Quinto piso ǀ Javier Moreno

Publicado: 12 septiembre, 2011 en Autor invitado

Fue un acto azaroso que yo pulsara, en lugar del cuarto, el botón del quinto piso. Buscar explicación a ese acto haría necesario recurrir no a la voluntad consciente sino a algo que solo podemos llamar contexto. El contexto son las impresiones que acuden a nuestros sentidos, la mayoría de las cuales permanecen en el limbo de lo perceptible. El contexto incluye a las estrellas y a los átomos y lo que hay aún más allá y más acá. El contexto no es como una esfera cerrada (uno de esos circulitos que retratan al conjunto en las clases de matemáticas) sino una esponja llena de poros por los que se cuela lo imprevisible. Si a uno le cuesta imaginarse una esponja llena de poros es muy probable que se deje llevar por la pereza y que acabe usando palabras como Dios. Si he de dar una explicación, diría que apreté el botón del quinto porque dentro de la caja del ascensor (un ascensor instalado en el patio interior del edificio donde vivía y que se movía dejando a la vista el vacío) podía escuchar el ruido de un helicóptero. El helicóptero parecía estar situado en la vertical del ascensor, de modo que conforme ascendía el cajón podía sentir con mayor intensidad el ruido de las aspas, como si apretar el botón del quinto no hubiese sido sino la manifestación inconsciente del deseo de ascender hasta el aparato y sobrevolar en su interior la ciudad que intentaba cobijarse del calor de una noche de agosto.

Ciertamente podía haber detenido el ascensor y haber rectificado la acción, es decir, apretado el botón del cuarto piso que es al fin y al cabo la planta a la que me dirigía, o, una vez llegado al quinto, volver a pulsar el botón del cuarto, pero entonces mi voluntad habría predominado sobre el contexto y yo sentía que el contexto había querido decirme algo y que ante ello mi voluntad no tenía el menor derecho a la interferencia. De modo que finalmente el ascensor se detuvo en el cuarto piso y abrí la puerta sin saber qué me encontraría al otro lado, soñando con la comparecencia de algo maravilloso, pues al fin y al cabo todo ser humano aspira a lograr al menos una vez en la vida la visión de la epifanía. Pero no. Al otro lado de la puerta se mostraba el rellano impoluto del quinto piso; y el tramo de escalera que llevaba al desván. Miré atentamente el suelo, esperando encontrar algo, un objeto, una colilla, algo que pudiese transformar en indicio de una aventura y justificase la preeminencia del contexto sobre mi persona. Pero no encontré nada de eso. Mientras tanto podía escuchar más cerca el ruido del helicóptero, añadiendo tensión a la escena, convocándome a una inminencia que se demoraba y se disolvía en lo anodino. Recordé el motivo por el que el helicóptero sobrevolaba la ciudad. Había una manifestación de indignados y la policía seguía el recorrido a lo largo de la ciudad. En aquel momento debían estar circulando muy cerca de allí. Imaginé sus gritos y las proclamas ahogadas por el ruido abrumador de las aspas. Decidí sentarme en uno de los peldaños del tramo de escalera que llevaba al desván. Allí podría reflexionar detenidamente sobre mi no decisión de subir al quinto piso y sobre los indignados. Quizás el contexto me había animado a sentarme allí para reflexionar acerca del movimiento ciudadano que había conmocionado las bases políticas del país. Era un motivo suficiente de reflexión y la tranquilidad del rellano propiciaba la tarea. Estuve varios minutos, no sé cuánto, intentando traer alguna idea a mi mente, poniendo en marcha los resortes lógicos cuyo mecanismo solía desembocar en algún silogismo indiscutible (en la soledad, en ausencia de prójimo, casi todo era indiscutible). Pero no llegué a ningún sitio. Un hombre con su cerebro es insuficiente a la hora de lograr conclusiones definitivas acerca del mundo. Necesitaba un estímulo. Y lo encontré en el tramo de pared que había junto al escalón en el que permanecía ya varios minutos sentado. La pintura de la pared se había agrietado y un pequeño desconchado dejaba a la luz el yeso amarillento que le había servido de soporte. Como uno hace ante la contemplación de una nube, intenté adjudicar a aquel desconchado alguna forma relacionada con algún objeto cotidiano o fantástico. Mi cerebro, sin embargo, se había instalado en una reticencia recalcitrante. Ningún nombre acudió a mi mente, ninguna asociación me pareció favorable. Las pocas palabras que con esfuerzo pude rescatar no tenían nada que ver con la forma de aquel desconchado. Eran más bien el resultado de una operación surrealista, ruido semiótico que ningún psiquiatra habría tenido en cuenta. Pensé que algo tendría que ver el ruido del helicóptero, que se habría filtrado hasta mi cerebro hasta producir aquella simpatía desconcertante. Yo también estaba, de algún modo, indignado. Compartía muchas de las consignas de aquel movimiento y sin embargo, en lugar de bajar a la calle y unirme a  él, me encontraba paralizado en aquel lugar recóndito, alejado de la historia y de mis semejantes. Aquel pensamiento resultaba desde todo punto de vista indignante. Estuve a punto de levantarme para montar en el ascensor y descender hasta la planta baja para unirme a los manifestantes. Me atraía la idea de formar parte de algo, aunque fuese de algo que carecía de forma. Precisamente en aquella ausencia de forma entreveía algo en realidad muy interesante. Lo informe había despertado desde siempre en mí una atracción difícil de resistir, quizás porque yo mismo me reconocía ausente de forma. Pero no, pensé. Precisamente lo informe tenía la virtualidad de extenderse sin límites definidos, y yo podía ser un representante de lo informe allí sentado en el rellano de la escalera que llevaba al desván, que era otra informidad en la arquitectura de todo edificio. Volví a mirar el desconchado de la pared. Presté atención. Entonces me di cuenta de que lo que parecían los bordes definidos de una región del espacio no eran tales. Las grietas se propagaban más allá, en dimensiones minúsculas, en todas direcciones, privando al desconchado de un borde definido. Como si el desconchado tuviese como misión propagar ecuménicamente su irregularidad a todo el paño de la pared y, más allá, a todo el edificio. No me satisfacen mis límites, no me conformaré con menos que un edificio, que una ciudad. Y tenía razón, el desconchado. Él también se regodeaba en lo informe. Pensé entonces que la manifestación de indignados, y yo mismo, y el desconchado de la pared, teníamos algo en común. Y que incluso el funcionamiento de los mercados seguía una ley similar, una ley sencilla si era la que permitía que la gente se arracimase y las paredes se agrietasen y los inversores pudiesen ganar mucho dinero. Y tal vez, solo tal vez, el contexto había estado detrás de aquel descubrimiento. Pero uno nunca podía estar seguro de eso. El ruido de las aspas del helicóptero se había ido atenuando. Me recliné sobre el peldaño y sentí crujir bajo mi peso la madera. De cualquier modo, se estaba bien en el quinto piso.

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Javier Moreno (La Cueva Monteagudo, Murcia, 1972) es licenciado en Ciencias Exactas, en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada. Ha realizado también estudios de Filosofía. Es autor de novelas como: Buscando Batería (Bartleby, 1999), La Hermogeníada (Aladeriva, 2006) y Click  (Candaya, 2008; Nuevo Talento FNAC), así como del libro de relatos Atractores extraños (InÉditor, 2010). Como poeta, ha sido galardonado con el Premio Nacional Fundación Cultural Miguel Hernández (Cortes publicitarios, Devenir, 2006) y con el Premio Internacional de Poesía Joven La Garúa (Acabado en diamante, La Garúa, 2009). Ha sido incluido en las antologías La luz nueva (Berenice, 2007) y La casa del poeta (La bolsa de pipas, 2007). Es, asimismo, autor de la obra de teatro La balsa de Medusa (Espacio escénico DT, Madrid, 2007). Ejerce la crítica literaria en revistas como Deriva, Revista de Letras y Quimera. Considerado como uno de los más importantes narradores actuales, Javier Moreno, a quien agradecemos el envío de este relato inédito, ha publicado recientemente su cuarta novela, Alma (Lengua de Trapo, 2011), que está cosechando importantes elogios por parte de la crítica. Desde hace unos años mantiene el blog www.peripatetismos2.blogspot.com.

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