De roedores y hombres | Mario Martín Gijón

Publicado: 26 septiembre, 2011 en Autor invitado

Apprendre à vivre avec les fantômes, dans l’entretien, la compagnie ou le compagnonnage, dans le commerce sans commerce des fantômes. À vivre autrement, et mieux. Non pas mieux, plus justement. Mais avec eux.

Jacques Derrida

Durante la infancia, muchas partes de la realidad tienen una apariencia de maravilla que se irá esfumando a medida que crecemos. Recuerdo que el agua oscura de una alberca, con algunos nenúfares o eneas, se convertía en un río tropical en el que acechaba la presencia ominosa de un caimán o una boa constrictora. Cualquier zona de un solar abandonado y salpicado de jaramagos podía ser un bosque de abetos o una jungla, y cada surco una cordillera en la que probablemente se hubiese emboscado una partida de bandoleros.

Pero a veces, lo que mis sentidos percibían no se convertía en fuente de emocionantes aventuras, sino de congoja y de pavor. Durante mucho tiempo, obligado por mi madre, me solía acostar temprano y aunque pensara “me voy a dormir”, este pensamiento no hacía sino desvelarme. Entonces abría los ojos y comenzaba a observar la habitación en torno a mí: en la oscuridad podía percibir la figura del abrigo sobre la silla. Aunque tratase de convencerme de que era mi abrigo y de que yo mismo lo había dejado allí, no podía ahuyentar la posibilidad de que fuera un espectro, una aparición con propósitos maléficos. Encendía la luz y veía la prenda sobre la silla, pero no podía evitar pensar que quizás el fantasma se había transformado en un objeto común para no ser descubierto. Y, si guardaba el abrigo en el armario, empezaba a temer que el espíritu me vigilase desde dentro de ese mueble, o que se hubiese ocultado en otro lugar de la habitación.

Al llegar la pubertad, ciertos aspectos de la realidad que nos parecían apenas interesantes se convierten en el centro de nuestra atención. Comenzamos a buscar signos propicios en los rostros de las niñas, y la contemplación de sus cuerpos despierta sensaciones perturbadoras en los nuestros. Pero también, a veces, descubrimos en lo que nos había parecido cotidiano y vulgar el secreto de una horrible tragedia.

Quienes se han criado en el campo o en pueblos pequeños que viven de lo que produce la tierra saben bien que el hombre allí considera la vida animal de manera bien distinta a como lo hace el hombre de ciudad. En los niños este hecho se manifiesta de manera extrema. Yo no puedo explicarme cómo algunas acciones que ahora me extrañan por su refinada crueldad podían resultarme entonces un juego más, con algo de extraordinario que hacía que las prefiriésemos a jugar al fútbol o, por supuesto, a las canicas o la peonza. Para no herir ciertas sensibilidades evitaré enumerar el bestiario completo de nuestras víctimas y los suplicios a los que las sometíamos. Cortar el rabo a las lagartijas (un animal tan grácil, con su cabecita simpática y su color esmeralda) o apresar gorriones (tan inocentes, tan jubilosos como los veo ahora) para torcerles el cuello eran dos de las más frecuentes y menos salvajes.

Pero de todos los animales, la especie que nos provocaba mayor entusiasmo eran los gatos. Su astucia para huir de nosotros, su valentía desesperada al verse acorralados, y las aventuras a las que podía dar lugar su caza, hacían que andásemos siempre a su busca y captura. Influidos por las películas del Oeste, los perseguíamos por las eras y descampados, moviéndonos entre montones de escombros como peces en el agua, dando gritos y órdenes guturales, imitando las maneras de los indios de Norteamérica, adornándonos luego con los despojos de nuestras víctimas y acumulando en escondrijos los frutos de nuestro juego.

Por todo ello, era inevitable que fuésemos a dar con la casa de aquella anciana. Era una casa como eran casi todas las de nuestro pueblo hasta hace algunos años: pared encalada, tejado bajo, puerta de madera con postigo en la parte superior. Pero tenía la peculiaridad de que en su puerta rondaba, a cualquier hora del día, al menos, un par de gatos. En determinados momentos se reunían muchos más: ocho, diez, una docena. Sonaba algo que nunca pude averiguar si era una campanilla o un cascabel y, demostrando un oído que me sorprendía siempre, brotaban felinos de las esquinas, detrás de un coche o, diríase, del mismo aire. Gatos negros, atigrados, grises, pardos, que llegaban con paso rápido a la puerta abierta de la casa, desde cuya penumbra se asomaba entonces una mujer vestida de negro, con un pañuelo en la cabeza y un plato con restos de carne o raspas de pescado, que vertía en el suelo, formándose a su alrededor un círculo de gatos satisfechos.

Se imponía la necesidad de una estrategia: si habitualmente perseguíamos a pedradas a los gatos en campo abierto, dentro del pueblo no podíamos permitírnoslo. Un balonazo en la cara puede disculparse a regañadientes, no así una pedrada. Decidimos por ello recurrir a los tirachinas. Al día siguiente, acudimos cuatro amigos y yo a la calle de Santiago, donde vivía la anciana. Llegamos pertrechados de nuestras colecciones de cromos para matar el tiempo, y nos sentamos en la acera opuesta a una distancia prudencial de la casa de “la vieja de los gatos” como ya la habíamos rebautizado. Pasaba el tiempo, y yo estaba tan absorto en las negociaciones para trocar mis cromos repetidos a cambio de los que no tenía, que no oí el tintineo. Pero dos de mis amigos sí lo habían oído y tensaban ya  sus tirachinas. Vi entonces llegar calle abajo a un gato de pelo anaranjado a rayas y estiré la goma de mi arma, sintiendo el orgullo y la responsabilidad de un arquero. “¡Dejádmelo, ése es para mí, que lo he visto primero!” grité. Permití que pasara de largo frente a nosotros. “¡Que se te escapa, bobo!” me gritaron. Entonces solté la goma y el agudo guijarro fue a impactar en el trasero del animal, que gimió lastimeramente. Prorrumpí en un alarido de triunfo al tiempo que mis compañeros, Lolo, el Pesca, Rafa y Pedro, disparaban sus armas y una granizada de piedras rociaba al aturdido felino, que logró refugiarse debajo de un coche. En ese momento vimos a la anciana salir de la puerta y comenzar a increparnos, llamándonos sinvergüenzas, malajes y no sé qué cosas más. Nosotros echamos a correr hasta doblar la esquina; teníamos que sujetarnos la barriga, pues no podíamos con la risa. Nos pasamos la tarde riéndonos de esa vieja loca que se inflamaba de tal forma por unos gatos callejeros que ni siquiera eran suyos.

Aunque yo habría querido regresar al día siguiente para volver a probar mi puntería, mis amigos no podían acudir por diversos motivos y sólo una semana después volvimos a reunirnos. En aquella ocasión había un par de gatos tomando el sol en la puerta de la casa. Uno era negro, el otro de pelo gris con rayas negras. Ninguno de ellos era el de la semana anterior. Al principio nos parecía arriesgado disparar en la puerta misma de la vieja, pero luego cambiamos radicalmente de opinión, y decidimos que lo haríamos, pero esperaríamos a que se reunieran más gatos para comer. En eso, el Pesca avisó “¡cuidado, que viene la loca!”. En efecto, la anciana regresaba a su casa con una bolsa del supermercado. Cuando nos vio nos miró con mala cara y empezó otra vez con su retahíla: sinvergüenzas, malcriados, buen tirón de orejas os daba, qué hacéis ahí, como toquéis a mis gatos os mato. Nosotros conteníamos la risa y Pedro, que era entre nosotros el que tenía más cara, le dijo “señora, no se preocupe, que no le haremos nada a sus gatos, estamos aquí con los cromos, le pido perdón por lo del otro día”. La anciana aceptó las disculpas y se encerró en su casa refunfuñando algo ininteligible. Pero pasaban las horas y el tintineo no sonaba. Entonces Pedro, harto de esperar, dijo “la vieja, ahora se va a enterar”, cruzó la acera de la calle, apuntó de cerca al gato negro, que se incorporó para escapar pero no antes de que la piedra le acertara en el lomo. La anciana salió hecha una furia y echó a correr detrás de nosotros, en la medida en la que se lo permitían sus débiles piernas, insultándonos con palabras más gruesas que en la ocasión anterior y, lo que más nos ofendió, insultando a nuestras madres. Ya fuera de su alcance, decidimos por unanimidad que habíamos de tomar venganza de esa injuria.

Fue Lolo el que se encargó de conseguir un saco, para lo cual quizás tuvo que vaciar las patatas en alguna parte. Yo recordaba por donde había aparecido el gato anaranjado la última vez y por ello convencí a mis compinches para que nos situásemos en el cruce de la calle de Santiago con la de Santa Ana.

Tuve que hacer de vigía y con ello perdí la oportunidad de presenciar cómo se las ingeniaron para hacer entrar al gato en la trampa. Avizoraba a uno y otro extremo de la calle cuando de pronto oí un trote acompañado de unos gritos sofocados. “¡Venga, que ya lo cogimos, vamos pa la era!” Eché a correr tras ellos. Lolo llevaba agarrado el saco manteniéndolo a una distancia prudencial, pues no cesaba de agitarse, aunque de momento sin hacer mayor ruido. Yo no pude contener mi ímpetu y, con gesto de delantero centro, lancé un puntapié al agitado bulto, del que brotó un maullido ofendido y feroz. Una vez llegados a la era, Lolo arrojó al aire el saco, que cayó con un golpe sordo. Armados de palos comenzamos a golpear el saco, casi ritualmente, hasta que cesó de debatirse. Entonces yo, medio en broma, quise imitar a un luchador de pressing catch de los que admirábamos en la tele, y me dejé caer de lado doblando el brazo de modo que cayese en el saco mi codo con todo el peso de mi cuerpo detrás. Pero nada más caer sentí un agudo dolor en mi brazo. El gato, en un zarpazo desesperado, había atravesado el dril del saco y me había clavado con fuerza sus uñas. Cuando vi que brotaba lentamente la sangre de mi brazo salí de mi perplejidad y poseído por una repentina cólera, arrebaté la tranca de manos del Pesca y aticé el bulto como enloquecido. Cuando me cansé de golpear deshice el nudo y volteé el saco, del que cayó el gato muerto. “Venga, vamos a llevárselo a la vieja, que lo mismo lo echa de menos”, ordené decidido. Mis compañeros se mostraron algo sorprendidos pero, ante mi firmeza, parecieron sentirse subyugados y me siguieron sin decir nada. Sentí que poseía en esos momentos una autoridad que rara vez había degustado, más aún al advertir que Pedro, que normalmente ejercía un liderazgo indiscutible y recibía con escepticismo cualquier iniciativa ajena, me seguía con la misma actitud que el resto de mis compañeros. Yo llevaba el gato muerto asido por el rabo. No me daba cuenta de que había gente que nos observaba, pues tenía la mirada fija en mi punto de destino. Descendí la calle de Santiago y, llegando a la puerta de la anciana, donde había un gato negro y otro gris que huyeron al acercarnos nosotros, arrojé el gato contra la casa. El cadáver golpeó contra el postigo cerrado y quedó frente a la puerta, como un miserable felpudo.

De pronto se abrió la puerta y apareció la anciana. Echamos a correr pensando que nos perseguiría con sus insultos pero, al volver la cabeza, vi que se había arrodillado junto al felino muerto, que lo cogía en brazos y empezaba a llorar calladamente:

Dani, mi Dani, mi tesoro, el gato más guapo del pueblo, ¿qué te han hecho esos malvados? ¿qué te han hecho esos canallas, que ya no puedes mirarme, ni acercarte moviendo el rabo, que te acaricio y no te mueves? Corazón mío, pedazo de mi alma, ¿quién te quería como yo, Dani?”

Una mujer que venía con el carro de la compra se acercó a la anciana, y le preguntó qué le ocurría.

“Déjeme, déjeme en paz a solas con mi Dani, déjeme, pobre criaturita sola en el mundo, sin nadie que la cuide, la comida y la cena te la daba yo, y ahora querías venir a comer, como cada tarde, ¡pobre criaturita que has muerto tan delgada y con tanta hambre dentro!”

La vecina intentaba consolarla y asirla del brazo para que entrase de nuevo en su casa.

“¡Suélteme, suélteme le digo: le conocía desde que nació y éramos como madre e hijo! ¡Malvados del infierno, qué os había hecho Dani!”

La vecina, viendo la inutilidad de sus esfuerzos, se despidió y siguió su camino adelante. La anciana, entonces, tomó al gato en brazos y, sin cambiarse, llevando sus alpargatas de estar en casa y su bata descolorida, caminó por la calle abajo, torciendo en el cruce de la calle de Santiago con la de Santa Ana.

Mis amigos y yo estábamos callados, estupefactos ante la reacción inesperada. Aunque no demostrásemos ningún tipo de lástima, había desaparecido el regocijo que nos produjo la ejecución de nuestro prisionero. Decidimos marchar cada uno a su casa.

Cuando me disponía a doblar la esquina de la calle Santiago, giré la cabeza y vi, en la puerta de la casa situada junto a la de la casa de los gatos, la figura de un anciano, con el espinazo doblado y apoyado en un bastón. Al mirarle yo, se irguió trabajosamente, y me llamó “¡eh, chaval! ¡ven aquí!”

Recuerdo que el anciano vestía con cierta elegancia. Una chaqueta a cuadros con una boina a juego, un pantalón bien plisado, pulcra camisa oscura y pañuelo azul marino anudado a la garganta. En su rostro, muy arrugado, brillaban sus pequeños ojos con una mirada tan triste que deshizo mi temor y que me hizo obedecer su requerimiento.

No puedo recordar con exactitud sus palabras, ya que cuando las escuché no comprendí el sentido de muchas de ellas, y sólo he podido desentrañar el significado de lo que oí muchos años después, cuando los conocimientos que la lectura de ciertos libros me proporcionaron me permitieron iniciar el trabajo de reconstrucción de lo que dijo aquel anciano, conjeturando los términos que debió usar, aunque sin llegar a la certeza que yo desearía.

Recuerdo que empezó a reprenderme en un tono casi paternal, diciéndome que aquella pobre mujer había sufrido mucho. Lo de “pobre mujer” resultaba un argumento suficiente y empecé a disculparme, iniciando un intento de retirada. En ese momento alargó su mano y me asió firmemente del antebrazo. Entonces comenzó lo que me pareció una divagación sin sentido y que me fue inquietando cada vez más. Me explicó que a veces las acciones que cometemos con ánimo de broma suele torcerlas el diablo y terminan haciéndonos cometer horribles pecados. Luego empezó a usar palabras que yo no entendía, como si hubiera olvidado que hablaba con un niño de once años: “Jornalero”, “sindicalista”, “Federación de Trabajadores de la Tierra”, “Falange”, “Alzamiento”, “gente señalada de derechas”, “no les dio tiempo”, “tropas nacionales”, “represión”…

Imagino ahora la figura de una mujer joven y optimista, que ha rechazado propuestas ventajosas para casarse con el hombre al que quiere, un campesino que lucha por conseguir un pedazo de tierra para él y los suyos. Imagino su breve dicha y la exaltación por la esperanza amenazada, el amor unido al orgullo por la bravura de su amado, el fruto de su unión nacido meses después, en un momento de inquietud y presagios de derrota. Imagino ahora, con la ayuda de relatos que he leído e imágenes que he podido contemplar en libros y documentales, el terrible final, la brutalidad de la separación, la angustia ante la desaparición de su marido, la penosa confirmación de los temores que no se había atrevido a enunciar. Lo que siguió me produce, a pesar de su verosimilitud, de su casi segura veracidad, una impresión irreal, como de mascarada trágica: las burlas, el aceite de ricino y la cabeza rapada, el cartel colgado a la espalda aclarando el motivo de la ignominia: “Por roja”.

“Y un día esos muchachos fueron a su puerta, como habéis ido vosotros, para gastar una broma, algo pesada, pero una broma, con un cajón lleno de ratas chillonas y coleantes. Llamaron a la puerta y cuando abrió la puerta abrieron el cajón y lo voltearon, cayendo las ratas sobre sus faldas. La pobre mujer echó a correr dentro de la casa, chillando más alto que las ratas. Aquellos muchachos se doblaban de risa”.

¿Cómo narró lo otro, lo que ocurrió después? No puedo recordar qué palabras utilizó, pues las sustituí hace tiempo por las imágenes que yo consideré más adecuadas para representarme lo sucedido, cómo súbitamente la mujer dejó de chillar porque un silencio le había golpeado en el interior de su corazón de madre y corrió desalada hacia el dormitorio. Su grito al llegar doy gracias a Dios por no haberlo oído. Llevando en sus brazos a su pequeño callado e inmóvil, las ropas revueltas y mancilladas, su carita ya emborronada por el sucio muerdo, salió a la calle y la descendió sembrando su maldición para quienes habían aniquilado su última esperanza.

Los culpables, sin embargo, ya habían desaparecido. Los vecinos salieron a la calle y la acompañaron en su camino, convertido en procesión silenciosa, hacia las afueras del pueblo. A partir de entonces, los criminales, desconcertados por la magnitud de la hostilidad que habían suscitado entre la población, se dejaban ver lo menos posible y durante algún tiempo no volvieron a cometer más tropelías nocturnas, ni contra ella ni contra ninguna de las abundantes viudas del lugar.

A pesar de no haber entendido todas las implicaciones de la historia, con los móviles y las consecuencias presentes, el niño que fui comprendió lo suficiente para intuir el oscuro abismo de la culpa y sus motivaciones, y, olvidando por un momento mi temor al anciano que atenazaba mi brazo mientras me contaba su historia, le pregunté: “¿Y quién tuvo la idea de las ratas? ¿Y por qué?”

El anciano quedó en silencio. Y luego, con expresión soñadora, divagó: “Las ratas… los ratones… las mujeres… ¿por qué les asustarán tanto? Esa muchacha que me gustaba y a la que solía asustar soltándole un ratón muerto de los que cazaba mi gato, hasta que se cansó de mis bromas y me rechazó, quitándome las esperanzas para siempre. Luego conoció a ese campesino… ¿por qué les asustarán los roedores a las mujeres de esa manera?”

Quedó perdido en su evocación. Sus ojos ya no se mostraban tristes, sino húmedos de nostalgia, y de su boca ligeramente entreabierta asomaban sus dientes incisivos. Me fijé en ellos e imaginé que los veía crecer y afilarse lentamente, y que se preparaban para lanzarme un mordisco sobre mis ojos. Aprovechando su ensoñación, de un tirón me solté de su brazo y eché a correr, sin mirar atrás.

*

Mario Martín Gijón (Villanueva de la Serena, Badajoz, 1979) es doctor en Filología Hispánica. Ejerció la docencia en las universidades de Marburgo (Alemania) y Brno (República Checa) y actualmente es profesor en la Universidad de Extremadura. Ha publicado varios libros de ensayo, entre los que cabe destacar Una poesía de la presencia. José Herrera Petere en el surrealismo, la guerra y el exilio (Pre-Textos, 2009), galardonado con el Premio Internacional “Gerardo Diego” de Investigación Literaria, y La patria imaginada de Máximo José Kahn. Vida y obra de un escritor de tres exilios, que recibió el Premio Internacional “Amado Alonso” de Crítica Literaria (próxima publicación en Pre-Textos). Es autor del libro de poemas Latidos y desplantes (Ediciones Vitruvio, 2011) y próximamente verá la luz su primer libro de relatos.

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