Cousas de mis amigos | José Aníbal Campos

Publicado: 22 agosto, 2011 en Relatos

Casiano

Desde niño, mi amigo Casiano intuyó que algún día, como el Quijote, podría perderse tras alguna heroína de sus sueños y se obsesionó con la idea de orientarse. Por eso les insistió a sus padres para que le regalaran una brújula, pero ellos siempre se negaron a comprársela. «¡Qué mejor orientación que ellos!», decían.

Y claro, un buen día, Casiano se perdió. Llevando de la mano a su heroína, navegó por galaxias y universos; era capaz de saltar desde el brillo de una estrella hasta las brumas de una nebulosa lejana. Hasta que se cansó. Regresó de su largo y atropellado viaje y empezó a comprarse brújulas que ahora regala cada vez que se siente demasiado orientado. Y sale a vagar por ahí. Sigue siendo capaz de meterse entre los nervios de una hoja de margarita y asomar luego la cabeza en el corazón de algún amigo.

El señor Lineales

El señor Lineales no es amigo mío. Y no lo es, porque a Lineales ya no le queda ningún amigo desde el día en que, siendo todavía lo bastante joven, decidió que la amistad podía convertirse en un estorbo para su carrera. Fue también por esa fecha cuando comprendió que detestaba la justicia y decidió dejar la abogacía y hacerse funcionario público.

Lineales odiaba tanto la diversidad, que sus superiores creyeron que era el hombre ideal para dirigir la Oficina de Extranjeros de una pequeña ciudad de provincias, creada para proteger a los nativos de una eventual invasión de gente con costumbres poco convencionales como cantar, reír o bailar con demasiada frecuencia.

Como corresponde a su importante cargo, el señor Lineales se aburre deliciosamente en dicha oficina, por lo que le ha pedido a su hijo mayor, un reconocido informático, que le cree un juego de ordenador que le permita matar el tiempo eliminando o haciendo desaparecer en la pantalla unas extrañas figuritas negras, amarillas y de otros colores exóticos.

No obstante, para Lineales, uno de los mejores momentos del día, sin duda, es cuando vuelve a casa y allí lo espera la señora Lineales, que siempre le tiene a punto la comida y las pantuflas, la misma mujer que le almidona el rostro cada mañana antes de salir para el trabajo. Es entonces cuando Lineales se dice para sus adentros que no tiene motivos para quejarse: además de su mujer, tiene unos hijos y unas nueras que lo adoran, que se pasan todo el tiempo interesándose por su estado de salud y prestan una atención inusitada cada vez que él se pone a hablar con orgullo de los dos pisos en la playa que ha podido adquirir gracias a su cabal cumplimiento del plan de expulsiones humanitariamente concebido por sus jefes. Tiene, además, unas subordinadas que son un amor, que se interesan todo el tiempo por su estado de salud y están siempre atentas al menor síntoma de cansancio en su rostro, prestas para, a la primera señal de desgaste, reportarlo a los jefes de su jefe y ahorrarles así un disgusto a la almidonada mujercita y a los interesados hijos de Lineales. (Han elucubrado un plan secreto para, cuando eso suceda –¡y sucederá!—, entrar a hurtadillas en el despacho de su superior inmediato y cambiar un poco la decoración, tan llena de retratos en los que se ve al otro Jefe y a Lineales, al Jefe del Jefe y a Lineales, al Jefe del Jefe del Jefe y a Lineales…)

No obstante, como eso todavía no ha sucedido, la decoración del despacho de Lineales sigue siendo la de siempre, y el gran Lineales sigue haciendo sus purgas informáticas y, de vez en cuando, sale por los campos a dar conferencias sobre los derechos de los pieles rojas.

Pero, sin duda, el momento del año que Lineales más disfruta es ese instante durante la cena de Navidad –después de la copita de orujo y mientras enciende el enorme puro que lo compensa de tantas cosas—, en que les cuenta a sus hijos y a su mujer, con una lagrimilla en los ojos, la palmadita de aprobación que le dio su jefe-jefe-jefe aquel día en que sobrecumplió todas sus disposiciones humanitarias y se superó a sí mismo en sus habilidades para mutilar lo diverso.

Manuel

Para mi amigo Manuel, un meandro no es un accidente geográfico, sino un abrazo del río a la tierra. Las aves, para él, no trinan, le preguntan por su estado de ánimo, se interesan por su salud o comentan el esplendor del día.

Manuel dice que, en otra vida, hubiera querido ser astrofísico. Pero no para pasarse el día detrás de un telescopio o de montañas de libros, elucubrando teorías sesudas que luego serán la jaqueca de futuros estudiantes. No. En el lenguaje humano, demasiado humano de Manuel, ser astrofísico es poder convertirse en cuerpo volátil, ser una partícula de polvo cósmico, de mineral que navega por el espacio, que baja hasta las entrañas de la tierra y reaparece luego en la superficie, para servir de alimento a una planta, a un ave, a los meandros que abrazan la tierra, a las zanahorias o a las margaritas. Manuel sabe que la tarea es ardua, pero a veces consigue ser aquel astrofísico.

Moncho

Mi amigo Moncho odia a los obispos y ve el mundo con la cabeza ladeada. No lo hace por arrogancia; el día que Moncho iba a nacer, traía la cabeza muy bien puesta, pero el niño ya intuía que en el mundo pululaban los obispos y se resistió demasiado a la hora de salir, y esa tardanza le torció el cuello para siempre. Y también le torció la lengua.

Se la torció, sobre todo, para hablar sobre cualquier cosa injusta, para despotricar contra los obispos, contra las guerras, contra la hipocresía. Y dado que el mundo está lleno de obispos, de guerras y de hipocresías, la lengua torcida de Moncho no hace sino enderezar el mundo.

Cada vez que atraviesa en invierno la Plaza de Santa María, donde está el Obispado, Moncho, que viene cargado con el anticongelante que ha bebido por barriles en el bar Nevada, se pone a despotricar contra el obispo de su ciudad, contra la guerra, contra la hipocresía. Pero el obispo, que vive en el lado derecho del mundo, no entiende la lengua torcida de Moncho. No la entiende.

Otro amigo

Un día un amigo mío se sintió tan cansado, pero tan cansado, que al terminársele la escalera mecánica se negó a dar un paso más, creando un caos en el centro comercial.

*

José Aníbal Campos (La Habana, 1965) reside desde hace unos años en Santa Cruz de Tenerife. Es licenciado en Filología Germánica por la Universidad de La Habana. Ha traducido, entre muchos otros autores de habla alemana e inglesa, a Leopold von Sacher-Masoch, Uwe Timm, Hans Magnus Enzensberger, Peter Berling, Franz Schätzing, Pascal Mercier, Hans Sedlmayr, Philip Ball, Ingeborg Bachmann, Gregor von Rezzori y Peter Stamm. En 1999 fue Premio de Traducción de la República de Austria por la traducción y divulgación de la literatura austriaca contemporánea. En 2010 recibió la beca de trabajo que otorga la Casa del Traductor de Looren, Suiza, a profesionales dedicados a la divulgación de la literatura del país helvético desde cualquiera de sus cuatro lenguas oficiales, en este caso, el alemán.

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