Preguntas helénicas. Entrevista a Francisco León sobre «Carta para una señorita griega» (Novela, Artemisa Ediciones, 2009) | Iván Cabrera Cartaya

Publicado: 24 mayo, 2011 en Entrevistas

1) Ante la ocasión de esta entrevista, he vuelto a leer su bello libro y se me impone, para empezar, una pregunta que llevo años haciéndome y que, seguramente, usted también se ha hecho y a la que habremos sumado cientos de palabras en tantas otras ocasiones. Así que, de modo general y para dibujar un contexto, dígame: ¿qué es Grecia?, ¿qué significa Grecia?

Responder a esto es casi imposible, usted lo sabe y el lector también. Pero, para dibujar ese contexto general que me pide, aunque muy particular, me temo, puedo dejar caer unas simples ideas. La verdad es que cuando hice este primer viaje a Grecia y comencé a tratar sus gentes y lugares, se me impuso la brusca impresión de familiaridad, más aún, de consanguinidad. No sentí lo mismo cuando viajé a Turquía el año anterior, ni cuando viví durante un año en Francia, ni cuando visité en Bruselas o Luxemburgo. La experiencia turca fue impactante, pero no me sentí en pie sobre mis orígenes, vivo sobre la tierra de mi origen cultural, como sucedió en Grecia. Y mi vida en Francia no dio nada reseñable, de hecho no escribí prácticamente nada en la bretaña francesa. Todo lo contrario que en Grecia. Mi cabeza estaba a punto de estallar sumido como estaba en una perpetua alucinación. Por eso, hasta cierto punto, tengo miedo de volver… ¿Sucederá lo mismo o no?  Fue en Hydra, la más lejana de las Sarónicas, donde comprendí que la patria del poeta no es su lengua, como se nos dice a menudo, sino Grecia y su cultura. Y además supe de golpe que la patria de Francisco León no es España, sino Grecia y su cultura, antigua y moderna. Llámeme exagerado o apartida, pero estaría más dispuesto a intervenir en una lucha para defender mi soporte moral, ético e imaginario que intervenir en otra más próxima para defender mi soporte económico. Cuando se está en cualquier punto de la Grecia a la que me refiero, uno siente que allí vivieron sus antepasados, una especie de familia mental, y real, el origen de nuestra estirpe psico-cultural —permítame esta expresión—, y sinceramente, no siento lo mismo cuando mis pies pisan muchos de los espacios culturales de la península, y no digamos ya del lamentable espacio cultural de las Canarias que me ha tocado vivir, provinciano más que nunca, e incapaz de crear colectivamente una imagen propia. La idea particular de Grecia que tengo me permite, en primer lugar, sobrevivir en cualquier situación gracias a que puedo hacer mía una forma de pensar que hoy no existe: esta «Grecia» escrita con letras minúsculas, como digo en la novela, personal e íntima me ha entregado unos ojos que ven allí donde los demás no logran ver nada. Son, creo, los ojos de un filopaganismo a lo Pessoa, es decir, laico. Estos ojos que he recibido son los ojos del poeta, los ojos que ven en lo invisible. Y cuando digo esto no me refiero a monsergas new age, ni filosofía deshidratada, ni esoterismos baratos. Me refiero a algo real y palpable. Estamos hablando en el fondo de cultura, y para mí la cultura no es erudición y lujo, sino una forma de vivir la realidad, una herramienta mental para alcanzar la realidad. Tal vez eso represente Grecia para mí.

2) En las notas que añade usted al inicio del libro, dice de este que puede verse como la continuación de su primer tomo de diarios, Ábaco, y que no pretendió con Carta para una señorita griega  «escribir una novela, ni un relato de viajes». Yo creo que el conjunto participa de todo ello y que no es primordial una determinación genérica, una definición excluyente. ¿Qué más puede decirme de esta suma de destinos, esta identidad plural que nos propone?

La verdad es que nunca pretendí escribir este libro. Durante mi viaje a Grecia, sencillamente, fui escribiendo fragmentos, textos sueltos, y siempre de la única manera que sé: en forma de diarios o en forma de poemas o en forma de pequeños relatos. No albergaba ninguna pretensión novelística. Sólo a la vuelta de mi viaje se me ocurrió reunirlos. Después los agrupé en mi diario y más tarde, en una relectura entre amigos, descubrí que había en todos ellos un indicio de unidad. Trabajé sobre eso y traté de darle una forma narrativa más o menos coherente. Quiero pensar que Carta para una señorita griega es un libro al margen de todos los géneros porque participa de todos ellos, me acerco así, sin pretenderlo, a las ideas modernas sobre los géneros literarios de las que hablara George Steiner, por ejemplo. Pero si pudiera dar un ejemplo real, y salvando las diferencias, y con todos mis respetos, veo este libro como un Amour foubretoniano. No hay una trama o argumento claros, ni lo necesitaba, por su puesto. El lector que me interesa descubrirá sin necesidad de tramas o narradores cual es el argumento que mueve la energía de esta historia. Digo siempre que hay escritores que escriben argumentos para hacer novelas y otros cuyo único argumento novelístico es la escritura. Pertenezco para bien o para mal al grupo de los que traman una escritura y no al de los que escriben una trama. Al final, y es lo más importante para mí, de lo que estaba seguro, es de que deseaba escribir un libro que no fuera un objeto ajeno a mis libros de poemas. Muy al contrario, deseaba un libro que contribuyera a la formación de mi mundo poético.

3) Una cita de La Odisea de Homero abre el libro y su protagonista es un viajero que está buscándose, que necesita saber quién es y, para ello, se mira en los otros, en una mujer griega que es metáfora de su propio país. ¿Se sintió usted como ese extranjero al que ―como escribió Edmond Jabés― los otros, los extranjeros le permiten ser quien es, le dan identidad?

La cita inicial se corresponde con la estancia desesperada de Odiseo en una de las tantas islas en las que se ve obligado a permanecer mientras llora por su Ítaca. Para mí, Ítaca posee el valor simbólico de lo originario, aquello que guarda es el secreto de lo que somos o lo que anhelamos ser. Por eso decidí abrir mi libro con esa cita. Por otra parte, la vida en el extranjero, si no se hace como un mero turista despistado, permite al viajero hallarse a sí mismo. Pero esto sólo es una cura individual, no sirve para grupos, sino para solitarios. El protagonista de este relato mío, e en muchos aspectos soy yo mismo, inicia su viaje en solitario porque de manera inconsciente sabe que el viaje lo sanará de una especie de —usemos un término suficientemente vago— neurosis que le impide vivir tal como desea. Pero el viaje no es uno cualquiera. El viaje a la curación coincide con el viaje a sus orígenes. Se trata de viajar al centro de su imaginario, al origen de sus mitos. En cierta forma es más un viaje imaginario que un viaje real. La humanidad moderna está enferma de esta misma enfermedad, una especie de neurosis posmoderna por la cual ha perdido toda referencia y no sabe quién es. Creo que la humanidad ya no sabe bien que significa ser un ser humano. Quizás debería viajar a los mitos; no sé. Y también creo que este relato podría verse como el viaje de un ultraodiseo de las Canarias, como diría un amigo mío, que desea fundar en su cabeza un mundo enriquecido, soñable, deseable. Yo siempre digo que nuestra identidad coincide más con lo que deseamos ser que con lo que somos en realidad. Siempre pienso y digo que la única función de la realidad es soñarla. Y esto es lo que hace mi personaje: soñar su realidad para sanar de su neurosis y alcanzar su identidad.

4) El deseo, el erotismo, el asedio y una mujer que es, a su vez, una tierra prometida para usted parecen encarnarse en Rena Kariotakis desde el primer capítulo. ¿Es así?, ¿qué más me puede decir sobre esto?

Deseo, erotismo… son las vías humanas para transformarse en lo amado. El amor conyugal no tiene sentido para mí si no se contempla como camino de perfeccionamiento. Y esto tiene que ver con mi libro. Lo cierto es que este viaje también se produce porque, desde hacía algún tiempo, deseaba visitar a una amiga griega. En mi cabeza, por desgracia para esta amiga, su persona física y personalidad van poco a poco transformándose en su propio país, en su cultura y sus gentes. Hasta tal punto que la «señorita griega» casi llega a desaparecer de la escritura en beneficio de una Grecia totalmente personal, soñable, deseable, en beneficio de un mito.. Una tierra en la que el protagonista parece entrar en estado de gracia. En estado de Grecia. La novela está cargada de erotismo, sí, pero en el sentido del que hablé antes, un erotismo que me servía para transformarme en una especie de griego.

5) Algunos nombres salen al paso en la narración y son alimento estético y consuelo espiritual en el extravío de un narrador alucinado, delirante y enfermo de acidia, de bilis negra. Le pregunto por las voces curativas, balsámicas de esos muertos inmortales que se llaman Odisseas Elytis, Valle-Inclán o José Ángel Valente.

Existe una raza de lectores de poesía para los que el verbo «leer» no significa lo que para el común de los lectores. Para ellos leer en realidad significa «alimentarse». Una cosa es deglutir libros y otra bien distinta es alimentarse de ellos. Es decir: no poder vivir sin ellos. Para estos lectores sus vidas serían un mero tránsito a través de la materia del mundo, un trámite, sin este proceso de alimentación espiritual. Para esta raza, leer es —usted lo ha dicho— alucinar, delirar, elevarse sobre la contingencia diaria de este tránsito hacia la nada en que estamos embarcados y soñar abiertamente nuestra propia vida. Cuidado, no digo evadirse. Me entristece mucho comprobar que un lector lee porque necesita, así dice, «evadirse» de la realidad. Ya he escrito sobre esto en un ensayo que se titula «Actualidad de la poesía». En lo que a mí respecta, el sueño del lector en el momento de la lectura es una acción absolutamente espiritual. Traté de hablar de esto en el primer poema de Dos mundos. Soñar nuestra vida es poblarla de razones poderosas para vivirla más allá de las apariencias. Por lo tanto, ¿qué decirle de estos grandes escritores sin ser redundante? Elytis, Valente, Valle y tanto otros… No son escritores que se dedican a las Bellas Artes o que se puedan leer como una forma de «evasión», No dan bonitas charlas ni usa bellas palabras para lecturas de salón. Se dedican a una acción absolutamente espiritual.

6) En el bellísimo capítulo dedicado a una visita a Almería, se evoca la experiencia de esta tierra narrada en Campos de Níjar y La Chanca por Juan Goytisolo o en los poemas de Al dios del lugar de José Ángel Valente. ¿Qué me podría decir sobre esta epifanía del desierto, esta meditación sobre otra forma o visión del sur?

Siempre me interesó mucho la experiencia del retiro en los desiertos. Una vez, hace mucho tiempo, proyecté con un amigo pasar un par de noches al raso en el pequeño desierto de Teno, en el extremo noroccidental de Tenerife. Pero cuando llegó la noche y el lugar quedó vacío y tenso, mi acompañante comenzó a recoger sus cosas. Al preguntarle qué hacía me respondió que no soportaba ni un minuto más allí. Creo que cayó en la cuenta de que esa noche iba a enfrentarse a sí mismo y no fue capaz de asumirlo. En las proto-filosofías el retiro en los desiertos era una necesidad preparatoria para iniciarse. Pero por qué el desierto. Creo que la mente en su actividad subconsciente entabla un diálogo con el paisaje del desierto. La simplicidad de este paisaje, su silencio, su austeridad, su extraña belleza, su vacuidad y pobreza son imitadas o interiorizadas por la mente hasta producir un desierto interior. Una vez sucede esto, ya miramos el mundo para siempre desde un desierto interior. La visión que Valente y Juan Goytisolo nos dan del Sur español es la de un desierto. Creo que España ha despreciado tradicionalmente sus desiertos del Sur. No los ve como lugares de manifestación espiritual, sino de miseria y dejadez. Esa ha sido la mirada española general, obtusa y contrarreformista. Pero Valente y Goytisolo, de repente, nos dicen en sus libros que en aquellos desiertos del Sur español hay belleza hasta en las piedras, incluso hasta en la miseria de poblados como La Chanca. Valente ve en las parameras del Sur el lugar del dios y escribe poemas de una belleza que no se veían desde San Juan de la Cruz o Miguel de Molinos.

7) Sus palabras sobre la estadía almeriense de Valente no hacen más que traer a mi memoria un verso del poeta gallego: “morir no tiene cuerpo”. ¿Sintió más presente y vivo a Valente en su “anhelante impresencia”, en su “omisión o en su vacío” o, sin embargo, nada allí le habló de él?

En Almería todo me hablaba de Valente. Todo estaba impregnado de él. Pero esto se lo dice un valentiano perdido. Así que tome sus precauciones. Cuando se está por aquellas tierras y se visitan los alrededores, uno comprende mejor la zona final de la poesía de Valente.

8) Antes de partir para Atenas, usted recoge un premio de poesía en Barcelona y habla de Foix, de Xirau o de Salvador Espriu. ¿Qué papel juega en su obra la poesía catalana moderna?

Por una serie de casualidades en las que no intervine yo, tuve la suerte de acceder desde bastante joven a la poesía de J. V. Foix y de Espriu, casi desde mis primeros años de bachillerato, en pleno periodo candente de mi formación. Por eso, ciertas figuras líricas de la poesía en lengua catalana son muy importantes para mí. Más tarde vino Ramón Xirau, un poeta religioso único y de una obra estremecedora que leo continuamente. Creo que en la poesía de estos hombres hay un amor a la palabra, a sus sonidos, a sus ecos medievales y a la modernidad lírica extranjera que no encuentro en cierta poesía castellana, dura de oído, por lo demás, y como sin correspondencias externas. Yo siempre digo que gran parte de mis primeros versos fueron pensados en una suerte de catalán macarrónico que nunca salió de mi habitación de muchacho, y me alegro de ello, mucho, además, porque me ofrecieron una puerta de entrada a la teleología poética mediterránea.

9) Hábleme de Sicilia, de sus primeras impresiones. ¿Cómo cree que influyó en usted haber pasado por esa isla antes de llegar a Grecia?

Aparecí allí en avión en compañía de un buen amigo y nuestra escala fue demasiado corta, unos cuatro días vividos con intensidad. Pero por mucha intensidad que le echara a esa visita, no hubiera conseguido hacerme una idea cabal de ese continente insular. Un día tomamos un coche y bajamos al Sur, a Selinunte, donde se conservan las mejores ruinas del mundo griego, llegamos al anochecer y recuerdo pasar allí, junto a un mar sin respiración alguna, una de las noches más melancólicas de mi vida. Allí conocí al Klingsor de mi novela. Junto a él me pude hacer una idea un tanto vaga de la amplitud abisal del mundo al que días más tarde habría de enfrentarme. A la mañana siguiente, ya más repuesto y con buen sol, me acerqué a las ruinas. Era la primera vez que yo admiraba unas ruinas griegas, y me parecieron descomunales. Recordé aquello de que la arquitectura griega había sido pensada a la medida del hombre. Una patraña de historiadores, desde luego. Iba caminando colmado por la estupefacción entre murallones y columnas y sentí que aquellos templos habían sido concebidos para titanes y no para hombres. Los dioses debían medir alrededor de tres metros de altura, pensé. Allí compuse los primeros versos de un poema que terminaría al regreso. Después de la visita, vuelta a Palermo. No sin antes pasar por Corleone, claro, un poblaco de cigarras encaramado en un peñasco. Un capitulo de esta novela que ahora publico tiene como paisaje de fondo la gran Sicilia que no pude conocer.

10) Es muy interesante cómo en su libro se enlazan y se superponen armoniosa y naturalmente la narración de viaje y la reflexión cultural, los personajes quizá ficticios y los “reales”. ¿Se propuso una estructura para los capítulos o se dejó llevar por la evolución cronológica?

Nunca escribí esta «nivola» —para usar el término de Unamuno— pensando en una estructura narrativa. Sólo después de mucho tiempo caí en la cuenta de que todo aquel montón de papeles que fui escribiendo a saltamata durante el viaje podía convertirse en algo con cierta coherencia narratológica.

11) Entre los creadores que se evocan en la obra, tiene especial protagonismo la literatura neohelénica y, especialmente, la generación poética de los años treinta. ¿Qué suscita en usted, qué le dicen los nombres de Sikelianós o de Zeotokás, de Seféris o de Nikos Kazantzakis?

Todos esos nombres me suscitan gran poesía. Poesía elevada con sangre, con huesos, con arterias y músculos. Poesía profunda y humana, es decir, imaginadora. Poesía de gran alcance, de una inteligencia como sólo la potencia de la intuición sabe darla. Poesía fundadora, engendradora, como no la hay ni en la lengua poética anglosajona moderna, ni en la francesa ni mucho menos en la española. Salvo dignas y raras excepciones. Y no creo equivocarme al pensar que de los pocos poetas actuales que se han alimentado de ese periodo solar y energético de la poesía griega, los mejores, viven en Canarias.

12) Una reflexión especialmente relevante de esta novela se detiene en la figura contemporánea del poeta y su condición marginal, fuera de los muros que imponen los poderes económicos, las costumbres y las normas morales. ¿Qué es hoy para usted un poeta, un creador que no sea, a su vez, un figurón de tertulia vespertina o un comerciante de su imagen?

Esos poetas que usted define en la pregunta con tanta exactitud no son poetas, son impostores. Piense en un planeta alejado millones de años luz de cualquier otro. Piense que ese planeta viaja hacia las profundidades incognoscibles del universo, que arde en llamaradas mientras gira hacia el abismo, arde y arde en un ritual de autoincineración fuera del alcance de los telescopios más incidiosos. Arde para sí mismo hasta agotarse como una vieja estrella gélida, abandonada en la oscuridad. Eso es un poeta. No creo que el poeta sea o deba ser  un hombre de la cultura. Es un hombre que se ha impuesto una búsqueda en gran parte infructuosa e interminable. El poeta está enfermo de hybris. Desea conocer el secreto de los dioses, colocarse a su altura, saber incluso más que ellos. El poeta es un ser inconsolable.

13) ¿Cómo ve usted, cómo imagina ese abismo, esa sima inevitable e insondable que se nos impone al soñar con Eleusis y encontrarnos con Elefsiná?

Elefsiná es el nombre que los griegos modernos dan a la ciudad en la que estuvo Eleusis, el mayor centro espiritual del mundo occidental dos mil años antes del nacimiento de Cristo. Ni los propios griegos actuales saben qué significaron aquellas ruinas. El día que estuve allí, por requerimiento de los poetas Kostas Tsirópulos y Andrés Sánchez Robayna, recuerdo que no había nadie. Aquel centro del mundo espiritual estaba vacío completamente. El único visitante durante largas horas al sol fui sólo yo. Una buena metáfora que me colmó de desesperanza. Más tarde apareció un buen amigo del que hablo en la novela. Lo cierto es que nadie recuerda lo que sucedía allí ni la importancia religiosa y cultural de la ciudadela de Eleusis. No recuerdo si Henry Miller lo llegó a decir, y si no, lo digo yo mismo: Bien que mal, Eleusis está a salvo gracias al misterio que la envuelve. Para mí aquella Eleusis que visité es la puerta hacia el mundo en que habitan los dioses con sus leyes. Una puerta cerrada para siempre, creo. Eleusis y Elefsiná forman una buena metáfora del mundo actual. Ahora sólo nos queda soñar y anhelar ese mundo.

14) Hay una lectura admirable de Stromboli, de Roberto Rossellini, en el capítulo VI que me sugiere una ontología de la insularidad. ¿Cree que la isla, las islas son un espacio singularmente propicio de comunión con la sacralidad, un lugar, digamos, determinante para formarse una conciencia de las fuerzas de la naturaleza, la soledad, y de contraste con la fragilidad del hombre?

Lawrence Durrell, en Limones amargos, dice que las islas están precisamente para que las personas que jamás debían encontrarse puedan hacerlo. Las islas son lugres propicios, si duda, para que los destinos opuestos entren en contacto, lo imposible se produzca y el que se ha perdido se encuentre. La energía que se produce de ese choque puede llamarse, si nos situamos en el nivel humano, «sacralidad». Yo siempre he visto la película Stromboli de la misma manera: el lugar moderno en el que el dios habita hastiado de los hombres y sus matanzas. Las Escritras dicen que los hombres vienen de las islas a ellas regresarán. Pues bien, ya llegó el momento, los promeros están regresando, aunque no sepan con exactitud hacia qué tipo encuentro se dirigen. Cuando Ingrid Bergman está sentada placidamente sobre unas rocas de Strómboli cerca de la playa y ve a unos niños jugando, no sabe que, en realidad, está contemplado a los dioses. Sin embargo, cuando sube al volcán e implora por ellos, los dioses callan y desaparecen. La enseñanza es que para hablar con el dios se debe vivir según sus condiciones. Y la primera es, desde luego, la isla. Vivir y aceptar la soledad y pobreza de la isla.

15) No me resisto a que me diga algo más sobre la obra o las calidades humanas de uno de los mayores poetas europeos vivos, Kostas Tsirópulos.

Tsirópulos transmite una humanidad profunda… profunda, digo, hasta llegar a ser salvaje, a pesar de su edad respetable. Y me cautivan esas personalidades que saben en un momento dado dejar a parte su honorabilidad y reputación y dar un golpe sobre la mesa para mostrar su desacuerdo, aunque sepa en el fondo que no lleva razón. Tsirópulos dice lo que piensa y lo defiende con pasión. Lo vi lanzar una diatriba contra los turcos en general y su política en medio de una cena. La gente se volvía para verlo y oírlo. Sólo faltó un aplauso general entre sopas y carnes, pero no por el contenido del discurso, sino por el afán de su gesto. Ese lado suyo «salvaje» y enfundado en la delicadeza de trato y educación propias de un ateniense cultivado aparece en sus poemas: poemas colmados de un erotismo vital extraordinario, colmados de pasión por la luz y por la noche, por la tierra y la hierba, por los cuerpos del amante. En un poema de Tsirópulos puede decirse que todos los versos están cincelados a martillo, no hay ninguno que descienda su timbre, y eso es por su forma apasionada y salvaje de escribir poesía. Sin duda animo a los lectores a que busque a este poeta y lo lean con fervor.

16) Me parece inevitable preguntarle por el no disimulado ascetismo de un narrador que va en busca de sí mismo o de un dios y, a la vez y sin contradicción alguna, diciéndose ―como Borges― “viviré de olvidarme”. ¿Hay una lucha o una conciliación entre el placer sensual y la angustia existencial?

Esta idea tiene que ver con el quietismo de Miguel de Molinos, un místico que ha influido no poco en mi forma de pensar. En cierto modo la curación de aquella neurosis de la que antes le hablaba pasaba por el viaje, desde luego. Y ya en el viaje, el segundo paso hacia la curación era el de olvidarse de uno mismo, dejar de ser, vivir a la bartola, como se suele decir, sin preocuparse de comidas, de jergones ni de horarios. Aniquilarse en la nada, diría Molinos. Y esto para mí significó paladear los placeres sensuales que Grecia me daba, cuando me los daba. Y creo que está presente en el personaje narrador una especie de entrega sensual e incondicionada a las voluptuosidades pequeñas y grandes de ese espacio en el que andaba, medio soñado, medio real. Pero sin duda, esa entrega iba precedida de un olvido de mí mismo, en efecto.

17) La amistad tiene en el libro un fuerte constituyente ético, una unión que sacraliza a los amigos en un  pacto de lealtad, generosidad, etc. ¿Es así?, ¿qué significa para usted este vínculo?

El don de la amistad es el verdadero amor. Lo otro es comercio.

18) Ese personaje fastuoso y febril bautizado como Klingsor parece un alter ego del narrador, ¿lo ve usted así?

No, es un personaje real que me pidió encarecidamente que ocultara su identidad.

19) Durante su travesía por mar hasta Hydra se recrea una escena con una mujer extraña que me recuerda mucho a un poema en prosa que recoge en  otro libro suyo, Tiempo entero, ¿hay un diálogo entre el poema y este capítulo del Anna Maró?

Seguramente sí. Me considero poeta (bueno o malo, ya se verá), y como sabe un poeta escribe siempre el mismo poema de formas diversas. Y por algún motivo también las personas que surgen aquí o allá son pasadas al poema bajo la especie de un prototipo humano único. Creo saber de qué poema me habla, y es cierto. Aunque no se dice en el poema, la muchacha que es descrita con un libro sobre el pubis, se encontraba en la cubierta de un yate. Casi igual que la muchacha del barco que me llevó a las isla Sarónica, el Anna Maró. Luego esa muchacha es vista en la novela como una Medusa que me transforma no en piedra sino en terrones de sal, y no me mata, sino que me da otra forma de consciencia.

20) La experiencia sexual con “La Medusa” en Hydra, ¿es un recuerdo o un homenaje al poema «Las Islas» de Luis Cernuda?

Recuerdo bien ese hermoso poema de Cernuda, pero no es un homenaje a él. Aunque admito que existen muchas correspondencias entre un pasaje y otro. Mi Medusa regala su amor sin condiciones, sin palabras, con total alegría, como la de Cernuda.

21) El libro no escatima páginas de una tierna comicidad como aquellas que recrean ala señora Basilikíy su apabullante charla.

Son hechos reales. Sucedieron así y así los transcribí. Otros conocidos míos se han sorprendido al leer estos pasajes con cierto punto cómico escritos por mí. Esto me ha llevado a pensar que muchos lectores, y no sólo míos, sino de los poetas entre los que me muevo, ven en todos nosotros una especie de escritores monolíticos, agrios, hoscos, no sé, cadavéricos. Y nada más lejos de lo que yo he podido sentir entre ellos. Parece que un poeta de estirpe meditativa no puede bromear, o percibir las curiosas contradicciones del mundo o que está incapacitado para vivir con alegría. Y es todo lo contrario.

 

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