La Caída | Miguel Pérez Alvarado

Publicado: 16 septiembre, 2011 en Relatos


A Ariana,

en Santa Brígida


En el caso de nuestras islas, a través del océano llegaron los europeos,

los conquistadores, los piratas. En una palabra, la Historia; y con ella la Caída.

José Carlos Cataño,

en La escritura del tránsito

[I. El palmeral]

Jadeaba el caballo cuando desmontaron el cuerpo. Sangraba mucho. Por uno de los costados, sobre todo, y por la pierna. Lo habían cubierto con mantas que estaban ya empapadas porque nadie las cambió durante el camino. En medio de la oscuridad, descendieron el cuerpo entre tres y lo llevaron a trompicones urgentes sobre las losas que marcaban el camino desde el establo hasta la casa. Los demás dejaron caer sus cosas y siguieron el reguero rojo sobre el suelo después, o formaron corros para quejarse y lamentar la dureza del trayecto y hablar de sus casas ocupadas en la costa. Eran todos hombres que habían seguido el ritmo del caballo sin pensar en el descanso. Pero ya llegaba el resto de la ciudad. Subían desde el palmeral que ocupaba el cauce del barranco las mujeres y los niños, los viejos y otros muchos hombres que prefirieron caminar junto a sus familias. Pronto dejaron de oírse los grillos. En lo alto de la loma en la que se alzaba la casa, se iban amontonando los recién llegados y el ruido crecía.

Atravesaron las huertas y rodearon la casa hasta llegar a una pequeña verja que daba a un amplio patio. Uno de ellos gritó muy fuerte y las luces comenzaron a iluminar, desde el piso alto, los alrededores. Una muchacha mal vestida apareció frente al grupo y abrió. Era baja y tenía la piel tiznada, y unos ojos que brillaban temblorosos. Se quedó quieta sin saber qué hacer.

–¿Dónde están los señores? ¡Tus señores! –Siguió callada y uno de los que no cargaba el cuerpo la empujó haciéndola caer contra el suelo. Gritaban para despertar a los dueños de la casa.

–¡Don Alonso agoniza! ¡Despierte la villa entera! ¡Don Alonso agoniza!

Se asomó a la balconada que daba al patio un viejo enorme. Su mujer, desesperada, se escondía detrás de sus espaldas. El viejo señaló las escaleras que permitían acceder desde el patio al piso superior y blasfemaba porque la servidumbre no actuase con diligencia. Subieron el cuerpo y crujió la madera de la casa.

Se hizo un silencio agudo en el patio. Los criados se miraban. La muchacha lloraba suavemente y se mordía las manos. El cielo oscuro dejó oír el viento caliente zumbando cargado de arena. En la explanada, los lamentos y los llantos crecían. Se distribuían el poco espacio por familias. Los criados se quedaban en el palmeral. No paraba de llegar gente barranco arriba.

[II. La ciudad]

La arena había llegado en el viento del desierto una semana atrás. Como todos los males de la isla venía por el este, pero acababa ocupando la isla entera. Quizás por esa fatalidad que hacía del océano una puerta al dolor de sus gentes, la ciudad creció de espaldas al mar. La catedral y las casas nobles del barrio residencial, la bulliciosa calle mayor, las huertas y las tiendas de extranjeros miraban al interior. El fondeadero principal de la isla estaba varias leguas al norte de las murallas, incluso más allá de los arenales yermos y solitarios. La última línea de casas sobre la costa carecía de ventanas contra el mar por no hacer entrar el salitre en los hogares, decían los edictos, por no ver llegar las plagas desde el este, sabía la gente. Sólo los riscos que hacían crecer la ciudad hacia la cumbre, con sus casas pobres desordenadas, desafiaban con su mirada al horizonte. En uno de ellos, un castillo militar vigilaba. Estaba al norte de la ciudad, y a partir de él bajaba un muro ridículo en línea recta hasta la costa. Otro fortín se levantaba en la falda del risco para proteger la entrada a la ciudad, siempre resguardando la misma muralla. A partir del gran portón, las dunas y los arbustos hacían desagradable el camino hasta el fondeadero. Se llegaba a él rodeando la bahía. Después de caminar dos horas sobre la arena, una taberna y unas pocas casas servían de refugio a los que esperaban para embarcar. También aquí un castillo protegía la rada, aprovisionado de cañones oscuros.

Cuando llegó el viento cargado de arena, se enturbió el cielo. Por eso, en la mañana del sábado, sorprendió a los que vigilaban el mar desde el risco la presencia en la bahía de los barcos enemigos. Alguien los puso frente a la ciudad por la noche. Eran muchísimos. Y ordenados belicosamente. Bajaron la noticia a la ciudad.

Don Alonso se calzó las botas sin afeitarse. Estaba despierto cuando golpearon la puerta. Se asomó a la galería que daba al patio interior y entre los helechos vio cómo un criado le hacía gestos nerviosos. Bajó las recias escaleras de piedra y él mismo atendió al soldado que le traía las noticias. Salió a la calle y se alegró solo por un momento de que al menos en la mañana refrescase. Luego chascó la lengua y montó el caballo que el soldado había soltado junto a su puerta.

Los cascos repicaban contra el suelo adoquinado y las paredes encaladas del barrio colonial. No se cruzó con nadie hasta que llegó al puente donde su lugarteniente le esperaba con la mirada perdida entre las rocas secas del barranquillo que separaba la ciudad en dos mitades. No dijo una palabra. Cabalgaron juntos sin hablar. Atravesaron las calles polvorientas del barrio comercial. La gente se inquietaba a su paso. Cruzaron las huertas que salpicaban las faldas del risco, junto a las coloreadas casas pobres que miraban al mar. Y ya en lo alto, controlando desde la explanada la bahía infectada, el general notó que le escocía la cara.

Baja la vista y la lanza contra el suelo. Casi levanta polvo. Luego cuenta los barcos. Setenta. Tal vez cien. Puede ver desde lo alto cómo las gentes se agolpan en la calle mayor y caminan hacia las murallas. Van armados. Gritan y esperan instrucciones. Confiaban en él, aunque venía de lejos él no dejó que los ingleses tomaran la playa. Aquella victoria todavía la están rumiando. Pero él no se mueve. Aprieta una mano contra la otra, porque no entiende qué quieren defender si no tienen nada, una ciudad maldita por las plagas y el siroco, una isla cansada y el mar que gira. Pero la gente ruge. Pamochamoso tiene el mosquete en la mano. Le recuerda a su general que los holandeses ya están desembarcando. Él reparte las consignas. Son las mismas que hace cuatro años porque la gente no sabe de estrategia. En la playa se medirá el combate, otra vez. Cuerpo a cuerpo, porque estos isleños aprendieron a defender su cuerpo como quien no tiene otra cosa.

Sube al caballo y baja el risco. Casi no puede respirar, se siente los pulmones areniscos, pero se olvida cuando los hombres de la ciudad le aclaman al llegar al gran portón. Venegas defenderá la muralla desde el castillete en la costa. En lo alto, también, un batallón. Y hay que avisar a todos los isleños, que sobran armas. Y a las islas vecinas, que faltan armas. Y los varones le seguirán sobre las dunas hasta llegar a la playa que los ingleses no pisaron. Y Pamochamoso junto a él, siempre estuvo junto a él desde que el Rey le ordenó cruzar el océano para defender las islas malditas, a medio camino del paraíso.

La puerta rechina y se abre. Deja entrar la arena de las dunas, y a lo lejos brillan las lanchas en la bahía. Se confunden. Pica el caballo y le siguen los hombres belicosamente. Se queda un eco de campanas repicando en la ciudad. Los isleños gritan su nombre. Hierve la arena, remolinos de arena, remolinos de sangre y agua salada. Su nombre. La bahía y la espuma. Los dientes apretados. El viento del desierto, que trajo las plagas. El este y los ingleses. Su nombre, su nombre. Cuerpos sin escudo. La arena empantanada y roja. Por el este, los holandeses. Su nombre. Su sangre. Su cuerpo bajo el caballo que relincha. Hierve la arena. Las campanas, a lo lejos, apagándose.

[III. El palmeral]

Voces lejanas le trajeron del sueño a una habitación de techos altos. Puso una pierna en el suelo y crujió la madera. Cuando se puso en pie, el dolor le recorrió el cuerpo de abajo arriba y se desplomó. La criada abrió entonces la puerta y pudo ver cómo el general se tapaba con la mano la herida de la que volvía a manar sangre. Le ayudó a levantarse, pero, cuando retiró las sábanas para prepararle la cama, él se apoyó con una fuerza dolorosa contra sus hombros y le señaló la ventana. Cuando se acercaron lo suficiente, la soltó y se sentó como una piedra en el banco junto al cristal. Miraba el palmeral que crecía en el fondo del barranco.

–Déjame –dijo. La criada agachó su cara oscura y extensa y se retiró.

Y si no tengo miedo a la muerte, ¿por qué me tiembla la carne si no soy débil tampoco, ni viejo, y tengo medallas, sirvientes, tengo una isla entera que sangra si digo sangra, calla si digo calla, bebe y bebe? Tengo frío, noto el calor áspero y arenoso del desierto y tengo frío. Llegué a defender estas islas a la deriva que de boca en boca mis paisanos nombraron afortunadas, pero jamás lo fueron, o sí, y no merece la pena recordarlo. Y, sin embargo, estos isleños sumisos no quieren saber que quizás fue así un día, pero que ellos idiotas, ellos cegados, ellos pequeños no tienen la fuerza necesaria para construir el paraíso. Las altas cimas donde los antiguos se defendían del mar. Las cimas altas para llegar al cielo o caer al fondo. Y hoy, nosotros, de nuevo encaramados a las montañas. Para defender qué si abajo sólo nos queda una raya de playa comida por el agua. Pero heredamos esta isla abierta y pedregosa, y a los isleños les corren piedras y no sangre. El palmeral. Puedo contar sus árboles. Cientos. Hermosos, borrachos de luz. Y, sin embargo, ayer las palmeras tupían el barranco, no se sabía cuántas, asombraba su número inhumano. Me tiembla la carne. Me llama la sangre a defender lo que mis manos destruyeron hace un siglo. Esta isla vacía me aprieta como una raíz bronca. No me da miedo morir. Pero traigo las manos sangrientas.

La criada abre la puerta porque un ruido estrepitoso la asusta. Sobre el suelo, el general yace. La herida definitivamente húmeda y el puño abierto.

[IV. La ciudad]

Los soldados holandeses le abrieron la puerta alta y oscura, y entró en su casa. Le acompañaron con recelo a través de las estancias frescas que conocía sin necesidad de la luz hasta alcanzar el segundo patio. El poeta vio entonces al almirante sentado en una silla traída del comedor y pensó que no parecía un pirata, ni un asesino, aunque tampoco le mereció respeto su pelo desaliñado, su barba incierta, sus ropas exóticas cubiertas de la capa tibia de arena que trajo el viento que le trajo a él junto a su vaho ardiente.

Mientras bajaba por los barrancos había recibido consignas contradictorias de sus vecinos. Había que rendirse. No. Había que negociar. No. Y pagar. No. Había que preparar el ataque y recuperar la ciudad. Quizás, pero cómo. Nadie supo. Decidieron que él era el adecuado para hablar en nombre de la isla. A fin de cuentas era hijo de europeos y conocía lenguas. Era sacerdote y le tendrían respeto. Era poeta y sabría nombrar aquello que el resto sentía brumoso y quemado sobre los labios. Además, el general había muerto y la autoridad se había desdibujado y era necesario actuar rápido o los más débiles, movidos por el hambre y el miedo, acabarían entregando la isla entera a los holandeses.

Pensó que no parecía tan agresivo como se lo había imaginado. Fuerte y pesado sí, pero no un asesino. Había oído decir al alcalde que bebía tierra. Y una mujer, llorando, le gritó que acabase pronto con él porque de noche se le aparecía en sueños para violarla. Pero su piel suave le recordó la piel suave de su abuelo, quizás ya no la de su padre, que se fue cuarteando al sol desnudo de la isla. Pensó, mientras esperaba que alguien le ordenase hablar, que pudiera estar hablando con su abuelo o que el almirante pudiera colocarse en pie y hablarle a él, sentado, en nombre de la isla. Y le pareció estar frente a un espejo.

Los isleños le habían puesto en la boca palabras concretas que no recordó en el momento preciso en que uno de los soldados le empujó hacia el centro del patio. Quiso hablar, pero ningún argumento, ningún insulto, ninguna oferta de las que traía bajo el brazo le asomaron a los labios.

El almirante lo mira entonces y comienza a encenderse impaciente. Él piensa qué curioso ser extraño en su propia casa, no tener palabra con que nombrar el exilio tierra adentro de los isleños que le han nombrado interlocutor, pero él llegó hace apenas una generación para comerciar caña y robarles a los isleños el buen clima metido en las vainas transparentes del azúcar, y ahora le nombran a él, hijo de ladrones del fruto del buen clima, canónigo de escrituras y creencias que desangraron la boca de los padres de los padres de los padres de los que ahora le nombran a él para decir palabras extranjeras a su abuelo o a su almirante o a su enemigo o a su huésped que la isla escondida entre los palmerales de las cumbres no tiene miedo al demonio protestante, le nombran a él para asustar al nuevo ladrón de campanas de iglesias y vajillas de casas señoriales porque nos aterra saber que su saqueo es el calco exacto del saqueo lujurioso que heredamos de nuestros padres llegados desde el mar a poner en los mapas a las islas.

El almirante se levanta, da un puño en el aire y con la lengua hirviendo le obliga a hablar. Él ordena los retazos europeos de su educación y en ellos inserta las demandas de los isleños, sarmentosas de desprecio y de miedo. El almirante no soporta el silencio rajado de polvo y, escupiéndole un vaho nórdico descompuesto, le obliga nuevamente a hablar o salir de su casa. Él ya encontró las frases concretas, los tonos adecuados, los puntos, los acentos, los gestos acompañantes. Pero en el momento final, erguida la furia del holandés frente a él, dispuestas las armas de los soldados a su alrededor, extrañas las paredes de su propia casa, su boca sólo sabe hablar las mismas frases balbuceantes que los isleños pusieron bajo su brazo, las palabras nativas, las cadencias de habitantes a la deriva del mar.

Piensa en el campamento del palmeral, cómo explicar a sus vecinos su misión traicionada, mientras deja atrás la ciudad y asciende las rampas que lo llevan a la cumbre y el almirante hace oír su cólera repicando en el cielo en una lengua ajena.

[V. La isla]

Mientras su barco se aleja de la costa, el almirante va perdiendo de vista las columnas de humo sembradas por su ejército antes de dejar la ciudad en las manos ridículamente heroicas de los nativos. La isla se le aparece entonces compacta, como un escalón plantado por alguien en medio del mar, llena de halo indescriptible. El humo, piensa. El viento del desierto, también. Algo más que no sabe pensar. Cuando le preguntaron qué incendiar, gritando coléricos los isleños a las puertas casi de la ciudad, en ejército compulsivo, sólo pidió respetar los palmerales y las huertas. Iglesias, comercios, plazas arderían. Vajillas, campanas, cuadros y comida serían subidos a los barcos, rumbo adentro del mar de nuevo. Pero el palmeral luminoso y las huertas estrechas quedarían intactos. No sabía por qué. Se sintió magnánimo permitiendo a los isleños renacer del cauce de un barranquillo miserable.

Mandó colocar las campanas de la catedral en su camarote como un trofeo más, y él mismo trabajó para arrancar los badajos y tirarlos contra el océano, dejándolos sonar solamente en el recuerdo de la invasión. Volvió a subir a cubierta para contar sus barcos rodeándole antes de girar el rumbo y dejar atrás la última lengua de tierra de la isla. No pudo evitar sentir una pena insulsa cuando se dio cuenta de que en la ciudad ninguna ventana miraba su partida, empeñada desde siempre en no querer ver venir las plagas desde el este, en no querer abrirle balcones al recuerdo, en cerrarle a él su memoria gloriosa.

*

La ceniza comenzó a posarse sobre la tierra y no dejó de hacerlo en semanas. Oyeron contar luego los viajeros que se vio posar fuego arenisco en el otro extremo de la isla, y en las cumbres. Como una alfombra pegada, oscura, dulce.

Nadie dejó de prestar ayuda a sus vecinos, de trabajar en todos los conventos ardidos, en todas las iglesias desplomadas por la impiedad protestante; todos insistieron en volver a gritar bulliciosamente por las calles del barrio comercial, y en callar con respeto entre las casa coloniales del otro lado del puente. Creyeron que la ofensa de la invasión sólo se desterraba levantando las mismas paredes en los mismos huecos, las mismas torres en los mismos miradores, la ciudad calcada que maldecía al holandés con las palabras que sirvieron para maldecir al inglés, para maldecir a los argelinos. Sólo el poeta agradecía en silencio la fundación de la nueva ciudad.

*

Miguel Pérez Alvarado (Las Palmas de Gran Canaria, 1979) reside desde 1997 en Madrid, ciudad en la que estudió Ciencias Políticas y Periodismo. Ha publicado los poemarios Teoría de la luz (Ediciones del Cabildo de Gran Canaria, 2001), galardonado con el Premio Tomás Morales, y Levantado templo (Cíclope Editores, 2011). También ha colaborado esporádicamente en diversas publicaciones periódicas: La Plazuela de las Letras, Calibán, 2C-La Opinión de Tenerife, Revista Kafka, Cuadernos del matemático. En Hilo de tres puntas (Ediciones Idea, 2009) se recogen sus conversaciones con el escritor Jorge Rodríguez Padrón. Recientemente acaba de aparecer Abordajes seguido de Ritmo (Ediciones Idea, 2001), libro que pone en diálogo intenso su escritura fragmentaria con Ritmo, obra de Iker Martínez.

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