La noche | Álvaro Marcos Arvelo

Publicado: 1 junio, 2011 en Relatos

A Pedro Isidro Martín

VENTURA

Habían pasado cerca de seis meses desde la última vez que habíamos visto a Nicomedes por Puerto Santo. Seguro que hacía el mismo tiempo que no se arreglaba. Esta mañana, vestía unos pantalones de lino claro, una guayabera blanca, estaba afeitado, con el  pelo perfumado y peinado hacia atrás, como si se hubiera escapado de una de esas fotos tristes, retocadas con acuarela. Los muchachos me lo contaron frente a unas cervezas. No pensaban que fuera cosa del trabajo. Me dijeron que lo habían visto a la tarde, frente a Capitanía, escandalizando a unas señoras que  lo reconocieron y se persignaron a su paso. Nicomedes les guiñó el ojo y susurró alguna palabra gruesa, mientras éstas se alejaban rezando para ocupar sus mentes un tiempo, antes que tener que decirse, con susto en el cuerpo, toda la podredumbre de la carne y del alma que se podía referir sin ruborizarse, como posibles razones que traían a ese pecador de vuelta a Puerto Santo. De él contaban historias absurdas. No sabían nada, pero cultivaban la leyenda sucia de un hombre que bailaba desnudo por el monte, embadurnado con el lodo de Tahodio, aullando como un lobo en celo, cantando letrillas blasfemas como un ángel caído. Aquellas santas mujeres daban todo por cierto. Sentían sofoco al hacer escrutinio de los pecados del cabrero. Caminaron calle abajo, sin volverse a mirar. Escucharon la risa de Nicomedes, lejana, entrando en sus carnes, pero no quisieron mirar, y siguieron en silencio hasta la comisaría.

Nunca vienen todas a la vez. Se acercan de tres en tres a presentar las quejas. Yo las recibo en el cuarto de interrogatorios, que tiene un aire de quirófano abandonado con sus azulejos blancos, su lavabo en el rincón, su luz enfermiza que amarillea los rostros arrugados de estas mujeres, dándoles una textura de cartón mojado expuesto al sol. Ellas permanecen en pie, imperturbables. Nunca hablan de entrada. Me estudian. Les acerco las sillas al otro lado de la mesa que domina la estancia, pero no las quieren. Me siento. Las miro largamente. A veces parecen rezar en silencio. Sé que esta habitación está dispuesta para achicar a los que entran, pero tras unos minutos soy yo el que se ahoga adentro. Me repugna el aire espeso que remueve el ventilador del rincón, ese aire gastado que se mezcla con sus perfumes dulces, con ese olor a cera quemada y betún de Judea que las envuelve. No me hablan. Les ofrezco un café, pero miran con asco los vasos apilados sobre el lavabo, para decir seguido que no, que no quieren nada, que no me preocupe por ellas, que no vienen por ellas. “¿Qué se les ofrece esta vez?” Una de ellas se adelantará para salir del silencio. Luego hablarán todas a la vez, se pisarán la palabra con los detalles más despreciables. Hechos probados. “La verdad tal cual es”. Siempre las veo como en la distancia, como un invitado a una fiesta en la que no se conoce a nadie. No me extraño al descubrir tanta vitalidad tras los crucifijos de oro y las tres vueltas de sus collares de perlas. Aceptan sentarse. Por un momento, siento que yo soy el sospechoso.Van a hurgar,van a removerme adentro. Me van a sacar el asco. Tengo que ser paciente, forzarme a fingir que escucho. Sé que prefieren a otro hombre en mi lugar, alguien que no sonría tanto mientras hablan, alguien que baje la cabeza para lamentar. “No entiendes”, repiten. Me dicen:

—Sabemos quién eres tú, Ventura. Aunque pobre, siempre fuiste un buen muchacho. No nos dejes así. Ese hombre es la manzana que pudre el cesto.

Sé que nunca me dejarán cerrar el expediente del cabrero. El mismo Nicomedes me hizo comprender. “Se teme demasiado lo que no se conoce”, eso me dijo en una de tantas absurdas comparecencias, en las que terminé ganándome su complicidad, como dos que se hacen un guiño en la distancia.

—No le puedo pedir que no baje a Puerto Santo, Nicomedes, pero deje de espantarme a las viejas. Hágame ese favor. Vaya al matadero con sus piezas, o a la recova, emborráchese en lo del Chato, vaya a donde carajo tenga que ir, pero déjelas en paz, no atice las brasas. Su ficha va por el tercer cajón del archivador. Ni viviendo siete vidas voy a poder investigar todos los “actos del maligno” que se le imputan —y reímos. Reímos por las semejanzas, por las pequeñas cosas que nos sujetan a esto de ser hombres.

NICOMEDES

Lo encontré bajo el aguacero, Úrsula. No muy lejos del barranco de Tahodio. El muchacho estaba calado, y un poco azul. Con el flequillo negro pegado aplastado contra la frente como una brocha de barniz. Me conoció. Sé por su mirada que me conoció, pero no dijo palabra. No estaba asustado. Sé bien lo que es un hombre asustado en el corazón del monte. He visto a muchos cagarse en los pantalones al verme después de llevar días perdidos. El joven Bosco, no. Me miró y no dijo palabra. Sabía quién era yo, pero eligió callar. Le quedaba orgullo para tragarse el miedo. Tomé con él un trago de aguardiente. Lo necesitaba más que cualquier palabra. Rara vez las palabras dan calor. Le puse una frazada a la espalda, y dejé que se subiera a la mula. Le dije que el animal conocía el camino, que lo conduciría a mi cabaña. Lo mandé a encender un fuego al llegar, y a ponerse ropa seca que encontraría en la cómoda. “Necesito las horas de luz que me quedan”, le dije, y lo vi perderse en la loma, borrado por la cortina espesa de agua.

Cuando regresé al anochecer, estaba descansando junto al fuego, con la mirada perdida en las llamas. Dejé la caza en el fregadero, y me senté junto a él. Las ramas restallaban, llenaban el silencio de la estancia, impregnándola con el olor dulce del brezo. José Bosco estaba perdido, lejos de aquel lugar, magnetizado por la danza lenta del fuego.

—Aguardaremos a mañana —le dije—. Los senderos son ahora lodazales. No tiene ningún sentido jugarnos la vida esta noche. Nos esperan tres horas de camino a buen paso hasta Puerto Santo. Eso si no se ha desbordado la presa. No quisiera tener que subir para luego bajar por La Vega, y perder todo un día inútilmente. Mejor dejar que el agua se amanse. En cuanto escampe mañana, saldremos. Ahora prepararé algo de cenar. Los problemas menguan con el estómago lleno.

—No quiero sentirme en deuda con nadie —tiritó entre dientes.

—Hijo, no voy a amamantarte. Sólo te daré un poco de hospitalidad. La misma que ofrecería a cualquier extraño que se hubiera perdido.

—Yo no he dicho que lo estuviera —dijo con aspereza.

Me fui a la cocina. La ventana golpeteaba por el viento. Tenía ganas de abrir la puerta y encerrarlo con las cabras, pero pensé que mis cabras no se merecían eso. Tomé los conejos que se desangraban en el fregadero, y empecé a despellejarlos. “Tengo que arreglar ese quicio”, dije en alta voz, no para él, lo sé. La sangre corría al fregadero como un arroyo manso. Miré a los ojos del animal, conservaban esa expresión de miedo primitivo. El joven Bosco seguía vuelto hacia el fuego. Trabé la ventana con una cuña, y sentí el silencio del muchacho soplándome en la nuca. Las ramas parecían hablarle al fuego. Del hocico del conejo resbalaban gotas de sangre que golpeteaban rítmicamente en el fregadero.

Al final me habló, pero sin cortesía, sin atreverse a mirar. Se subió la frazada que lo cubría, como si ésta lo protegiera, como un niño pequeño que se aferra a su vieja manta.

—No se moleste en hacer de comer por mí. No tiene por qué fingir. Puede pensar lo que quiera. No tiene que hacer nada, quizás me vaya ahora mismo.

—Puede que piense que sólo eres un mocoso que aún moja los pantalones —le dije, tratando de serenarme, sujetándome las ganas de largarlo—. Puede que piense que sólo se trata de un niño que cree saber algo de la vida y se adentra en ella, pero que a la menor dificultad corre a esconderse bajo la falda de su madre. Puede que piense que es sólo eso: un niño que no ha hecho nada en su vida.

—Le voy a pagar de sobra por todas sus molestias.

—Guárdate ese dinero. Aquí no vale nada. Aquí sólo tiene valor lo que tú te hayas ganado.

—Nunca he tenido que agradecerle favores a nadie.

—Eso no lo dudo. Basta un vistazo para saber que eres de los que han salido del útero de su madre sin que medie la comadrona. Ahora escúchame, lombriz de la charca, afuera sólo llegarías a tu entierro. Empezarías por no sentir los dedos de los pies, luego, poco a poco, se iría enfriando tu cuerpo. Los que han vuelto a tiempo de ese viaje dicen que se siente algo semejante al resplandor mágico del último poso de vino alcanzando los labios. Suena hermoso. Alguna vez me ha tentado la idea. Antes de lo que crees tendrías los pulmones encharcados, y acabarías ahogado en tu propia sangre. Así que puedes marcharte ahora con buen pie. Te dejo un día de camino, antes de salir a darles el pésame a tus padres. No va a resultar algo agradable de hacer. Desde luego, no va a resultar algo agradable de hacer.

VENTURA

Nicomedes sabía que, a su modo, aquellas mujeres de Puerto Santo habían luchado, infatigables, hasta enfrentarse a él con el coraje que daba saber que no había batalla lo bastante dura, lo bastante larga, si peleaban por los suyos. Querían que las niñas del Pureza de María y La Asunción pudieran celebrar sus excursiones semestrales en el monte, sin sentirse amenazadas por ese salvaje que al menor descuido, decían, podía manchar cualquier buen nombre. Pero Nicomedes entendió que ya no había batalla, que todo acabó desde el día en que aquellas mujeres se presentaron en el Gobierno Civil, una vez que decidieron que yo no había dedicado “todo el amor” que el problema requería. Pidieron audiencia con el gobernador, Arsenio Bosco, y lograron ser recibidas. Arsenio Bosco escuchó sus ruegos y consoló el llanto de algunas mujeres. Sugirieron con dulzura elevar su petición al Obispo, y lo obsequiaron con milhojas, y mostraron las fotos de sus nietas como si fueran víctimas de crímenes futuros, y pidieron por lo más sagrado que encontrara a alguien que subiera a convencerlo, seguras como estaban de que Nicomedes precisaba ayuda, “por su bien”. Eso quisieron dejarlo muy claro: “sólo por su bien”. Incluso se ofrecieron a pagar las costas del internado en el psiquiátrico de San Francisco. Arsenio Bosco besó sus manos huesudas y perfumadas, aceptó los obsequios, hizo promesas, y olvidó todo aquella misma mañana.

Pero ellas fueron perseverantes. Redactaron escritos, recogieron firmas en las ferias, en los circos, en el rastro, a la salida de misa. Reunieron cientos de testimonios ciertos y probados. El viejo gobernador no salía de su asombro. Las hizo llamar y les expuso que no estaba en sus manos. Que buscaran otros lugares donde llevar a las muchachas. Sugirió alguno de esos sitios. Las ancianas lo dejaron hablar. Tenían la piel casi transparente y los ojos apagados. Arsenio no sabía sus nombres, así que las llamaba “madrecitas”. Ellas no lo escuchaban.

BOSCO

Yo estaba ciego de rabia hacia mi padre, y la pagué con el cabrero. Lo sé. Le debo la vida. Lo odié por eso. Cuando él me encontró, te juro que prefería morir. Nicomedes no buscaba que yo le estuviera agradeciendo. No lo necesitaba. Le pagué con silencio. Quería morir. Al principio hice por luchar. Tomé el último gajo de una mandarina que guardaba en el bolsillo, y lo mastiqué sin sentirlo en la boca. Debió caer al estómago como una gota de lluvia a un aljibe tras meses de sequía. Me dolió el vientre.  Hasta más tarde no supe que aquello era el hambre. Caminé tratando de encontrar el sendero, pero la lluvia había borrado mis huellas. Así que me senté bajo los árboles. El viento silbaba entre los brezos y el rumor de la lluvia se amortiguaba en las hojas altas. La mala sangre de los Bosco me mantuvo vivo. Somos fríos, como lagartos en mitad del invierno. No podía mover los labios, pero creí que podría articular lo suficiente para maldecir a mi padre. Pensé en las once generaciones de los Bosco, desde el primer pirata que, cansado de atacar a los pueblos de las costas, terminó estableciéndose en ellas para hacer fortuna comerciando con lo robado. Nadie en mi familia está lo bastante limpio para besar el barro de las botas de este cabrero. Y ahora, los Bosco le deben dos vidas. Es algo estúpido, pero saqué el mechero como si aquel pedazo de metal grabado con mi nombre fuera a salvarme la vida. En la otra mano temblaban los papeles que debía entregar a Nicomedes para que firmara su ingreso en el sanatorio de San Francisco. Fui quemándolos uno a uno. ¿Quién estaba loco? Apenas daban calor a los dedos. Las hojas se curvaban deshaciéndose en jirones. La última ardió hermosamente. Pude ver cómo la firma de mi padre se ennegrecía, hasta que la llama lamió la tinta, y la hoja crujió para deshacerse en un golpe de viento. Me estaba quedando frío, y te juro que me sentía eufórico, con alegría de morir. Hubiera reído con ganas, si no fuera porque era incapaz de mover un solo músculo de la cara. Estaba empezando a entrar al sueño cuando llegó ese viejo que dice que escucha cómo el monte le habla. Y te diré una cosa, Úrsula: de alguna forma le habla. Me bastaron unos pocos días para entenderlo. He venido porque me han enterrado el pasado. Tú lo sabes. ¿Quién está más loco? El agua caía espesa y la bruma lo borraba todo. Ningún hombre podría ver lo que tenía a dos metros de su nariz, y sin embargo Nicomedes supo dar conmigo. Yo estaba acurrucado bajo los brezos, cuando sentí un golpe en el hombro. No me moví. No tenía fuerzas para moverme. 

Está comprobando si estoy vivo, pero estoy muerto. Quisiera poder reír. Ver la cara sin expresión de mi padre. Ahora que bajan mi caja. Ya no siento frío. Ha vuelto a tocarme el hombro. Debe pensar que estoy vivo. Eso piensa. Una caja cálida para un cuerpo frío. Miles y miles de árboles. Toda la taiga y la selva amazónica para hacer pastilleros de gusanos. La cara del viejo Bosco. Su disfraz de luto. Un bosque frío para un cuerpo que lucha por conservar su calor, que tiembla para buscar un último latido del calor. Ya no siento frío. Estoy muerto. Me zarandea.  Soy un saco de harina. Mañana estaré en cada horno de Puerto Santo. Me servirán en cada mesa. Ya no siento frío. Algo me quema en el vientre. No te escucho, cabrero. Te conozco. He visto cómo te posabas en las faldas de Úrsula. Un mirlo diminuto en el regazo oscuro y generoso de Úrsula. Ahora no te escucho. Me hablas y sólo veo el movimiento de tus labios.  Seré pan caliente en cada mesa. Tu mano está en mi hombro, maldito cabrero. No siento frío. Debo estar muerto. Ya no siento frío.

VENTURA

Todo estaba demasiado sereno en Puerto Santo. Sanabria lo presentía. No tardé en recibir una nota de Arsenio Bosco. En ella, hacía mención de mis virtudes como servidor de su tierra y de sus gentes. Era una epístola serena que, bien leída, invitaba a realizar una acción discreta. Ya había archivado cartas semejantes. No era la primera vez que solicitaba una acción “lo bastante limpia”. Debió ser por entonces cuando me llamó. Habíamos hablado en otras ocasiones, pero sentí su urgencia, su manera de ocultarme lo importante. Sugirió que nos citáramos en los jardines del Olivera aquella misma tarde.

Cuando llegué, vi su coche junto a la reja de la entrada. Los muchachos me habían pasado fotos de aquel viejo Volvo aparcado frente a los lujosos prostíbulos de El Rincón y Los Bellos. “No te acostarás sin saber algo nuevo”, dijo Sanabria el primer día con una mueca calculada, maliciosa, mientras yo ojeaba las copias que él me pasaba con un gesto mecánico,  sin darles importancia. Yo les decía: “No busco ascensos, muchachos. Yo quiero un retiro tranquilo.  Tráiganme delincuentes comunes, no pecadores”, y ellos se reían. “Guárdelas, tal vez las necesite para ese retiro tranquilo”. Antes de entrar, miré la matrícula. Era el mismo coche en el que habían detenido al hijo por conducir ebrio en la carretera de El Bailadero. Sanabria dijo que no necesitaron hacerle soplar para el control de alcoholemia, pues él mismo los sermoneó sobre la honorabilidad del estado etílico. Ya lo habíamos detenido meses atrás en el parque. Los muchachos lo vieron con otros jóvenes, bañándose en la fuente de la Maternidad. No sabían quién era él. El muchacho, por desplante, se había negado a salir, y continuó chapoteando en el agua. Fue un milagro que no cobrara. Quizás los hizo reír antes de que lo arrestaran. Los recibí en mi despacho. Venían escurriendo, con los pelos tiesos. Pedí unas mantas. Los dejé en pie para que no me estropearan el tapizado de los sillones. No quisieron decir quiénes eran. No hice nada. Ni siquiera amonestarlos. Aquello le llegaría a Arsenio Bosco a su tiempo. Les busqué algo de ropa. Entonces pensé que el de arriba dispone el libre albedrío para entretener sus tardes. Que me enviaba a este muchacho por diversión, igual que me hacía llegar la delegación de ancianas respetables a mi despacho, o me citaba con el padre del muchacho para nada: sólo por pasar el rato viendo cómo fingían cordialidad dos que con gusto se hubieran despedazado en cualquier otro siglo menos dado a la hipocresía.

Arsenio Bosco esperaba sentado en los sillones coloniales de la terraza, bajo la pérgola que se abría a un hermoso palmeral. Era un hombre alto y huesudo, de un rostro duro, sin un rastro de humor. Las canas habían dibujado en él un aire de patriarca, de senador romano. Se le había quedado ese aire de busto tallado en mármol. El gobernador leía un periódico inglés, y no se dio cuenta de mi llegada. Cuando me vio, no se levantó. Dobló su periódico y señaló el sillón más cercano.

—Le agradezco que haya podido venir, Ventura —dijo con voz ronca, susurrando—. Entenderá que si lo he llamado de esta forma, es porque se trata de un asunto delicado.

—Lo imagino —asentí.

—Yo amo esta tierra, Ventura. Mis padres cedieron parte de sus terrenos para levantar estos jardines. Recuerdo que mi madre se reunía con expertos en botánica para elegir las mejores variedades de plantas. Algunas las hizo traer desde tierras lejanas. Recuerdo que un día me llevó a su cuarto y abrió una caja diminuta de madera, como si sacara un tesoro, y me dijo: “Esta semilla pertenece a un viejo baobab de las llanuras del Serengeti. Esta tarde la plantaremos juntos”. Hoy es ese hermoso árbol que usted puede ver ahí. Ella sabía que no le quedaba tiempo para verlo crecer, que trabajaba para que otros disfrutaran de aquel legado. Le gustaba imaginar que todo sería hermoso en cien o doscientos años. Pensaba que cualquier persona, modestamente, podía contribuir a dejar algo para los que llegan. Tenía un sentido de la historia y del tiempo que muy pocos poseen. No quisiera aburrirlo. Sé que está ocupado. Sé que no tiene suficientes efectivos, tengo sus peticiones y sus informes muy presentes. Estoy a punto de enviar una propuesta al gobierno central solicitando más plazas para el cuerpo de policía. Eso no me preocupa. A veces unos pocos como usted y como yo somos capaces de beneficiar a muchos. Son pequeños gestos, sencillos como plantar la semilla de un árbol o arrancar un poco de mala hierba.

Se detuvo al ver cómo el camarero se acercaba a nuestra mesa. Estaba oscureciendo. Puerto Santo nos devolvía a las sombras bajo un cielo terroso, turbio bajo la calima, mientras la brisa subía endulzada por los arrayanes que bordeaban los paseos del jardín. El camarero dejó una botella de whisky de malta y dos vasos. No los sirvió. Le preguntó a Arsenio Bosco si deseaba algo más, y se volvió por el sendero. Oíamos cómo crujían sus pasos en la grava según se alejaba. El silencio parecía incomodarlo. Seguramente, deseaba que yo hablara, que diera muestras de que entendía los motivos del encuentro, sin que éstos fueran formulados. Me entregó una carta. Tenía el sello del obispado. Me hizo un gesto de confianza, para que yo la abriera. Mientras la leía, sirvió el whisky. No constaba ningún nombre en aquella relación de acusaciones, pero pensé que describían a Nicomedes tal y como lo habían hecho las venerables señoras en el cuarto de interrogatorios. El gobernador paladeó el primer sorbo, aprobándolo. No sé si puedo decir que sonrió, pero aquélla fue una de las pocas expresiones felices que le recuerdo, como la propina de felicidad que deja el dolor cuando los corredores de maratón llegan rotos a la meta. Esas ganas de desatar la alegría cuando ya no quedan fuerzas para celebrar.

—Siempre es más fácil combatir un tumor al comienzo de la enfermedad. Usted y yo nos entendemos, Ventura. Sé que no tengo que andar con rodeos.

—Mi madre —lo interrumpí—. Creo que voy a hablarle de mi madre, don Arsenio. Espero no aburrirle. Mi madre provenía de una familia de agricultores portugueses. Debieron llegar a Puerto Santo a finales del diecinueve huyendo de las hambrunas. Me puso por nombre “Ventura”, porque deseaba que los malos tiempos hubieran quedado atrás. Ella nunca pudo pensar qué sería del hombre dentro de cien o doscientos años. No tuvo un acre de tierra donde plantar. Nunca tuvo nada. Toda su preocupación giraba en saber si ese día reuniría lo bastante para poner un plato de potaje en la mesa. Trabajó toda su vida: como costurera o fregando suelos. No creo que hubiera un solo empleo digno, y mal pagado, que ella rechazara. Esto hizo toda su vida. Crió a sus dos hijos sin ayuda. Hace unos años empezó a padecer unos terribles dolores debido a problemas de circulación. El invierno pasado, se le gangrenaron las piernas. Los doctores dijeron eso mismo: cortar o morir, y la intervinieron. Murió a la semana de operada. Dijeron que se fue por insuficiencia respiratoria, pero mi hermano y yo sabíamos que no pudo soportar ese sentimiento de verse inútil ante nosotros.

—No sabía nada.

—No tenía por qué. Fue hace tiempo.

—Ya me advirtieron que usted se pondría de parte del cabrero.

—Honestamente, no encuentro motivos para internarlo. No lo considero una amenaza para nadie. Nicomedes es una de las personas más honestas que conozco. Ha colaborado con nosotros cuando se lo hemos pedido. Hace sólo dos años quedaron atrapados dos mineros en una galería de agua en el Sur. Los dos cabuqueros habían calculado mal los taladros donde iban a encajar la carga, y al dinamitarla, una pared se desplomó tras ellos. Sus mismos compañeros intentaron entrar a sacarlos, pero el gas hacía irrespirable aquel agujero pasados los mil metros. No salió en prensa, o sencillamente no interesó que aquello trascendiera. El dinero mueve al silencio. Fue algo extraño. Usted sí se acordará, porque la galería de agua pertenece en gran parte a su familia —Arsenio Bosco pasaba la mano sobre la mesa de mármol, como si alisara un mantel imaginario. Su frente se arrugó, y apretó los dientes. Interiormente, debía estar luchando por amansar la ira que sentía—. Por entonces, Nicomedes pastoreaba en aquel valle. Es sorprendente ver todavía a ese viejo saltando con su asta para descender los barrancos. No sé si debieron decirle algo al cabrero en el pueblo. De alguna forma se enteró. Cuando llegó a la galería, habían ordenado detener la bomba que extraía los gases. Los daban por muertos. Los bomberos estaban sentados en las atarjeas que bordeaban el sendero, fumando o mascando hinojo, aburridos, esperando el desenlace. Nicomedes preguntó cuántos eran y a qué profundidad estaban. Se fue desvistiendo hasta quedarse en calzoncillos. Lanzó un cubo de agua sobre su cabeza. Pidió una linterna, y se adentró en la galería.

—Eso prueba que es un loco.

—Salvó la vida a esos dos hombres. Es más de lo que usted o yo hubiéramos podido hacer. Usted sabe que ningún juez se ensuciaría las manos con esto.

—A quien no le importa su vida, no le importa perderla. Usted, ocúpese de encontrarlo, que yo ya pondré los jueces.

—Abajo cuentan que hace tiempo, quizás demasiados años para que usted recuerde, ese cabrero lo salvó de una muerte segura.

—El pasado se ensucia con demasiadas mentiras. Usted debería dedicar más tiempo a esclarecer los hechos, y menos a prestar atención a los comadreos.

—Tiene una extraña forma de mostrar agradecimiento.

—Gracias por venir —dijo, queriendo medirse, estudiando las posibilidades de empequeñecerme, de reducirme con su soberbia. Le aguanté la mirada unos instantes, luego me levanté sin urgencia de la mesa y caminé hasta la salida.

ÚRSULA

Llevas algo dentro, cabrero. Un dolor que has debido enterrar hace mucho. Pero hay heridas que no cicatrizan. Has elegido el retiro para olvidar. ¡Dios mío! Más de cincuenta años enterrado en ese monte. ¡Dios mío! Cincuenta años.

NICOMEDES

Úrsula llevaba las cuentas con un lápiz. De vez en cuando humedecía la punta de la mina con los labios, antes de volver a garabatear en la libreta. Era tarde y el silencio era hermoso. Podía escucharse el roce del lápiz sobre el papel y el tabaco quemándose en mi pipa.

—Entonces, el muchacho ya lo sabía, antes de entrar en tu cabaña —dijo Úrsula.

—¿Y qué más da todo eso? Tampoco se arriesgó a buscarme en el monte porque se lo hubiera ordenado Arsenio Bosco. La idea de convencerme para que accediera a ingresar en el hospital de San Francisco le parecía pensada por alguien más necesitado que yo de aquellos cuidados. No me enseñó el documento en el tiempo que estuvo conmigo. Subió porque quería saber algo más de ese otro hombre que dejaba en la falda del barranco. Buscaba de alguna manera a su padre.

—¿Qué le contaste, entonces? —Úrsula no me miraba, me escuchaba mientras iba haciendo anotaciones en una libreta roja. Contaba con los dedos. Se llevó el lápiz a la sien. Borró algo y volvió a garabatear encima.

—Seguramente, nada que no supiera ya. Le dije que la vida no es de nadie. Cualquier vida, incluso la propia, hay que cuidarla como algo que no nos pertenece del todo. No me entendió.

VENTURA

Envió lo mejor que tenía. Envió a su hijo, José Bosco, un joven que debía estudiar los últimos cinco años de leyes en la universidad. Los tengo muy vistos. Son niños abandonados, criados a golpe de talonario. Creen que su apellido les da impunidad.  Que basta con una llamada del viejo. Lo saben. Se meten en el cuerpo lo que sea, lo último, el viaje más rápido. Es cosa de la revoltura de las hormonas. Hay una edad en la que no se sabe cómo llamar la atención. Un par de discretas detenciones, una noche en el calabozo. Alguno se orina. Llama a su madre llorando. Son críos, carajo. Los soltamos de mañana, en la puerta de sus casas. Doy orden de ir con la sirena encendida. Nada de recogerlos discretamente en la comisaría. Me han llamado muchas veces de arriba presionando. Pero algunos padres agradecen. Ven a sus hijos entrar en casa, mansos. No los han visto así ni cuando gastaban pañales. Algunos se tuercen. Lo sé. Se han metido demasiado. No saben que están vivos. Esos acaban en San Francisco o en alguna clínica de desintoxicación del extranjero para acallar los rumores. Los que escapan de toda esa mierda son otra cosa un par de años después. Los ves con sus “blaziers”, sus corbatas de seda, sus maletines de marca, acerándose en despachos con vistas panorámicas al puerto. Puro aprendiz de filisteo. Son lo que han querido sus padres que fueran. Alguna vez me cruzo con ellos. Los más inútiles han hecho carrera como abogados. Los encuentro a menudo en el juzgado. Les digo: “Dios, qué tiempos aquellos. Las veces que hemos oído las campanas desde el calabozo”. Me sonríen desganados, con una expresión hueca, sin alma. La mayoría hacen como que no me conocen, y apresuran el paso.

A José Bosco lo acompañaron aquella tarde hasta el sendero que nacía en la boca del barranco de Tahodio. Llevaba una carta para el cabrero y víveres para tres días. No vieron el parte meteorológico. Cualquiera que mirase a la cordillera, hubiera podido ver que una tormenta se desplazaba hacia Anaga. La pequeña comitiva lo vio partir sin ceremonia, adentrándose en la montaña hasta que lo perdieron entre las primeras tabaibas y tuneras que crecían junto al sendero.

NICOMEDES

Afuera caía la lluvia mansamente. José Bosco terminó aceptando el plato de comida que le ofrecí, sin escrúpulos. Comió callado, escuchándome. Miré su rostro, y era como si un tiempo remoto me aplastara igual que la tierra sedimenta con los siglos. Pensé en la pobre cosa de la sangre, en las repeticiones, ahora que Arsenio Bosco regresaba, de alguna forma,  encarnado en este muchacho. Entonces me visitaron todas aquellas imágenes centelleantes de la juventud, como se desploma un saliente de nieve en la cañada y nos aturde un rato. “Cincuenta años”, pensé. Hace cincuenta años, yo regresaba a Puerto Santo para ver por última vez a mi padre. Entonces él vivía con una de mis tías. Digo vivía por convención, porque hay formas de perseverar, de llenar los pulmones de aire que están por decir. Hacía dos meses que mi madre había muerto. El viejo estaba una tarde con su periódico cuando la escuchó gritar adentro, en el patio. Acudió sin prisas, buscando aquel quejido, y la encontró apretujándose el palo de la escoba al pecho, mientras resbalaba por él hasta el suelo. Mi padre se quedó sujetando el palo. Debió sentir como frío adentro. Mi madre muerta y él agarrando la caña con fuerza para que no cayera a las macetas. No miró abajo. Desde entonces se quedó en una poca cosa. Sentado, como si todavía agarrara aquel palo. Era cómico ver cómo buscaba igualarse a ella. Arrastrando la voz,  mirando con una tristeza que parecía de nacimiento, mientras copiaba aquella forma morosa de acariciarse con la que mi madre acostumbraba a abrazarse los hombros. “Vas a estar tan solo”, decía, y eran las palabras de mi madre, su voz robada. Él hablaba como si me traspasara. Yo me había acostumbrado a la soledad arriba, pero él no sabía ni cómo descalzarse sin su ayuda. Alguna noche, el viejo alargaba la mano al lado vacío del jergón, y no hablaba en semanas. Todavía vivía largos despertares. Momentos de lucidez en los que su mirada cobraba vida, y bromeaba recordando travesuras de la infancia. Lástima que no tardara en regresar adonde carajo estuviera metida su cabeza. No quería hablar. Él sabía que se marchaba lentamente. Más de una vez, alzó sus dos manos temblorosas, como diciéndome: “¿Qué hacer con esto?” Sus ojos lo delataban. Se apagaban. Babeaba. Se olvidaba de mi nombre. Gradualmente, su infancia empezó a ocupar su presente. Me  llamaba a gritos en la noche, hasta que entendí que hablaba con el hermano, que murió mientras jugaban de niños con la escopeta del abuelo. ¡Cómo se entierran las cosas que duelen! La vejez las saca a flote. Mi padre era ahora el retal de un hombre, un hombre que apenas recordaba su pasado. Para mí que, muerta la mirada, muerto el hombre. “Los muladares de la vejez”, lo llamaba. A veces, la vida vira con el viento, y te ves en un puerto extraño sin saber cómo has llegado. Se dejó ir en pequeñas cosas. Fuimos a ver al doctor Chávez. Le puso un nombre a lo del viejo, para luego decir que no tenía cura. Dijo que iría a peor. Yo no tenía ni quince años. Sugirió que si no podía con aquello, siempre podría encontrar plaza en San Francisco. “¿Mi padre es un loco, doctor?”, le pregunté. Dijo que no. “Entonces se viene a casa”. Le di de comer, lo bañé, recogí su mierda. Un día y otro día, hasta que dejó de hablar. Entonces empecé yo. Allí lo tenía frente a mí, chupado, tembloroso. “Él le escucha”, había dicho Chávez. “El rostro carece de movilidad, ha perdido capacidad de expresión, pero puede estar seguro de que él escucha. Háblele. Le hará bien, quizás a ambos”. Yo me reí, Chávez no entendió: “Él no va a querer oír lo que tengo que decirle, doctor”. Cincuenta años. Y ahora es este muchacho el que viene a buscar a su padre. No se habla con él, lo ha dejado atrás, y ha puesto un día de camino entre los dos, bajo la lluvia. Se ha alejado de él, para encontrarlo aquí arriba.

Miré al pequeño Bosco mientras comía.

No lo vas a entender. Todo nos habla. Levantas la vista y dices: “el bosque”, como si lo abarcaras con esa pobre palabra, y no sabrías nombrar uno solo de sus árboles. Miras, pero no ves nada. Oyes, pero no escuchas nada. Te ríes. Es fácil hacer burla de lo que no se entiende. Escuchas cantar a los pájaros, pero no sabes por qué cantan.

Él sintió que lo estudiaba. Le dije:

—Eres peligrosamente parecido a tu padre cuando tenía tu edad. Si cerrara los ojos un momento, ¡carajo! Si los cerrara. Cincuenta años. Madre del cordero.

—¿Entonces, fuiste tú? —me pregunta, y sigue comiendo.

—¿Y qué importancia tiene después de todos estos años? Esas cosas no se meditan. Debería bastar con saber que si uno, alguna vez, vira hacia la mierda, no se va a poder cruzar una mirada limpia en el espejo. Abajo importan cosas pequeñas. En Puerto Santo, los hombres piensan que una idea merece seguirse hasta hacer que pague su tributo en sangre.  La idea más absurda del hombre puede cargar miles de muertos a la espalda sin que se doble por el peso, sin que nadie se levante contra ella. Hay una complicidad con la sangre. Un silencio a muerto, a miles de muertos, y yo he tenido que vivirlo. No pude escapar a otro lugar. Tomé partido. La jodí. Me metí en más problemas de los que entonces necesitaba. Pude entregarlos. Pude hacerlo. ¿Qué mérito tuvo entonces esconderlos? ¿Cuál fue mi ganancia? Te lo diré: me cruzo ante el espejo y me aguanto la mirada por lo poco que pude hacer por ellos y por otros que los siguieron. Merezco el pan que me como por lo poco que hice. ¡Me cago en…! No preguntes más. Duerme esta noche. Mañana veremos. Si el tiempo mejora, bajaremos por Tahodio. Si la presa se ha desbordado, esperaremos a que se amansen las aguas. No se puede hacer nada más.

El muchacho ha dejado el plato en el fregadero. Tenía mejor cara. El vino le había devuelto al color de los vivos. Se sienta en el banco junto a la chimenea. Sujeta el vaso de vino con las dos manos, como si éste desprendiera calor. Apoya la cabeza en la pared de piedra, y me estudia con agrado.

—No tengo sueño —paladeó el vino aprobándolo y acomodó la cabeza en una manta doblada—. No contarás nada. Nadie va a hablar. Se van amorir todos con eso adentro.  Es como si en aquellos años, aquellos jóvenes hubieran muerto. Quizás sea mejor así. Úrsula me dijo: “El cabrero debe saber. El cabrero le salvó la vida hace mil años”.

—¡Oh, deja ya de graznar!

Me quité las botas para sentarme junto al fuego. Alargué mis manos hacia el hogar, y pude ver cómo se enrojecían, dibujando las venas al contraluz. La sangre corre todavía, carajo. ¿Qué quiere este muchacho? Cincuenta años después. Madre del cordero. Cincuenta años.

—Duerme ahora —le dije y apagué el carburo—. Hay tiempo. Mañana hablamos.

BOSCO

No tengo sueño, Úrsula. Esta noche, no. También me desvelaba arriba, con Nicomedes. A menudo le pedía que siguiera aquella historia un poco más. Le costaba sacarla afuera. Tuve que rogarle. Tenías que ver sólo sus manos gruesas, agrietadas y encallecidas como las raíces de un árbol centenario. Se movían como buscándole una música a las palabras. Encendió su pipa con una rama delgada. La chupó sin prisa, saboreando el humo. Luego se sentó en la banqueta de ordeño, junto a la chimenea, y comenzó a hablar. A veces, cuando recordaba algo doloroso, era como si su boca se llenara de hojas secas. Para cuando volvía a dar una calada, hacía tiempo que las últimas hebras del tabaco habían ardido. Pero aquello no entorpecía su relato: él seguía hablando con la pipa en la boca hasta quedarse dormido. La luz de la chimenea daba a su cara una textura de terrosa. Había una cierta dureza en ese rostro anguloso, de pómulos marcados y ojos hundidos, algo achinados. De pronto, se calló. No recuerdo si yo le pregunté algo, o él llegó por su pie a un lugar de la historia que hubiera deseado guardarse. Se le rayaron los ojos. Le quitó hierro soltando una blasfemia y se volvió al fregadero, mientras decía que me durmiera, que ya estaba bien por esa noche, que si a la mañana escampaba teníamos un largo camino.

Afuera, el viento hacía restallar las ramas violentamente. “¿Duermes, Nicomedes?” Sentía como si aún pesara mi ropa bajo el aguacero. Nunca había sentido la soledad de esa forma. “¿Duermes, Nicomedes? Aguarda todavía. No me dejes así. ¿Me estás escuchando, cabrero? ¿Me estás escuchando?”

ÚRSULA

Aquellos dos muchachos solos en el monte. Dos buenos muchachos. Hace mil años. Mil años. Dios mío. Solos en aquel monte. Pudiendo comer caliente.

—¿Estás hablando sola, Úrsula? —preguntó. No paraba de hacer girar con sus manos el tazón. De vez en cuando, sacudía la cabeza como lamentando.

Todos pensaban que sería por unos días. Se lanzaron al monte convencidos de que el golpe militar no iba a durar. “Es sólo un poco de ruido. La soldadesca disfruta entrando con la cacharrería y la fanfarria”, decía Lorenzo Vega, y remedaba el toque de los turutas. Sería por unos días, y luego Puerto Santo volvería a su vida monótona. Sólo eso: cuatro tiros frente a la sede del Gobierno Civil, un muerto de cada bando, casi por accidente. “Se cruzaron en el camino de las balas”, decía tu padre. Ésa fue toda la gesta.

Dos buenos muchachos.  En lo mejor de sus vidas. Comiendo hinojo y raíces. Hace mil años. Los que se quedaron fueron cayendo en las sacas de Acción Civil, denunciados por vecinos, familiares o compañeros torturados. No hubo muchos juicios. Entonces bastaba un paseo hasta el barranco. Los hacían cavar la fosa, y en cuanto dejaban las palas a un lado,  los tiroteaban como conejos. Una noche, Lorenzo Vega se coló en mi casa por la azotea. Me sobresalté al verlo a los pies de mi cama. Él me tranquilizó, para luego avisarme: “Alguien ha hablado. Nos vamos esta noche”. Los acompañé hasta que alcanzaron El Pasaje. No tardamos en escuchar los primeros disparos. Los vi correr barranco abajo por la cerrajería. Llegando al salto de agua, ganaron la otra vertiente camino de los montes de Anaga. Cuando estuvieron a salvo, se detuvieron, apenas eran sombras contra la negrura. Alzaron la mano, gritaron palabras gruesas a los que disparaban, antes de perderse tras la Curva del Viento.

VENTURA

La lluvia nos acompañó aquella larga semana. Pasaron dos días, y seguíamos sin noticias del joven Bosco. Su padre se negaba a llamar para darme la orden de peinar el monte, no quería apresurar una decisión que lo podía dejar en una posición que él luego quiso llamar “delicada”. Prefirió adormecer todo sentimiento, aguantar bajo la fachada del hombre público. Al tercer día, el viejo Bosco se presentó sin avisar en mi despacho. Venía solo, sin escolta. Estaba como diez años más viejo. Dobló la gabardina sin prisas, como parte de un ritual aprendido. Aún le escurría agua. “¿Le importa?”, me preguntó señalando el asiento junto a él. Yo alargué la mano, sonriendo. No tuvo que rogar. Al menos le concedí eso: no dejar que se bajara a pedir. No le hice promesas. Le dije que él podría dar la orden para que efectivos de Protección Civil colaborasen en la búsqueda. Él negó con la cabeza. Le hablé de los escasos medios con los que contaba.

—Busco discreción, Ventura. No quiero que se haga un circo de todo esto —me dijo.

—Por qué viene a mí? —miré sus manos amarillas, deslizándose por el borde, como masajeando la mesa. Arsenio desprendía un olor a madera recién barnizada. Se inclinó hacia mí, como si quisiera hacerme más comprensible algo que ni él mismo parecía entender.

—Quizás porque crea que usted, a pesar de nuestras diferencias, es el único a quien, si yo le pidiera que esto no saliera de aquí…

—Entiendo.

Hablábamos muy quedo, como en una confesión, pero ninguno bajaba la cabeza para hacer creíble el teatro de la comprensión. Le dije que yo también tenía un hijo. Eso a veces basta.  Él no venía buscando que nadie se rebajara al consuelo, aunque Arsenio Bosco, a pesar de la distancia, de la voz pausada y la mirada serena, necesitaba con urgencia algo semejante a una respuesta con la que regresar a su casa.

—Haré lo que esté en mi mano —sé que le di una frase para aliviar compromisos. No tenía otra cosa.

—Esta semana se hará pública la convocatoria para cubrir las nuevas plazas que ha solicitado. Lo leerá en el próximo boletín —lo anunció como si le pesara la vida. Se puso la gabardina sin prisas, tocado por el cansancio, y abandonó el despacho sin un apretón de manos o algo cercano a un saludo.

Sanabria me dijo que su mujer ni siquiera levantó la vista del libro cuando Arsenio Bosco entró en el salón. Él le explicó algo, como si estuviera de paso, como quien deja sobre la mesa el mandado por el que ha salido. Aguardó en pie. Ella no dejaba de leer, invisible, mientras Bosco le explicaba brevemente, igual que se habla ante la tumba de un difunto: “Ya está hecho. Removerán cielo y tierra”. El tiempo de dar el recado sin cruzarse una mirada. Quizás esperó respuesta, pero la mujer siguió leyendo. Sanabria me dijo: “Parecía que sólo uno de los dos se encontraba en aquella habitación. Luego entró a su despacho para beber en soledad. Creo que es allí donde duerme desde hace algunas noches”.

NICOMEDES

El viento sigue silbando afuera. Pongo la cafetera en el hornillo, y encendí mi pipa con una rama delgada de laurel. Me gusta ese momento del día. Escuchar el gorgoteo de la cafetera. Sentir cómo la estancia se va impregnando con ese olor a fruto amargo. El tabaco dulzón va pesando en el aire. El muchacho duerme todavía. No sabe nada. Lo sé. Viene a rebuscar. La cafetera suspira en su último estertor. El joven Bosco se despereza, se estira morosamente, como haría un gato. Le alcanzo la taza. Agradece. Sigue ocultándose. Me mira. Hay que joderse. Lleva apenas los labios al borde de la taza, y da un sorbo de pajarillo desconfiado, antes de perder su mirada afuera. El viento no va a descansar. Este día, no. Este día va peinando Anaga. Desde Roque Bermejo a Puerto Santo.

—Yo nunca paraba en el café. No me gustaban las cartas y tampoco entendía las bromas fáciles de los hombres. Bajaba a Puerto Santo para comprar provisiones y cambiar los libros leídos donde el judío. Luego, volvía con mis cabras. Así era mi vida, antes de que aquellos muchachos entraran en ella. Mi vida era otra. Me la jodieron. He visto tantos horrores. Tantos. En verano siempre había más trabajo. No abundaban los pastos, y tenía que cruzar media isla con el ganado. Camino de Chamorga los encontré vagando perdidos. Dos muchachos. Leí su miedo en los ojos. Me vieron con la escopeta a la espalda, y pensaron que iba a prenderlos. No hicieron por luchar. Se les debió cruzar la idea de echar a correr, pero estaban demasiado débiles. Nunca había conocido tanta hambre junta. Pronto los serené hablándoles. Les ofrecí un cigarro. No dijeron mucho al principio. Se veían buenos chicos. Agradecían lo poco que uno les daba. Parecían bien leídos, pero analfabetos en las pequeñas cosas de la vida. No sabían ni caminar el monte. Puro pie izquierdo y trompicones donde la tierra caliza anda suelta y resbaladiza. Compartimos mi leche y mi gofio aquel tiempo. En la cueva, hicieron escrutinio de los pocos libros que guardaba. De mi talega saqué un pequeño ejemplar de tapas gastadas, y lo mostré como se enseña un tesoro. Me dijeron que Machado era un buen republicano, un hombre honesto y lleno de verdad,  pero que era verso viejo. Los mandé al carajo. Uno de ellos, Lorenzo Vega, era poeta. A la noche se sentaba junto al carburo, y en una libreta de anotar cuentas que le dejé, escribía extraños versos que nos leía antes de dormir.

—Qué piensan? —nos preguntaba después de recitarlos pausadamente, con los ojos cerrados, como si los estuviera ordenando en ese momento.

—¿Y tú dices que dejas la mente en blanco para escribirlos? —pregunté.

—Algo así.

—Yo no me preocuparía —dije—. Nadie va a poner en duda que no has usado la cabeza para escribirlos —y reímos la broma, pero sus caras no tardaban en ensombrecerse.

Yo les hubiera ayudado fueran quienes fueran. Para mí un hombre perdido es un hombre perdido. No me entendían estas cosas. No los entendía. Yo ya estaba hecho a aquella vida, pero para estos muchachos sin experiencia, la vida en el monte era un malvivir. En invierno, la nieve se hundía bajo nuestros pies como arena húmeda. No se aguanta bien el silencio. Hay un silencio ahí arriba, algo mayor que uno. A lo peor, la vanidad me hacía creer que sólo yo podía mantenerlos vivos. Pero, a veces, el peso de la nieve vencía alguna rama alta, y entonces se escuchaba un golpe seco, y crujía la madera muerta. Hay sonidos que entumecen más que el aguanieve dentro de las botas. Sonidos que te sacan del cansancio, que te obligan a reparar en el silencio que rodea nuestras vidas. Tu aliento se hiela, y apenas se escucha el silbo del viento entre los pinos. Entonces le coges gusto a tus miedos. Se te escama la piel, y no es por el frío. No pude evitar pensar estas cosas mientras caminábamos. Un paso, otro paso. Avanzamos siempre hacia el mismo puerto, siempre hacia la muerte. Muchas veces, nos sorprendía la noche a medio camino del refugio. El sol del invierno se precipitaba, había urgencia en su forma de buscar el mar. Caía a plomo, como fruta madura. Mil noches limpias. No estas noches de ahora, borradas por la luz de las ciudades. Son cosas que no se pueden enseñar. Se irán conmigo. Nos mirábamos en el fuego. Yo lo sabía. Lo veía en sus ojos. No aguantarían. Una mañana faltó tu padre. Se fue de mañana, antes de que clareara para no tener que despedirse. A la tarde, Lorenzo me dijo que se marchaba. Lo acompañé hasta La Curva del Viento. Bajamos callados. En Las Cruces nos detuvimos.

—No merece la pena que sigas —me dijo, y nos abrazamos. Tomé su rostro. La barba y su piel quemada lo hacían parecer mas viejo.

—Ahora, medio eres un hombre —bromeé, y Lorenzo sonrió. Sacó del bolsillo una hoja doblada y la apretó en mi mano. Todavía conservo aquel poema.

Regresé al mes. Todo seguía revuelto. Había un silencio como si tocaran a muerto, y el aire cruzara rancio las calles. Te pedían papeles hasta los que te conocían de muchacho, jóvenes del barrio con los que compartíamos amores y guerras de piedras, pero ahora te pedían papeles, y lo hacían como si no te hubieran visto nunca. La mirada del miedo. El silencio. En Los Bajos me dijeron que habían matado a Lorenzo. “Lo vendieron, cabrero. Lo estaban esperando donde Úrsula. Luego, lo sacaron como a tantos, en bote por el muelle, para margullarlo en el mar metido en un saco”.

Entonces sentí cosas que no conocía: una rabia hacia no sé qué, hacia esto de ser hombre, hacia su facilidad para bajar al matadero, para reducir a mierda todo lo que toca. No era bueno vivir con ese odio. No fue fácil luchar y librarse de lo peor que guardaba adentro. A menudo pienso en lo cerca que pude estar de convertirme en uno de ellos. Lo sencillo que hubiera sido esperar a los sicarios en la noche. En la punta del muelle, agazapado entre las piedras de la escollera, aguardando a que el bote doblara, y pum-pam. Sin verles el rostro. Un gesto tan cobarde como el de esos hombres que metían a sus paisanos en los sacos para no tener que mirar a los ojos. ¡Qué fácil!

Esperé el regreso de Arsenio Bosco aquella noche en el zaguán de su casa. Lo sorprendí por atrás. Él no se movió. Sintió mi cuchillo presionando su nuez, y permaneció quieto.  No presté atención a lo que decía. Yo sólo quería callar a ese canario. ¡Qué fácil!

Ese día subí al monte decidido a no pisar nunca Puerto Santo.

VENTURA

Una madrugada, Arsenio Bosco escuchó cómo llamaban a la puerta. Apenas dos golpes, el tiempo de correr al zaguán para encontrar a su esposa ya abrazada al joven Bosco. Yo, sonriente, sin dejar que se notara la alegría, apoyado en la barandilla, en mitad de la escalera, sabiendo que mi lugar era ahora la sombra y la revancha silenciosa. La mujer se retiró un poco para contemplar al hijo. Entonces se volvieron. Lo miraron a un tiempo, como si él, Arsenio Bosco, fuera el hallado, como obligándolo a vencer esa extrañeza de hombre público. Arsenio Bosco me buscó antes que a su hijo. Se guardó todo, por los días de soledad, por cobardía, o por no querer compartir lo único que realmente le quedaba. Se mantuvo a distancia, observándolos como un extraño, casi desde el momento de hallarlos. Tal vez, al principio, quiso estrecharlos entre sus brazos, pero se detuvo a mitad del zaguán, a mi lado. Entonces pude oírlo. Fue apenas susurrado. El padre y el hijo cruzándose. Pude sentir cómo se enfriaba la noche con aquella pregunta: “¿Firmó el documento?”, preguntó, lejano, sintiendo la violencia, acaso el desprecio en la mirada de la mujer que ya  acompañaba al joven adentro. Arsenio Bosco se sentó en los escalones, abatido por un cansancio que no era del cuerpo.

—Les dejo. Ahora querrán estar a solas —dije. El hombre solo, pensé, más solo de lo que pueda sentirse un hombre que vive para contarse que toda una ciudad depende de un gesto suyo.

—No, quédese… le estoy agradecido, Ventura.

Agité el brazo, como restándole valor a aquellas palabras, mientras él sacaba la pipa de un bolsillo de su bata. Le dejé el tiempo de cebarla con calma, y entonces le dije:

—En verdad, debería agradecerle al cabrero.

—No le entiendo, Ventura.

—Yo sólo lo alcancé desde la comisaría. Fue el viejo Nicomedes quien lo bajó a Puerto Santo. Parece que lo encontró hace unos días, perdido, con síntomas de hipotermia. Ha habido suerte esta vez. Ese diablo, como ustedes lo llaman, se conoce cada brizna de pinocha del monte —apoyé mi mano en el hombro de Arsenio, y la retiré para bajar los escalones hasta entrar en el coche donde ya me esperaban con el motor en marcha.

—¿Y ese hombre? —me preguntó antes de partir.

—¿Nicomedes?

—Querrá algo. ¿No dijo nada?

—No, que yo sepa. No es hombre de muchas palabras. Comentó que había dejado al rebaño sin hierba. “Camino ruin hay que andarlo pronto”, eso me dijo.

*

Álvaro Marcos Arvelo (Santa Cruz de Tenerife, 1965) es autor de las novelas El Pasaje (1995) Al sueño polar de golondrinas (2010)Sus relatos han sido recogidos en los libros El jardín de los durmientes (1996) y A veces comprendemos algo (2004). Ha sido premio Ciudad de La Laguna de Teatro por su obra El círculo de tiza (1999)Ha coordinado desde 2005 el Servicio de Publicaciones de CajaCanarias, que edita, entre otra colecciones: La Caja Literaria, Voz y papel, la Colección aIslados y la Biblioteca Pérez Minik. Como responsable de la Obra Social ha puesto en marcha foros como Enciende África, Nueva Ilustración, Fetasianos, Ideas para cien años o Enciende La Tierra. 

Anuncios

Los comentarios están cerrados.