El entierro | Francisco León

Publicado: 11 mayo, 2011 en Relatos

Entre Las Vargas y Los Menores, dos puebluchos casi deshabitados, se extiende una planicie reseca que aparece en los mapas del Sur de la isla con el nombre de Los Desiertos. Una carretera polvorienta atraviesa ese paraje cuajado de cactus, de costas desoladas y pistas de tierra que, en realidad, no conducen a parte alguna.

Precisamente en este momento, el escritor y crítico de arte Norberto Belsa, con sus gafas de sol puestas y un codo en la ventanilla, conduce un coche de alquiler por esa carretera sin nombre, que él ha llamado, para solventar transitoriamente el problema desasosegante de la anonimia, Carretera de Los Desiertos.

Norberto Belsa está fumando. Contempla el paisaje. Lo envuelve una calma extraordinaria. «Una serenidad iluminadora», se dice. Al mismo tiempo recuerda vagamente el día que su esposa le confesó que se sentía harta de él y sus manias. Acto seguido confesó que estaba teniendo una aventura con un compañero de trabajo y debían separarse. «Fue un día desastroso», piensa Belsa.

Ahora se dirige a la pequeña bahía de Los Menores, donde le han asegurado que vive un pintor de quien únicamente ha visto un cuadro titulado «El entierro». Belsa vio por vez primera esa pintura el día que un buen amigo lo invitó a pasarse por la exposición colectiva que había preparado en su galería. A decir verdad, asistió porque, por entonces, el apartamento en el que había vivido con su mujer y donde habían acumulado tantos recuerdos se le caía encima.

Belsa se observa a sí mismo paseando por las salas para echar un vistazo. Era una colectiva de pintores desconocidos. «Son los raros, los outsiders», le susurró su amigo. En fin, nada del otro mundo, pensó Belsa. Nada del otro mundo hasta que se dio de bruces con «El entierro», un cuadrito de no más de palmo y medio de ancho, perdido en una gran pared blanquísima, iluminada sólo por la luz de una vela que el artista —por carta— había mandado situar en un soporte junto al cuadro.

En realidad, la pintura no representaba un entierro, sino un paisaje gris y vacío de colinas casi planas junto al mar. Se veían tres cipreses lejanos y, al fondo, una especie de fábrica solitaria de cuya chimenea brotaba un penacho de humo que vagaba apacible por el cielo. Simple y perfecto como los bodegones de Morandi, se dijo Belsa.

Al detectar su interés, el amigo galerista le cuenta que «El entierro» es obra de un maniático. Un tipo raro que apenas se deja ver y que, sólo una vez al año, le envía un cuadro por correo, el mismo, a decir verdad, sólo que con unas ligeras variaciones de perspetiva, de colores, de detalles inútiles. Algo así como una versión mejorada —era un decir— del anterior.

Belsa abandona la velada con la impresión de haber dado con la obra de un chiflado que se ha desheredado a sí mismo con gran alegría de sus llagas espirituales. Belsa apunta en su minúsculo bloc la frase que acaba de pensar, tal vez le sirva para un futuro artículo.

A los pocos días, mientras subía la escalera de su apartamento, soñando con una ginebra y paladear el placer de abrir un buen libro, Belsa sufrió un ataque. Se vio solo en el descansillo y el terror se inyectó en sus venas como una marea gélida de amianto. Al principio creyó que se trataba de un infarto. Le faltaba el aire. Y se preparó para morir en la soledad indecorosa de las escaleras. Pero su médico le explicó que se trataba de una simple crisis de ansiedad ocasionada sin duda, añadió con tono profesoral, por el tremendo vacío que había dejado su esposa. «Un cambio de aires le sentará de maravilla, señor Belsa. Búsquese un lugar y deje correr el tiempo», sentenció el médico.

Belsa le contó a su amigo galerista lo sucedido —«un vacío asesino había anidado dentro de él»— y éste le propuso Los Menores. No sólo podría descansar y rellenar su vacío con horas de reflexión, sino que además, con no mucha suerte, trabaría amistad con el pintor del cuadrito.

¿Qué tengo que ver yo con el chiflado del cuadrito?, pensó Belsa. Antes de hacer las maletas —a regañadientes—, terminó de escribir un artículo elogioso sobre «El entierro» y lo envió al periódico: «Una obra de pequeñas dimensiones, sin los aspavientos de los que necesitan ser señalados como ultramodernos, pintura humilde, pero que revela maestría y destila misterio». Saldría ese mismo sábado.

Hoy es sábado y Belsa ya se encuentra conduciendo su coche de alquiler por la carretera de Los Desiertos. Está fumando. Apoya un codo en la ventanilla. Contempla el paisaje. Lleva sus gafas de sol puestas. Al mismo tiempo el rostro de su esposa se dibuja en el espejo de su memoria. Es un rostro hermoso e inevitable, con flequillo rubio y ojos grises. «Debo dejarte, Norberto, tengo una aventura con un joven banquero.»

Belsa ha reservado por teléfono un apartamento en Los Menores, muy cerca de la playa. Piensa quedarse allí unas semanas, tal vez unos meses, o un año. O el resto de su la vida. ¿Qué más da? Se quedará hasta sanar de sus heridas y rellenar el vacío de su corazón con alguna otra sustancia que aún no conoce. Es la primera vez que Belsa se toma unas vacaciones por enfermedad, o por el motivo que sea. Siempre ha sido un hombre temperamental, laborioso hasta lo enfermizo, y no puede pasarse un solo día sin acomodarse delante del ordenador, dejar a mano una copa y escribir de golpe veinte buenas páginas.

El apartamento que ha elegido está bien. De un mal gusto exquisito. Lo ha visto a través de unas fotos en internet. Una cocina con barra americana, un pequeño salón, cortinas de flores, mobiliario amarilloso y una gran terraza que concede una vista generosa del litoral remoto que abarca esa parte de la isla. En cuento llegue, lo primero será desnudarse y tumbarse al sol. Después, cuando caiga la tarde, echará a andar por la pequeña avenida y departirá con los pescadores. Aguardará hasta que se enciendan las farolas y en el primer bar que se encuentre beberá cinco o seis cervezas, de modo que se acostará un poco borracho.

Pero de pronto sucede algo improbable. Hoy es sábado, y mientas conduce por la Carretera de Los Desiertos, Belsa divisa a lo lejos, en dirección al mar, una columna de humo y lo que parece la parte superior de una chimenea. Se echa a un lado y detiene el coche en el arcén. Se baja. Patea un par de piedras y se levanta una nubecilla de polvo seco. Mira hacia un extremo de la carretera, luego al otro. No se ve nada, no se oye nada, salvo la brisa suave de Los Desiertos.

A sus pies, una pista de tierra con marcas de rodadas se pierde serpenteante hacia la costa vacía y la columna de humo. No es la ruta prevista, no debe distraerse, llegará tarde a Los Menores. Tal vez el casero desaparezca. Pero en realidad le sobra tiempo. Su mujer ya no le espera, no esperará jamás. Nada ni nadie en absoluto aguarda con impaciencia su llegada.

Arranca el coche y vadea unas colinas. Después de conducir unos minutos pista adentro y perder de vista la carretera de asfalto, se abre ante el capó ardiente el paisaje exacto de «El entierro». Una llanura amarillosa se desvanece con suavidad en el mar, un grupo de cipreses sobre una loma oscila como rostros insomnes. El conjuto parece de cartón piedra. A un lado descuella lo que sin duda es una fábrica ―«¿para qué?», piensa Belsa― de cuya chimenea se escapa un hilo grisáceo de humo.

Continúa la marcha hasta aparcar al pie de los altos muros de la instalación. Camina por los alrededores. El sol mortífero ha exterminado todo rastro de sombra. No hay ventanas en los muros ni resquicios por los que echar un vistazo en el interior. Sólo un portalón metálico cerrado a cal y canto.

Nada ni nadie en absoluto, se repite Belsa, aguardará con impaciencia su llegada. Nada. Ahora sólo está ese vacío asesino del que le habló su médico, y parece extenderse fuera de él, delante de él. Es un vacío que ha salido de su pecho. Detrás sólo quedan ruinas, las ruinas polvorientas del eros.

Del interior de la fábrica emerge el rumor llameante de una gran caldera que se diría quemar trapos o trozos de corcho, o algún material leve y descuartizado. Vuelve a dar un par de vueltas al edificio. Da palmadas, golpea las paredes, pero no contestan. No hay nadie. De cuando en cuando pasa un remolino de polvo, eso es todo.

Las exhalaciones del gran horno de la fábrica colman el lugar con un rugido de llamaradas y chasquidos casi siniestros. Es un organismo descomunal cuyas poleas, cordajes y fogones funcionaran en una penumbra ajena a la luz del desierto. Belsa corre hasta el borde del talud y echa un vistazo al litoral. En ese momento cae en la cuenta de que no se oyen las olas, ni se precibe el viento silbando en los cactus, ni es capaz de advertir sus propios pasos chasqueando en la grava. A cambio, las aguas se le presentan irrealmente azules y maravillosas, dotadas de una exitencia incomprensible; la arena abundante y gris como el lomo de una sierpe dormida. Es una calma que no se parece al mundo.

Regresa corriendo junto a los muros de la fábrica. Da palmadas de nuevo. Grita. «¡Hay alguien, hay alguien!» El sudor resbala por sus sienes. Sólo se escucha el rugido del horno que lo marea. El sol golpea los muros rojizos y lo deslumbra. Dos clavos le taladran las sienes.

Cuando está a punto de subir de nuevo al coche y abandonar el lugar, se levanta un estruendo. La gran puerta de la fábrica se entreabre, pesada como las esclusas del infierno. Belsa distingue tras el chirrido de cadenas una figura humana velada por la penumbra que reina en el interior de la fábrica. Espera a que suceda algo. La figura no se mueve. Tan sólo es una sombra lisa, alta, delgada, sin ojos, sin boca.

―¿Es usted el pintor de «El entierro», el cuadrito? ―grita Belsa desde el sol. Pero apenas si se oye a sí mismo. El rugido de los hornos, el traqueteo de las poleas es más intenso todavía. Ahora que sus puertas están abiertas, el infierno o el vacío se lo traga todo. A decir verdad, sabe que ha hablado porque su voz, un gruñido ininteligible, le llega rebotada y hueca desde un paisaje de papel.

Pasan un minuto y por fin la sombra asiente con la cabeza. Un simple gesto confuso. Luego, con lentitud de personaje teatral hace un gesto, mueve la mano y le invita a pasar. Belsa da unos pasos, luego mira alrededor, duda, se vuelve hacia la sombra.

―Vaya… ¿Y vive usted aquí?

La sombra repite la reverencia. Nadie le espera… Nadie… Qué más le da. Delante de él se extiende ya un gran vacío que se ha escapado del interior de su pecho, un vacío hambriento. Mira su reloj. Le sobra tiempo, todo el tiempo que desee. Detrás solo quedan las ruinas.

*

Francisco León (Canarias, 1970) es licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de La Laguna (Tenerife, Canarias). Ha publicado los siguientes libros: Cartografía (Calima, 1999), Ocho pajazzadas para Salomé (CM de MC, 1999), Tiempo entero (Calima, 2002), Ábaco (Artemisa, 2005), Terraria (La Garúa, 2006), libro de prosas con el que obtuvo el I Premio Internacional de Poesía Màrius Sampere, Dos mundos (Huerga y Fierro, 2007) y la novela Carta para una señorita griega (Artemisa Ediciones, 2008). Se encuentra en prensa su libro Aspectos de una revelación, con el que ha obtenido recientemente el Premio de Poesía Pedro García Caberera 2010.

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