Cuento de Navidad | Anelio Rodríguez Concepción

Publicado: 3 junio, 2011 en Relatos

María dio a luz allí mismo, bajo una breve techumbre de uralita que los golpes de viento no pudieron mover más porque se quedó atascada en lo alto, por suerte en posición horizontal, o casi, temblando por el extremo como un trampolín, entre una maraña de estructuras metálicas amontonadas contra el fondo de lo que hasta el día anterior había sido confortable cueva. En aquella parte de la montaña, gracias al gran saliente rocoso, la ferocidad de las aguas pasaba de largo con el ímpetu de una gigantesca salamandra que huye y rompe sus propios escondrijos. Por increíble que parezca, al sentirse seguro sobre el pecho de la madre el niño mantuvo en silencio su cuerpito agitado. María tuvo que volver el rostro hacia José para exigirle con una mirada la única promesa posible bajo el estruendo de la tormenta. María, no te preocupes, ya verás cómo ahorita mismo salgo a buscar algo para comer, le dijo José. Y salió. Expuesto a la lluvia oblicua e infinita. Por la vereda que discurre paralela al curso de las aguas sucias, hacia el centro de la barriada.

Por el camino José se encontró con unos amigos que bajaban la ladera despavoridos, a punto de rodar. Ey, José, esto es el acabóse, le gritó uno de ellos. Vamos, le dijo otro. ¿A dónde?, preguntó José. Yo qué sé, compadre, pues por ahí, a ver qué pasa, le respondieron. Y José fue tras ellos, empapado, cubierto de barro de pies a cabeza. Recorrieron una avenida llena de coches que flotaban de aquí para allá sin llegar a tropezar nunca entre sí. Un tropel de hombres y muchachos rompían los cristales de los comercios inundados, entraban como piratas al abordaje y se llevaban cuanto podían: televisores, gruesas piezas de mortadela, sillones orejeros, lo primero que hubiese a mano. Al atardecer se percataron de que había cesado el fluido eléctrico. Al principio José y sus amigos buscaron cualquier cosa en un supermercado que hacía esquina con otra avenida, también saqueada, pero a aquellas horas ya nada quedaba en pie. Le ofrecieron una botella de whisky: toma, José. Bebieron a morro. El agua les llegaba a la cintura. Al menos tenían cuatro o cinco botellas de whisky. Y está bueno, dijo José con los ojos rojos.

Después de recorrer a pie o a nado buena parte de la ciudad, junto a una turbamulta exhausta llegaron hasta el gran edificio del hospital de La Guaira. Todo el mundo se movía con torpe premura, rugiendo, bebiendo alcohol. En pocos minutos se armó un terrible estropicio dentro del hospital: cientos de hombres y mujeres trotaban por las escaleras y los pasillos, de habitación en habitación, golpeando puertas y ventanas, tirando abajo armarios y mostradores, destrozando lámparas, sillas, utensilios médicos, arrastrando a los enfermos fuera de sus camas. A oscuras, el griterío no parecía real. José y sus amigos se dedicaron a patear las paredes. Afuera el temporal seguía su curso, indómito, cruel. La riada se llevaba todo por delante.

Al encontrarse en el quinto piso con la misma escena de abajo y de más abajo, José comprendió que ya no quedaba ningún espacio libre de furia. Vomitó por el hueco de la escalera. Había perdido la pista de sus amigos. Tropezaba con la gente y seguía pateando puertas y tabiques. El destrozo colectivo parecía no acabar nunca.

Ya de nuevo en la calle, en medio del fragor, se acordó de que María le había parido horas antes un niño precioso, de pelo negro y crespo. Entre empujones y palmadas sin sentido se dio cuenta de que no les había llevado nada de comer. María estará desfallecida, se dijo. Sin embargo, siguió con el barullo de la muchedumbre corretona hacia otras calles, bailando la borrachera. Gritando al estilo de Tarzán.

*

Anelio Rodríguez Concepción (Santa Cruz de La Palma, Islas Canarias, 1963) se inició como poeta y en los últimos años ha centrado su actividad literaria en la creación de relatos cortos, con los libros La Habana y otros cuentos (Madrid, 1990), Ocho relatos y un diálogo (Santa Cruz de Tenerife, 1993), El perro y los demás (Madrid, 2004) y El león de Mr. Sabas (Santa Cruz de Tenerife, 2004). Además tiene publicados un bestiario con ilustraciones de su hijo Anelio, Relación de seres imprescindibles (Badajoz, 1998), y un estudio antropológico e historiográfico, La tradición insular del tabaco (Santa Cruz de Tenerife, 2000). Recientemente ha aparecido un nuevo poemario suyo, Vigilias (Santa Cruz de Tenerife). En 1992 obtuvo el Premio “Ciudad de Santa Cruz de Tenerife” con Ocho relatos y un diálogo, y en 2004 el “Tiflos”, convocado por el Ministerio de Cultura de España y la ONCE, con El perro y los demás. Ha sido traducido al alemán y al italiano. La filóloga milanesa Ilaria Tordino ha dedicado su tesis de fin de carrera a la traducción y estudio de la obra narrativa de Anelio Rodríguez Concepción. Ha sido incluido en diversas antologías de narradores, dentro y fuera de España, como L’oceano, la chitarra e i vulcani (Ed. Argo, Bari, 1995), Los mejores relatos canarios del siglo XX (Ed. Alfaguara, Madrid, 2005), Cuentos de la Atlántida (Ed. Bandini-T&B, Madrid, 2005) y G21 (Ed. Idea, Santa Cruz de Tenerife, 2011). Cuentos suyos han sido publicados en la revista italiana Linea d’ombra. Doctor en Filología Hispánica, entre 1995 y 2005 dirigió la revista La fábrica (Miscelánea de arte y literatura).

Anuncios

Los comentarios están cerrados.