El último cuplé del presidente Alessandri | Pedro Lemebel

Publicado: 13 junio, 2011 en Autor invitado

Iniciamos con esta estupenda crónica del escritor chileno Pedro Lemebel la sección «Autor invitado», en la que iremos incorporando textos inéditos de destacados narradores de nuestra lengua especialmente destinados a este portal. Pedro Lemebel (Santiago de Chile, 1955), ampliamente conocido sobre todo en Iberoamérica, es uno de los autores más radicales y transgresores con que cuenta hoy en día nuestro idioma. Como dijo de él Carlos Monsiváis, «Pedro Lemebel es un fenómeno de la literatura latinoamericana de este tiempo». Lo es, sin duda, y por muchas razones que el curioso lector puede atreverse a descubrir. Nos sentimos inmensamente agradecidos al gran narrador chileno por esta crónica que, como toda su obra, conjuga la prosa más chispeante con una mordacidad que es a la vez un desafío, una revelación y un regocijo. ― Comité Editor.

 

EL ÚLTIMO CUPLÉ DEL PRESIDENTE ALESSANDRI

 

Y era tan mal hablada la prensa de entonces; ese Clarín, ese diario pichiruche que cada mañana lo ponía de mal genio con sus tallas groseras y titulares ofensivos: “Que la señora de la bufanda se pasea por calle Huérfanos”, “Que la vieja de La Moneda no recibió a los huelguistas”. No tenían ningún respeto con el presidente de la República. Y claro, él no había podido aplicar la Ley Mordaza de la censura. No había podido darle un corte definitivo a esas calumnias, porque todo el país se le iba a ir encima; sobre todo esos periodistas izquierdosos que lo acusarían de tirano continuador de los atropellos de su padre, don Arturo, el León de Tarapacá, que en realidad había sido un felino macho en la educación de Jorgito para que siguiera las huellas de su progenitor. Y si algo tenía que reconocerle al viejo, era su mano dura, su temple varonil, su irónica valentía para gritarle a las masas “Viva la chusma inconsciente”. Entonces un clamor de gloria retumbaba en la Plaza de la Constitución, donde el insultado pueblo vitoreaba a su padre en el balcón de La Moneda. Y ahí estaba ahora Jorgito, sentado y solitario en el trono del poder. Como un gran oso sentimental escuchaba bajito los cuplés de Sara Montiel, como en secreto, como un susurro, como si todavía la vida tuviera que ocultar ese gusto por la música cabaretera. Ese delirio por los mantones, claveles y peinetas de nácar que Sarita lucía en El último cuplé, la película que veía incansable semana a semana en el cine King de calle Huérfanos. Era el rito personal del presidente, que cada viernes se daba ese gusto, caminando por el centro junto a Duarte, su viejo chofer, compañero y guardaespaldas. El viejo Duarte, que había envejecido junto a Don Jorge, el único que comprendía sus mañas, sus rabietas, sus obsesiones por esa actriz española que lo hacía olvidarse de las huelgas y escaramuzas políticas que desataba el llamado Frente de Acción Popular.

Mientras caminaba al cine envuelto en su bufanda de angora, iba saludando a la gente que se codeaba con él en la vía pública. Eran muchos sus adherentes, señoras finas y caballeros serios, que aplaudían su paso rutinario, el tranco cansado pero firme del presidente que se permitía recorrer el centro de la ciudad sin escolta, vitrineando como cualquier transeúnte los escaparates de esas tiendas elegantes donde la moda de los años 50 exhibía los trajes sastre y sombreros de franela parisién que usaban las damas de la sociedad. Sus fanáticas votantes, las señoras del Club de la Uniónque lo incomodaban con sus piropos, que lo tenían harto coqueteándole con sus abanicos mientras comentaban “qué buen mozo está el presidente, tan alto, tan apuesto que parece un galán de cine. Pero solamente le falta una Primera Dama que lo acompañe, que lo cuide, para evitarse comentarios maliciosos”.

Por ese Santiago, a mediados del siglo, era común ver al mandatario cruzar el centro, deteniéndose bajo la marquesina de algún teatro para ojear con deleite las fotos de actrices en la cartelera, quedarse pegado admirando las sedas emplumadas de sus trajes, los tafetanes escamados de lentejuelas, sus poses doradas de vírgenes inalcanzables. Y allí en ese sagrado éxtasis y luego mientras retomaba la marcha junto a Duarte, podía recordar su infancia de niño melancólico que coleccionaba fotos de estrellas cinematográficas. Y también recordaba la ira de don Arturo cuando le descubrió el secreto, cuando le quemó el álbum gritando que esas eran costumbres de afeminados que no correspondían a un futuro presidente. Menos a un hijo de Alessandri, una familia culta, acostumbrada a escuchar ópera y música clásica. Lo podía ver en el ayer vociferando como un león, diciendo que a él no le podía salir un hijo así, un chiquillo sentimental que se lloraba todas esas películas musicales de actrices putingas. Pero por suerte lo había detectado a tiempo y también por suerte no se han enterado los comunistas, le dijo a la empleada, ordenándole que botara esas revistas, fotos y discos de burdel.

Así se cumplió la voluntad de don Arturo, que murió feliz viendo a Jorgito como flamante ingeniero y futuro candidato de la derecha al sillón presidencial. Solamente un deseo paterno había quedado pendiente: verlo casado y rodeado de hijos para evaporar los pelambres sobre su religiosa soltería. Pero eso no lo pudo cumplir, era demasiado soportar el teatro del casamiento y una mujer a su lado arrullándole los sueños. En su reemplazo siempre tuvo a Duarte, que había sido un hombre joven, morenazo y de buena facha cuando lo contrató como chofer, pero ahora al correr los años, ya estaba canoso y barrigón, pero siempre fiel, siempre dispuesto a satisfacer los caprichos de don Jorge, caminando a su lado como lazarillo, acompañándolo por las tardes del viernes a ver El último cuplé.

Los acomodadores del cine King eran cómplices de las visitas de don Jorge y a su llegada se apagaban las luces para proteger su anonimato y no se encendían hasta que él se retiraba confundido por la oscuridad. Tal vez por eso la cinta estuvo en cartelera durante meses para complacer al presidente. Así él podía fascinarse con la diva cantando en la pantalla, agigantada por la pasión popular que lo atragantaba lagrimeando emocionado y queriendo conocerla. Y no es que el aristocrático don Jorge estuviera enamorado de la cupletera. Era otra forma de amar el volereo de su garbo maraco, el entornado azabache de sus ojos pícaros, y la pose desafiante de la Montiel cantando El relicario nada más que para don Jorge, el presidente, confundido en la platea con los suspiros de “la chusma inconsciente”.

Durante todo ese tiempo se vio la película más de treinta veces, anhelando conocer a la estrella. Y la ocasión se presentó cuando supo que la actriz visitaría Chile. ¿Cree usted que aceptará mi invitación para tomar el té en La Moneda?, le preguntó a Duarte, estirándole la carta para que el chofer se la entregara a Sarita alojada en el Hotel Carrera. No tendría motivos para negarse, excelencia, le contestó Duarte, asegurándole que se la haría llegar personalmente. Y así ocurrió, porque la Montiel aceptó gustosa la invitación timbrada con el escudo nacional. Y cuando la guardia de palacio anunció la llegada de la estrella, don Jorge no cabía en sí, arreglando las flores, los claveles fucsias que mandó pedir especialmente a la pérgola. Don Jorge, nervioso, iba y venía estirando el mantel, ordenando las tacitas de ese emocionado té protocolar. Aquella fue una tarde inolvidable para el presidente, ofreciéndole dulces y pastelillos a la Montiel que amablemente los rechazaba tocándose su estrecha cintura. Ella, enfundada por el drapeado turquesa de su vestido, era más bella que la imagen de la pantalla, era una verdadera diosa del cuplé, que por unas horas había engalanado el gris despacho presidencial con el relámpago de sus joyas, sentándose frente al retrato paterno de don Arturo Alessandri que, desde la muralla, le miraba el abismo de su escote, pálido de indignación.

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