ser un comunista pensionista y decirle que él no había leído a Javier Marías, para incomodarle y que saliera veloz a por un ejemplar de Marías en su biblioteca. Qué estupendo, Ezequiel.

Sin duda era un animal literario. En su entierro hubo lectura de Stefan Zweig, él hubiera preferido Borges. Recuerdo que hablaba muy bien de El maestro de Petersburgo, de Coetzee, también de Joseph Roth, Tolstói, Dostoievski, Clarice Lispector, Goytisolo, Edward Said o Amos Oz. Y admiraba tanto a Onetti que guardaba el dinero que había sacado del cajero para pasar la semana entre las páginas de sus cuentos.

Pero si hay algo que me molestara de él, era esa mala suerte que tuvo como escritor, pues sus méritos fueron demasiado grandes para una industria editorial de miras tan cortas, sólo preocupada por el rédito del Top Ten de ventas en El Corte Inglés, y no por la calidad literaria.

Digamos entonces con toda convicción que él estaba ya fuera de tiempo, el reconocimiento tan merecido que ahora le hacemos debió llegar mucho antes en forma de publicación con una gran editorial. Podría haber sido un tipo a lo Vila-Matas, un escritor metaliterario reconocido y con el privilegio por delante de poder vivir de la literatura. El regreso de Calvert Casey, Los caminadelado y, sobre todo, El orden del día son una pequeña muestra de su altura intelectual. Qué gran escritor hubiera sido si hubiese tenido un buen editor. Ahora que purguen sus pecados quienes no le ayudaron a editar cuando estaba en su mano, o quienes lo editaron mal, pues Ezequiel, pese a quien le pese, ya está en el Olimpo de los escritores malditos, ese Olimpo al que sólo están invitados los que saben de literatura, no los que dicen que saben. Buen viaje, amigo, el último que harás, pero será el viaje que te vengará, el que ya te ha convertido en leyenda. Serás objeto de estudio, ya lo verás, y por aquí abajo, entre los que te admiramos, nunca dejaremos de pronunciar tu nombre. De eso ya me encargo yo.

II. INTERVENCIÓN EN EL HOMENAJE A EZEQUIEL PÉREZ PLASENCIA EN CARTAGENA

Sobre Ezequiel diré en unas breves pinceladas: lo primero, que él procedía de un gran conocimiento del mundo de la Literatura con L mayúscula, sólo el de autores de primera categoría, para nada productos editoriales, bombazos y puro entretenimiento. Esto le generó enemigos, y sería criticado en alguna ocasión, pero su defensa era la de la cultura frente a la ignorancia, que es una muy buena defensa.

Su obra, principalmente compuesta por libros de cuentos, compendios de artículos y una novela, está plagada de un tono personal donde Pérez Plasencia se convierte en protagonista de su propia literatura como sucede con Umbral o con Vila-Matas, una literatura donde comparten protagonismo la vida y la propia literatura, que en Ezequiel eran inseparables la una de la otra.

Da igual que hablemos de cuentos, de artículos o de su novela, porque en todo el conjunto de su obra hay una bajada a los infiernos, ya sean los del alcohol, los del periodismo, o los de los desheredados; hay una presencia constante de sus autores fetiche: Juan Goytisolo, Joseph Roth, Albert Camus; hay cierto humor, ironía, hay deleite en la belleza, respeto por la vida y respeto por las letras.

Tocó el articulismo como un maestro en Los caminadelado, con la medida justa, tocando las pelotas a quien se las tenía que tocar, ensalzando por otra parte los aspectos por los que merece la pena vivir. Artículos cultos, muy pensados, él decía que eran una golosina. Sus pequeñas crónicas podían estar dedicadas a una prostituta o ser artículos sesudos sobre Ernesto Sabato o Muñoz Molina, que curiosamente podían convivir en sus páginas de una manera pacífica, nada estridente.

Tocó el cuento con su Decena de un cronopio y con otros muchos más recogidos en compilaciones como El teléfono y otros cuentos o La ilusión de los vencidos, donde salía su genialidad, quería hacer algo distinto, quería la eternidad de Cortázar, de Monterroso, de Onetti. Distancia corta difícil y magistral. Cuentos para pensar, de poca historia y mucho tinte personal, como una novela en pequeño.

Tocó el libro de viaje, como en el caso de El regreso de Calvert Casey, memoria de su viaje a Cuba, volviendo a ese estilo de referencias al mundo intelectual pero también “barriobajero” canario, que trasladó al otro lado del Atlántico, para contar lo de Cuba, su compromiso con el intelectualismo, con la resistencia, con quienes vivieron en pobreza y también con quienes escribían en el Caribe soñando con la libertad.

Tocó la poesía, gustaba de leerla, la escribía pero no la enseñaba más que a las mujeres que compartieron su vida, seguramente para seducirlas.

Y tocó la novela, donde llegamos a El orden del día, bajo mi punto de vista su obra capital. Ahí el dolor, el sufrimiento del ser humano, se entremezclan con una gran humanidad y un apego de por siempre y para siempre a la literatura, con un innumerable reguero de autores que nombra su protagonista, su alter ego. Visita a los sanatorios, ajuste de cuentas con el periodismo del que hizo bien en salir por estar encabezado por jefes corruptos, ignorantes y dirigidos, dolor sobrellevado entre el calor humano que siempre buscó, las mujeres de las que se enamoró y los libros que descubrió.

De esta forma, la obra de Pérez Plasencia quedaría definida como obra culta, comprometida políticamente, comprometida con los desheredados de la tierra, literatura reflexiva producto de un escritor de los de antes, de un escritor al que los escritores de ahora le darían pena. Su literatura está llena de literatura, de ansia por conseguir la justicia, de solidaridad.

Sólo puedo terminar este pequeño análisis como empecé un artículo dedicado a él, que me encargaron cuando Ezequiel vivía y que me pudo leer con agrado: Creí que sabía de Literatura hasta que conocí a Ezequiel Pérez Plasencia. Pues eso, que él sí sabía.

III. LOS CAMINADELADO

Bajo el título de Los caminadelado, que son, según un tipo del barrio de Ezequiel llamado El Farola, algo así como todos aquellos habitantes de la clase política que nos prometen ir de frente, pero siempre se tuercen para defender lo suyo, se recoge en este volumen un nutrido grupo de artículos periodísticos publicados en La Gaceta, allá en Canarias, donde el escritor da la justa medida del columnismo, es decir, da con la tecla de los secretos para ser un buen articulista de opinión.

Por las páginas de Los caminadelado pasa toda una galería de personajes de barrio, de prostitutas, de retazos de vida pertenecientes a quien conoce bien los recorridos entre la multitud de día y el asfalto de la noche. Se trata de un libro poliédrico en su temática, pues destila vida y desencanto, pero también belleza y amor por la literatura, igual habla de antros que de periodismo y política internacional, de Cuba que de Onetti; pero precisamente ahí está su grandeza, en la de un articulista que ha pateado los bajos fondos de la vida, pero que también se esconde de sus ocupaciones para atesorar unos conocimientos sobre autores leídos, que sorprenden por su lucidez y manejo en un natural discurrir para nada usual, ni tan siquiera en los cenáculos literarios.

Aquí encontrará el lector una crónica de la marginación social, pero también del éxtasis literario, párrafos trabajados y arte de escribir, hasta elevar el artículo periodístico a la categoría de golosina. Gusta Los caminadelado, porque da la impresión de que su autor le hablaría de tú a tú desde al más tirado del barrio hasta a Muñoz Molina. Difícil empresa para los demás mortales, ¿no creen? En resumidas cuentas, verdades como puños para el que se quiera enterar, claro está.

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Ignacio Borgoñós (Cartagena, 1975) es licenciado en Filosofía y Letras por la Universidad de Murcia y Máster en Periodismo por El Correo y la Universidad del País Vasco. En la actualidad trabaja en el mundo de la comunicación empresarial. También es colaborador de varios medios de comunicación como Cadena SER y el diario La Verdad.  Ha escrito varias novelas, entre las que destaca Recitando a Petrarca (Alfaqueque Ediciones, 2009), con la que quedó finalista del Premio Mario Vargas Llosa de Novela 2008 y, recientemente, ha publicado todos sus cuentos bajo el título de La enfermedad de las niñas rubias (Alfaqueque Ediciones, 2011). También ha conseguido más de una docena de premios literarios en el campo de la narrativa breve, como el XXVI Concurso de Cuentos Villa de Mazarrón Antonio Segado del Olmo 2010, en este caso por su obra “Los bárbaros”.

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