“Fábulas” seguido de “Sueños, claridades, enigmas” | Roberto A. Cabrera

Publicado: 5 septiembre, 2011 en Otras narrativas

FABULAS (DIEZ LECTURAS IRREVERENTES)

I

GLORIAS NACIONALES

La tradición es inflexible. Dicta la costumbre que ha de honrar el pueblo las manos prodigiosas. Ciudades dignas de tal nombre, aun las de provincias, se vanaglorian de conservar en sus museos las reliquias de quienes sorprendieron con su arte al mundo; desde antiguo compiten por atraer al visitante ávido de rarezas, al devoto fiel, al turista circunstancial. La atormentada historia de nuestro pueblo, víctima de guerras civiles en número y calidad sin par entre las naciones, ha sido rica en episodios de saqueos y expolios mutuos. De suerte que hay ciudades populosas que conservan una colección mediocre, o ciudades privadas de la menor reliquia del genio nacido entre sus muros. Expertos en dinámica de mercados señalan en congresos la salud económica de estas prácticas devocionales. Los periódicos cantan las bodas del genio y el capital, y hacen mofa de los escritos de Baudelaire (cuyas manos se han perdido sin remedio). Autoridades municipales, especuladores, firmas comerciales, accionistas brindan a la salud de sus momias provechosas. En despachos de humo trazan planes para incrementar la felicidad de sus negocios. El celo en provincias ha llevado al desvarío de amputar en vida a estas glorias sus manos. Las autoridades han debido intervenir con la máxima urgencia. Pero los ciudadanos han cerrado filas. Se suceden convocatorias de manifestaciones. Algunos temen disturbios.

ARTE DE LLORAR DIFUNTOS

Escaso es el número de quienes dominan las reglas de arte tan sutil y esquivo como el de llorar difuntos. La mayoría, por desgracia, suele abandonarse a la improvisación ineficaz, burda e indecorosa. Ignoran hasta qué extremos dañan su reputación y envilecen el bien público. Hay amateurs que lloran con desmesura detestable, elevando la voz, contorsionando el cuerpo y el rostro, como epilépticos o brujos extasiados. Otros se permiten el vicio contrario. Gustan de las esquinas y reducen al máximo el volumen de su cuerpo. Allí se les ve gimotear en silencio, asaltados por el hipo. Insufrible es el momento en que hacen uso de sus pañuelos. Sonoras ejecuciones rivalizan con la hazaña de Jericó y amenazan con devolver la vida al difunto. Hay también plañideros frustrados. Se les distingue por sus convulsiones, la ausencia de lágrimas, sus bufidos, sus esbozos de llanto, reprimidos con porfía. Cuánto sufren estos desgraciados, víctimas de catarsis imposibles, parias del consuelo, vagabundos en la geografía del dolor, a quienes la mala fortuna les niega los beneficios del llanto.

PEDAGOGÍA DOMÉSTICA

La niña debió aprender bien pronto la lección secreta del goce y con aplicación y entusiasmo frecuentaba su escuela. No tardaron en sorprenderla en su deleite lascivo. Y la cólera familiar hubo de alzar su voz y su mano, y castigar con la ejemplaridad debida. Habrá de oír la niña, sin comprender, que el Nazareno amaba mucho a los niños y que si tu mano te es ocasión de caer y que por tu bien, y que las llamas y que la dulce penitencia. Y a la criatura se le reclamarán besos conciliadores, y el ángel los repartirá sin dejar de lamentar, en silencio, la desgracia de su juguete, aquel dedito, recuerda, tan simpático e insaciable.

CONTROVERSIA

A nadie se le oculta que la razón, como todo mobiliario dotado de puertas, goznes y cerradura diseñado para contener, al abrigo de miradas indiscretas y manos ajenas, cuanto de valioso cabe guardarse, a nadie se le oculta, digo, que la razón deba poseer su propia clave secreta que sustraiga a la mirada del vulgo los arcanos prodigiosos, los laberintos infinitos, los abismos, las cimas, la luz meridiana que la razón custodia con celo extremo. Hay quienes pretenden haber hallado la clave, pero se niegan a mostrarla, prevenidos del peligro de ver violentada por extraños la intimidad de su razón. En su pertinaz negativa a suministrar pruebas concluyentes fundan los escépticos su desconfianza. Quienes simpatizan con aquéllos, bien por envidia bien por odio impenitente hacia la minoría escéptica, defienden su mutismo como heroico, como exponente de un civismo ejemplar pues siendo, como creen, universal la clave de la razón, una verdadera llave maestra que abriría todas las puertas de la razón de todo hombre, qué peligros no habría de afrontar la humanidad de confiársele el secreto a gobernantes tentados por el demonio de la tiranía, a amantes obstinados en esclavizar a sus amados, a ideólogos sin escrúpulos.

II

PROFILAXIS

También los cerebros se constipan, como viejecillas en otoño, atrincheradas en poltronas sin vida. Dan lástima estos cerebros derrotados, humillados por la dolencia. Hay quienes, advertidos de la extrema sensibilidad de estos órganos, cuidan de no someterlos a bruscos cambios de temperatura o a corrientes de aire intolerables, y abrigan sus cerebros con celo maternal, los acunan si es preciso. Así previenen algunos las temibles afasias y otras lesiones incurables, espanto y ruina de cuerdos. Para otros, en cambio, toda precaución es ociosa pues sus cerebros no enferman como los más; antes se exponen a males de naturaleza bien distinta. Es el caso de cerebros entregados a erudición forzosa, órganos de bibliófagos insaciables, maníacos de las letras, catedráticos antifáusticos, peste enemiga de todo arte que la Providencia entrega, con regularidad profiláctica, al infierno.

UNA CUESTIÓN EPISTEMOLÓGICA

A poco de revelársele a la humanidad el milagro del pensamiento, sus cabezas más notables ya porfiaban en dar con su sede. Buscaban los pensantes según diversos métodos, variopintos los más, excéntricos y estrafalarios. En Oriente, sabios concienzudos y metódicos viviseccionaron muslos y tobillos de santos, sexos de doncellas, globos oculares, trenzas, testículos, lenguas de escribas, penes de general, durante interminables y fértiles siglos de honrosa ciencia. Los profetas ayunaban en el desierto cuarenta días y cuarenta noches y aunque algunos volvían a la ciudad como osamentas renegridas, confundiendo al pueblo con oráculos de arena y visiones sin luz, los más tributaban sus arcanos y sus huesos al desierto, del que jamás regresaban. Amplios arrozales sirvieron de escenario de anegadas especulaciones al campesino audaz, concentrado en la ociosa evolución de la bosta de un buey sobre la superficie recién arada del agua. En las praderas lejanas, los cazadores del bisonte interrogaban al humo patrio con desigual fortuna. Los más escépticos vigilaban el vuelo de los buitres. Buscaban, buscaron incansables los santos, los sabios, los profetas, agotando métodos inverosímiles, ensayando variantes, abrumando al pueblo con sus revelaciones, disputando con los incrédulos, sometiéndose al ataque de escépticos y cínicos. Algunos decidieron ahorrarse abonadas disputas, hueras e interminables. Así, los chamanes de las selvas del Sur, quienes siguen un único principio de radical economía: negar la posibilidad del pensamiento.

III

EL FEO SOÑADOR

Sueñan los feos con paraísos de huríes tuertas, con profecías de labios leporinos y lenguas devoradas por la lepra, con gorgonas de rostro azufrado y demonios cejijuntos de cola hedionda, con el mismísimo coco y sus vicarios, con la erosión cosmética de la viruela, con el asalto de las caries, con la vanidosa ostentación del orejudo y el contoneo de la patizamba. Sueñan los feos con la fealdad elevada a la enésima potencia, con arquetipos de la monstruosidad, con jorobas de ángeles extasiados. Y llaman los feos pesadilla a la ausencia de fealdad.

EL FEO AFRANCESADO

Hubo un tiempo en que los feos del país trompeteaban salvas a la mayor gloria de Francia, nación de luces destinada a redimir la ignominia de los abismos locales. Sucedió que el mucho amor a la luz chamuscó las esperanzas y algunos calzones (de todo lo cual dejó fiel testimonio en sus aguafuertes el huraño inquilino de la Quinta del Sordo). Mas habremos de ser justos con estos feos patriotas, cuyo amor desvirtuaron las circunstancias cerriles de sotanas, terratenientes y generales de iberismo falócrata y onanista. Hay quienes para salvar la casa dejan que otros la incendien. Y esta tesis, servida a modo de explicación, deja de ser absurda en el país de los ultrafeos, como aclaró un feo célebre recurriendo a los espejos del Callejón del Gato. ¡Allons les enfants…!

EL FEO METAFÍSICO

Se dice de Parménides de Elea que el mucho pensar hirió de muerte su espíritu. Graves desórdenes aguardan a quien no contiene dentro de sus límites la razón. Los músculos faciales sufren una parálisis progresiva que degenera el gesto en uno típico caracterizado por su insulsez (que algunos estiman docta). Los artistas que retrataron la venerable figura del Doctor Angelicus testimonian en sus lienzos los rasgos de un beodo febril de mirada grave a fuerza de obtusa (u obtusa porque grave). Sin duda, un estudio comparado de los rostros de Parménides y de Santo Tomás establecería coincidencias inquietantes a pesar de cuanto deben estos pensadores, hijos de su edad, al diverso y particular calor del paganismo y de la fe cristiana. Por desgracia, los retratos que del pensador griego han llegado a nosotros son manifiestamente espurios. La imaginación del artista hubo de suplir la ausencia de modelo. Algunas miniaturas lo representan como un anciano de largas barbas y mirada de alcahuete sin fortuna. En otras aparece como un enajenado disfrazado de alquimista (gorro de aspecto carnavalesco y atuendo inverosímil). Alguno optó por imaginarlo bajo el aspecto del sultán de Bagdad, hazaña sin duda digna de mérito pues se desconocía entonces (aquellos años oscuros) el verdadero aspecto del sultán de Bagdad.

EL FEO ESQUIVO

No hay duda. El feo par excellence es éste; sus garantías: fealdad consciente, verosímil, asumida en todas sus consecuencias, a despecho de toda sociedad, de todo albedrío, de toda compasión. Éste es el feo de los quicios de las puertas, el apostado si niño tras sillones de fieltro rojo, el atrincherado en los armarios, voyeur de su esposa bajo el sofoco domador de todos sus amantes, el oficinista invisible de pura fealdad, el oculto doctor de quirófanos ilocalizables, el bufón involuntario en los vagones del metro, el acomodador de las salas de cine, cuyo rostro nunca vemos, el catedrático de las lentes impenetrables, el cura preconciliar de las letanías salvíficas, de espaldas a la feligresía muda, los pasteleros de la trastienda, el cobrador prisionero de vidrieras antibalas en las estaciones de autoservicio, el comandante de la aeronave que no saluda a cara descubierta y delega los deberes de la cortesía en azafatas insomnes.

SUEÑOS, CLARIDADES, ENIGMAS (SUITE EN DOS TIEMPOS)

A Ismael      

I per la runa cerco l’Incert  (J.V. Foix)

I

SUEÑO DE ANATOMISTA FABULADOR Y ENIGMA DEL HUESECILLO

Iluminado dictaba una lección ante medio centenar de alumnos que en sus cuadernos apuntaban palabras que no eran las mías. Y para probarlo guardé silencio durante seis minutos, durante los cuales continuaron ellos, los aplicados, garabateando en sus cuadernos palabras ajenas. Quise yo despreciar aquella insumisión anotando aquí y allá algunas marginalidades que nadie habría de atender. Luego descendí de la cátedra y recorrí los pupitres con aire grave de profesor en día de examen. Deseaba sorprender, sin ser notado, alguna de las líneas que afanosos escribían en silencio pero no acertaba a comprender por qué las hojas estaban en blanco ni por qué escribían ellos con bolígrafos sin tinta. Atribulado, regresé, con las manos en los bolsillos, a mi desolada cátedra. Al volverme, hallé un aulario con aspecto de salón de baile, donde se hacinaban cientos de criaturas dominicales trajeadas de fiesta. Una voz de vidrio me reveló el significado de aquella transformación, que no acerté a comprender. Al salir del baile ejecuté una torpe contradanza que alguien pudo observar y al extraer mi mano izquierda del bolsillo descubrí que sostenía una llave con aspecto de fémur de gorrión con la que pude abrir una puerta acristalada. Tras la puerta hallé una amplia sala repleta de alumnos que me aguardaban respetuosamente en pie alrededor de una mesa de operaciones. Sobre la mesa descansaba el cadáver desnudo de un hombre.

SUEÑO DE MAMÍFERO AGÓNICO Y NATURALEZA MUERTA CON HUESO

El animal agonizaba como una sombra sin que fuera legítimo sospechar parecido alguno con un perro. Y, sin embargo, aquella sombra de mamífero, aunque liberada de la sumisión impuesta por el hombre, aullaba con voz doméstica, lamentable. Yo debía aceptar el castigo de ser llamado su dueño. Y era forzoso declarar con la letra, sin espíritu, las obligaciones demandadas. No fue difícil observar las formas velludas, el vientre sin vida, las tetillas de cerda –¿eran seis o eran siete?– con indiscreción limpia. El animal simulaba muy bien la cresta de un sueño. Acaso estuviera muerto, el animal, y hallase consuelo en mi mirada. Como si con ello pudiera redimir sus huesos de la ignominia póstuma de plañideras sin oficio.

SUEÑO DE INSTRUMENTO DE CUERDA PERCUTIDA Y FANTASÍA DE RETRATO CON HUESO

El ángel interpretaba nocturnos de pájaros muertos y mientras lo escuchaba me palpaba inquieto la frente enfebrecida. Quise interrumpirlo, osado, con palabras mundanas pero mis labios no respondieron. El ángel mostraba predilección por las teclas blancas, que percutía en riguroso orden ascendente. Deseé averiguar la razón por la que marginaba las teclas negras, y el ángel, sin dirigirme la mirada y sin haber logrado yo abrir la boca, señaló paciente una luminosa ventana. No era, sin embargo, una ventana sino un lienzo pintado al óleo que representaba la figura de un anciano que sostenía, sonriente, por un extremo, al modo de una batuta, un largo huesecillo dorado.

II

SUEÑO DE ANACORETA O APOLOGÍA DE LA CASTRACIÓN

Un prodigio de fuego consumía el aire. Vi cómo el desierto hacía avanzar sus arenas como tormenta de alacranes bajo una luz sacrílega. Vi cómo pies desnudos trazaban en la arena el signo de un paisaje abierto a agitadas fuerzas; allí se arremolinaban, en sucias lenguas desiguales, naturalezas doradas que exigían la sangre de los mártires. Vi cómo una columna de esclavos se alejaba, vi el arca de las virtudes sobre sus hombros sudorosos. Vi también, sobre un monte yermo, a Babilonia; vi cómo se daba, sobre el polvo de la tierra, a los hombres, cómo allí les entregaba su seno a la lascivia y se estremecían los cielos con el canto lujurioso de sus bocas.

SUEÑO DE CASTRATO ENAMORADO

Te habría amado y al cerrar mis ojos te vería aún danzar con el frenesí de los iniciados y no permitirías que acariciase tus piernas, y me dirías, con espíritu evasivo, palabras y suavidades que no sabría recordar. Me habrías dicho, con voz agitada: “¡No me des flores! ¡No me des flores!”. O habrías dicho: “Al toque de la aurora, los labios”. Y no sabría yo si me soñaban los ojos contemplando los ágiles pies de arena, aun cerrados, o si veía la luz de baile de tu cuerpo como quien se entrega a las aguas ciertas de un río.

NOTA: Las lecturas fragmentarias que integran “Fábulas”, inspiradas en piezas de la serie Commesuratio (1996-1998), del escultor Román Hernández, fueron escritas entre los años 1997 y 2001. En el catálogo de su exposición individual Confesiones para la ironía y la razón (2000), aparecieron, con ligeras variantes y bajo el título “De la razón irónica [cuatro lecturas]”, dos de los textos que hoy pueden leerse en estas páginas. Los fragmentos pertenecientes a la suite “Sueños, claridades, enigmas”, escritos entre los años 2001 y 2003, se ofrecen como una lectura libre de otros tantos fragmentos escultóricos de la mencionada serie de Román Hernández.

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Roberto A. Cabrera (Santa Cruz de Tenerife, 1971) es licenciado en Filosofía por la Universidad de La Laguna. En 1994 coordinó el suplemento literario “Las ínsulas extrañas”, en el periódico El Día, donde trabajó como redactor durante un año. Ha obtenido, entre otros premios, el de poesía “Pedro García Cabrera” (1991) y el “Montblanc a la cultura en Canarias” (1993), en la modalidad de literatura. En 2002 publica Disgregario (colección “Asphodel”). Ese mismo año aparece el relato El sacrificio (colección “Aula de Arte y Publicaciones” de la Biblioteca de Icod). La revista Sibila (nº 19, 2005) publica el relato Confesión. En 2007 sale a la luz su novela corta La estación extraviada (Ediciones Artemisa). Ese mismo año, y en edición no venal, da a la estampa Fábulas, seguido de Sueños, claridades, enigmas, colección de fragmentos inspirados en piezas del escultor Román Hernández. Poemas suyos han aparecido en revistas españolas y francesas. Colabora en la edición facsimilar de El Pensador del escritor ilustrado José Clavijo y Fajardo (Real Sociedad Económica de Amigos del País de Tenerife, 2001), publicando en su volumen introductorio un extenso estudio crítico y un índice onomástico de la obra. En 1996 despierta su afición por la fotografía en blanco y negro, que explora de forma autodidáctica. Ha publicado un reportaje fotográfico del escultor Román Hernández en su estudio (Confesiones para la ironía y la razón, catálogo de exposición, Galería Mácula, Santa Cruz de Tenerife, 2000) y participado en la Bienal Fotonoviembre (2001). En la actualidad reside en La Palma, donde ejerce como profesor de Enseñanza Secundaria.

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