Ahí fuera (la felicidad es posible) |Nicolás Fabelo

Publicado: 24 mayo, 2011 en Relatos

JULIO 1990. Los últimos rayos solares del día lamían las piedras de los castillos que se asomaban a los meandros del Rin. El cielo crepuscular estaba cargado de esperanzas. El mundo era un cajón de sorpresas a cual más deliciosa. Pronto caería la noche, sorprendiéndome en el interior de aquel tren lleno de desconocidos de imposible recuerdo. Y los bosques se fundirían con el negro firmamento, para gozo de las criaturas nocturnas. Arrullado por el traqueteo del tren, observaba con los ojos bien abiertos: unas pocas luces destellaban más allá de los cristales (la gente estaría cenando en sus casas, al igual que mi familia en la mía; sabía que en una semana volvería a reunirme con ellos, y así sería finalmente). La felicidad era posible, desde luego.

MAYO 2002. El sol caía vertical y abrasador sobre Tulum. Empapados en sudor, buscábamos la sombra benéfica de algún árbol. Encontré alivio sumergiéndome en una calita arenosa, abierta a un ancho mar por debajo del cual debían pulular los descendientes de seres acuáticos que fueron contemporáneos de los conquistadores y piratas europeos. A mi lado, contemplando los mismos horizontes, vivieron numerosas generaciones humanas: nacieron, comieron, defecaron, soñaron, fornicaron, adoraron a Chac-Mool, murieron… Ahora sólo queda la piedra maltratada por el sol inclemente de 300.000 días y la humedad acumulada durante 300.000 noches. Antes de irnos toqué con mis dedos una de las antiguas construcciones mayas. Retiré luego la mano y dejamos definitivamente atrás la vieja ciudadela, a merced de los días y de las noches.

JULIO 1990. La plaza de la estación de Trieste tenía un aspecto decadente al anochecer. Portaba algo de melancolía el aire húmedo que ascendía del Adriático. Una joven salió de una cabina telefónica. Era muy bonita. Siguió su camino, a saber cuál (¿qué día morirá?). Yo regresé a la estación y tomé el mío, que me llevaría a Zagreb. Ya estaba otra vez al abrigo del tren, mi acogedor hogar circunstancial. Al poco llegamos a la frontera. El tren se detuvo unos minutos y sus puertas se abrieron. Había empezado a lloviznar y del denso bosque venía un intenso olor a tierra mojada. Nada más entrar en la entonces Yugoslavia, la llovizna devino en intenso aguacero. El agua golpeaba con violencia el techo del tren y se desparramaba furiosa por sus ventanas, haciendo charcos en la vía y mojando los árboles, los animales y las tumbas. En algún momento me quedé dormido. Me pregunto si algún día será posible saber lo que soñé mientras mi cuerpo atravesaba los bosques de Eslovenia.

JUNIO 1991. Con nuestros zapatos de entonces -¡quien se acuerda de ellos!- pisábamos las estrechas calles adoquinadas de Brujas. Parecía una ciudad desierta. Nos apoyamos en el pretil de un pequeño puente de piedra, abrazado por plantas trepadoras, que cruzaba un hermoso canal. Un grupo de turistas se bajó de una guagua. Una chica argentina muy rubia, con una mochila, nos pidió que le sacáramos una foto. Clic. «Gracias». Se marchó al cabo de un par de minutos en la misma guagua que la trajo con los demás. El agua discurría apacible por el canal, sin prisa por alcanzar el mar del Norte. Recuerdo que algunas flores, quizá rosas, colgaban de algún balcón. Nosotros éramos muy jóvenes, la argentina también. Nunca la conoceríamos carnalmente.

MARZO 2003. Atardece lentamente a orillas del lago Pichola. Las resecas montañas, donde las huellas de los últimos tigres deben haberse ya difuminado, se liberan por fin del abrazo solar. En el Lake Palace, erguido sobre una islita en medio del lago, empiezan a encenderse las luces. El tañido de algún instrumento musical flota sobre las apacibles aguas, confundido con el croar de las ranas y los susurros sugerentes de las doncellas del harén muertas e incineradas. Mañana temprano nos iremos de este lugar de ensueño, y lo más probable es que nunca regresemos. A saber qué dibujarán las nubes mañana a las cinco de la tarde en el cielo: nunca veremos su efímero reflejo sobre las aguas del lago en ese preciso instante (¿o acaso sí?).

AGOSTO 1993. Llega la medianoche a Key West (Cayo Hueso). Dejamos el albergue juvenil para tomar con ilusión la calle, sumergirnos en el bullicio nocturno a la búsqueda de una mujer aún desconocida con autorización para cambiar el curso de nuestras vidas. Un martini blanco. La agradable brisa tropical. Miradas en derredor. Hay que ver lo lejos que estamos de casa. Otro martini blanco. Esta noche tiene algo de mágico. Ésta va a ser la nuestra, te lo digo. Se me acerca una de repente para bailar. No está mal, tampoco para tirar cohetes, no está mal. Ya está, la fastidié: menudo comentario de gilipollas. Otro martini blanco. La veo besándose con un macarra de moto Harley, ese sí que se lo montó bien. No terminé durmiendo sobre el futón blanco del apartamento de una americana llamada Brenda, Pat o Elizabeth, con un ventilador rotando sobre mi cuerpo y el suyo sudorosos tras la batalla (y una zarigüeya en la que no habríamos reparado vagando por la cocina). Tras haber asistido al destete público de una negra maciza sobre la pista de baile, y charlado medio ebrios sobre el Yin y el Yang con una pareja de lesbianas que se besaban ardorosamente a la vista de todos, nuestro curso vital no parecía, aparentemente, haber cambiado. Volvimos en taxi al albergue, con los rótulos de los locales nocturnos, las banderas del arco iris y los balcones de las elegantes mansiones de la década de 1920 pendiendo sobre nuestras cabezas. A la luz de la Luna, unos argentinos de nuestra edad (Gamarra, Chirico y Lartigues) jugarían desnudos de cintura para arriba en el billar del albergue antes de asistir al amanecer en la playa. Con sensación de derrota, me fui a acostar. Bah, tampoco era una cosa del otro mundo; ya, pero… Desde la vecina Cuba debía haber alguien en ese momento, quizá recién hecho el amor, entregado a la contemplación de las luces que nos envolvían en aquel rincón donde los cayos de Florida terminan de desparramarse por el Atlántico.

AGOSTO 2003. Desde el porche acristalado del B&B Creag-na-Mara (en gaélico escocés, «roca en el mar»), allá en la costa norte de Escocia, se divisaba el imponente cabo rocoso que había inspirado el nombre de la casa. También se alcanzaba a ver el perfil, esbozado en el brumoso horizonte, de las islas Órcadas más meridionales. «Esa roca, siempre esa roca allí cada mañana», nos contaba, con la mirada flotando en el mar, el dueño de la casa. A un lado de ésta, sobre un prado verdísimo acariciado por los postreros rayos solares, decenas de ovejas pastaban apaciblemente. El aire era limpio y fresco. Sólo el fugaz paso de algún coche rompía el silencio. Fieles a su cita diaria, las tinieblas no tardaron en envolver todo con su manto: el B&B con nosotros y su dueño dentro, las ovejas, el mar y la roca, la tierra con todos sus muertos. Afortunadamente, la noche volvía a darnos caza otra vez. A la mañana siguiente nos marchamos, confiando a ese hombre el cuidado de la roca.

NOVIEMBRE 1999. Al pie del famoso Pan de Azúcar de Río de Janeiro serpentea una senda por donde los cariocas suelen pasear y hacer deporte. A la izquierda del camino, tapizando el costado del cerro, la verdura tropical se enreda voluptuosa y da cobijo a minúsculos pajaros de los más vivos colores (los vi azules y también amarillos). A la derecha, unas rocas se precipitan desesperadamente a las aguas de la bahía de Guanabara. No recuerdo haber aspirado nunca un aire más fragante, perfumado de flores exóticas, de tierra húmeda, de agua de coco, de sales marinas, de hembras brasileñas y de esa invisible nube de alegría que embarga a Río. Pese a los cerros de miseria que rodeaban la ciudad, pese a que el día anterior se había vertido la sangre de varias personas a las que pronto darían sepultura, esa mañana no me cupo la menor duda de que la felicidad existía.

AGOSTO 2001. Pastan las vacas en una verde pradera suavemente inclinada, abierta en medio de los bosques, sobre la que se yergue la cima del monte Uludag. Allá abajo se extiende Bursa, antigua capital del imperio otomano, derramada sobre la tierra como una abigarrada mancha de rojos, blancos y azules. Desde irreconocibles alminares, almuecines minúsculos llaman en ese mismo instante a la oración. Aunque no se escuchan, deben llegar a la montaña -uno de los Olimpos de la antigüedad clásica- retazos de sus voces dispersados por el viento junto con los gemidos placenteros de jóvenes bitinias, las palabras reflexivas de Justiniano, los estertores de Osmán, los feroces gritos de guerreros selyúcidas, otomanos, cruzados y mongoles y los quedos lamentos de las madres de todas sus víctimas, sonidos todos ellos igual de inaudibles. El sol ha vuelto a salir de entre las nubes. Las vacas siguen pastando. Corro por la hierba, me detengo, vuelvo a correr gozoso, de nuevo anclado en la pradera me esfuerzo por detener el tiempo… Debo ya marchar: empieza a hacer frío y me aguarda un teleférico rumbo al futuro.

ABRIL 2001. Hicimos una breve parada en un parque público de Puerto Varas asentado sobre una colina. Fue bajar del coche y sentirse inmediatamente embargado por un aire delicioso. Detrás del follaje bañado por el sol se adivinaba el volcán Osorno flotando sobre las aguas calmas del lago Llanquihue. Ilusionado con la excursión, con la mente despejada y los pulmones cargados de oxígeno, volví al coche para continuar la ruta. Los jardines de las casas de Puerto Varas, de factura germánica, estaban todos llenos de flores. Todavía quedaba lejos el duro invierno austral. Un velero de madera se mecía suavemente en medio del lago, al que bordeábamos camino de los saltos de agua de Petrohué y de los bosques de alerces del parque nacional Vicente Pérez Rosales. Más adelante, todavía a orillas del Llanquihue, paramos para comer. Tenía hambre. Afanado estérilmente en divisar la ribera de frente, me comí los sandwiches que llevaba en la mochila. Luego me tumbé sobre la superficie arenosa y me quedé dormido un tiempo. ¡Vivir podía ser tan grato! Al despertar volví a redescubrir con alegría que estaba en Chile, al otro lado del mundo, disfrutando del primer abril otoñal de mi vida. El destino me llevaría días más tarde a un banco público del selecto barrio santiaguino de Las Palmas para ser retratado furtivamente, mientras daba una cabezadita, por una joven pintora callejera: en sus gruesos trazos negros no había nada que se asemejara al alerce centenario que me encontraba abrazando.

JULIO 1990. Un puñado de avispas revoloteaba en torno a las uvas del carrito de frutas tirado pesadamente por un anciano. Medio ciego y encorvado, tocado con una especie de fez, éste se aplicaba sin excesiva convicción a espantar a los insectos con sus manos arrugadas. Alguien se bajó del tren y le compró un hermoso racimo. El calor empezaba a ser sofocante. Allí permanecimos detenidos un buen tiempo, en la entonces frontera entre Yugoslavia y Grecia, línea divisoria entre las tierras eslavo-albanesas (al norte) y griegas (al sur) de la histórica Macedonia. Ese hombre debe haber muerto ya (¿seguirá vivo el viejo vendedor ambulante que anunciaba sus productos a viva voz a los pasajeros de los trenes en Venta de Baños (Palencia)?). Quizá algún hijo suyo empuje actualmente el mismo carrito sobre los andenes de la estación de Geugelija. Le acompañarán otras uvas, otras avispas, aparentemente iguales a las que se imprimieron en mi retina aquel verano: nuevo pasto, como las manos aún tersas que apartan ahora a los insectos y recogen los billetes y monedas, destinado a aplacar el hambre insaciable del tiempo.

JULIO 1990. A un costado de la roca sobre la que se extiende la Acrópolis desde hace cerca de 2.500 años, en el barrio ateniense de Plaka, yo masticaba una sabrosa mousaka. Me imaginaba, sentado en la terraza de aquella taberna, lo fantástico que debía ser estar allá arriba de noche, en medio del inmenso océano de luces titilantes de la ciudad, acompañado por los rumores eternos de los viejos filósofos muertos. La noche me sorprendería finalmente en la céntrica plaza Omonia, al lado de mi hotel, viendo cómo la gente se arracimaba sobre el césped ralo de las glorietas para consumir una porción de su incierto crédito en el tiempo.

AGOSTO 2000. Mientras tomábamos un té moruno muy azucarado en el salón, frente a las imágenes recibidas por satélite de una cadena televisiva española, nuestro anfitrión intentaba convencernos en vano de las excelencias de su hachís. Llegamos a olvidarnos de dónde estábamos. Lo recordamos al abandonar la casa y darnos de bruces con la noche y el agradable aire serrano del Rif. Callejeando entre las paredes blancas y azules de la medina, abriéndonos paso entre vendedores ambulantes y sonrientes niños, dejando a un lado y a otro las animadas tiendas y los talleres artesanales, nos sentimos transportados a un mundo de ensueño. Al llegar a la plaza, las mesas de las terrazas resplandecían iluminadas por las velas. Los efluvios del hachís flotaban en el aire. Bebimos té, fumamos con una discreción menguante, conversamos y reímos mientras no dejábamos de observar relajadamente el ir y venir de la gente. Ya de madrugada, había que subir a la azotea del Hotel Ketama para asistir a la contemplación de las estrellas y de las montañas veladas. No lo hice: esa primera noche de mi vida en el continente africano, gratamente amodorrado por el cannabis, me quedé dormido boca arriba en la cama.

SEPTIEMBRE 1998. La guagua había hecho una parada en una estación de servicio de las Landas. Sorteé una reja y me introduje en el bosque hasta alcanzar una zona umbría en la que los helechos, mecidos por el fresco viento vespertino, acariciaban los troncos de los pinos. Allí permanecí pensativo apenas un par de minutos, antes de regresar con paso lento a la zona de aparcamiento. Al otro lado de la carretera, bajo un cielo plomizo, proseguía el bosque su camino hasta las elevadas dunas, y más allá de éstas se extendía el mar infinito. La guagua continuó su camino hacia el norte. Quedaba aún mucho por llegar a Londres. Entonces no me daba cuenta de que me acercaba cada vez más a la tumba de Shakespeare, donde tenía reservada una cita desde el principio de los tiempos.

NOVIEMBRE 1998. Lo que fue William Shakespeare quedó definitivamente instalado en una de las orillas del río Avon, debajo de una pesada losa de mármol, al abrigo de las húmedas paredes de una iglesia. Ahora yo estaba encima de él. A diferencia de Shakespeare, aún podía solazarme con el sonido del agua, con el tacto de las hojas caídas de los árboles y con la contemplación de los patos y los cisnes que poblaban las riberas del Avon. Aquella tarde, paseando por los alrededores de Strattford, hice una petición a las divinidades. Meses más tarde supe que ya nunca se cumpliría.

AGOSTO 2003. Puse mi mano a orillas del Ness, lago inquietante de aguas agitadas por extrañas olas. Una mano que ha sido fabricada con las mismas instrucciones que la del anciano de Geugelija, seguramente ya devuelta a la tierra. El dueño del B&B Creag-na-Mara escudriña su roca. En una playa de Tulum se baña una pareja de novios. Las vacas pastan en el monte Uludag, ignorantes de las sucesivas idas y venidas en el teleférico. Las aguas del lago Pichola vuelven a estar negras como el cielo. Gamarra, Chirico y Lartigues no están en Key West desde hace una década. Una cabina telefónica de Trieste -si acaso sigue ahí, frente a la estación de tren- no guarda memoria de una chica que al menos una vez la usó. Un alerce onírico aguarda en vano en su limbo volver a ser abrazado. Una turista rubia que morirá sin verme posa apoyada en el pretil de un puente de Brujas. Un aire fragante, perfumado de flores exóticas, de tierra húmeda, de agua de coco, de sales marinas y de hembras brasileñas, flota sobre la bahía de Guanabara. Un chico se come despreocupadamente una mousaka en la Plaka de Atenas pensando en una novia que -él no lo sabe aún- terminará transformándose en una desconocida. Una ligera brisa serrana barre la azotea del Hotel Ketama de Chaouen, donde fuman relajadamente hachís unos jóvenes turistas extranjeros. Y alguien se pasea por las riberas del Avon mientras Shakespeare sigue muerto, pidiendo algo a las divinidades que nunca le será concedido. Pero, a orillas del lago Ness, sé que la felicidad seguirá siendo posible.

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Nicolás Fabelo nació el 12 de febrero de 1968 en Las Palmas de Gran Canaria. Vive desde 1994 en Madrid, donde actualmente trabaja como informador en la página web de RTVE. Licenciado en Ciencias Económicas por la UNED, ha prestado sus servicios en diversos medios de comunicación y empresas editoriales, tanto en su Canarias natal como en la Península (donde ha trabajado sobre todo en la redacción de anuarios, enciclopedias y diccionarios). Muy interesado en cuestiones de política y economía mundial, ha cursado estudios de doctorado en Economía Internacional y Desarrollo en la Universidad Complutense, y ejercido la docencia como profesor asociado de Economía en las aulas de la Universidad Carlos III de Madrid. La novela El último dodo (2010) representó su debut en el mundo de la literatura. La obra fue presentada en la Biblioteca Histórica Marqués de Valdecilla de la Universidad Complutense de Madrid por su rector, Carlos Berzosa. Actualmente se encuentra terminando la que será su segunda novela: Viaje de ida. Es autor del blog www.picandovoy.blogspot.com.

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