Prunus Persica | Roberto A. Cabrera

Publicado: 15 mayo, 2011 en Relatos

El profesor deslizó sus ojos sin estorbo por la ladera de la isla hasta detenerse en el mar. Desde allí no le era posible divisar la costa. Sólo se veía un brazo rocoso, muy negro, rodeado de espuma, que se adentraba en el mar. El profesor conocía bien esa costa. Dos o tres veces por semana empleaba las últimas horas de la tarde en dar paseos solitarios junto al mar. Tomaba una taza de té verde, bien en su estudio, bien en su jardín, y emprendía luego a pie el camino hacia la costa. Se hacía acompañar siempre de su cuaderno de notas y algunas ocasiones de un librito, por lo común un clásico del taoísmo, el Lao Zi (que había releído a menudo), a veces el Zhuang Zi. Esos paseos solían ser fecundos. El profesor tomaba notas, que eran luego estudiadas por la mañana temprano, cuando se levantaba a escribir. De sus libros sólo se concedía la lectura de un capítulo, sobre el que meditaba. Esas meditaciones eran, con demasiada frecuencia, un naufragio impotente, a medias desconcierto, a medias fascinación, que lo sumía en un aturdimiento que acompañaba sus pasos y su mirada y del que no se desprendía hasta llegar a casa y ducharse.

Camino de la costa, el profesor Elías C. acostumbraba a desviarse por una pista secundaria. De no desviarse, la pista principal, aquella que tomaba a diario para dirigirse al instituto y regresar a su casa, acababa conduciéndolo a la carretera general, cuyo trazado era forzoso seguir desde ese momento. La pista secundaria, por el contrario, no tenía salida. Terminaba entre huertos de plataneras, en un recodo donde los vehículos de los campesinos podían maniobrar para cambiar el sentido de la marcha. Pero la pista permitía proseguir a pie a través de un camino muy descuidado que cruzaba la carretera en dos ocasiones. El camino estaba en desuso. La hierba lo cegaba en algún punto y era preciso entrar en un huerto y retomar el camino algo más abajo. El profesor Elías C. no recordaba haberse encontrado con nadie en ese camino. Y aunque en ocasiones se sometía a la carretera cuando iba a la costa, la mayoría de las veces elegía el camino a causa, precisamente, de su abandono.

En el lugar en que el camino nacía, esto es, el punto en el que la pista secundaria llegaba a su fin, se alzaba a un lado, bien alta, una pared rocosa. Sobre el risco, se levantaba la pared de piedra de un huerto. Por el costado de la pared subía un largo tramo de escaleras desde la pista al huerto. El profesor Elías C. trepaba esas escaleras y se sentaba sobre una de las piedras del huerto, con los pies sobre los últimos peldaños de la escalera. Esa era su habitual parada –y única– en su camino hacia la costa. Desde esa atalaya, podían contemplarse las laderas de la comarca, con sus huertos de plataneras que fragmentaban el suelo en una rítmica sucesión de terrazas desde las medianías, donde se alzaba el casco urbano del pueblo, hasta la costa. Sobre el pueblo señoreaba el monte, un oscuro bosque de laurisilva que conocía gracias a Bernardo y en cuyos caminos anhelaba el profesor perderse. Entre el pueblo y la costa, el paisaje era un paisaje domesticado. Era posible ver acá o allá algunas casas entre los huertos. La suya se divisaba arriba, empequeñecida por los árboles, entre las plataneras. De la costa se adivinaba parte del camino que seguía el perfil del acantilado.

El profesor reparaba en los signos del temporal que había azotado la isla a comienzos de aquel año. Las plataneras exhibían sus grandes hojas maltratadas, resecas, hechas jirones, como lienzos de veleros que han sobrevivido a una tempestad. Del corazón de cada planta, sin embargo, se elevaba un mástil de un verdor limpio y alegre del que se desprendían poco a poco las hojas nuevas. Esas hojas crecían como envueltas delicadamente alrededor del tallo. Y al desplegarse, nacían tímidas, extendiendo al sol la lona tierna. El profesor, al detenerse en alguna de esas plataneras –algún ejemplar robusto, afeado por una maraña de hojas secas, destrozadas, posiblemente abandonado por el campesino a su suerte–, contemplaba con simpatía secreta el tímido tallo que se elevaba de la platanera y las hojas apenas insinuadas. La vida se afirmaba en la planta. Era visible la tenacidad de ese renacimiento. Y la lucha, según apreciaba Elías C., era silenciosa, humilde, casi distraída.

A sus pies, en primer término, había un huerto abandonado, donde la hierba crecía salvaje. Le gustaba al profesor posar la vista en ese huerto, inclinada la cabeza, los pensamientos en tropel, disolviéndose en silencio como neblina de mañana en el bosque. La mirada del profesor se perdía también muy lejos, sobre el océano, hipnotizada por las ondas de la superficie que se encadenaban en una sucesión rítmica que, según le parecía y había apuntado una vez en su cuaderno, repetía una cadencia misteriosamente advertida ya en las laderas de la isla, en las terrazas de los huertos. Esas ondas se aproximaban a la costa con un movimiento perezoso y, sin embargo, inexorable. Al llegar a tierra esas ondas perdían el equilibrio mudo con que se habían desplazado hasta entonces, como líneas de una escritura indescifrable e infinita, y la aparente docilidad de aquellas fuerzas que movían ingentes cantidades de agua se rompía en un tumulto de espuma que acababa por extinguirse sobre las rocas de la bahía. El profesor quedaba absorbido por la cadencia de aquellas ondas. Y sentía como un vacío, desde cuya profundidad surgía el sonido grave de una única nota triste, un acorde en sordina de un cello que con frecuencia lo remitía a los primeros compases de Noche Transfigurada, como si la melodía escrita por Schoenberg no le perteneciera exclusivamente al músico sino que fuera fruto de una feliz transcripción de una música secreta, callada, que cualquiera podía escuchar en su interior en determinadas circunstancias, y que el músico había logrado rescatar y hacer aún más audible y perfecta. En esos momentos, recoger la mirada y depositarla sobre la hierba del huerto abandonado permitía un contrapunto que rescataba al profesor de los abismos a los que se había asomado. Por prudencia, procuraba alternar la visión de lo lejano y lo próximo. A sus pies, el huerto; a lo lejos, el mar y sus ondas. Y esa alternancia, que podría creerse regular pero que en verdad obedecía a un instinto de protección u a otra causa, quizás incluso azarosa, hacía del ejercicio de la contemplación una suerte de ensayo de las posibilidades de lo visible. Atento a esos signos, el profesor podía demorarse allí mucho tiempo sin que percibiese con exactitud la dimensión del tiempo transcurrido, como si verdaderamente esa cuestión, la del tiempo, le importase bien poco. El huerto estaba tapizado de hierbas enmarañadas, crecidas en un desorden de una exhuberancia atroz que no dejaba la menor porción de tierra desnuda a la vista. Todo aquel verdor estaba salpicado de florecillas amarillas y malvas que temblaban ligeramente al paso de la brisa. A un lado del huerto crecía un duraznero que se había librado hasta el momento del asalto de las trepadoras que, por el contrario, asfixiaban una infeliz higuera algunos metros más abajo. El duraznero crecía sano y frondoso. Era un ejemplar casi asilvestrado de la variedad del Prunus Persica que se había aclimatado a aquellas tierras. El profesor saludaba cada año el despertar del árbol en primavera cuando, como es característico en los árboles del género Prunus, las florecillas se abren antes de que broten las hojas. La delicadeza, en cierto modo oriental, minimalista, del árbol con sus ramas desnudas de hojas y sin embargo cubierto de florecillas rosadas lo conmovía. Desde el momento de la eclosión de las flores, el profesor seguía atento los cambios que se producían en el árbol, cómo, por ejemplo, las hojas aguardaban a reventar y cubrir por entero los tallos acá y allá según se marchitaban las flores, y cómo, tras cubrirse de hojas el árbol, era posible sorprender los frutos verdes, del tamaño de una almendra, en el lugar que ocuparon las flores. Estos cambios mínimos entusiasmaban al profesor. Y le era difícil saborear los duraznos que le regalaba cada año Bernardo sin hacérsele presente la memoria de todas aquellas impresiones registradas durante meses, aquella cadena de hechos delicados que se habían sucedido en aquel árbol. El huerto, en su abandono, atraía al profesor con no menos intensidad que las líneas escritas en la superficie del océano. Y con frecuencia sentía deseos de saltar al huerto y caminar desplazando con los pies aquella selva de hierbas hasta posar la mano en el tronco del duraznero. Pero, por razones que el profesor mismo no se preocupaba por desentrañar, solía posponer ese salto, se prometía concederse esa aventura en otra ocasión, que nunca se presentaba. Como otras veces, el profesor aprovechaba ese momento para ponerse en pie. Con un suspiro involuntario, bajaba las escaleras y, tras dejar atrás la pista, se adentraba por el camino en dirección a la costa.

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Foto: Elías Hernández

Roberto A. Cabrera (Santa Cruz de Tenerife, 1971) es licenciado en Filosofía por la Universidad de La Laguna. En 1994 coordinó el suplemento literario “Las ínsulas extrañas”, en el periódico El Día, donde trabajó como redactor durante un año. Ha obtenido, entre otros premios, el Pedro García Cabrera de poesía (1991) y el “Montblanc a la cultura en Canarias” (1993), en la modalidad de literatura. En 2002 publica Disgregario (colección “Asphodel”). Ese mismo año aparece el relato El sacrificio (colección “Aula de Arte y Publicaciones” de la Biblioteca de Icod). La revista Sibila (nº 19, 2005) publica el relato Confesión. En 2007 sale a la luz su novela corta La estación extraviada (Ediciones Artemisa). Poemas suyos han aparecido en revistas españolas y francesas. Colabora en la edición facsimilar de El Pensador del escritor ilustrado José Clavijo y Fajardo (Real Sociedad Económica de Amigos del País de Tenerife, 2001), publicando en su volumen introductorio un extenso estudio crítico y un índice onomástico de la obra. En 1996 despierta su afición por la fotografía en blanco y negro, que explora de forma autodidáctica. Ha publicado un reportaje fotográfico del escultor Román Hernández en su estudio (Confesiones para la ironía y la razón, catálogo de exposición, Galería Mácula, Santa Cruz de Tenerife, 2000) y participado en la Bienal Fotonoviembre (Tenerife, 1991). En la actualidad reside en la isla de La Palma, donde ejerce como profesor de Enseñanza Secundaria.

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