Retrato moral de un extraño | Iván Cabrera Cartaya

Publicado: 15 mayo, 2011 en Relatos

En ese caso… ¿No sería bueno avisar a la familia?

—No tiene familia, es un escritor.

Julio Cortázar, Rayuela.

I

Yo estaba enamorado de un hombre más joven. Se llamaba Salvador Finarés, alguien sin mayor relación conmigo que la de dar clases de música a mi sobrino Óscar. Mi nombre en esta historia carece de interés: es un nombre difícil, ilegible y casi impronunciable. Podéis llamarme nadie o el desconocido, el extraño, el otro. Cercano a mí, y casi a un tiempo, pude darme cuenta de cómo se gestaba, durante años, otro desencuentro amoroso —olvidé comentaros antes que Salvador no me amaba o yo fui tenaz en creerlo, en convencerme de que nunca podría llegar a hacerlo, al menos, no como yo quería, como yo lo quería—. Sí, durante años Carlos Reyes, articulista en un periódico de provincias, íntimo amigo mío y conocido de Salvador, amó e intentó seducir a mi esposa Joanna Beltrán, a quien conocí durante mis años como estudiante en la Universidad. Ella no era de aquí, vino durante un curso y ya se quedó para siempre. Nunca entendí bien por qué, sin mostrar jamás añoranza o nostalgia de su familia, su casa, sus amigos. Nunca codició la idea de regresar. En las últimas conversaciones, improvisadas y breves, que yo había podido tener con Salvador, pude apreciar que, si alguna clase de interés había sentido por mí, este era exclusivamente literario, a través de la lectura de mis libros  y de otros textos que yo enviaba regularmente a periódicos y revistas. Esta noticia me alentó, espoleó mis deseos; pero también me desazonó un poco. Al fin y al cabo, y a pesar de entregarle mi vida, qué había hecho por mí la literatura: posesión demoníaca que, de pronto, se adueñaba de mí para expulsarme del mundo y cobrar realidad, dejándome muchas veces borracho, en bares sórdidos y fríos, acodado en la barra y brindando a la salud de mis propias miserias y frustraciones. La literatura sólo me utilizó para hacer su capricho, y sólo el suyo, viviendo ella en mi lugar: «Al otro, a Borges es a quien le ocurren las cosas […]». Y así fue siempre, hasta el final.

También Joanna y Carlos tenían ocasión de tratarse y de hablar; esto le permitía a mi amigo insinuar sus deseos vehementes por ella. Una de las tardes en que se habían citado, tuve la oportunidad de hablar con él. Fue una conversación truncada: ambos guardábamos un secreto envenenado que comenzaba a corrompernos, algo que no nos permitía dialogar con franqueza. Llevábamos puesta una máscara amable y falaz. Recuerdo que dábamos saltos acrobáticos sobre las palabras. Se intuían los remordimientos del pasado: «la justicia de la memoria», lo llaman algunos. Él me hablaba con fina ironía. Parecía apreciarme y dedicarme gestos de algo parecido a la admiración; pero yo sospechaba que podía traicionarme en cualquier momento —como escribió San Marcos—. Me habló de la Biblia y de Shakespeare por concentrar mi atención y mis pensamientos en un terreno neutral y fuera de peligro. En mitad de esta charla entró en la habitación mi sobrino Óscar: parece que Salvador ya se iba y el periodista se fue con él. «Juntos por una vez el amor y el desprecio», pensé. Óscar entró para pedirme hacer un pequeño viaje hasta su casa: quería ver a sus padres, nada más. Salió por la puerta que daba al jardín a la vez que entraba Joanna. Yo me mantenía entre ginebra, cigarrillos y libros, libros, libros…

Joanna y yo iniciamos entonces un diálogo. Me confesó —qué mal suena este verbo en pasado— todo lo que había ocurrido entre ella y Carlos en mis ausencias. Sobre todo, recuerdo, se detuvo en los detalles, en los matices afectuosos que él le había prodigado. Me expuso en un instante, con precisión acostumbrada, cada uno de sus encuentros con el periodista. Creo que yo fingía mal, sin gracia de actor, mi indiferencia. Juzgo que podía advertirse en mis preguntas y en mis peticiones de precisión para las respuestas aquello que los de carácter colérico llaman «celos». Yo sabía que no había verdad en las concesiones afectivas o coquetas de Joanna: ella había ideado conmigo un plan para conocer las intenciones de Carlos que nos permitiría, además, jugar un poco con él.

Sí, fingí no estar celoso; pero creo que lo estaba de una forma muy determinada, o de una forma muy poco definida quizá. El lugar que él había escogido para verse con mi esposa era el mismo que nosotros habíamos usado en la juventud para beber y vivir «nuestras noches prohibidas». Carlos había citado de pronto a Joanna. Yo tenía que verme con el vicerrector, pero ellos se encontrarían un poco más tarde. Me sentí defraudado y humillado: ahora sabía que mi amigo estaba dispuesto a traicionarme con mi mujer y en aquella casa; pero Joanna, por el contrario, llegó a creer que yo había ideado un plan «diabólico» para ponerlos a todos en su contra. Lanzó contra mí graves acusaciones, como la de malcriar a Óscar por ser incapaz de ser severo con él, y además la de no haber querido a nadie nunca, ni a mi propia madre.

Tuvimos un grave enfrentamiento. Joanna dijo haber «enseñado» a Óscar a querer a su tío —como si eso pudiera enseñarse—, y que a mí nunca me habían importado ni él ni ella. Recuerdo que llegó a recriminarme, además, el haberme aprovechado siempre de su ingenuidad, su bendita inocencia. Se quejó, me echó en cara mi indolencia con ella. Llegué a temer que sospechara algo sobre mi pasión ilegítima por Salvador. Toda la literatura, la mía, todas las horas que pasaba yo escribiendo en mi estudio no eran para ella; no escribía, dijo, para ella ni sobre ella. Joanna, sí, creyó que me conocía. Durante mucho tiempo me dediqué a negar u ocultar mis sentimientos. Joanna llegó a sentir unos celos innegables de Salvador. Me habló de «largas cartas escondidas» que yo había improvisado, de esa «profundidad» que ella envidiaba y que la hería, la humillaba, la ultrajaba horriblemente. Le dije que ella no podría comprenderme, que nadie podría hacerlo, ni siquiera Salvador. La conversación, repentinamente, se convirtió en una discusión acalorada. Arrojó una rosa al suelo.

Joanna creía que yo le había entregado demasiado a ese muchacho —y a la literatura— y que no sabrían corresponderme (nunca lo habían hecho). «Él no es generoso», dijo. Recogió la rosa del suelo y la puso de nuevo en el vaso. Quiso saber mi opinión: ¿debía ir ella a su cita con Carlos? No se lo impedí, no hubiera podido hacerlo, ¿con qué moral lo haría? Óscar entró de pronto y se fue a merendar. No le prohibía nada a Joanna. Ella era muy libre de hacer cualquier cosa que decidiera. También Óscar estaba liberado para ir a ver a sus padres. Sí, verdaderamente, la mía fue siempre una gran indulgencia.
 

II

Llegué a la casa de Carlos y, tras cruzar el zaguán, me lo encontré leyendo en un salón espacioso. Él esperaba a Joanna, pero quien apareció —de manera totalmente imprevista— fui yo: un fantasma, su viejo amigo; alguien que fue un cómplice. Carlos trató de disimular, de no mostrarse sorprendido por la visita; aunque claro que lo estaba, y mucho. No me demoré y fui directo al asunto que me preocupaba: se había citado con mi mujer. Penosamente  trató de disculparse. Fue cobarde y torpe haciéndolo, realmente era muy doloroso que yo lo supiera todo desde el principio. Carlos había sido un conejillo de indias, un chivo expiatorio. De pronto tomó conciencia de cuánto había hecho el ridículo y por cuánto tiempo. Se admitió y se descubrió, al igual que sus flores, como un amante pasado y vulgar: «un corazón estúpido y vagabundo», le dije, «como el de todos los hombres».

Carlos tenía una visión un tanto anglorromántica de la mujer creada por las manos y por la personalidad del artista. Habló de Joanna como una mujer creada por mí. Parecía relativamente claro que su pasión por mi mujer era, en gran parte, erótica, sexual. Yo no estaba de acuerdo con él, no en que el amor fuera eso o solamente eso. Veía el amor en términos morales, más desinteresados y menos posesivos; lo expresa una frase: desearle el bien. Recordé a Rilke y a Greimas en aquella sentencia tan justa: nada aleja más al Eros que la posesión. Debatimos sobre una cuestión muy interesante: la naturaleza humana y las convenciones sociales, y sobre cómo las segundas y la religión han mutilado la libertad y los impulsos de la primera.

Así que ¿por qué el matrimonio?, ¿por qué ese contrato a muerte con una persona, a amar a alguien para siempre y que siempre el azar nos coloca delante?, ¿por qué fingir la continuidad, a lo largo de toda una vida, de unos sentimientos, o no fingirla; pero reprimiendo, sí, muchos otros deseos?, ¿por qué esa tortura y en función a qué moral hacerlo?, ¿por qué hacerlo?, ¿por qué permitir infligirnos ese castigo y autocastigarnos?, ¿qué nos obliga, qué iglesia, por qué lo hacemos?, ¿lo hemos pensado bien?, ¿qué Dios puede pedirnos eso, el del Antiguo Testamento? La sociedad, las costumbres, la familia, la religión… Nada puede ni debiera llevarnos a realizar, a vivir una vida equivocada, a cumplir el protocolo, a seguir unas tradiciones que suelen estar llenas de aberraciones y sacrificios hechos a puro gusto, sin justificación alguna. ¿Somos o no somos también, y sobre cualquier otra cosa, parte de nuestros deseos?, ¿hasta qué punto y en qué medida somos libres?, ¿qué elementos y decisiones nos otorgan identidad?, ¿no debemos luchar por ella, por encontrarnos, por descubrirnos lejos de cualquier velo o impedimento «arrastrado», sedimentado en nosotros?

Desde hacía algún tiempo, las habladurías me acusaban de llevar «una vida disipada». Yo era un marido que un día dejó de contarle absolutamente todo a su mujer. Joanna había sido mi mejor confidente, mi afecto era altruista y absolutamente desinteresado; pero algo más había en mí, oculto «como alimaña en cueva oscura», un fondo de egoísmo que me condenaba: deseé ser engañado, ser traicionado por mi mujer y mi amigo. Pensaba que esa culpa, de algún modo, limpiaría las mías, las haría menos innobles, menos abominables a mis ojos. Joanna acababa de llegar a la casa y salí a recibirla. Mientras, Carlos nos esperó en el jardín. Supongo que ella debía pensar que su marido era como todos los hombres y que, a pesar de mi aparente indiferencia, no había podido reprimir los celos y me había presentado allí. También, sin duda, habría imaginado que Carlos la odiaba por haberlo puesto en ridículo ante mí, por desvelarlo todo —y sin que él lo supiera— desde el principio.

Joanna, despechada, había utilizado a Carlos para provocar en mí los celos y defenderse con ellos de la relación que ella imaginó entre Salvador y yo; una relación tan ficticia como imposible. Me despedí, o eso les hice creer, dejándolos a solas. Vi cómo ella lo buscó en el jardín húmedo y oscuro de la casa. Carlos le confesó a mi mujer tenerle miedo: en verdad, ya no sabía cómo actuar o qué postura tomar. Ya no podía confiar en ella. Desde el principio se había quedado al descubierto, como un imbécil.

Sí, Carlos sabía ahora que todo fue un vil examen. Había sido burlado y humillado y temía una nueva traición —creo que no hubiera podido soportarlo—; pero su encendida pasión por Joanna era más fuerte que todo eso, el deseo de poseerla era aún mayor. En aquel momento de la noche aprovechó la lluvia para justificar un cambio de ropa. Vi cómo entraba en un cuarto contiguo dejando la puerta maliciosamente entornada. Acabó de cambiarse y regresó a la sala donde ella lo esperaba. Joanna le confesó su  incapacidad para ocultarme nada —estoy seguro— y que era mejor así. Acabaría por enterarme, así que ¿por qué hacerlo?, ¿de qué hubiera servido haberlo hecho? Carlos se arrepintió de haber citado a mi mujer en aquel sitio, pues allí había llevado a «otras» y él sabía que Joanna no era una de ellas, que nunca lo hubiera sido y que nunca iba a serlo. Carlos quería saberlo: ¿estaba ella satisfecha con nuestro matrimonio, el que habíamos mantenido en los últimos ocho años?, ¿le gustaba a Joanna esa libertad que yo le había entregado?

Esas preguntas le hizo, esas y muchas otras, porque él siempre estuvo dispuesto a ofrecerle otras cosas, otras opciones; pero ella no quería hablar del pasado, no deseaba retrotraerse ni cuestionarse cosas que podían haber sucedido o no. Carlos, sin embargo, quería seguir escarbando, planteando posibilidades a una mujer que no quería escucharlas mientras afuera, en el jardín, el viento arrastraba las hojas y agitaba las lámparas suspendidas en la terraza. Joanna quería marcharse, lo había decidido de pronto; pero él no podía dejar que lo hiciera. Él bajó la luz de la habitación, mientras afuera persistíamos la lluvia y yo. No hacía frío aquella noche, aunque adivino que Carlos deseó que lo hiciera para así poder arroparla. Ella insistió en marcharse, pero él no se lo permitió, no podía permitírselo: demasiadas heridas sin cerrar, demasiado dolor envenenado.

Siguió en su empeño, volvió a insistir: si ella alguna vez… Pero no, nunca. El paso del tiempo era irremediable: «los pecados del tiempo son pecados mortales»; pero él insistía en el tema, ¿por qué no fue escogido?, ¿por qué yo y no él?, ¿por qué Joanna se había decidido por el otro, por alguien que seguía siendo, en buena parte, un extraño? Eso era el amor: elegir a quien amar o ser elegido, abocado a decidir un amante, ¿el ideal? Eso es imposible saberlo, ¿cuál es el ideal y por qué? Nadie estaba «hecho» para nadie aunque se digan tonterías como esa, aunque un cuerpo sea el destino de otro. El amor es egoísta, aunque no queramos aceptarlo. Lo dijo el poeta: «Narciso es triste». ¿Por qué no olvida el amante una pasión frustrada? Quizá precisamente por eso, porque queda abierta, como una herida que no cicatriza nunca. Un ideal que te empuja hacia delante —como para los poetas románticos—, un veneno largo que se bebe sorbo a sorbo. ¿Por qué no pudo olvidar nunca Humbert Humbert a Annabel?, ¿por qué no hasta encontrar a Dolores Haze y destruirla, y autodestruirse?

Él no iba a dejar nunca de elogiar las cualidades de Joanna, su belleza física. No iba a dejar jamás de requerirla para sí, de intentar que fuera suya. Una pasión enfermiza, pero Joanna es joven y hermosa, al menos, esa noche lo era bajo la luz dolorosa de las lámparas, mientras el viento gemía y se llevaba los pétalos. Mientras los mosquitos y otros insectos nocturnos morían quemados y atraídos fácilmente por la luz fatal y hueca de los quinqués. En el jardín la lluvia de verano y la tierra eran una  imagen de los amantes: se deseaban, se acercaban, se ofrecían… La lluvia despertaba olores dormidos en las plantas, las resucitaba. El amor era una metáfora de la resurrección; aunque la resurrección no baste. Nadie decía nada, quedaron en silencio. Sólo el placer largo de la lluvia que se conciliaba con la tierra para desvelar los instintos del mundo. «Pero deberían irse, como yo», me dije. Aunque no quiera hacerlo, el deber del amante es vivir despidiéndose. Algo había ocurrido aquella noche. De pronto comprendí que no tenía ningún sitio al que regresar.

*

Iván Cabrera Cartaya (Tenerife, 1980) cursó estudios de Filología Hispánica y de Filosofía en la  Universidad de La Laguna. Colabora habitualmente con poemas, ensayos, relatos, reseñas, entrevistas y notas en la prensa insular y en revistas como Can Mayor, Vulcane, Piedra y Cielo, Cuadernos del Ateneo, La alegría de los naufragios, Transparencias, La salamandra ebria, Cuadernos Hispanoamericanos, Isla negra, Kafka, Nexo, Poesía digital y el Anuario del Instituto de Estudios Canarios. Ha publicado los relatos Famara (2006), Tarde de un día (2009) y Habla Mnesárquides (2010) y los libros de poemas Arena (2001), Obsidiana (2004), Fragmentos de sentido (2006), Bajo el cielo innumerable (2007), Cariátides (2007) y Un sueño de esplendor (2010). Es también autor del libro de entrevistas Bajo la bóveda del tiempo. Conversaciones con Miguel Martinón (2009), además de realizar el prólogo para la reedición del libro La vida de Rubén Darío escrita por el mismo seguida de Historia de mis libros (2007) y colaborar en la realización de la Enciclopedia de la Literatura Canaria (2007). Está a punto de aparecer su primer volumen diarístico, Apuntes para seducir al ruiseñor. Poemas suyos han sido traducidos al italiano por el crítico Valerio Nardoni. Es profesor de español para extranjeros y ha realizado guiones para documentales de arquitectura en Canarias.

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