Té rojo | Bruno Mesa

Publicado: 12 mayo, 2011 en Relatos

 Puedes llamarlo azar o destino, pero en verdad es un largo viaje cuyo billete compramos al nacer.

      Erika Norling

El cinco de septiembre de 2008 se encontraba el señor Berglund tomando su habitual té rojo sobre las seis de la tarde en la terraza del único café con terraza que hay en la Rue Ducasse, en Lyon, cuando una bala perdida y de origen incierto atravesó el ventanal del café y detuvo para siempre al señor Berglund, que solo alcanzó a derramar su taza de té rojo.

Todo esto podría haberse evitado, pero es necesario explicar el fabuloso desfile de coincidencias que llevaron hasta esa tarde.

El señor Berglund se retrasó ese día cinco minutos en llegar al café de la Rue Ducasse porque había pasado por una librería donde fue a comprar una novela de su querido Simenon: Maigret en Nueva York. El librero, poco diligente, como pensando en otra cosa esa tarde, tardó cinco minutos en encontrar el libro, rebuscando sin pericia entre los montones desordenados. Esos cinco minutos hubieran sido suficientes para que el señor Berglund hubiera salvado la vida. Podríamos echarle la culpa de todo al desorden, al caos de la librería, pero estaríamos falseando la historia. La responsabilidad del retraso estaba en el librero, en su desconcierto inexplicable.

Si el señor Berglund hubiera ido a buscar su libro un día antes, el librero lo hubiera encontrado de inmediato. ¿Por qué tardó entonces cinco minutos el librero? La razón es sencilla: su novia, Anne-Marie Dupré, lo había abandonado por un ejecutivo alemán que estaba en Lyon en viaje de negocios. Aquella misma tarde el librero, tras terminar su jornada laboral, debía volver por última vez a la casa de Anne-Marie y recoger las pocas pertenencias que había dejado allí. Una y otra vez el librero imaginaba esa escena, y contener las lágrimas le impedía ejercer su trabajo con eficacia. Por eso tardó cinco minutos en encontrar la novela de Simenon, por eso el señor Berglund se retrasó esos cinco minutos fatídicos.

Pero sigamos con nuestras pesquisas. No es menos cierto que todo hubiera sucedido con normalidad si Anne-Marie Dupré no se hubiera enamorado del joven y atlético ejecutivo alemán.  ¿Quién ignora ahora que la vida del señor Berglund dependía de los sentimientos de Anne-Marie, a la que por otra parte no conocía de nada?

Anne-Marie trabajaba como secretaria del director de una importante agencia de viajes llamada el Gran Oriental, especializada en traslados al Lejano Oriente, cuando conoció al joven ejecutivo alemán, Benjamin Klopper, que enseguida atrajo su atención. El joven ejecutivo viajaba hasta Lyon para ofrecer, en nombre de una aerolínea japonesa con oficinas en Múnich, un acuerdo de colaboración que podría ser muy rentable para las dos empresas. La ventaja de esa colaboración era el alquiler de sus rápidos, confortables y pequeños aviones en sus destinos orientales por parte de la agencia de viajes. El acuerdo salió bien. El joven Benjamin Klopper salió de la oficina exultante, como un boxeador que acaba de ver cómo cae su rival sobre la lona, aturdido y medio ciego. Al salir vio a Anne-Marie Dupré, que era la secretaria, y la invitó a tomar un café, tan feliz estaba. Ella dudó unos segundos (unos segundos fatales, que decidieron la agonía sentimental del librero y la posterior evaporación del señor Berglund), pero terminó aceptando.

La responsabilidad parece clara, al menos hasta este punto: el comercio internacional, los acuerdos interempresariales, las aerolíneas de lujo japonesas, el deseo de lucro, todo estaba aleteando en el aire espeso para que el señor Berglund se retrasara cinco minutos y no pudiera volver a casa.

Pero estamos lejos aún de la verdad. El joven Benjamin Klopper no era precisamente un ejecutivo vocacional. Habían sido el aliento y la insistencia de su padre, Otto Klopper, los responsables directos del insaciable deseo de éxito que el hijo tradujo en una formidable carrera académica en Estados Unidos y luego en una exigente y bien remunerada vida de ejecutivo para una gran empresa japonesa en expansión por Europa.

Debemos fijarnos en ese padre, porque sin él no es posible un joven ejecutivo en Lyon ante los ojos de Anne-Maire, y no es posible luego el librero despechado y torpe, y tampoco el señor Berglund, ya sin remedio, en la terraza del café de la Rue Ducasse, ante una taza de té rojo.

Otto Klopper nació en 1947 (tuvo a Benjamin en 1971), y la principal razón por la que siempre esperó que su hijo fuera un triunfador, un ejecutivo de éxito, tiene que ver con su esencial fracaso y con su vergüenza. Otto Klopper, como otros muchos alemanes durante la posguerra, la llamada generación de la vergüenza, sentía un desprecio general y absoluto por sus padres, los autores de las atrocidades nazis, los anuentes, los que callaron o aplaudieron a Goebbels y a Himmler, los que levantaron la bandera del partido por las avenidas de Berlín o lucían con orgullo un brazalete rojo con esvástica sobre sus blancas camisas planchadas. Otto Klopper nunca pudo soportar esa sensación que mezclaba la vergüenza con la culpa, porque los hijos de los asesinos sintieron, quizá más que sus padres, el odio hacia sí mismos, el infinito desprecio, la íntima reprobación de saberse hijos del mal.

Otto Klopper nunca superó esa depresión general de su carácter. Fue al conocer a su esposa, Lisa Reinhardt, y al tener a su primer y único hijo, Benjamin, cuando le encontró un sentido a la vida. Tomó el empeño radical de que su hijo fuera un triunfador, y lo hizo con más interés que cualquiera de las cosas que antes había amado o detestado.

Es necesario recordar que el señor Berglund sigue esperando una explicación junto a su taza de té rojo en la tranquila terraza de su café preferido de Lyon.

Sabemos que el señor Berglund seguiría vivo, tras haber evitado aquel retraso de cinco minutos, si la influencia de Otto sobre su hijo no hubiera tenido éxito, influencia que de alguna forma procede de la vergüenza de ser el hijo de un nazi, y ahí colisionamos con un asunto mayor.

¿Tal vez el señor Berglund seguiría vivo si Hitler no hubiera existido? Es muy probable, pero esa suposición no es del todo exacta. Además, hay otras preguntas que no podemos dejar de hacernos. Por ejemplo: ¿por qué el padre de Otto Klopper no huyó de Alemania tras el ascenso del nazismo, como hicieron algunos de sus compatriotas, como Thomas Mann, por qué eligió abrazar la inmundicia? Tal vez debamos buscar una respuesta en los padres de Otto.

El padre de Otto se llamaba Frank Klopper, y nunca pasó en su juventud de ser ayudante de albéitar, becario de zapatero o discípulo de galafate. Nació en 1910, y en cuanto vio lo bien que vestían las juventudes nacionalsocialistas se afilió al partido y empezó a quemar libros y a romper escaparates.

Frank Klopper era un ignorante ambicioso que había encontrado el camino para medrar. Sin embargo, quizá la causa de que el joven Frank Klopper fuera un desarraigado sin escrúpulos haya que buscarla en su padre, en Johann Klopper, cuyo verdadero nombre era Gianni Goldberg, pero esa es otra historia, que más adelante contaré.

Ahora lo importante es señalar que mientras el adolescente Frank Klopper vagabundea por las lientas calles de Ratisbona (antes de marcharse a Múnich y afiliarse al salvajismo), mientras patea una y otra vez una pequeña piedra, sin vocación para nada, aburrido, hastiado de la vida antes de empezar a vivir, lo que está en juego no es el futuro de Alemania, y eso sólo lo sabemos tú y yo, está en juego el sombrío futuro de su hijo Otto, la voracidad triunfal de su nieto Benjamin, la silenciosa pasión de Anne-Marie Dupré, el incendio perpetuo del librero, aquella tarde en Lyon, el maldito libro de Simenon, el retraso de cinco minutos, y el señor Berglund, que llega a la terraza del café de la Rue Ducasse y pide su té rojo, que nunca terminará de beber. Todo eso está en manos de un pillo, de un holgazán, de un ambicioso adolescente que no sabe qué camino tomar, cuando ve doblar una esquina a cuatro resplandecientes jóvenes con sus uniformes de las juventudes nazis. Entonces ve claro su destino, y se marcha a Múnich.

En ese preciso instante el té rojo del señor Berglund empezó a enfriarse.

Pero quizá la decisión del joven y todavía inocente Frank Klopper no estuviera del todo en sus manos, y su irrevocable decisión de marchar a Múnich, esa nítida ambición más allá de toda moral, sanguínea y desbocada, quizá fuera la oscura herencia de su padre, Johann Klopper, cuyo auténtico nombre era Gianni Goldberg.

En realidad este Gianni Goldberg era un judío veneciano, nacido en 1862, que había decidido huir de la ciudad pestilente y mágica, la ciudad de Tintoretto y de Vivaldi, donde le acosaban los acreedores y el padre de una dama a la que se decía, en mentideros sin nombre, que había dejado embarazada una noche de fiesta en el Palazzo Grassi. Gianni Goldberg huyó de la ciudad por el norte, y detuvo su camino en Ratisbona, donde le encontramos convertido al calvinismo por obra de la divina providencia y del sagrado interés; llamado no Gianni y sí Johann, y por apellido no Goldberg y sí Klopper.

En Ratisbona estableció su oficina de préstamos, que prosperó sin falta a lo largos de tres lustros, hasta que se cruzó en su camino, bastante solitario hasta ese momento, la luminosa Laia Torriani.

Johann Klopper no tenía ninguna intención de multiplicar su especie, pero eso no lo sabía el señor Berglund. Sólo quería acumular ese escaso y metálico bien que le permitiera comprar unos pocos placeres humanos. Laia Torriani, hija de un poderoso comerciante napolitano, mujer aventurera, feroz e inagotable, quince años más joven que el judío converso, terminó seduciéndolo con una facilidad que en Ratisbona nadie alcanzó a explicar. En ese acto de seducción, en la decisión de aceptar y de morder, en el posterior matrimonio, estaban en juego una larga cadena de sucesos impredecibles, al final de la cual, aún más ignorante de su destino que Johann o Laia del suyo, estaba el silente señor Berglund en la terraza del único café con terraza de la Rue Ducasse, el cinco de septiembre de 2008, sobre las seis de la tarde.

El matrimonio entre Laia Torriani y Johann Klopper se celebró con sobriedad calvinista y cierta mezquindad avara en la primavera de 1907. Tres años después nacería el primer y único hijo de la pareja: Frank Klopper.

Tras el matrimonio el hogar de los Klopper se transformó rápidamente en un infierno previsible. Laia era propensa al gasto, al dispendio sin cuenta, a la lujuria sin temor y a todos los placeres que nos ofrece la vida; su marido era poco más que un circunspecto usurero, limitado de luces, repleto de prejuicios y prevenciones.

Tras el embarazo de Laia, Klopper la abandonó huyendo al norte de Francia (siempre huía hacia el norte, y me gusta creer que terminó sus días en Islandia), sabiendo que el hijo no era suyo, que no podía serlo. Laia, hija de un comerciante rico, no sabía y no quería trabajar, y nunca aceptó aquella vida resignada de madre pobre que se le presentaba como único futuro. A los seis años de esfuerzos inútiles, envuelta en harapos, decidió entregar a su hijo en un orfanato, bajo el nombre de Frank Klopper, y volver a su Nápoles natal, junto a su acomodado padre, para recobrar su antigua vida.

¿Pensaría en algún momento Johann Klopper, justo en el instante en que subía al tren que le llevaría hacia el norte de Francia, en 1910, que su todavía esposa, Laia Torriani, abandonaría nueve meses después a ese niño llamado Frank, y que Frank Klopper cometería algunos años más tarde todas las atrocidades de las que puede avergonzarse un ser humano sobre la nieve polaca de un lager, pensaría acaso que su nieto Otto Klopper nunca conocería el descanso, y que su única fe sería su hijo, el rubicundo y exitoso Benjamin, que una mañana saldría eufórico de una oficina en Lyon, invitaría a una desconocida secretaria llamada Anne-Marie Dupré a tomar café, que ella se enamoraría de esa forma repentina en que se nos entrega una enfermedad, que abandonaría al día siguiente al grisáceo librero, ese hombre que rebusca una novela de Simenon y no la encuentra, y pasan los segundos y los minutos, y al fin, conteniendo las lágrimas, sin alzar la cabeza, le entrega el libro al señor Berglund, que llegará cinco minutos tarde a la terraza del café de la Rue Ducasse, un cinco de septiembre de 2008, y pedirá como siempre su té rojo?

Temo que nadie sabía nada y que a la vez todos somos culpables.

Habría que regresar hasta el origen mismo del universo para desentrañar la madeja que envuelve esta luz de septiembre, esta fría luz que compenso con el sabor del té rojo, aquí, en la terraza de siempre, antes de que todo suceda.

*

Bruno Mesa (Santa Cruz de Tenerife, 1975) ha publicado El laboratorio (2000, Visor), Premio Internacional de Poesía Fundación Loewe a la Joven Creación; Nadie (2002, Visor); Ulat y otras ficciones (2007, Idea); el volumen de aforismos y ensayos Argumentos en busca de autor (2009, La Caja Literaria), la novela El hombre encuadernado (2009, Paréntesis) y el poemario El libro de Fabio Montes (La Palma, 2010). Ha traducido poemas de Eugenio Montale, Giorgio Vigolo o Fernando Pessoa, entre otros. Mantiene desde 2008 el blog ‘Argumentos en busca de autor’ (www.bmesa.blogspot.com). Becado por la Academia de España en Roma 2010/11.

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