El cuaderno azul (fragmentos) | Eduvigis Hernández Cabrera

Publicado: 21 junio, 2011 en Otras narrativas

En estas circunstancias, leer a Paul Auster ―releerlo― habría sido como desdoblar la realidad. Bueno, si es que cabe hablar de realidad cuando lo que vives semeja de continuo formar parte de un sueño.

Sí, el hecho de trasladarse de un lugar a otro, más aún cuando la distancia es considerable, trastoca el sentido del tiempo y la percepción equilibrada del espacio.

Las horas que transcurren entre el punto de partida y el de llegada alteran el encuadre visual y la estabilidad física, hasta tal extremo que nos cuesta asumir la nueva realidad como territorio cierto.

Los primeros días en Deovimonte implicaron un trastorno de los sentidos y cierto desenfoque mental. Me costaba creer que había vuelto.

Entonces, pues, Auster perduraba en mi imaginación, pero sabía que no debía asomarme de nuevo a sus páginas.

La tentación del cuaderno ya era suficiente riesgo, una aproximación suficiente al abismo.

Entonces, el regreso viene a ser una suerte de vuelta a los orígenes, por mucho que se ignore cuáles y cómo fueron estos exactamente. Sólo se sabe el lugar de procedencia, se guarda dentro de uno a modo de tesoro, de secreto que te distingue de los demás y que luego expandes y reconoces a la hora del reencuentro.

Al menos, se desea reconocer lo que se ha amado, y por eso resulta grato acomodarse con relativa facilidad a las voces, los olores, el aire.

Todo es nuevo y no lo es. Es a un tiempo la sensación del viajero que llega por primera vez y la de quien retorna a un punto de partida bien conocido.

Sentía que el viaje no había sido tanto un desplazamiento físico como un retorno espiritual, si es que así cabe llamar a esa parte de nosotros que nunca acertamos a definir pero que está ahí, agazapada en algún lugar existente entre la memoria y el sueño.

Y, ¿cómo se regresa a lo que no se conoce del todo? A la intuición, a la esperanza, a la ilusoria reconstrucción del pasado y de lo que se desea constituya el presente.

A raíz de esa sensación se borraban las horas de vuelo, las incomodidades de los aeropuertos, el loco vaivén que supone transitar a través de controles varios y frías estructuras vacías y sin embargo vigiladas.

Pero uno nunca sabe, ni siquiera por inspiración de largo recorrido, cómo habría sido esa vida posible, la que se pudo tener permaneciendo en el sitio en el que se nace y se vive la infancia.

Nadie es tan clarividente como para que le sea dado contemplar, ni siquiera en sueños, la otra existencia truncada, con su olor y sabor, con la tonalidad exacta de los días que transcurren al ritmo de lo que no fue, de lo que no será.

¿Habría sido otra clase de persona si me hubiese quedado? ¿Acaso se rompió la posible rutina de aquí para acabar cayendo en la probable monotonía de allá? ¿No son todas las vidas iguales, en el fondo, independientemente del lugar en el que se desarrollen?

La ciudad soñada no era una sola ciudad. Su apariencia desvelaba la suma de imágenes y sensaciones adquiridas en viajes, lecturas y fantasías varias.

Vista desde el cielo –puesto que en mis sueños solía volar con frecuencia– podía ser una ciudad cualquiera. Sin embargo, en mi condición de transeúnte apreciaba que cada rincón urbano constituía una sorpresa, no tanto en su calidad de nueva aparición como de la equívoca impresión que transmitía de estar percibiendo algo conocido pero distinto.

En ocasiones me hallaba transitando por calles que creía conocidas. Era consciente de creerlo, por esa sensación de reincidencia continua que me asaltaba casi a cada paso desde mi llegada a la ciudad. Pero no lo sabía con certeza, ni siquiera me atrevía a pensar que era la sombra del recuerdo lo que de mí se apoderaba. ¿Y qué recuerdo, además? Si apenas tenía ojos y mente cuando me llevaron de aquí.

Como las aceras están reventadas por las raíces de los árboles, se hace imposible caminar en línea continua, por lo que el paseo se convierte en sucesivas paradas cada pocos pasos a lo largo de una misma vereda, con lo cual uno se detiene, a la fuerza, a contemplar la casa que tiene al lado, o la de enfrente, produciéndose así una suerte de vagabundeo salteado, un deambular interrumpido que obliga a fijarse con detenimiento en las estructuras arquitectónicas, en las puertas, los zaguanes, el trazo de las ventanas, los adornos de esta o aquella fachada.

Así, la ciudad se presenta a modo de mapa protuberante, una ruta en relieve que se sigue con los pies, las manos y la mirada, porque es necesario transitar con cuidado y atención, dirigiendo la vista hacia abajo tanto como hacia arriba, ya que detenerse también implica saber dónde y cómo lo hace uno, para evitar el obstáculo, ya sea éste árbol, raíz, baldosa rota, pequeña subida o bajada.

¿De verdad se puede recordar lo que no se ha vivido? Es decir, que el recuerdo supone en cierto grado una invención, ya que se entremezclan en él percepciones diversas, sueños y fantasías.

A lo mejor, lo que sucede es que no podemos evitar inventarnos una vida, la que hubiésemos deseado tener. En mi caso, la que me figuro podría haber tenido.

Además, aunque lo rechacemos de plano, el peligro de la idealización asoma siempre por algún resquicio de la memoria, por esas hendiduras que se forman aun a pesar nuestro en medio de lo que no logramos recomponer con nitidez.

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Eduvigis Hernández Cabrera (Treinta y Tres, Uruguay, 1961) reside desde 1972 en Las Palmas de Gran Canaria. En los años ochenta publica relatos breves en Diario de Las Palmas y Canarias 7. Desde 1993 escribe textos para catálogos de arte, tanto de creación como de crítica. Ha colaborado en las revistas Disenso, La Plazuela de las Letras, Espejo de Paciencia, Anarda y Al-Harafish, en las que publica diversos relatos y ensayos, así como en el suplemento de cultura Pleamar, del periódico Canarias 7.  Durante varios años formó parte del equipo de redacción de la desaparecida La Plazuela de las Letras. Ha participado en los volúmenes colectivos de narrativa breve: Reincidencias (CCPC, 2000); Primera Santología. Cuentos escogidos sobre personajes elevados (Ediciones de La Discreta, 2005); Ínsulas Encantadas (Anroart Ediciones, 2005); Cartas al Quijote. Escritores y Pintores ante el IV Centenario (Ayuntamiento de Telde, 2005); Generación XXI (Anroart Ediciones, 2007); Rojo sobre Negro (Anroart Ediciones, 2007); De la saudade a la magua. Antología de relatos luso-canaria (Ediciones Baile del Sol, 2009). Se incluyen textos suyos en las publicaciones de carácter interdisciplinar: El ojo narrativo. Ecos (2) (Anroart Ediciones, 2009) y Corpus de Ausencia (Aulaga Literaria, 2010). Ha publicado dos libros de relatos: Muerte natural y otros suicidios (Ediciones Baile del Sol, 2007) y Fantástica Fábula (alharafishedita, 2010).

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