Cuaderno de apuntes | Alejandro Rodríguez-Refojo

Publicado: 25 mayo, 2011 en Otras narrativas

Han vuelto los mirlos al jardín de la vieja casa de mi tía. En el silencio de la tarde en calma, el ruido seco que los dátiles de la palmera del jardín vecino hacen al caer al suelo indican su regreso. Oigo su canto afuera, que me invita a salir y a sorprender sus vuelos raudos de rama a rama, entre la támara y el papayero. No los escuchaba desde mayo del año pasado, cuando recalé aquí huyendo de la casa paterna. Recuerdo que pensé que una de las maravillas del lugar, conocido por el nombre de Barrio de los Hoteles, iba a ser la compañía de estos pequeños seres encantadores. Pero de pronto se marcharon. Al comenzar el verano dejé de oír su canto. Hoy los he vuelto a ver, y pienso que quizá no han venido de ningún otro jardín, sino que es el instante la esfera en que aparecen y se ocultan, la puerta no visible del espacio por la que salen y entran.

Dentro de poco las mañanas harán sonar las campanillas de los jacarandas del parque, florecerá hacia junio la sombra roja del flamboyán, y los mirlos serán los dueños distraídos del tiempo y del espacio. Desde hace meses los contemplo como a dioses tutelares, dadores de la música del mundo. Cuando los escucho hacia las cuatro o las cinco de la mañana, la tierra parece suspender su movimiento, y yo también me aquieto, sujeto al hilo claro de sus notas, como por un pensamiento que valiera lo que el mundo.

* * *

«Who lives?», le responde Natalie Wood. ¿Por qué recuerdo estas palabras sin importancia?

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El muelle negro, las aguas azuladas y verdosas del mar, el día despejado y limpio, cuyo vigor anuncia la llegada del verano, la nube quieta y solitaria, en el centro del cielo. Tras el baño balsámico, la palabra justa del sol, el sello blanco de la sal sobre la piel, los pescadores que calafatean sus barcas en la cala, y la conversación de las muchachas que «corren alegres entre las columnas». (Qué lejano e incomprensible me parece ahora el dolor reciente, como si fuera otro el que descansa aquí tendido en la toalla.)

Pero es la nube, que luce arriba su blancura casi al alcance de mis manos, entre la noche oscura del espacio y la noche del cuerpo y la materia, la que pulsa el sentido de lo visible radical. Me complace escucharla largamente, seguir su lenta evolución, los cambios en su forma y su volumen. La calma de la esfera en que se mueve permite su demora, su serena deriva sobre una línea imperceptible del cielo. ¿Estoy mirándola porque ya la había visto? Pudiera ser la nube blanca del pintor o del poeta; pero ésta no: ésta parece haberse concebido sólo para este instante. Su soledad en el espacio azul del mediodía luminoso de junio.

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Esta tarde, tras el almuerzo, me he dedicado a pasear por las calles cercanas al muelle. Qué secreto placer el de caminar bajo este joven sol de junio por callejas nunca pisadas. De pronto me doy cuenta de que no sé dónde estoy. No reconozco las calles, ni los locales y comercios que me salen al paso, como si me hubiera perdido en un pequeño pueblo de pescadores al que hubiera ido a parar sin saber cómo, tal como sucede en los sueños. Pero soy consciente de que esta deliciosa sensación no durará mucho: la plaza del Charco debe estar muy cerca, y en cualquier momento doblaré una esquina y volveré a saberme en el Puerto de la Cruz. Me demoro sin embargo por estas calles que exhalan justo ahora un olor a especias, a pan recién hecho y a café que debe venir de la cocina de algún restaurante cercano.

Las cosas cotidianas me parecen hoy irreales, como aumentadas por una lente oculta en mi cerebro. Una voz extranjera escuchada al azar me parece un conjuro o un presagio de inesperados sucesos que no llegarán si no cumplo el pacto: sentarme en la cafetería de los holandeses, escuchar el rumor de los jazmines que se recortan leves sobre el dorado mar del aire, hablar despacio con el desconocido en el idioma de los dados. Pero regreso de mi breve viaje, vuelvo a ver el rompeolas y recupero, al fin, la orientación.

De pronto, deseos intensos de viajar.

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Dersu Uzala (El cazador). Acabo de verla por segunda vez. Había olvidado muchos detalles de esta hermosa película de Kurosawa, pero mi memoria conservaba intactos ciertos momentos, como el de la primera despedida entre el capitán y Dersu. «Mañana caminaré cuatro soles», dice el cazador. Dos grandes temas: el de la amistad entre dos hombres que pertenecen a culturas distintas y el de la naturaleza inhóspita de la taiga rusa, vivida desde un radical animismo por parte de Dersu. La amistad que les une no precisa de largas conversaciones. Parece como si el peso oscuro de la naturaleza ―que envuelve enteramente a los protagonistas cuando se sientan en silencio alrededor del fuego por la noche, absortos frente al chisporroteo azul de las pequeñas llamas― hubiera tejido la entrañable y seca complicidad que los vincula, teñida de mutua admiración y respeto. Los diálogos son lentos, y ello contribuye al ritmo particular, reposado, de la película, no exento sin embargo de dramatismo en algunas escenas, como en aquella en que Dersu exhorta al Capitán a construir un refugio para pasar la noche, ante el peligro inminente de morir congelados en la tormenta que se avecina. Las cañas apiladas a toda prisa y atadas con cuerdas logran finalmente erigir una suerte de iglú efímero. Al amanecer la tormenta ha pasado y el Capitán le da las gracias a Dersu por salvarle la vida.

Al ver de nuevo esta película he recordado el optimista presentimiento consignado por Mircea Eliade en Mefistófeles o la búsqueda del andrógino, a principios de la década de 1960: Occidente está ya en condiciones de iniciar un diálogo con los universos religiosos de las culturas arcaicas y no occidentales, tiene ya las herramientas hermenéuticas que podrían hacer posible el surgimiento de «un nuevo humanismo». Cuán equivocado estaba. No con respecto a la efectiva disponibilidad de tales herramientas, sino en relación a la voluntad de diálogo del hombre occidental, atrapado ya en una red de hierro que no le permite cambiar sus pautas de pensamiento y de conducta. Si hubiera podido prever la depredación a que han sido sometidos el planeta y el hombre, propiciada en las últimas décadas por un capitalismo salvaje y su «aliado neutral», la técnica, no habría sido tan ingenuo.

Así que, después de todo, quizá debamos apresurarnos como el Capitán, quizá debamos prepararnos para la tormenta que se anuncia en el silencio tenso de la tarde. Dersu nos ha avisado, ha leído los signos que guarda en su memoria, las señales escritas en el libro de la naturaleza, y nos impele a guarecernos. Debemos hacerle caso porque él sabe lo que nosotros hemos olvidado. Debemos trabajar juntos y construir una casa de juncos para pensar la noche.

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¿Cómo es posible que mi mente haya asumido un recuerdo ajeno, una escena que, si he de ceder a la evidencia de la memoria compartida por los amigos de entonces, incorporé en mi álbum mental sin haberla vivido realmente? ¿Habré escuchado de labios de alguien el relato de aquel suceso y, dada la intensidad con que viví el viaje a Lanzarote durante el cual tuvo lugar el incidente, tomé su contenido como propio, como realmente presenciado por mí? Las posteriores discusiones sobre las circunstancias de los hechos no dejan todavía de sorprenderme: «eso no ocurrió en el coche, camino del aeropuerto, sino en la Finca de Masdache ―me replicaban Lea y Kati―, y, además, tú estabas durmiendo dentro de la casa…».

Hoy sabemos que los recuerdos pueden modificarse, o inventarse incluso, en virtud de una amplia gama de factores: objetivos y deseos presentes, estímulos externos, traumas infantiles… Pero la sensación de haber tenido, de tener aún un falso recuerdo de aquella anécdota sin importancia, cuyos colores nítidos van apagándose poco a poco como los de una vieja fotografía expuesta a la luz, es, en cierto modo, aterrador: la memoria sería una forma de registro de lo vivido cuya naturaleza opera fundiendo realidad y ficción. Pero en esta definición de la memoria la palabra «registro» no es pertinente; la memoria sería algo así como un libro en movimiento de gran plasticidad, en cuyas páginas pueden llegar a escribirse experiencias ajenas como propias.

Dentro de lo que, en principio, puede llamarse «experiencia ajena» o «derivada» tiene particular interés para mí el fenómeno de la lectura. Siempre me he preguntado por qué, cuando recuerdo aquel pasaje de El Preludio de Wordsworth en que el joven William llega a una abadía en ruinas, y, de repente, al escuchar el canto de un pájaro en lo oscuro, dice: «… el pájaro, aun así, / invisible en lo oscuro cantó tan suavemente / sólo para sí mismo que allí pude haber hecho / mi casa, y para siempre haber vivido allí / escuchando su música», por qué tengo la intuición de haber vivido esa suerte de epifanía, y por qué imagino siempre que ese pájaro es un mirlo? ¿Traduzco así una experiencia ajena a mi código experiencial? ¿Qué suerte de operación alquímica se precipita, en qué atanor se mezclan los hilos de distintas experiencias, para generar esa imagen en mi mente? Más aún: ¿qué acorde inmemorial resuena en mi interior al roce de ciertas imágenes, como aquella de Amijai: «La tarde, afuera, / mezclaba olvido y recuerdo, como mi madre / mezclaba agua caliente y fría en la bañera»?

De la misma manera que vivimos los recuerdos de los demás vivimos lo que leemos. Y la memoria y la lectura, entendidas no como nostalgia o entretenimiento, sino como experiencias radicales que nos proyectan hacia el centro de nuestro ser, transformando nuestra manera de pensar, de actuar y de vivir hasta llegar incluso al autodesconocimiento (a ese lugar donde se quiebra al fin la «máscara de la personalidad»), son posibles sólo en la medida en que vivimos en los otros. Está bien claro, entonces, que aquello que sólo por convención llamamos ficción o mito no es más que una forma de nuestra experiencia de lo real, y que aquello que llamamos realidad, en un sentido histórico e íntimo al menos ―la de nuestros recuerdos y los recuerdos de los hombres―, está entretejido con los hilos invisibles del deseo.

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La escritura debería entregarnos aquello que no sabemos ―o, al menos, una parte de su reino, pues lo que no sabemos no puede ser medido. Si no, ¿para qué escribir? Debería ser, sí, un viaje de regreso a lo no-conocido. Y sólo existe un método preparatorio para tal viaje, un método que supone, en realidad, la ausencia de todo método: la abolición de todos los prejuicios. Pero ¿qué relación secreta guarda esta abolición con las reglas estrictas del juego poético?

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Quizá Valente pensaba en esa entrega de lo que no sabemos, en esa donación extraña de lo que aún no somos, cuando decía que se escribe pericolosamente ―un poeta que nunca abjuró de las reglas estrictas del juego. La explotación de una fórmula a la que tantos escritores se entregan hoy en día para mantener vivas las expectativas del lector, o vivo su prestigio en el mundo literario, es la actitud opuesta al afrontamiento del riesgo de perderse del que ya nos habló Hölderlin en su poema Patmos: «…donde hay peligro / crece lo que nos salva.». («Wo aber Gefahr ist, wächst / Das Rettende auch.»). Por eso a veces el escritor, como advirtió también Valente, trabaja contra sí mismo, escribe contra sí mismo, con miedo incluso de que el verso más ingenuo sea portador de esa ironía trágica que encarnan las terribles palabras de Edipo: «me entregaré a esta labor como si de mi padre se tratara.»

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Hacer de la escritura un ejercicio constante de humildad del yo.

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La mañana del sol en Bajamar. He venido temprano para darme un baño, desayunar sin prisa y leer el periódico. Apenas hay gente en las terrazas, sólo algunos parroquianos que miran el espectáculo del mar encrespado, las olas que rebasan la escollera y llenan con su espuma las piscinas naturales. Enfundados en trajes de neopreno, los surfistas ascienden a las crestas; las gaviotas, en cambio, quizá cansadas de su familiaridad con las nubes, deciden descender a la espuma y rayar el mar con sus rasantes vuelos.

Las madres empiezan a llegar con sus chiquillos, así que me tiendo en la toalla, boca arriba. Con lentitud navega la luna entre las nubes, entre las olas blancas del mar tranquilo allá en lo alto. No parece cumplirse hoy la ley esmeraldina: lo de arriba no es como lo de abajo, y me sumerjo en una calma larga, no sé por cuánto tiempo, en la que el pensamiento adquiere la consistencia de los cirros. Hasta que escucho unos chillidos breves y agudos sobre el rumor de la mañana.

Me incorporo y veo de pronto la carrera ligera de una niña rubia, seguida de un hombre maduro, alto y moreno, quizá su padre. Ella corre dando saltitos, agitando los brazos en el aire y gritando, hacia el sitio donde rompe el oleaje, hasta la oxidada barandilla que delimita el ámbito doméstico de las piscinas. Un cuarzo brilla dentro de su cuerpo, visible y enigmático a la vez. Los bañistas la miran y sus rostros esbozan sonrisas casi imperceptibles, el mar parece amansarse por un momento hechizado por su risa, y hasta el sol vanidoso luce más fuerte para no desmerecer ante semejante demostración de vitalidad. Qué manera de afrontar la ola y zambullirse en el momento en que ésta se desborda sobre la piscina, envuelta por el manto de la espuma, con sus gafas de buceo azul celeste, su pelo rubio y liso, su cuerpo de huso esculpido por los fuegos nacientes de la vida. Suele hacer una pirueta justo cuando está en el aire. Es alta y delgada, ágil y juguetona (¿no lo son todos los niños?).

El padre ya no puede mantener la compostura y cede al mismo juego: se prepara dando la espalda al mar, pero con la cabeza vuelta hacia él, salta cuando la ola rompe y, mezclado con la espuma, se zambulle. Al salir del agua se dispone de nuevo a la espera de la ola propicia y ¡adentro otra vez! Cuando la pausa entre una ola y otra se hace más larga, ambos se miran y se ríen y, a veces, ella lo empuja entre gritos y carcajadas para intentar tirarlo al agua; él se resiste, claro, pero al fin finge que su hija es más fuerte y se deja caer. Yo me río también, frente a los saltos de las olas, bajo la luna llena entre los cirros y los ojos negros de las gaviotas.

Miro atrás y contemplo a una mujer, idéntica a mi hija, igual de rubia y alta, que se acerca dando pequeños saltos, menos ágiles, más pesados. Le doy un beso y una ola repentina nos tira a los tres; nos reímos en el agua, ella me intenta decir algo que no alcanzo a entender: im winde… im winde… die…, y, tras la breve sensación de que alguien me observa, regreso de repente a mi mirada.

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Desde hace ya bastantes años, la palabra «amor», esa vieja moneda devaluada por el uso, circula libremente en el pujante y renovado mercado de parejas actual. Lo que llamamos «estar enamorado», expresión que refiere un conjunto de fenómenos fisicoquímicos no siempre favorables, equivale en ese mercado al egoísmo o al miedo ancestral a la soledad. Claro que el miedo a la soledad y el egoísmo ejercido sobre el otro son las dos caras de la misma moneda. De la misma moneda vieja y herrumbrosa. Podríamos tirarla al agua y no seríamos más pobres de lo que somos. ¿Quién habla hoy de reinventar el amor?

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Al volver de mi breve estancia en Candelaria, adonde me mudé este verano, tras convencerme de que allí, en la casa que mi tía me ofrecía en régimen de alquiler, quizá podría residir una larga temporada ―breve aventura de un mes a la que el estruendo insoportable del viento, del mar y la autopista del sur pusieron fin―, una tarde en la biblioteca, habiendo dado ya razón a varias personas de mi regreso a Tegueste, y habiendo recibido siempre por respuesta un comprensible «hay que vivir donde uno se encuentra bien», me encontré con Andrés y Fátima. Me decidí entonces a contarles algo íntimo: lo que experimenté al reencontrarme con el paisaje de Tegueste y, en concreto, con la montaña que algunos llaman Mesa de Tejina, una emoción profunda, como la de quien vuelve a ver a un ser querido que ha estado mucho tiempo ausente. Fátima arqueó sus cejas inquisitivas, como esperando de mí un comentario aclaratorio, pero antes de que pudiera decir nada Andrés apostilló: «lo entiendo perfectamente, esa montaña tiene algo».

¿Pero qué era ese algo? ¿Cuál era la naturaleza del sentimiento que me embargaba, el origen de la atenuada sensación de haber sufrido un breve exilio? ¿Por qué la montaña establecía una relación especial con mi casa en Tegueste? ¿Y por qué Tegueste era, de alguna forma, la montaña? También estaba el mar, pero a lo lejos. La montaña estaba allí, al alcance de mis ojos, sobre mi cabeza, acaso tutelando mis acciones y mis pensamientos, sin yo saberlo. ¡Ojalá me enterraran en el aire azul que la corona!, he pensado más de una vez.

Un pasaje de Lo sagrado y lo profano, de Mircea Eliade, ha contestado, en parte, a mi pregunta: «La experiencia de una naturaleza radicalmente desacralizada es un descubrimiento reciente; aún no es accesible más que a una minoría de las sociedades modernas y en primer lugar a los hombres de ciencia. Para el resto, la naturaleza sigue presentando un encanto, un misterio, una majestad en los que se pueden descifrar vestigios de antiguos valores religiosos. […] No se trata únicamente de los valores estéticos, deportivos o higiénicos otorgados a la naturaleza, sino también de un sentimiento confuso y difícil de definir en el cual se reconoce todavía la reminiscencia de una experiencia religiosa degradada.»

«[…] en esta experiencia del espacio profano siguen interviniendo valores que recuerdan más o menos la no homogeneidad que caracteriza la experiencia religiosa del espacio. Subsisten lugares privilegiados, cualitativamente diferentes de los otros: el paisaje natal, el paraje de los primeros amores, una calle o un rincón de la primera ciudad extranjera visitada en la juventud. Todos estos lugares conservan, incluso para el hombre más declaradamente no religioso, una cualidad excepcional, «única»: son los lugares santos de su universo privado, tal como si este ser no religioso hubiera tenido la revelación de otra realidad distinta de la que participa en su existencia cotidiana.»

Esos lugares santos son los que habitamos toda nuestra vida. A ellos regresamos tarde o temprano como niños al seno de su madre. Y aunque pueda decir «no tengo raíces en ningún lugar, soy extranjero en todos los países», el cieno de mi cuerpo siempre puede reclamarme como hijo.

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Ya no somos capaces de soportar la duración de una escena de Bergman, Antonioni o Tarkovsky. Y sin embargo la vida está también ahí, en los vacíos, las oquedades, los intersticios. ¿Está «también» o está «sobre todo» ahí? Conocimiento instersticial. En el libro del tiempo hay páginas en blanco que debemos leer con atención. Una atención vacía que nos abra la puerta de las cosas.

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Homilei Heautoi: la capacidad para conversar con uno mismo. Este hermoso ideal griego se halla hoy amenazado por el consorcio lógico y perverso que conforman mercadotecnia y consumismo, un hecho ineluctable de nuestra época que continuamente nos separa de nosotros mismos, impidiendo la formación de eso que Thamus, en el Fedro platónico, denomina éndothen («espacio interior»).

La distancia que nos separa del mundo griego es, en muchos aspectos, insalvable. No habría, sin embargo, que renunciar a erigir ese «espacio» a través del diálogo con los otros y con el otro que somos, a pesar de que la facultad de dialogar se encuentra, acaso más que nunca en nuestros días, en una ambigua situación: favorecida por una serie de libertades y derechos costosamente ganados y, al mismo tiempo, desactivada por ese poderoso hechizo que de continuo ejercen la propaganda y el márketing globales ―y la mayoría de los productos culturales más visibles, las campañas políticas y las corrientes de opinión son sólo propaganda y mercadeo.

Desde hace tiempo ese hechizo me produce asco, repulsión e incluso ira. Siento su falsedad como una agresión constante y sutil, un discurso aberrante que nos pinta un mundo fantástico que no existe (versión perversa de la imago), nos inocula un modelo de vida diseñado a la medida de cada uno de nosotros, sumiéndonos así en formas insospechadas y silenciosas de esclavitud. Son el opio actual del pueblo. «El derecho de expresar nuestros pensamientos […] tiene algún significado tan sólo si somos capaces de tener pensamientos propios.» (El miedo a la libertad) Esa capacidad sigue, como en los tiempos de Fromm, durmiendo el sueño de la democracia.

En el cambiante laberinto de espejos que habitamos, ¿puede alguien siquiera llegar a formular las preguntas correctas que le guíen, que le permitan discernir entre mentiras envueltas en verdades y verdades envueltas en mentiras? Una parte de mí, la más desengañada o la más prudente, no sé, no cree en las revoluciones, iguales a las leyes de los hombres, pero sí en la resistencia. Sin embargo, puedo comprender el fenómeno: la lucidez de la conciencia suele conllevar la soledad o la exclusión. Pero también, qué difícil es verlo, una sabiduría del tiempo, una forma de previsión de ciertos acontecimientos, fruto de un mejor conocimiento de la naturaleza humana ―aunque con frecuencia la naturaleza muestra su camino sólo cuando ya se está en él.

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Antes de que un político canario llegue a saber qué significan las Islas, pasará un camello por el ojo de una aguja.

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De todos los juegos de mi infancia, el que llamábamos «el escondite» es uno de los pocos cuyo recuerdo tiene aún el poder de producirme una viva y prolongada agitación. Si a alguien se le ocurría de repente decir «¿jugamos al escondite?», se dilataban de inmediato mis pupilas, sentía acelerarse el pulso y hasta un escalofrío de terror erizaba de súbito el vello de mis brazos. Había algo en ese juego que iba más allá de la leve descarga de adrenalina que genera la simple expectativa del placer, sobre todo cuando se desarrollaba en la oscuridad de una casa o de una habitación.

Recuerdo la emoción tremenda al descubrir a uno de los amigos escondidos, encuentro que se saldaba con carreras y gritos, y que presuponía, ahora me doy cuenta, la conversión del escondido en una especie de amenaza ambigua, un peligro indeterminado que magnetizaba deliciosamente mi cuerpo y que al mismo tiempo lo aterraba. Y si se invertían los papeles y era yo el que se ocultaba, el buscador quedaba investido ipso facto de esa terrible dignidad, pero potenciada hasta un grado que hacía del peligro una cosa muy seria. El escondido estaba siempre en una situación de inferioridad, mas recibía, como compensación, una dosis redoblada de miedo y placer entremezclados.

No sé si es el adulto o el niño quien escribe estas palabras, pero ahora sé que en ningún otro juego de la infancia remota, en ningún otro entretenimiento de aquellos lejanos días en que la luz duraba siempre lo mismo que la noche, la vida formaba parte del ansia misma de buscar, permanecer inmóvil y callado, gritar de pronto, echar a correr como un poseso o agarrar en lo oscuro el cuerpo extraño de otra persona, del otro que ahora somos al escribir estas palabras.

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Un juego que empieza siendo un juego, unas reglas fijadas arbitrariamente por dos o tres personas, unas reglas que inducen acciones y comportamientos, risas establecidas y silencios solemnes. El juego empieza y se transforma pronto en una idea, una ficción vivida que implica enteramente el cuerpo y el espíritu. Y es entonces cuando dejamos de tener el control: los jugadores son lo que se juega, y nadie sabe cómo, de repente, esa idea adquiere la forma de una cabra, le crece una cabeza de felino, y un apéndice de dragón fustiga el aire. Y el juego acaba revelando a la quimera que se dispone a devorarte.

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«De los sufrimientos, los que más afligen son los que uno mismo ha escogido.»

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Estamos muertos, y no lo sabemos.

Vago por las calles en estos días infernales de Navidad, cambio de dirección cada cierto tiempo, vuelvo sobre mis pasos, o súbito me voy tras una nariz bizarra, una manera peculiar de caminar, unos hombros cansados o descubiertos, y a veces miro largamente (hasta que acaban dándose cuenta) las caras de los que miran los objetos, y veo el brillo frío de éstos en sus ojos, el brillo del cristal que les confiere un halo de poder. Pero lo que se esconde, aquí y ahora, en lo visible, no parece brillar bajo la forma del poder. Por eso la mujer asomada a la ventana de la casa McKay nos observa extrañada, y por eso también el diminuto bosquecillo de verodes del balcón semeja una escultura de bronce bajo la luz oblicua de la tarde.

Estamos muertos, sí, pero no lo sabemos. Las madres acarrean a sus niños, y no lo saben, y los padres orgullosos de haberlas salvado ignoran su impotencia, no saben del combate con la luz, no saben de los pájaros que mueren a ciertas horas de la noche, de la necesidad humana de imprimir a las nubes un sentido correcto, del obsceno semidesnudo de las flores enredadas en la verja de la iglesia, cuyo olor podría volver loco a un santo.

Si supiéramos que estamos muertos, quizá entonces, como sugiere ese inquietante personaje de La dolce vita, podamos vivir en la anarquía de un presente continuo, sin la angustiosa necesidad de imprimir una dirección concreta a nuestra vida. Pues ¿qué puede temer un hombre si es el azar quien lo gobierna, y no hay forma de prever nada de modo cierto?

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«Je ne sais pas, monsieur».

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Males (o adaptaciones al contexto social, según se mire) de la poesía española actual:

La utilización del márketing como estrategia promocional de la poesía, sobre todo de la llamada «joven poesía», etiqueta de grupo extensible bajo la cual podrían ampararse, y de hecho se amparan, falsos jóvenes y falsos poetas.

La sustitución de la crítica por el voto ―democrático, por supuesto―, las listas, las antologías y, en general, por el discurso publicitario. El caso concreto de la multiplicación antológica que se ha producido en los últimos cuarenta años puede verse como un epifenómeno de la penetración de la cultura posmoderna en España.

La necesidad, expresada por muchos poetas de la década de 1980, y por algunos de la década anterior, de conectar con el lector, de abandonar la práctica de una poesía que se dirija a una minoría cada vez menor, para dejar acaso de sentir la angustia de alzar la voz en el desierto, o por buscar un nicho en el joven mercado de la democracia (un nicho, más que monetario, vinculado al «estatus de poeta»).

Causas y consecuencias de esos males (o razones de las adaptaciones mencionadas):

La primacía «del acto de comunicación sobre la naturaleza de lo comunicado» (Lipovetsky), es decir, la necesidad de aparecer y no de ser, fenómeno característico de la pop culture de la segunda mitad del siglo veinte. Como dijo no hace mucho un poeta español de reconocido prestigio, «es lícito que el escritor aspire al éxito».

La penetración del mercado en las actividades más alejadas, en principio, de las leyes de la oferta y la demanda y del dinero, actividades que podríamos llamar —con permiso del biologismo tan en boga actualmente— «espirituales».

La devaluación de las formas de lo poético, que siempre presupone y significa la devaluación de los contenidos de lo poético. Hoy sigue prevaleciendo la narración de anécdotas en verso en detrimento de los valores concretos de la poesía.

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Pau Casals: «hasta la afinación es una cuestión moral». Puede decirse lo mismo del instrumento con que trabaja el escritor: la palabra. Se percibe enseguida si ese instrumento está afinado. Y tal afinación es, efectivamente, una cuestión moral, en tanto implica un principio ético-estético previo a la creación: el compromiso primero con el lenguaje.

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Un día, estando yo en el portal de la casa de mis padres con cierta prisa por entrar, intentando encontrar la llave correspondiente entre los varios llaveros que llevaba conmigo por aquel entonces, llegó un vecino con una sola llave en la mano y una sonrisa ladina en el rostro, y, mientras yo seguía buscando desesperado en mis bolsillos y mi mochila le mot juste, abrió sin más dificultades la puerta, me invitó a entrar con un gesto teatral, y dijo ―sentenciando de una forma que me pareció cifrar la lógica suprema de la existencia―: «muchas llaves, muchos problemas; una llave, un problema». Supe entonces que mis padres tenían por vecino a un maestro avezado en la vieja sabiduría Zen, y a partir de aquel momento me apliqué la lección magistral.

Ninguna llave, ningún problema.

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Paseo por Herradores. Al llegar a la torre de La Concepción, veo un caniche paseando a tres hombres.

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En la azotea, hacia la media tarde. Septiembre. El sol da de lleno sobre los muros blancos, sobre el piso pintado de verde pistacho. Sólo un estrecho perfil de sombra se dibuja en la concavidad de las paredes. Echado en la silla de playa, tendida ya la ropa que el viento orea, releo los poemas de Eugénio de Andrade y aprendo de ese oficio de paciencia en que se ha convertido para mí la escritura. Los montes que me rodean llenan de aire mis pulmones, me dan aliento y fuerza para seguir esperando la llegada del extraño. Pero la espera es esta luz que da sobre los muros, la pareja de petirrojos que sobrevuela la azotea, el movimiento blando de la ropa tendida, es saberse al fin frente a este monte y su atalaya.

En su ladera oeste crecen los alcornoques, y la morera arquea su retorcido tronco a manera de umbral para que el caminante recuerde que hubo un tiempo en que todo, o casi todo, era sagrado. Desde su cima, donde crece el senecio cinerario, se contempla mejor el mar que desde aquí. «La hermosura es paciencia.» Sí, lo sé. Y sin embargo, no es fácil adentrarse en la palabra, en su materia oscura, y menos aún permanecer en ella. Parece como si su naturaleza fuera exterior a mí, y sólo en determinados momentos, siempre breves, calara dentro como un fulgor de lluvia, a veces mansa, a veces torrencial. Debo aprender a respetar esa forma de relación, a conocer el ritmo de mis propios latidos y no violentarlos, como acaso podría violentar hoy la calma de este día con gritos y silbidos. Saber estar en la paciencia de la luz es hoy la única lección del petirrojo que súbito se aleja.

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Me he despertado temprano. La mañana huele a una mezcla de ceniza y tierra húmeda; pero este penetrante olor no basta para espabilarme, así que me dirijo, como un sonámbulo, hacia el baño, para cumplir con la ablución matutina. Ya duchado y envuelto en el blanco albornoz que luce bordadas las iniciales D. B., limpio el espejo empañado por el vapor y aparece, de pronto, mi cabeza rapada. «Qué raro, ayer tenía, antes de acostarme, el pelo largo y enmarañado». Más tarde, ya en mi cuarto, mientras sigo dándole vueltas a lo extraño del suceso, me siento al borde de la cama, me cojo la cabeza y la pongo sobre mis rodillas. Me veo el rostro, la ceja izquierda ligeramente arqueada, los ojos muy abiertos, y sigo pensando que todo esto es muy raro.

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La resolución de un problema implica siempre, debido a la dinámica propia del intelecto, la aparición de uno nuevo.

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Cuando por fin determinamos lo que queremos y cómo conseguirlo, estableciendo normas y principios adecuados a «lo que es mejor para mí, lo que quiero y debo hacer, sentir y pensar», cuando llegamos ―tras despertar de la ilusión de confundir lo que queremos con lo que la sociedad nos hace desear― a conocernos hasta ese grado que prescribe la tradición racionalista occidental, y, por tanto, también a los demás aun mejor de lo que ellos mismos se conocen, resulta casi imposible no usar el pretexto del consejo como forma inconsciente de coacción para tratar de que comprendan los fines que hemos determinado como buenos para nosotros.

«¿Quién sabe más que yo, quién, qué hombre o qué dios, puede, ha podido, podrá decirme a mí qué es mi vida y mi muerte, qué no es? Si hay quien lo sabe, yo lo sé más que ése, y si quien lo ignora, más que ese lo ignoro.» (Juan Ramón Jiménez.) Y, sin embargo, al contemplar la cara de aquel que puede ser nuestro mejor amigo, al sopesar sus actos, sus omisiones, sus palabras, para nuestros adentros nos decimos, con más frecuencia de la deseable: «menos mal que no soy como él…, nunca se dará cuenta, nunca llegará a ver lo que yo veo…, debería cambiar de actitud, liberarse de sus cadenas… el pobre…». La mayoría de las veces, tales prejuicios surgen del pozo de nuestras propias frustraciones, pero también, y esto es lo sorprendente, pueden ser el producto de un proceso profundo de individuación.

¿Por qué olvidamos que la manera de vivir de los demás no tiene que ser igual a la nuestra o a la de nuestro grupo? ¿De qué forma sutil se opera la imposición de «mis fines» al resto de los hombres, la extrapolación psicológica de lo que es bueno y justo para mí al conjunto de la sociedad? ¿Tan seguros estamos de los valores que justifican nuestros actos? Dejar libre a ese amigo, a ese conocido cuya forma de vivir no comprendemos, es, entonces, una de las lecciones más difíciles: implica verlos como a personas, con alma y voluntad independiente de nuestro sensiblero, condescendiente o despótico paternalismo egocéntrico.

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Él es tan protector como cruel con los que ama. Su protección procede de su amor, su crueldad procede de su amor. Qué pena que éste sea tan polivalente.

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El amor, ese rito arcaico de regreso al caos.

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Paseo por las calles empedradas, rumbo a la Placeta de las Palmas, sediento de su sombra en este día caluroso de comienzos de septiembre. El pueblo se halla envuelto en un aire de fiesta que ha dejado las calles sembradas de confeti y boñigas de caballo. Los ojos mansos de los bueyes parecen contemplarme con divina indiferencia, y el tintineo de las campanillas que brillan en sus cuellos formidables me recuerda, no sé por qué, el olor del guayabo sepultado en la infancia. Hay trasiego de gente joven en Tegueste, algo completamente inusual aquí, excepto en ocasiones como esta, cuando las fiestas llaman, en su mezcla agridulce de tradición y ocio, a los muchachos y muchachas de los pueblos cercanos.

Llevo ya cuatro años viviendo en este antiguo menceyato y aún me siento un extraño entre sus gentes. Extrañeza que no proviene de la carencia de relaciones sociales, de un retiro deseado que me procura instantes de inexpresable alegría, sino de un sentimiento de soledad que me acompaña siempre adonde quiera que vaya, y que creo que ya nunca se desprenderá de mí.

¿He encontrado aquí un destino?

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«Las islas se mueren ―dice el taxista―. Se terminó el ciclo […]. Miles de años entre ruinas de sol, y ahora nos morimos.»

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Los muertos encadenan tu mirada, te arrastran hacia el fondo.

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Debo aprender a odiar. El amor que no ha sido nutrido por el odio en algún momento de la vida está vacío de sustancia, como el de un ideal que no hubiera arraigado en la sangre que abona la tierra. El odio me hace amar a los demás; encierra en sí un potencial creador que debo conocer. Debo aprender para sobrevivir.

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Frases cazadas al azar ayer, al cruzarme con varios desconocidos durante mi paseo nocturno por la ciudad: 1ª) «…en los ataques corrientes y normales en los que matas a todo el mundo…». 2ª) «…¡sólo quiero que se olviden de mí!». 3ª) «Estuvimos la tarde entera hablando de la nieve…»

Textos corruptos de un cuaderno no inteligible.

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Alejandro Rodríguez-Refojo nació en La Laguna (Tenerife) en 1972. Cursó estudios de Ciencias Empresariales y de Filología Hispánica en la Universidad de la Laguna. Fue coordinador de la hoja literaria «Ítaca» (segunda época), publicada por el periódico El Día (Santa Cruz de Tenerife) de mayo de 1996 a noviembre de 1998. En 1999 se le concede a su libro Isla del aire (Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife, 2000) el Premio de Poesía Julio Tovar en su edición de ese año, y en 2001 gana el II Concurso de poesía de la Fundación Canaria Mapfre Guanarteme con su libro Un camino en el sur. Ha colaborado con reseñas y artículos sobre literatura y arte en suplementos y revistas literarias como La Fábrica (Santa Cruz de La Palma), Voz y letra (Madrid), Can Mayor (Icod de los Vinos, Tenerife), Piedra y Cielo (Santa Úrsula, Tenerife) o Ínsula (Madrid), y ha participado en encuentros y ciclos poéticos como el organizado por el Colegio Oficial de Arquitectos de Canarias en su sede de Santa Cruz de Tenerife bajo el título “Palabras, paisajes, territorios”.

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