Un día cualquiera, un desconocido | Angélica González Gopar

Publicado: 21 septiembre, 2011 en Relatos

En aquellas fechas, yo no debía estar en Florencia. Pero la fatalidad y la incompetencia de la empleada de mi agencia de viajes se confabularon para colocarme en medio de la vía Panzani en el momento preciso en que Ondřej Zrádný doblaba la esquina de Banchi, a unos pocos metros de mi incredulidad.

Era él. Lo reconocí inmediatamente. La vejez lo hacía bastante menos intimidatorio que cuando exhibía su uniforme de soldado ruso por las calles de Josefov. Sí, había pasado mucho tiempo, un tiempo que no se contaba en horas ni en minutos, sino en perseguidos, exiliados y muertos.

Me dirigí a su encuentro de modo impulsivo, sin detenerme un instante a pensar en las consecuencias de aquel acto. Si el destino, o lo que quiera que mueva los hilos de la existencia humana, había propiciado aquel encuentro, ¿quién era yo para contrariarlo?

Me detuve ante él, confiando en que siguiera conservando sus oscuros hábitos de antaño. “¿Tiene fuego?”, pregunté. Me respondió que no fumaba. “Yo tampoco”, repuse, intentando disimular las  nauseas que comenzaba a sentir. Zrádný me dedicó una sonrisa mezquina, que no me era desconocida.

Lo seguí desconcertado. No era su estilo fiarse de nadie y menos aún de un extraño que hablaba italiano con indudable acento checo. Quizá fuera porque nunca había podido resistirse a un hombre más joven, o porque en su retiro florentino había cometido el error de sentirse a salvo de miradas condenatorias, de dedos acusadores y de la forza del destino.

Me condujo hasta un hotel barato situado en la vía del Giglio. Fingí secarme el sudor de la cara para esconder mi rostro de la mirada imprudente del conserje. Zrádný se adelantó.

Ya había tomado la decisión cuando recorrí el pasillo estrecho, insuficientemente iluminado que desembocaba en la habitación del antiguo teniente. Empujé la puerta. Junto a la cama me esperaba de pie la patética figura desnuda del torturador.

Me coloqué tras él, deshice sin prisas el nudo de mi corbata  y con un movimiento rápido, la enrollé alrededor de su cuello. Apreté con fuerza, y mientras un espejo turbio me devolvía su rostro descompuesto por el dolor y la impotencia, le susurraba al oído nombres que seguramente ni siquiera recordaba: Viktor, Franz, Esther… Padre, hermano, esposa.

Tarde o temprano, el destino acabaría por cercarme también a mí; pero esa mañana, el sol iluminaba Santa María Novella cuando tomé el tren de regreso a Praga.

*

Angélica González Gopar nace en Gran Canaria en 1964. A los 17 años se traslada a Barcelona y un año más tarde a Madrid, donde cursa Ciencias Políticas y Sociología, estudios que compagina con los de Arte. Colabora como articulista e ilustradora en varias revistas de arte, música y cine. De vuelta en las Islas, unos quince años más tarde, cursa un Máster de Periodismo que le permite acceder como becaria a los Servicios Informativos de Televisión Española en Canarias, dónde conoce a Dolores Campos Herrero, que le ofrece la oportunidad de publicar algunos de sus relatos en el volumen colectivo Generación XXI. También ha publicado en Los Relatos del Taller, otro volumen colectivo en el que participan compañeros del taller de literatura del Ámbito Cultural de El Corte Inglés. Como ilustradora, su trabajo más reciente es Remedios Tradicionales Canarios.

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