Casando rocas (Una digresión dentro de un relato inconcluso) | Melchor López

Publicado: 18 julio, 2011 en Relatos

Para celebrar el cumpleaños de Goretti Ramírez

Fue Jun, el pintor de Fasnia, quien me la presentó.

Jun fue, sí, el rulfiano, el narrador de los arozarenales del sur, el juanismaeliano pintor Jun, ¡el Chirico de los roques de la Fasnia de su infancia!

Sí, él, Jun. ¡Ay, Ricardo María Cardoso Jun, que vienes y te vas como Perico García, cuando estallan las bombas del alumbrado público!

Fue él, Jun, quien me dijo al oído, como si una flecha abisinia silbara en el aire eritreo:  «Si la conocieras, mi amigo, se cocerían tus agraces higadillos al instante, volverías a  ser ciervo». Y ya no pude arrancármela del pensamiento. En mí brotaron desbridadas las irrefrenables atracciones del enigma erótico. La mandorla deseada.  Una sombra con pechos danzantes parpadeaba en la pared del templo indio, una sombra avivada por los antorchados fuegos paganos. Una sombra y un deseo avivados. La mandorla creciente.

Jun, sí, el último pintor mítico-metafísico de la ínsula, fue quien me habló de ella. Pero, antes de continuar el relato, amigo Cejas Rijo, hagamos una digresión que se me antoja innecesaria, hablemos un instante, innecesariamente, de Jun, ¡qué gusto! ¡Qué necesidad! Porque Jun sigue siendo, para muchos, un misterio. Hay quien cree que Jun es una invención. Hay quien cree que es una proyección, una sombra en el pequeño espejo que esconde una dama veneciana y lezamiana. Y hasta hay quien cree que Jun es el producto de una travesura literaria de dos autores  insulares. ¡Jun una ficción? ¡Ja! ¡Y un jamón!, como diría el realejero amigo Juan.

Te contaré, Cejas ―para darle más consistencia al personaje―, lo último que sé de esta pessoa. Aunque mi amigo Zé Lelinho ―quien me dio justa noticia del hecho que a continuación voy a relatar sucintamente, si no me interrumpe la querencia de otra digresión― te lo contaría mejor: el cielo no me concedió ―entre otras― la gracia de narrar, ni la he conquistado.

Zé ―que será uno de los personajes del breve relato― me contó ―mientras miraba de reojo a una ondina amedusada con no poco deseo minoico (así es el cejijunto ballestero Zé)― lo acontecido en  Las Aguas, en la costa de La Rambla, en el norte de Tenerife, una noche entera de luna sobre el basalto atlántico. Jun conocía el lugar por unas fotos que yo le había enviado por correo hacía unos meses: dos rocas emergían en la proximidad de la costa mediando entre ambas una separación salvable con solo un paso de gigante. Jun ―dijo Zé― pensó en el proyecto de inmediato. Yo  le había mostrado unos años antes ―para su boquiabierto asombro de actor de cine mudo― el puente de paja que une a las Rocas Casadas de Futami, en el mar del Japón. El demonio de la analogía zumbó en el aire, imantándolo de rimas y atracciones. «Uniré las dos rocas en la noche. Las bodas serán nocturnas, nocturnales y nocturnecientes. Y entonces las rocas de Las Aguas serán entonces las rocas de Futami serán entonces los roques de Fasnia. Tú, Zé, y Juan Pracan me acompañarán necesariamente en la empresa. Melchor no, el pobre jaikaista es un pésimo nadador y tiene cara de ahogado prematuro. Habrá matrimonio terrestre y celeste. ¡Habrá matrimonio, aquí como en Japón, John Donne!».

Y así fue. Una noche del último septiembre, con la luna entera sobre la noche atlántica de basalto, los tres artistas emprendieron el casamiento de las rocas de Las Aguas. Zé y Juan Pracan ―ambos estupendos nadadores de longíneas piernas, tritones aunque poetas, experimentados en salvar rubias ahogadizas en la playa realejera de El Socorro― fueron los encargados ―animosos Leandros―  de llevar a nado las cuerdas hasta las rocas, mientras Ricardo María, encaramado, ora en una ora en otra,  ayudaba en el esfuerzo trabajoso del izado. Las cuerdas, confeccionadas  por Jun con fajinas de millo y pintadas con un naranja rothkiano, casaron a las rocas. Y hubo acuerdo otra vez entre las cosas del mundo, Unidad plotiniana, verdadera Alianza de Tiempo y Espacio. Zé Lelinho y Juan Pracan observaban alelados las inauditas bodas, flotando en un mar gobernado por la luna de los acontecimientos. Pronto ―como llevados por un encantamiento órfico― empezaron a cantar a dúo un epitalamio improvisado con sus voces amigas y profundamente masculinísimas. Sobre una de las rocas, Jun remedaba con su cuerpo, mediante movimientos de grulla hokusaiana, la imagen del torii, el altar que corona una de las rocas de Futami.

Y esa es la historia, Cejas.

Cejas Rijo puso cara de descreimiento jitanjafórico arrugando su entrecejo gitano y me preguntó con incredulidad ilustrada si aún era posible contemplar las rocas casadas por Ricardo María Cardoso Jun en Las Aguas. No, no era posible. Jun, después de casar las rocas, decidió, al alba, prender fuego a los cordajes. «Todo para nada», es uno de los lemas de Jun; «la ceniza más que el fuego», otro. Así es Jun. «¡Viva el acto puro y muera la perpetuación!», dice a menudo. Una vez escribió, apartándose de su sobria y seca expresión: «Seamos cataclísmicos atlantes desaparecidos, nunca laureados romanos museísticos». A mí suele enviarme cartas encabezadas con su lema más simple, volátil y misterioso: «¡Viva el gas!»

Me han asegurado que Bertita Rodríguez, la fotógrafa oriental, avisada por Zé Lelinho, tomó ―sin que Jun lo advirtiera― unas fotos clandestinas de la ceremonia de Las Aguas, pero yo no las he visto. Dicen que la pobrecilla pasó la noche apostada entre los callaos, camuflada con algas, esperando captar el instante decisivo. Alguien me dijo también que el criptojudío Chuarchi Branco, en una de sus piezas lumínicas, ha homenajeado crípticamente ―aunque él lo niegue aquí y en Berlín― esta juniana acción zen. No hay que creer nada de lo que se dice de Jun aunque haya que creer todo lo que se dice de Jun. Al mismo tiempo. No hay otra manera de acercarse a él.

Cejas apagó la grabadora, me dio una palmadita en el hombro que no supe cómo interpretar y, levantándose  de la mecedora como un florecido flamboyán andante, dio media vuelta y marchó a sus ensayos y florilegios. «Prométeme, por Cicerón y Esculapio, que mañana me hablarás  de ella», me pidió asomándose por la ventanilla del descapotable italiano. Sí, mañana te prometo que hablaré de ella, la que me presentó Jun, aquella que hizo nacer en mí el deseo de hacer el amor en una pagoda.

*

"Monsieur López en el Hotel Majestic de Oporto", Por Jun

Melchor López (Tenerife, 1965) ha publicado Tre­ce poemas (1993), Altos del sol (1995), El estilita (1998) y Oriental (2003) y Fama del día seguido de Escrito en Arrieta (2007).

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