Cuaderno de junio o algo más sobre la continuidad de los parques | Isidro Hernández Gutiérrez

Publicado: 8 julio, 2011 en Otras narrativas

El problema del narrador –del escritor– es aprender a mojarse de una vez por todas, aunque en ese intento de introducir los pies en el agua, tomemos el riesgo de caer en la cuenta de la imposibilidad de narrar el vuelo, audaz, del cernícalo; la sonrisa, niña, de la muchacha de la camisa de lunares; el enconado fulgor de los tajinastes, floridos, del jardín; o la aparición, siempre inusitada, de los primeros rayos del sol, carretera abajo, la mañana de un martes.

De camino al colegio, un viernes tres de junio, la pequeña Emma me ha dicho con gesto ilusionante: “las cosas que me gusta decir son: flores, corazones, luna, estrella, cereza… esas cosas”.

Salvar de entre los días cotidianos algo que merezca la pena retener en la memoria: una imagen, una mirada, una idea, una gota de agua caída sobre tus mejillas un día de lluvia cualquiera o la caricia del salitre sobre tu piel, hechos pequeños –aparentemente–, pero que de pronto toman otra dimensión al ser avivados por el fuego de la memoria. Comprendes, entonces, que éstos cobran forma de verdaderos acontecimientos.

Como el científico que toma notas de todos los cambios que se producen en un botijo con microorganismos dentro. El oficio del narrador no es otro que asomarse al discurrir del pensamiento. Más allá de la anécdota, ¿no es, el narrador, aquél que sabe mojar la madalena en el café con leche a la manera proustiana?

Contar o narrar lo que se piensa sin saber muy bien lo que se dice bien podría ser una de las múltiples variantes del automatismo. Con todo, en contextos inoportunos esta técnica plantea incómodos problemas, especialmente en las sobremesas del verano, normalmente más dilatadas que las del otoño o el invierno.

El decir, como fórmula de verbalización plantea en ocasiones el problema de la franqueza secuestrada por el verbo.

Si el poeta es un fingidor, el narrador es un embustero, un hacedor de cabriolas fugaces, puro cuento, un auténtico vividor.

Tiene cuatro o cinco cámaras digitales (baratijas) que permiten programar intervalos de tomas. Las deja abandonadas, horas y horas, en distintos puntos o ángulos y toma estas increíbles secuencias.

Releo la novela El ángel caído, de Per Olor Enquist. Nada que decir, salvo unas cuentas palabras anotadas al margen, lejos del discurso altisonante de los enunciados críticos o de los sermones de domingo. El sabor de este extraño texto me resulta doblemente extraño por el recuerdo que conservo de su primera lectura, hace ya mucho tiempo, y de la que apenas conservaba un cúmulo de sensaciones extravagantes.

No todos los días suceden cosas importantes ante nuestra mirada y, sin embargo, siempre está ocurriendo algo en nosotros. Algo así como un cosquilleo, una ráfaga de viento que despeina nuestra memoria, el descubrimiento de un nuevo sabor, o el de una nueva cicatriz en la palma de la mano que jurarías no haber visto nunca antes.

Jueves nueve de junio. Durante el desayuno, absolutamente imposible no dirigir la mirada hacia los pechos de la muchacha del jersey azul a rayas, levemente insinuados en la transparencia de esta luminosa mañana. Su mano derecha acariciando una libreta en la que se intuyen unas cuantas líneas escritas en bolígrafo azul con indicaciones en los márgenes; su pelo suelto, ligeramente inclinadala cabeza. Durantelos dos o tres minutos que dura la escena te preguntas de dónde nace esa pulsión de vértigo que sientes al recorrer con la mirada la imagen de la chica del jersey a rayas; de dónde ese cosquilleo que recorre dulcemente tus genitales el tiempo suficiente como para que termines tu café y te asista una confusa e inexplicable melancolía, mientras decides acabar con la escena esfumándote por la puerta de servicio.

En la investigación visual, una consecuencia predeterminada suele dar malos resultados. Esto no significa entregar las cosas al azar. Pero es el sutil juego entre la investigación intencionada y la que carece de dirección lo que permite encontrar cosas que uno no sabía antes, y es de este ámbito del que más difícil resulta hablar. Da la impresión de que es extremadamente difícil escribir sobre este principio básico de la producción artística.

[Wolfgang Tillmans, Londres, abril de 2005]

Me llama un librero amigo para decirme que ha llegado a sus manos un ejemplar de la primera edición del relato surrealista Crimen, de Agustín Espinosa, el Lautréamont de las letras hispánicas. Releo en voz baja el fragmento “Diario entre dos cruces”, que me conmueve como en mis años de estudiante universitario. Sumo a aquélla lectura, esta otra lectura.

Narrador: ‘Dícese del escritor que pone en palabras el discurrir de su propio pensamiento. Esta categoría u oficio suele confundirse y entremezclarse con el contador de anécdotas o con el vividor del cuento’.

La lección de Sherezade: quedar dormido antes del final de la historia para no acabarla nunca.

Narrar historias jamás escuchadas, como nacidas desde la misma chispa de la invención. Onarrar historias ya sabidas, de esas que se leen o se escuchan sólo por el placer de una complicidad.

Pero chico ―exclamó el viejo―, estas habichuelas son mágicas; plántalas y verás que en una sola noche crecen hasta el mismo cielo.

Tanto si se cuenta lo verosímil maravilloso como si es la maravilla de lo inverosímil lo narrado, el espacio y el tiempo del narrador son otro tiempo y otro espacio.

Traducir la expresión: “por si las moscas”.

Ella tenía razón cuando afirmaba que estudiar una lengua muerta es la mejor manera de tomar verdadera conciencia de nuestro destino perecedero. No somos más que lenguaje escurridizo. Enanos a hombros de gigantes. El eco de un eco. Un escrito en el agua.

Tercer principio. El tiempo de escribir no siempre es cronológicamente el primero; y nunca se sabe escribir bien, si antes no se ha sabido contener la pluma.

Este principio es consecuencia natural del anterior; es el tiempo del silencio y del estudio cuando hay que prepararse para escribir; hay libros precoces como los frutos. ¿Por qué avanzáis tan deprisa? ¿Por qué os precipitáis arrastrados por la pasión de ser autores? Esperad, sabréis escribir cuando hayáis sabido callar y pensar bien.

[Abate Dinouart, El arte de callar]

La continuidad de losparques, de Cortázar. El tiempo breve del relato breve, pero de tan hondo tan intenso que puede quebrar la materia misma del lenguaje y practicar un orificio duradero, indeleble, en nuestra manera de entender el mundo.

Ningún tiempo es más infructífero como el impuesto por las salitas de espera del dentista. Te llevas una buena edición de narrativa de bolsillo y piensas que a la espera de tu turno vas a poder leer unas cuantas páginas, pero siempre te encuentras cercado por la electricidad verborreica de un televisor encendido para nadie.

Me sorprende y fastidia ese impulso nervioso que me hace cerrar los párpados cada vez que se escucha el “clik” de una máquina fotográfica que apunta en mi misma dirección.

Como si se tratase de cuerpos dormidos o en trance sobre la trayectoria del tiempo, los objetos de mi escritorio reposan en quietud como efigies vigilantes. Otros, sin embargo, parecen anhelar la calidad de unos ojos que los miren, pues han sido llamados a escena para que alguien los contemple, absolutamente.

En el vuelo de regreso, nuevamente la azafata de las trenzas delicadas  ha vuelto a ofrecerme una toallita refrescante. A punto he estado de rechazarla, pero luego he pensado que acaso pueda servirme para limpiar del todo unas manchas que han aparecido en mi camisa no sé  muy bien cómo. Determinar el origen de esas manchas me trae de cabeza durante un buen rato y, aunque quiera pensar en otra cosa, en verdad ando de un lado para el otro sin poder hacer otra cosa, como quien olvida una palabra y permanece inactivo a la espera de que ésta aparezca desde el saco sin final de la memoria.

Imagino por un momento cómo sería la vida de mi mujer y de mis hijas sin mí. Sólo entonces caigo en la cuenta de lo mucho que dejamos por hacer, siempre a la mitad, sin concluir nada; de camino hacia alguna parte y absolutamente prescindibles. Miro lo que me rodea durante unos instantes.

Este silencio sobrecogedor.

Nunca he sabido distinguir lo que es una novela de lo que no lo es. En mi caso, esta palabra posee cierto carácter despectivo, como si estuviese relacionado en estos últimos tiempos con la mera enumeración de anécdotas o con invenciones más o menos originales llevadas al terreno dela escritura. Me pregunto, entonces, qué es una “novela”. Supongo que, como en la vida misma, una narración al límite, una experiencia o invención que sepa plantear la contradicción de la misma existencia.

La poésie personnelle a fait son temps de jongleries relatives et de contorsions contingentes. Reprenons le fil indestructible de la poésie impersonnelle.

[Lautréamont]

Releo un conocido texto de Walter Benjamin. Sobre la fotografía. En relación a las tomas realizadas por Eugène Atget en la ciudad de París, Benjamin escribe: “en estas imágenes la ciudad parece tan desamueblada como una vivienda que aún no ha encontrado un nuevo inquilino”. 

Encuentro en un libro una nota escrita a bolígrafo rojo, casi un mensaje secreto y cifrado dirigido no sabemos muy bien a quién y con qué propósito: APRENDE ALGO DE MEMORIA Y DILO.

La narración –la escritura misma– es el territorio de lo posible/imposible; el camino hacia un territorio inexistente que podría devenir real. De hecho es realidad en el mundo de la imaginación, luego existe.

El dilema del narrador: vivir del cuento o contar para mejor vivir.

Martes por la tarde. Yano queda nadie en las oficinas. Sólo se escucha el repiqueteo de las teclas de tu ordenador y la zaranda de bolsas de basura y papeleras que esgrimen con resignada tenacidad las señoras de la limpieza. Tras los píxeles y cristaleras que dejan entrever la luz de la tarde, se intuye el calor sofocante que anunciaba la radio esta misma mañana. Sal ahí, pienso, y mójate. La vida está ahí afuera. La fuente de todos los relatos.

Narrar lo inenarrable es lo mismo que decir lo indecible o describir lo indescriptible, fabular lo inverosímil o relatar lo no creíble. El escritor camina siempre sobre esa delgada línea situada entre uno y otro polo, en una contradicción constante. Para que haya trama se necesita un conflicto, pero el conflicto del escritor es el compromiso de adecuar su lenguaje a lo que está por venir; a la descarga de energía que le ha de dictar el gesto de su escritura.

Siempre me pasa lo mismo con las antologías: acabo jugando al juego de las decapitaciones. Voy rasgando hojas al libro hasta eliminar lo que sobra y dejar sólo lo que no falta. Es entonces cuando los autores escogidos por el antólogo van cayendo sobre el tablero como en un juego de ajedrez, a riesgo de que el libro enflaquezca irremediablemente. A fin de cuentas, todos somos antólogos de nuestras propias lecturas y experiencias.

Tarea (y ejercicios a lo arquímedes) para los narradores de ahora: UNO. Preparar en una buena taza un café con leche. DOS. Comprar una caja de madalenas con vocación proustiana. TRES. Hacer bucear la madalena dentro de la taza y liberar los impulsos de la memoria con cada burbuja de aire que sea liberada. CUATRO. Dejarse llevar por la necesidad y el pulso de la escritura.

Al volver a casa, por la autopista del sur, piensas en el tiempo que pasas al volante entre una carretera y otra, entre un destino y otro, entre un lugar y otro. Aguzas la percepción para que nada de lo que sucede a tu alrededor se te escape, y te entretienes en repasar casi de memoria algunas escenas de la jornada, mientras te aferras más y más al volante. Visiones del vértigo. Gigantes, molinos de viento al conducir en retirada por la autopista del sur. Alta tensión la de mis pupilas inflamadas.

Ahora que la niña se ha quedado dormida aprovechas para poner la música de Air Waves. Una escritura –piensas– que posea esa extraña virtud melódica de arrastrarnos hacia un lugar fuera del tiempo cotidiano de los relojes.

Alta tensión la de esta tarde de color azul plomizo, mientras buscas el sosiego, el cobijo de una nube en lo alto.

Te deslizas llevado por la inercia de un motor en marcha, como quien escribe sobre las hojas de un cuaderno a rayas sin prestar atención a la caligrafía que dibuja la tinta sobre el papel.

A todo gas las palabras se esfuman más despacio; mientras las ruedas del vehículo giran y giran en tu cabeza revolotean unos versos caprichosos de la canción Le temps des cerises, en la versión de Patrick Bruel. Todo por constatar que vivimos en un mundo lleno de contradicciones.

Mon ami, Jean François, me disait en riant qu’un jour plus beau que les autres, la parole prendrait la figure d’un chevalier errant. Il ajoutait qu’il ne me fallait pas chercher ailleurs le sujet de mon livre.

[Joë Bousquet, Traduit du silence]

Construir un relato con las imágenes que se agolpan en tu mirada en los instantes previos a la desaparición. De qué forma traducir los sabores que llegarían entonces a tu boca; cómo poner en palabras el sentimiento de placer ante la fuga final de la mirada, ante el vértigo lacerador y, sin embargo, bello como la cresta de una tempestad desafiante. Cómo poner en palabras la suma acumulada por la memoria: rostros, objetos, paisajes, momentos hechos de tiempo que a la postre transcurren, dicen, en el lapsus de un leve parpadeo.

Preguntada, a la mañana siguiente, la pequeña Emma dijo haber soñado con un arcoiris de colores y ella sentada encima.

Crees ver, y sin embargo, tienes la certeza no llevarte nada a la boca; de no saber nada y de poca cosa haber comprendido, cuando ya nada importa sino el verdor triunfante de las palmeras fugaces en la mirada de tu memoria extinta.

UNA CONCIENCIA MUSICAL. Si no la forma poética en jeneral, ya que queda la prosa, ciertas formas espresivas (la épica, la dramática, la anecdótica en suma) están llamadas a desaparecer y deben desaparecer en la vida sucesiva venidera. Sólo debe subsistir la lírica, que casi no es forma en el sentido corriente de la palabra; que es como una conciencia musical del hombre (y algún hombre sabe que la conciencia tiene forma).

Y con la lírica, su única hermana: la crítica.

[Juan Ramón Jiménez]

Días en los que tenemos la impresión de que no ocurre nada; al menos nada –algo– que merezca la pena ser escrito o contado. Quizás nuestra más alta aspiración debiera ser alcanzar ese estado de gracia que nos permite observar y extraer cosas necesarias de un día en el que, a simple vista, nada acontece.

Como cuando miramos un paisaje de lejos y descubrimos, en medio de los árboles, una pequeña cima que sobresale al fondo.

*

Isidro Hernández Gutiérrez (Tenerife, 1975) ha publicado los cuadernos de poesía Trasluz (2000) y Árbol blanco (2002), ambos en  la Colección literaria «Asphodel». En 1995 fue galardonado con el Premio Emeterio Gutiérrez Albelo de poesía (Icod de los Vinos). Entre 1997 y 2001 coordinó varios suplementos de cultura en diarios de la provincia de Santa Cruz de Tenerife. Entre 2001 y 2003 impartió clases de español en la Universidad de Bretaña Occidental (Francia), años en los que se gestó el poemario El ciego del alba (Pre-textos, 2007) y que obtuvo el Premio Emilio Prados de poesía 2007 del Centro Cultural generación del 27, Málaga. También ha publicado el libro de formas breves El aprendiz (Serie Ensayo – Obra Social y Cultural de CajaCanarias, Tenerife). Otros textos suyos sobre arte y poesía pueden encontrarse en distintas publicaciones nacionales y extranjeras. Actualmente trabaja como Conservador de la Colección de TEA Tenerife Espacio de las Artes. Ha comisariado exposiciones de artes plásticas como Óscar Domínguez: una existencia de papel o El silencio de los objetos celebradas en TEA Tenerife Espacio de las Artes. Mantiene desde hace años el blog www.elaprendizihg.blogspot.com.

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