El sacrificio | Roberto A. Cabrera

Publicado: 5 julio, 2011 en Relatos

A Pino Rodríguez, en cuyo piso halló el autor la sosegada hospitalidad que le permitió escribir este cuento.

El hombre cruzó como una sombra la calle, anduvo unos metros por la acera sin luz y dobló la esquina. Había escogido un camino que lo alejaba algunas manzanas de su destino. Naturalmente no lo ignoraba. Y aunque la urgencia que había forzado su salida a aquella hora de la noche no podía admitir la menor demora y aconsejaba, por tanto, la vía más corta, el hombre prefirió evitar el bulevar y confiarse a la penumbra de la calle que discurría paralela. Mientras avanzaba, con visible inquietud –sus pasos se esforzaban por ensayar un equilibrio entre la presteza y el imperativo de levantar el mínimo ruido posible–, el hombre rozaba con sus manos las paredes y hacía frecuentes pausas para escudriñar el fondo de la calle. A veces volvía la cabeza, como si respondiera al llamado de un confuso presentimiento. Cuando se detenía, le asaltaba una angustia insoportable que lo obligaba a reanudar la marcha para al cabo detenerse, sin aliento. Temió entonces perder el control de sí mismo (se repetía a cada instante, bien que inútilmente, como para infundirse ánimos, que debía mantener la calma, dominar sus nervios, para así pensar con la lucidez necesaria). El ronroneo de un motor paralizó de pronto sus miembros. Horrorizado, vio cómo un vehículo se aproximaba a lo lejos, con las luces apagadas. Durante unos segundos interminables, de pie, contra la pared, aniquilado bajo el peso de una indefensión absoluta, de una vulnerabilidad extrema, el hombre hubo de luchar contra la rigidez de su cuerpo, que venció a tiempo de arrojarse, con un salto que parecía efecto de una concentración insospechada de energías, de una extraordinaria voluntad, en un zaguán. Un camión traqueteó por la calle sin detenerse, giró en el primer cruce y desapareció. El hombre acertó a vislumbrar el brillo siniestro de unos cascos a lomos del vehículo. Supo entonces que había burlado la ronda.

Cuando alcanzó el segundo piso y se acercó, jadeante, a la puerta, oyó a través de ella una algazara que sus golpes tardaron en acallar. Luego sucedió un silencio desconcertante. Volvió a insistir. Al fin, la voz de un hombre lo interrogó desde el otro lado de la puerta y él sintió atropellarse sus explicaciones. Entonces se abrió la puerta y un hombre corpulento, de mediana edad, le dirigió una mirada algo áspera.

―¿Qué desea?– volvió a preguntar, como si desconfiara aún de sus palabras.

―Acabo de decirle que es urgente, muy urgente. Le he preguntado por su señora.

Una voz de mujer comentó algo; el señor se volvió y farfulló unas palabras. Todo volvió a quedar en silencio.

―Dígame, joven. No pretenderá que mi esposa le acompañe a estas horas. ¿Está loco? ¿No sabe el riesgo que ha corrido al venir hasta aquí? Deberá esperar a que amanezca.

―Pero, oiga. Mi mujer…

―Lo siento. Todo lo más que puedo hacer por usted en este momento es ofrecerle mi techo si no quiere arriesgarse de nuevo. Mañana a primera hora, en cuanto levante el toque de queda, mi esposa le acompañará.

―¡No puedo dejarla sola!<< protestó.

―¿Es que no tiene familia, vecinos, algún amigo?

―He dejado una vecina con ella. Pero temo que algo no vaya bien. ¡Se lo suplico!

―Lo siento, lo siento mucho. Pero no es posible―. Y, como si lo despidiese, preguntó ―¿Va a quedarse?

El hombre giró sobre sí mismo sin responder, y bajó precipitadamente las escaleras. Una vez en la calle, mientras desandaba sus pasos en la noche, sintió cómo le vencía la desesperación. Recordó a su mujer tal y como la vio antes de abandonar el piso donde se hospedaban, su rostro bañado en sudor, fatigada en extremo, ya sin fuerzas, con una palidez que lo hería y que colmaba la percepción de su impotencia. Apretó el paso, sin advertir que desatendía la prudencia obligada, que caminaba con descuido, arrebatado por la intención de regresar cuanto antes al piso, angustiado por la idea de volver con las manos vacías, de haber emprendido un camino que lo exponía a grandes riesgos y no poder al fin sino acompañarla en su dolor, y sostener su mano en la suya, dolorida aún por la fuerza con que ella la había apretado. Quiso correr y, sin embargo, alarmado por la temeridad de sus pasos, supo contenerse, aminoró la marcha y se detuvo durante unos segundos con aire receloso. Había llegado a una esquina y debía cruzar la calle. Reconocía perfectamente el lugar. Aliviado, descubrió que mediaban unos cincuenta metros de su domicilio. Cruzó el adoquinado y mientras se acercaba por la acera al portal oyó de pronto una voz abrupta que le gritaba a sus espaldas. No se volvió; reprimió un vano impulso de correr y, sin dejar de mirar el portal, alzó las manos, torpemente.

Dos soldados lo condujeron hasta un despacho. Vio allí dos mesas y varios armarios llenos de archivos. Un retrato al óleo presidía la habitación. Lo acercaron a una de las mesas. Allí sostuvo la mirada de un oficial, apostado en un escritorio, ante una máquina de escribir. A su izquierda, un señor de paisano, sentado igualmente. El oficial se dirigió al detenido. Acto seguido, el señor de paisano comenzó a traducir sus palabras. El hombre observó de inmediato, mientras facilitaba su cédula de identidad, que el intérprete permanecía con la cabeza baja mientras ejercía su oficio, y no dejó de observarlo ―al reconocer en él un compatriota― pues conjeturó que podría serle de ayuda en aquel trance. El hombre trataba de responder con diligencia a las preguntas y se atrevió, encarándose al intérprete, a explicar lo sucedido. Pero el militar le obligó a guardar silencio. A través del intérprete ―que no había levantado los ojos una sola vez, como si se abstrajera contemplándose las manos o algún punto impreciso del encerado―, a través de su voz monótona y, de algún modo, humillada, supo que no se le interrogaba en ese momento y que debía limitarse a facilitar los datos sobre su persona. Él quiso insistir, declarar que se había cometido un error pero lejos de despertar en el oficial alguna simpatía por su caso acabó irritándolo. A una orden suya, los soldados lo condujeron fuera del despacho y lo llevaron al sótano del edificio. Abrieron uno de los calabozos y lo encerraron.

Había allí tres hombres. No lo saludaron. Y él no supo qué hacer. El espacio era angosto y mal iluminado por una bombilla que pendía muy alta del techo. Dos de los hombres permanecían de pie, dándose la espalda. El tercero, recostado en el único catre del calabozo, examinaba al recién llegado con un detenimiento que éste juzgó descortés. Visiblemente incómodo, trataba de aparentar, bajo el peso de aquella mirada, una gravedad digna. Primero ensayó meterse las manos en los bolsillos, pero su ansiedad frustró de inmediato la pose. Luego probó, tras alguna vacilación, a cruzarse los brazos, pero como tampoco resultaba convincente acabó por abandonarse, sin la menor esperanza. Uno de los hombres que permanecía de pie le dirigió la palabra:

―¿Cuándo le detuvieron?

―Hace una hora― respondió, con cierto alivio.

―¿Asaltaron su casa?

―No, fue en la calle. Una patrulla. Mi mujer estaba de parto y no hubo más remedio que salir. La matrona no vive lejos. Pero ella, mi mujer, no quería que yo saliese, sabía que podía pasar esto.

Todos callaban. Tras una pausa, se creyó obligado a proseguir, bien porque interpretara, tal vez erróneamente, aquel silencio como un interrogante, como una muda petición de detalles, bien porque sentía la extraña necesidad de justificarse ante aquellos hombres. Declaró que no había logrado entenderse con los soldados y que lo golpearon. Añadió que el oficial, arriba, no quiso oírlo. Quería que supiese que era una urgencia, que, por eso, porque era una urgencia había salido a la calle. Y que volvía sin la partera porque el marido le prohibió salir. Y que debía haber corrido pero que mejor no, que lo hubieran acribillado, que se quedó allí quieto, cerca, muy cerca, del portal.

De pronto enmudeció. El hombre del catre había comenzado a reírse por lo bajo. Y como no cesaba de reírse, el recién llegado acabó por humillar la mirada mientras sentía que le temblaba el labio inferior y se le nublaba la vista.

El general había ordenado que le subieran la cena a su habitación. De pie, ante los ventanales de la lujosa suite que ocupaba en el hotel, convertido desde la capitulación del país en sede del cuartel general, contemplaba la noche sobre la capital con aire visiblemente grave. Había puesto al corriente al Estado Mayor del atentado con bomba que esa misma noche había costado la vida de dos oficiales y un camarero, cuando cenaban en un conocido restaurante de la ciudad, y esperaba de un momento a otro instrucciones telefónicas. El general lamentaba, sin duda, la pérdida de sus oficiales, que no conocía personalmente, pero se sorprendió a sí mismo cavilando sobre la suerte, si cabe absurda, del camarero, que había caído por obra de una bomba ―se permitió la ironía― patriótica. Nadie como él se sentía responsable de la seguridad de su ejército en la ciudad pero había discrepado de los métodos ejemplarizantes con que el Estado Mayor pretendía sofocar la resistencia. La ola de atentados confirmaba su vaticinio. Cuando se produjo, al fin, la llamada, el general supo que no habría ninguna sorpresa.

La voz, en efecto, fue concluyente.

―Fusile a todos los detenidos― ordenó―. Sin la menor dilación.

El general sostuvo una pausa.

―No lo creo prudente― objetó―. Según mis informes, esta sola noche han sido detenidas unas cincuenta personas. Entre ellas hay algunos sospechosos. Pero la mayoría de los detenidos no han sido interrogados aún.

―General, los detenidos son considerados desde este momento como rehenes. Es precisa una respuesta enérgica, contundente. Debemos vengar en ellos la vida de nuestros oficiales.

El general guardó una vez más silencio.

―Permítame sugerirle― añadió, no sin sopesar las palabras― el canje de una parte de los detenidos por delincuentes condenados a la pena capital. Podría proporcionarle antes de una hora una lista de nombres…

―Denegado. La inocencia de la sangre, general, no es una objeción, sino una virtud. La sangre de los rehenes hará el castigo más ejemplarizante. Fusílelos antes del amanecer. Buenas noches.

El general colgó el receptor. Unos golpes en la puerta anunciaron la cena.

Puerto de Cabras, isla de Fuerteventura, septiembre de 2001.

[Publicado originalmente, en edición no venal, en la colección “Aula de Arte y Publicaciones” de la Biblioteca de Icod, Tenerife, en 2002.]

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UNAS PALABRAS A PROPÓSITO DE EL SACRIFICIO

Entre las experiencias más luminosas que pude vivir en el año 2000 debo señalar el nacimiento de mi primer hijo y la lectura deslumbrada y paciente de los Diarios de Ernst Jünger. Al concurso de ambas vivencias debo el germen de mi relato El sacrificio. Sin duda, la lectura de las páginas del escritor alemán hubiera sido suficiente para brindarme la anécdota que inspiraría a la postre mi relato. En un apunte fechado en París el 21 de agosto de 1943 Jünger escribe: En una noche del año 1941 la mujer de un conocido de Jouhandeau estaba a punto de dar a luz; el marido salió de casa para avisar a la comadrona. Ya había sonado la hora del toque de queda; una patrulla francesa lo paró y lo condujo al puesto de guardia. Allí el hombre explicó su caso; se avisó a la comadrona, pero a él lo retuvieron hasta la mañana siguiente, para comprobar la verdad de sus afirmaciones. Entretanto llegó la noticia de que había habido un atentado; a toda prisa se procedió a juntar algunos rehenes, y, entre otras personas que habían infringido el toque de queda, se fusiló también a aquel hombre. Esta lacónica noticia bastaba por sí misma para conmoverme. No pudo pasarme desapercibida la conjunción fatal de alumbramiento y muerte, de inocencia y arbitrariedad, de injusticia irreparable que había caído sobre los hombros de aquel desdichado. Pero sé que mi inminente paternidad me había predispuesto a una empatía si cabe más íntima. Ambos factores, pues, la experiencia intelectual y moral y la vivencia cordial, empática, precipitaron la escritura del cuento.

Debo hacer constar que desde mi adolescencia no había escrito prosa narrativa. Este es, en propiedad, mi primer cuento. Cuando me propuse escribirlo supe que debía distanciarme del personaje y sus circunstancias, narrar fríamente la historia como si levantara acta de lo sucedido, pues intuía que la verdad dramática podía revelarse mejor de ese modo y que toda concesión al melodrama y al sentimentalismo acabaría arruinando la tragicidad del relato. Algún amigo leyó el manuscrito y me aconsejó con acierto eliminar las referencias históricas al París de la ocupación alemana. Con ello la verdad del relato logró alcanzar una universalidad que lo ha enriquecido; no en vano considero este rasgo uno de los méritos de mi cuento. La caída en los fosos de los lugares comunes fue la amenaza más seria que hube de sortear, especialmente cuando me esforcé por retratar la posición difícil de quien ostenta el poder en situaciones de barbarie (como sucedió con el círculo secreto de oficiales alemanes al que perteneció Jünger en sus años de París, cuyas prudentes y calculadas maniobras para frustrar muchas de las órdenes e instrucciones dictadas por Berlín salvaron de una muerte segura a muchos ciudadanos).

A la persona a quien va dedicado el cuento debo en buena parte su escritura material. Durante mis dos años de trabajo en un instituto de la capital de Fuerteventura, compartimos la docencia en el mismo departamento y cuando debí regresar durante unos días de septiembre a Fuerteventura para la correción de exámenes extraordinarios me brindó amablemente su piso. Allí encontré la soledad y el sosiego que necesitaba para redactar el cuento. Con él bajo el brazo volé hacia La Palma, adonde me habían destinado, el 11 de septiembre de 2001. A mi llegada a La Palma supe de los atentados de Nueva York y Washington. Comprendí de inmediato que estrenábamos un nuevo siglo bajo acordes sombríos y atmósferas inciertas.

Roberto A. Cabrera | Los Sauces, junio de 2011. 

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